Se sabe que si el ambiente en el que se desarrolla el menor es amenazante o inadecuado, necesariamente produce un estrés fisiológico lo que altera el sano desarrollo del menor (Wolfe y Mclaac, 2011), siendo afectados los circuitos cortico límbico y orbito-frontales (Schore, 2003), además de existir un retraso en la mielinización, cambios en la poda neural y la arborización dendrítica y axonal, lo que implica la inhibición de la neurogénesis y alteraciones sinaptogénicas. Todos estos cambios explicarían los
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trastornos en el desarrollo neurocognitivo, así como los problemas en la conducta y en la regulación emocional de aquellos que han sido expuestos durante un largo tiempo al maltrato (Glaser, 2000; De Bellis, 2001; Heim y Nemeroff, 2001; Fares, 2016)
a. Trastornos psicopatológicos asociados al maltrato infantil
El maltrato infantil suele estar relacionado con la depresión, el abuso de sustancias y una conducta violenta durante la adolescencia (Hussey, Chang, & Kotch, 2006), se ha observado en niñas que han sufrido abuso sexual, mayor incidencia de ideación e intentos suicidas, además de distimia (De Bellis & Putnam, 1994), también comportamientos de riesgo sexual en la edad adulta (Andersen y Teicher, 2009), además, que estaría asociado a diversos trastornos de la personalidad como el tipo paranoide, limite, evitativo, dependiente, obsesivo-compulsivo, bipolar (Teicher et al., 2000; Tyrka et al., 2009; Garno, Goldberg, Ramírez, y Ritzler, 2005) y trastornos de identidad (Fontserè, Álvarez-Alonso, Santos-López, y Arrufat, 2012).
b. Alteraciones de la Corteza prefrontal
Lezak (1982), nos menciona que las funciones ejecutivas son las capacidades mentales esenciales para una conducta eficaz, creativa y aceptada socialmente, siendo estas las que estarían implicadas en la toma de decisiones, así como en la coordinación de la propia actividad en aras de lograr un objetivo. Tirapu y otros autores (Miyake et al., 2000; Diamond, 2006) nos mencionan que estaría vinculada una seria de procesos cognitivos como la anticipación, la elección de objetivos, la planificación, la autorregulación de la conducta, la automonitorización, el uso de retroalimentación o feedback, la memoria de trabajo, la inhibición de información irrelevante, la flexibilidad cognitiva, la atención sostenida, la actualización o updating, y la alternancia entre dos o más bloques de información o shifting.
Para una comprensión de la afectación en la corteza prefrontal, es necesario conocer los circuitos implicados en el funcionamiento ejecutivo. Siendo así que las funciones ejecutivas son operadas por los lóbulos frontales, específicamente la corteza prefrontal dorsolateral, los bucles frontosubcorticales y el cerebelo (Marvel y Desmond, 2010). El circuito dorsolateral sería el encargado de mantener activo en la memoria las representaciones de los estímulos, así como de las metas, esto en un contexto de interferencia, por lo que se ve implicado en el desempeño de la memoria de trabajo y
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también de la inteligencia. Por su parte, en el caso de las áreas orbitarias, es la vía que conecta las áreas límbicas y la corteza prefrontal anterior, por lo que se encargarían del control de impulsos y la regulación de las emociones, tanto en la expresión o inhibición de las emociones positivas y negativas (Kane y Engle, 2002). En este caso se darían dos tipos de conexiones, las conexiones frontalámicas y frontolímbicas, siendo la primera encargada de la regulación de los procesos cognitivos como la memoria o el lenguaje; y en el caso de la segunda, se encargaría de dotar a los procesos cognitivos del componente emocional. De esta manera, las lesiones frontales dorsolaterales afectarían los procesos cognitivos, mientras que las lesiones cinguladas y orbitarias, afectarían los procesos comportamentales y de la personalidad (Anderson y Tranel, 2002; Lee y Hoaken, 2007, Fares, 2016)
Considerando el desarrollo progresivo de las funciones ejecutivas, y que este se ve mediado por el entorno, además de que parte de la información que recibe el niño, para después manipularlo y actuar de manera reflexiva, autorregulando la propia conducta y adaptándose a los cambios que se dan en el entorno, es que se considera que el maltrato al suponer un factor ambiental estresante (Touza-Garma, 2001), interfiere en el desarrollo del sistema nervioso central del niño, y más aún en la corteza prefrontal, ya que su desarrollo es continuo, afectando así el funcionamiento actual y posterior de las funciones ejecutivas (Godefroy, 2003; De Bellis, 2005; Mesa-Gresa y Moya-Albiol, 2011).
Es importante recalcar que en los primeros años de vida emergen diversas capacidades cognitivas más básicas, las cuales posteriormente constituirán las funciones ejecutivas. Por lo se diferenciarían dos fases en el desarrollo de las funciones ejecutivas. La primera fase está comprendida entre los primeros tres años de vida, fase en la que surgen las capacidades más básicas que posteriormente permitirán un adecuado control ejecutivo, la segunda fase se caracteriza por un proceso de integración, siendo su periodo de mayor desarrollo desde los 6 a 7 años, en el cual se coordinan las capacidades básicas que previamente habían emergido en una etapa anterior (García- Molina, Enseñat-Cantallops, Tirapu-Ustárroz, y Roig-Rovira, 2009). Por lo que el maltrato infantil dado a temprana edad afectaría en todo el proceso del desarrollo de las funciones ejecutivas, encontrándose que los daños cerebrales serían más sensibles en relación a la edad y duración del maltrato, dándose un menor desarrollo de las
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funciones ejecutivas, cuando el maltrato se dio a menor edad y siendo este de mayor duración (Mesa-Gresa y Moya-Albiol, 2011).
Puesto que el desarrollo de las funciones ejecutivas sigue un curso lento y progresivo, su espectro de vulnerabilidad es excepcionalmente amplio. El normal desarrollo de las funciones ejecutivas es crucial no sólo para el funcionamiento cognitivo, sino también para el desarrollo social y afectivo del niño. Los primeros cinco años de vida son críticos en el desarrollo de las funciones ejecutivas; los cambios observados en la capacidad y competencia ejecutiva guardan una estrecha relación con los procesos madurativos de la corteza prefrontal (García-Molina et al., 2009).
Se ha encontrado varias investigaciones que han encontrado una alteración a nivel de las funciones ejecutivas (Mezzacappa et al., 2001; Beers y De Bellis, 2002; De Bellis, 2009; Stipanicic et al., 2008, DePrince et al., 2009; Fares y Portellano, 2012; Fares, 2016), aunque también hay estudio que respaldan un proceso compensatorio, como es en el caso Nolin y Ethier (2007) si bien es cierto encontraron un peor rendimiento de la atención y el funcionamiento ejecutivo en niños que habían sufrido negligencia y maltrato físico, también observaron un mejor desempeño en las capacidades adaptativas de resolución de problemas o toma de decisiones del funcionamiento ejecutivo respecto al grupo control. Esto sugirió por un lado, el efecto negativo y también compensatorio del maltrato físico, así como de la de los niños con negligencia, siendo explicado por su inevitable esfuerzo de supervivencia y adaptación, ya que estos no cuentan con adultos proveedores de sus necesidades.
Teicher et al. (2003) Observaron que se afectan distintas regiones del cerebro en función del sexo y que esto predispone al desarrollo de distintos trastornos mentales, encontrando dificultades neuropsicológicas similares en todas las edades, y a nivel de las diferencias en cuanto al desempeño según el sexo, en el rendimiento de los niños maltratados; contrario a lo esperado, las niñas maltratadas se mostraron más afectadas que los varones. Siendo sus mayores problemas en la inteligencia no verbal, la memoria inmediata y la fluencia semántica. Estudios previos y posteriores, encontraron una mayor afectación neurobiológica en los varones maltratados (De Bellis et al., 1999, Teicher et al., 2004; Lupien et al., 2009), siendo en el caso de Weinstock (2007) y Fares (2016), que también encontraron una mayor afectación en las mujeres, explicando que
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este se debería a una mayor sensibilidad al estrés en las mujeres en el funcionamiento neuroendocrino.
Los desajustes neurobiológicos y las dificultades que presentarían los niños maltratados en el procesamiento emocional, serian causados por el estrés crónico en las áreas que modulan la conducta agresiva como la amígdala, el hipocampo, el vermis cerebeloso y la corteza prefrontal (Glaser, 2000; Anderson, C.M et al., 2002; Bremner, 2003; De Bellis et al., 2000, 2001; Raine, 2002; Rick y Douglas, 2007; Siegel y Victoroff, 2009 y Treadway et al., 2009).