Ernesto Giudici
En artículos publicados en Nueva Presencia (febrero de 1981) en momentos en que casi todos los sectores de la opinión pública argen- tina reclamaban la aceptación de la propuesta papal sobre el Beagle, sostuve, al fundamentar la oposi ción a esta propuesta y a la media- ción misma, que el diferendo argentino-chileno no se limitaba a una simple demarcación fronteriza en medio de rocas heladas, inhóspitas y sin valor, si no que el problema eran también las Malvinas y el resto del Sur, incluida la Antártida.
Ahí debía definirse el porvenir de una Argentina de la cual muchos sólo conocen su parte continental y algunos ni si quiera eso. Viven de espaldas al mar cuando este es ya fuerza apremiante para los políticos de visión creadora como para los científicos y técnicos lo es el espacio.
La cuestión se trasladaba así del mapa a las actitudes in ternas, polé- micas, en la propia Argentina: entre el cómodo con formismo (que achicaba al país tanto como el propio Martínez de Hoz, al que algunos decían oponerse) y la arriesgada empresa de actuar en la imagen de una Argentina que, más allá de su tri go y carne (pero sin renegar de estos), es,
además, riqueza marí tima, minerales, petróleo, energía, vías de comuni- cación. Ima gen física de esa Argentina que, para nosotros, era también –e inseparablemente– voluntad de cambio estructural y social.
“El Beagle: problema nacional-internacional en la época de las multinacionales y con todas las piezas del tablero antártico”. Así titulé aquellos primeros artículos y ello definía un contenido.
Luego (“La segunda ofensiva”) demostré cómo el gobierno de Pinochet utilizado por Gran Bretaña contaba también con el apoyo de Reagan a fin de penetrar ambos, con base propia en el Atlántico Sur, el “arco antillano” de la tesis geopolítica de Chile que los llevaba a las
Malvinas y el delirio del contralmirante Chisojo Araya completaba la dominación hasta África del Sur.
Estados Unidos, cabeza de “la segunda ofensiva”, se convir tió en el más fervoroso apoyo de la propuesta papal y envió uno tras otro, emisarios militares y civiles para alentar a Chile y pre sionar sobre la Argentina. Aunque el proyecto no era nuevo, ahora el sueño imperialista parecía
acercarse a la realidad: Estados Unidos amo del Atlántico Sur.
Desde ahí, también en su delirio, empezó a repartir: Gran Bretaña cedería todo o parte de las islas a la Argentina, a cambio de bases yanquis, en las propias Malvinas o en el Beagle; apertura de Chile hacia el Atlán- tico; concesiones petroleras a Gran Bretaña en el fondo del mar y/o en la Patagonia; concesiones mineras a Estados Unidos, quien vendría también con su propio “dere cho del mar” y debería estimular, naturalmente, la reforma de nuestro Código de Minería. Algún día se sabrá si este plan llegó a formalizarse y quiénes lo compartieron, porque en algún momento determinado llegó hasta registrarse cierta euforia ideológica cuando se sostuvo que todo ello cortaba la expansión soviética. Como en el anticomunismo de Hitler, unos estuvie ron de acuerdo y otros cayeron en el lazo como bobos.
En ese vasto escenario, en el que los complotados ya se re partían el botín –con la supresión, por supuesto, de nuestra proyección en la Antártida–, la Argentina recuperó el 2 de abril los tres grupos de islas (Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur) con una oportuna e impostergable operación militar.
No entramos a considerar aquí qué pasó entre aquellos proyectos y el acto militar. Nos limitamos a un hecho que, como ocurriera ante- riormente con el diferendo del Beagle, será valorado de diferente modo según la actitud que se tome ante los problemas nacionales y sociales. Unos se limitarán a aplaudir, a cantar el Himno, a agitar escarapelas. Otros irán más allá de lo formal y lo territorial. Nosotros estamos entre estos últimos. Y, aunque en al guna izquierda pueda haber temor o reti- cencia, nosotros –en aquel sector que encara de frente y en su tota- lidad la crisis argen tina y lo que debe rehacerse– afirmamos que el acto
del 2 de abril es nacionalmente justo y anticolonialista. Lo es a pesar del juicio que se tenga sobre el actual gobierno argentino (y nosotros no ocultamos ni disfrazamos nuestra oposición política). Pero la causa es justa. Y si Gran Bretaña, por su pérdida, nos hiciera la guerra, esa guerra, para los argentinos, será una guerra justa.
Comenzamos con el escenario real en que se debatía el problema del Beagle, porque el escenario es el mismo y sin lo de antes no se puede comprender lo de hoy. Los actores son los mismos. Los objetivos también. Se ha movido una pieza, tal vez inesperada. Y como en el ajedrez, el movimiento de una pieza en el “tablero antártico” obliga a la reubica- ción o realineamiento de to das las demás. Esto en el frente externo. Pero también en el fren te interno deberá haber cambios porque, ante la graví- sima situa ción creada, se deben reconocer derechos hoy negados al pueblo y éste debe asumir su propia responsabilidad nacional y social.
El frente externo y el interno pasarán a ser uno solo, la so beranía en lo internacional “debe ser” también soberanía econó mica y política en lo interno.
Actuamos en un gran escenario físico. El problema no es só lo de espacio. Es también de tiempo. Todos los países presentes en la Antártida activan su toma de posiciones para hacer valer sus “derechos” en 1991, a treinta años de la ratificación del Trata do Antártico, y en el momento de su modificación.
Por lo tanto todo lo que ocurra en adelante tiene que con siderarse en esa perspectiva. No es cuestión, entonces, de perdernos en parciali- dades ni formulismos. Tarde o temprano la Argentina debía recuperar las Malvinas y ello sólo se podía lograr por la fuerza. El único reproche que se puede formular es no haberlo hecho antes.
En la historia valen las tendencias, las líneas que perdu ran en medio del cambio circunstancial. El tiro de Sarajevo no “causó” la guerra de 1914; sólo la desató. El 2 de abril, en el Atlántico Sur, puso de relieve las líneas más o menos ocultas y puso en movimiento los compromisos. Estados Unidos quería actuar a “dos puntas” –con Gran Bretaña y la Argentina–, tuvo que optar en el Consejo de Seguridad por su aliado
imperialista. Lo hizo para que la Argen tina claudicara ante ambos y volviera a regir el juego del reparto proyectado. Si, ante una firme actitud
argentina, viera que se equivocó en el cálculo, dará un paso atrás hacia la “mediación”, siempre en el mismo objetivo (los acontecimientos de las últi mas horas así parecen confirmarlo).
Es necesario hablar con crudeza. Ninguna operación tác tica o estra- tégica –sin descartar ninguna– nos deberá cerrar los ojos ante la realidad. Estados Unidos y Gran Bretaña, por encima de todo, son aliados impe- rialistas contra la soberanía e indepen dencia de cualquier pueblo que los enfrente. Y la fuerza del colo nialismo, más allá de las ideologías, fue evidente cuando Francia se unió a la piratería inglesa y el intervencio- nismo yanqui. Francia nunca dejó de ser colonialista y tanto ahí como en In glaterra las divergencias internas no impidieron que los labo ristas británicos fueran imperialistas y que gran parte de la iz quierda gala defendiera sus colonias hasta el último aliento. ¿Se pedirá cuenta de esto a Mitterrand?
Latinoamérica nunca creyó en la “doctrina Monroe” y la rechazó. Solamente un tonto podría creer que ahora la esgrimirá Estados Unidos contra su socio “extracontinental”.
Alfredo Palacios, en su discurso en el Senado a favor de las Malvinas (publicado por Claridad en octubre de 1934) dijo que esa “doctrina” era que para defender a los Estados Unidos y un pretexto intervencio- nista en America latina para su propio beneficio.
Los norteamericanos –dijo entonces Palacios– no creye ron que se violaba la doctrina “cuando anexaron la mitad del territorio de México. Y por lo que se refiere a Europa no la aplicaron en 1833, dos años después de muerto Monroe, y cuando en 1902 la República Argentina la invocó no en su interés si no en el de sus hermanas de América, una de las cuales había sido bloqueada por las armas de Alemania, Ingla- terra e Italia a objeto de obtener el pago de créditos reclamados contra Vene zuela por súbditos de aquellos países” (doctrina Drago).
Estados Unidos tampoco aplicará ahora su doctrina (...) seguir manejándolo, que el TIAR (Tratado Interamericano de Asistencia
Recíproca), redactado contra el Este, riña ahora contra una potencia del Oeste.
La Argentina, pues, debe enfrentar a esos enemigos imperia listas juntos. Entre ellos se repartirán la tarea colonizadora: ca ñones de un lado, sonrisas del otro. Los intereses opuestos tor nan inevitable nuestra oposi- ción a ambos y lo principal será no dejar que prosperen nuevos engaños.
Tampoco el sentimentalismo ni el latinoamericanismo formal deben desprevenirnos frente a Chile. El “enemigo fundamental” puede operar desde muchos lugares y Chile puede ser uno de ellos. Esto es lamentable, pero la actitud justa ante lo real es superior al lamento.
La unidad de los pueblos chileno y argentino sigue sien do esencial en el sur, pero lo real es que una equivocada posi ción chilena, antiargentina de hecho, condujo a dividir en dos lo que debió ser frente común.
Chile fue instrumento de una política colonialista contra la Argentina. Y será su víctima. El esfuerzo de ambos pueblos para que
eso cambie –obviamente, cambio efectivo en los dos– será una gran contribución a la lucha común latinoamericana contra el imperialismo. Mientras tanto no podemos confundir deseos con rea lidad.
Hay un latinoamericanismo formal, detenido en situacio nes ya pasadas. Admiradores de Manuel Ugarte han pasado por alto muchas, muchísimas de sus observaciones por estancamien to y limitaciones ideológicas. “La Argentina, el Brasil y el Uru guay tendrán que ser en el porvenir naciones de actividad maríti ma”, señaló Ugarte en El destino de un continente, para añadir luego: “Virtualmente en lo comercial el sur del Atlántico perte nece hoy a Inglaterra y a los Estados Unidos” y recuerda cómo en alguna oportunidad pudo estar dispuesta a ceder las Malvinas a Estados Unidos “mediante compensaciones”.
Si Gran Bretaña es desalojada del Atlántico Sur y no se da ningún motivo, para que Estados Unidos tenga una base firme, se acercará el momento en que Argentina, Uruguay y Brasil conven gan en defender lo que les es común.
Hay también que superar esquemas rígidos de conducta polí- tica. La naturaleza de un gobierno no debe trabar la com prensión de los verdaderos problemas nacionales. Esto no signifi ca ceder ni entrar
en oportunismos complacientes. Por el contra rio, desde una actitud correcta en un aspecto se modifica lo otro. El proceso activo en la perspectiva del cambio es lo polí ticamente decisivo sobre la fraseo- logía rígida e inoperante.
Las críticas que en el exterior se formulan, con fundamento, contra el gobierno argentino no deben conducir al simbolismo de subestimar, ignorar e incluso censurar el hecho del 2 de abril. Por el contrario, su verdadera comprensión sería favorable al desarro llo de la acción anti- colonialista iniciada.
Esto es válido especialmente en América latina. Situacio nes pare- cidas condujeron más de una vez a desconocer la pro fundidad de muchos acontecimientos. El hecho argentino de bería ser tomado por los pueblos latinoamericanos como propio aunque con elementos y perspectivas diferentes. La rea lidad nos muestra una vez mas que los pueblos latinoamericanos deben confiar en primer término en sí mismos. Será siem pre la base de una mayor comprensión mundial.
Los que en la Argentina hemos estado al lado de todos los pueblos latinoamericanos en sus luchas democráticas y de liberación tenemos derecho a solicitar que ahora se examine con criterio amplio nuestra situación a los fines de la solidari dad activa, intensa e inmediata.
Barcos de guerra de una nación construida sobre el des pojo en todas las partes de la tierra vienen hacía el Atlántico Sur. Recorrerán 14.000 kilómetros para intentar reapoderarse de lo que consideran
parte del imperio.
¡Los pueblos latinoamericanos deben impedirlo! Lo que se haga jurídicamente tal vez ayude y sea necesario esgrimirlo, pero lo decisivo será la intervención directa de los pueblos lati noamericanos.
Habrá que evitar la guerra pero no a costa de la derrota ar gentina, que sería una derrota de toda América latina.
Paz, sí, con la derrota de la agresión inglesa y de la com plicidad de los Estados Unidos. Ninguna “negociación” puede hacernos volver atrás y eludir la cuestión de fondo: los derechos argentinos en las Malvinas, el Atlántico Sur y la Antártida.
La Argentina debe ganar esta acción por las Malvinas e ir mejo- rando de hecho su situación para que, siendo el país que más derechos tiene y más ha realizado en el sur, no sea burla do por la formalidad de un Tratado Antártico manejado por grandes potencias en su beneficio. La Argentina debe mejorar esa situación de hecho para que no sea estrangulada por todos lados.
Esto es lo que está ocurriendo en una vasta, rica y codi ciada región del mundo.
La Argentina defiende ahí un presente y crea un futuro.