Yo romperé tus fotos y quemaré tus cartas para no verte más para no verte más. LA MOSCA
Tras los incidentes mediáticos y judiciales que siguieron a la publicación de la que fuera la última tapa de Noticias de enero de 2013, Silvia D’Auro instauró un sórdido silencio de radio. Desapareció de Twitter (o, al menos, de la cuenta que todos le conocían), se la vio poco en situaciones sociales y no dio notas a nadie. De hecho, en un par de ocasiones, se negó a hablar con este humilde escriba, aun cuando nada de lo preguntado pudiera comprometerla. Por decisión propia o recomendación jurídica, D’Auro estaba muda. O amordazada. O lo que fuera.
Habría de pasar más de un año y medio antes de que volviera a dar entrevistas. A principios de agosto de 2014, la periodista Fernanda Iglesias publicó en la sección Personajes.TV de La
Nación la noticia de que D’Auro había presentado un escrito ante el Juzgado en lo Civil
Número 76, que atiende su divorcio, manifestando su preocupación por el estado de salud y el rendimiento escolar de sus hijas, sobre todo de la mayor. En la publicación se citaban párrafos enteros de la presentación judicial y, entre otros datos, se mencionaba el peso máximo al que Morena Rial habría llegado en sus excesos.
Cuenta al respecto la revista Noticias:
En el texto, D’Auro, patrocinada por su abogado, Eduardo Sande, apuntaba a Rial por el descuido que, según ella, él tenía con respecto a las hijas adoptivas de ambos, particularmente a la mayor, Morena, de 15 años. La ex de Rial reveló que Morena ya no asistía a sus clases en la Escuela Argentina Modelo. Dijo también que la joven estaba excedida de peso “sin que el padre haya tomado medida alguna al respecto”. Objetó sus salidas a boliches junto a la pareja actual de Rial, Mariana Antoniale, y hasta acusó al conductor de violar una orden judicial que impide difundir aspectos de la vida de las chicas. El texto incluso deslizó que Rial “alienta la falta de contacto entre la madre y sus hijas menores, siempre poniendo como excusa que ‘las chicas no quieren verla” […] Mientras tanto, Morena se encerraba en su cuarto para llorar enojada toda la tarde, convertida en la adolescente más comentada del país. Su vida terminaba de volverse un caos. No era la primera vez que D’Auro y Rial se trenzaban, pero esto era algo nuevo: Morena, por primera vez, quedaba expuesta públicamente como eje involuntario de la guerra entre sus padres.
Como si Morena, al ser morochita, rechoncha, adoptiva e hija de famoso no le diera suficientes “motivos” a sus compañeros de escuela (y a unos cuantos miles de seguidores en Twitter) para convertirla en víctima de bullying, un medio de alcance nacional publicaba el triste veredicto de la implacable balanza. El martes 5 de agosto, desde Intrusos, Jorge Rial lanza un mensaje furibundo, fuerte y claro contra su ex: “Hacé la tuya y no rompas las pelotas”.
Aun cuando la joven Morena estuviera viviendo el infierno, había en el escrito de D’Auro ciertas verdades. Justamente, las más dolorosas: el sobrepreso y la deserción escolar. Desde el entorno del padre aparecieron explicaciones instantáneas: “Morena desde comienzos de este año no concurre al colegio secundario”, explica Noticias en su segunda edición de agosto de 2014.
Su obesidad y el bullying que sufría por parte de sus compañeros la hicieron abandonar la Escuela Argentina Modelo. Hoy rinde libre sus exámenes, estudia con profesores particulares. Y en la casa de Bajo Belgrano, Rial montó una suerte de clínica para tratarla de su obesidad. Le buscó un preparador físico, más una nutricionista para reforzar su dieta. Ve a un psicoanalista dos veces por semana, también a un equipo de médicos que tratan su insuficiencia insulínica y sus problemas hepáticos. Hay logros: consigue bajar de peso de a poco, progresivamente. Todo esto a Rial le cuesta un mínimo de 50.000 pesos por mes. Pero, para Morena, el mundo online es más cruel todavía […] Tipear “Morena Rial” en el buscador
de Twitter alcanza para ver un atroz bullying online a una menor de edad. Rial, ante esto, le pidió a su hija varias veces que deje la red social, pero Morena insistió y finalmente accedió a medias al pedido de su padre. Con casi 80.000 seguidores, Morena le echó candado a su cuenta. Nadie que ella no acepte puede ver sus tuits.
Una semana después de la nota que revelaba detalles de la intimidad de la menor, Silvia D’Auro daría sus primeras dos entrevistas en casi dos años. Una para el diario Perfil, publicada el sábado 9 de agosto. La otra, para la sección Personajes.TV de La Nación. La entrevistadora sería Fernanda Iglesias, una periodista de espectáculos y farándula de cierto prestigio. Aun cuando ya tenía una carrera consolidada, su nombre hizo ruido en los medios cuando, en 2010, fue raudamente extirpada del elenco de panelistas de Duro de Domar —al igual que Jazmín de Grazia— por manifestar opiniones críticas al gobierno kirchnerista. Tras su salida intempestuosa de la producción de Diego Gvirtz, recalaría en La Nación (más tarde le llegaría su lugar en la mesa de Lanata sin Filtro, por Radio Mitre), donde ha mostrado la cintura de una muy buena entrevistadora, con acceso a figuras relevantes.
Sin embargo, pese a las buenas credenciales de Iglesias, el hecho de que la entrevista más larga, profunda y controvertida de Silvia D’Auro apareciera en el mismo medio (y sección) que publicó los detalles de la presentación judicial, alimentó la sospecha de que habría sido la misma D’Auro quien filtrara el escrito a la prensa. Y, aun cuando la entrevista ya era polémica de por sí, tuvo ramificaciones inesperadas en la televisión.
Casi como cuando Rial entrevistara a Fariña, el oficio de Iglesias le abre el juego a D’Auro para que aproveche la entrevista y se explaye. Algunos pasajes, mirados con cariño, son por momentos autoparódicos, en la frontera con lo desopilante, con alguna que otra dosis contrastante de melodrama estilo “película producida para televisión”:
—¿Por qué presentaste ese escrito?
—Hace mucho tiempo que vengo viendo que esto pasa porque yo no dejo de ir al colegio para ver el estado de mis hijas, que yo no me pueda acercar a ellas no quiere decir que no haya un control. De la manera que puedo, de la manera que me dejaron: a la distancia. Yo sé las faltas que tienen, sé las materias que deben. Sé que Morena el año pasado quedó libre por faltar y sé que también estuvo enferma. A mí, mis hijas no se me enfermaban, no se me quedaban libres... Yo lo que estoy pidiendo es que el tribunal arme una carpeta con el antes y el después. Antes, las chicas no tenían faltas, no tenían amonestaciones...
—Por no ir con el uniforme, por ejemplo. La directora del colegio me dijo: “Yo con vos nunca tuve problemas, en las últimas que me fijaba si estaban con el uniforme como corresponde era en las tuyas. Yo sabía que vos eras sumamente exigente”. Para mí, las reglas están hechas para cumplirlas, no para romperlas. Y si vos vas a un colegio, tenés que ir con el uniforme que te pide ese colegio [...] En su entrevista para Perfil, D’Auro agrega un detalle no menor a los motivos por los cuales decidiera recurrir a la justicia: “[La pelea] surge luego de que Morena me pidiera fotos de ella de chiquita para su fiesta de 15; fotos en las que no esté yo. No accedí y me dijo de todo. Me quieren borrar […] Entonces, asesorada por mi abogado, entendí que tenía que tomar cartas en el asunto”.
En varias ocasiones, Jorge Rial insinuó que Silvia D’Auro era violenta con sus hijas adoptivas. Puntualmente, en una entrevista para Gente afirmó que “ahora en mi casa solo se levanta la mano para acariciar”. Quizás, aunque solo es una conjetura psicologista de barrio, la crianza dura de esa madre que lo amaba pero lo castigaba fuerte haya marcado al periodista y lo haya vuelto particularmente sensible al tema. D’Auro, en ambas entrevistas, toma el asunto con cierta naturalidad. Dice para La Nación: “A ver, durante el tiempo que las chicas vivieron con nosotros, tuvieron límites. Yo las llevaba al pediatra, las llevaba al dentista, las llevaba a la psicóloga… Y los fines de semana las hacía estudiar. Y claro, a nadie le gusta estudiar el fin de semana. Pero si no lo hiciste antes, lo tenés que hacer en algún momento […] No digo que [pegarles] esté bien, pero no conozco una madre que no haya dicho alguna vez algo o le haya dado un tirón de pelo o un chirlo a su hijo. Si él dice que yo hacía eso, él estaba al lado mío y avaló todo […]”. La nota de Perfil suma un detalle de boca de D’Auro: “Hablé con todas mis amigas y no conozco una que no le haya dado un chirlo a su hija en algún momento”. Nunca se jacta ni se enorgullece, en ninguna de sus entrevistas, de haber puesto un poco de mano dura en la educación de sus hijas. Pero tampoco se arrepiente. Lo considera una parte casi natural del proceso de crianza. Y el que nunca le haya levantado la mano a su hijo, que tire la primera chancleta. El diálogo con Iglesias para La Nación reabriría un viejo frente de batalla, dándole a D’Auro la oportunidad de recordarle al público su rol de “víctima” y echarle a Rial un puñado de paladas de tierra:
—¿Cuándo se separaron exactamente?
—Y él renunció a Gran Hermano para recuperar a su familia. —Bue. —¿No era verdad? —¿Vos qué creés? —Yo lo creí en ese momento. ¿Por qué renunció entonces? —No sé, preguntáselo a él. Nos separamos y nunca más nos reconciliamos. Él se fue de casa diciendo que yo era la mejor madre del mundo, que yo era la mejor empresaria, que yo era fantástica, divina y de repente pasé a ser la peor de todas. Silvia D’Auro nunca negó, en ninguna de las entrevistas que concedió, que su relación con sus hijas fuera algo ríspida, aunque siempre amparándose en su argumento de que, en el juego del “policía bueno/policía malo”, a ella le tocaba ser la disciplinadora, la que daba órdenes, pegaba un par de gritos y, de ser necesario, soltaba un correctivo. Pero, según la entrevista de La Nación, las cosas solo habrían empeorado después de la separación: —Antes de que se vayan a vivir con su papá, ¿estaban bien con vos tus hijas? —No. —¿Por qué? —Cuando ellas volvían de pasar con él los fines de semana llegaban dadas vuelta como una media y yo tenía que empezar otra vez a calmarlas, a tranquilizarlas. Los miércoles se iban a comer con su papá y volvían medias, medias... —¿Rial tiene la tenencia de las chicas? ¿Vos perdiste la patria potestad?
—No. Yo no perdí ningún derecho. Ellas decidieron irse y a la edad de ellas no las podés tironear. Es lo peor que podés hacer. Tenían doce y trece años, si las obligás a hacer lo que no quieren, te las ponés más en contra.
—¿Entonces la relación tuya con ellas era buena hasta que te separaste y a partir de ahí comenzó a deteriorarse?
—Mirá, yo te voy a mostrar una carta que me escribió una de mis hijas. “Mami, te queremos mucho, aunque nos peleemos, igual te queremos mucho. Sos la mejor, ojalá que vuelvas a estar junto con papá.” Esta es la letra de Morena, la misma que ahora pone en Facebook y en Twitter: “Yo nunca tuve mamá”.
—¿Cómo fue que ellas se fueron a vivir con su papá?
—El padre se había ido con su novia y unos amigos a Nueva York y a Miami, creo que se fueron diez días. Se fue sin avisarme, sin consultarme si yo podía quedarme con las chicas
todo ese tiempo, si tenía otros planes… Nada. Pero bueno. Se fue y cuando volvió, ellas quisieron ir a verlo. Yo les dije: “Vayan, acuérdense que mañana tienen que ir al colegio, vuelvan temprano”. A las nueve y media de la noche no habían vuelto y yo ya estaba nerviosa. Me llama mi abogado y me dice: “Las chicas no van a volver a tu casa a dormir hoy”. ‘“¡No pueden!”, le digo. Entonces me dice: “No me cortes, andá sin cortarme a ver el clóset de tus hijas”. Cuando abro el placard de las chicas estaba vacío. Se habían llevado todo y no volvieron nunca más.
—¿No las viste nunca más?
—No. En febrero de 2013 la llamé a Morena para el cumpleaños, le dije de vernos, de ir a tomar algo y me dijo: “¿Para qué? ¿Para que te saquen fotos en las revistas como a vos te gusta salir?”. Le dije que no, que tenía un regalo para darle... “Ah, bueno, vení a buscarme”, me dice. Y veinte minutos antes de que yo llegue, me llama y me dice: “No voy a salir con vos, dejá el regalo en la portería del edificio” […]
—¿No estarías dispuesta a ceder un poco en tus límites con tal de que vuelvan?
—De la única manera que hoy se podría es teniendo un psicólogo o un psiquiatra del juzgado, un asistente social que intervenga en la relación que empecemos a transitar. Porque yo tampoco voy a permitir que me siga insultando. —Para esa revinculación necesitás la colaboración del padre. —A ver, él hace cinco días dijo: “No nos rompas más las pelotas”. ¡Me quiere borrar! Pero ni él va a dejar de ser el padre, ni yo voy a dejar de ser la madre […] —¿Tus hijas no tienen celular? —El padre ya se los cambió y también cambió el teléfono de la casa. Las veces que llamé me dijeron: “Acá no hay ninguna Morena ni ninguna Rocío”. —¿Y a Mariana [Antoniale] no la llamarías? —¿Para qué? —Para agotar todas las posibilidades. —Esta chica ya estaba con él cuando yo estaba casada. ¿Qué le puede importar a ella hablar conmigo? A esta chica no podés llevarla a un razonamiento. No es una persona adulta, podrá ser adúltera, pero no adulta. Yo hablo con mi mamá, con mi hermano, con mi papá... Porque las chicas hablan con ellos […] —¿Las extrañás? —Un montón. Pero extraño a aquellas chicas, no a estas. Mis hijas eran cariñosas […] Me da mucha pena porque... ¿Sabés qué? Las que eligió tener estas hijas fui yo. Yo y el padre, pero la que corrió todo el tiempo como una loca fui yo.
—Rial alguna vez contó que al principio no fue fácil...
—Es verdad. Hicimos un trabajo enorme con estas nenas, entonces ahora tirar todo por la borda no tiene sentido. Nos divorciamos él y yo por un tema de grandes, que yo a mis hijas ni siquiera les conté. Como yo entendí de grande la separación de mis padres, yo esperé por las nenas para separarme, dije “capaz que son más grandes y van a entender”. Y no fue así, lamentablemente. Me salió el tiro por la culata al tratar de esperar para que ellas entendieran. Yo me habría separado mucho antes de él. Pero bueno, uno estalla en el momento que estalla y hace lo que puede. Pero yo no renuncié y no voy a renunciar a mis hijas. Cuando yo empecé a formar esta familia y con Jorge supimos que no íbamos a poder tener hijos naturales y decidimos adoptar a Morena y a Rocío, les prometí a ellas darles una familia y luché hasta donde más pude porque tampoco podía con mi dolor. Entonces no podía sostener algo con tanto dolor. Tampoco era bueno para ellas ver peleas entre nosotros. A veces, él discutía delante de las chicas y yo me callaba la boca para no discutir delante de ellas […]
—¿Qué le molesta [a Rial] que vos quieras verlas? ¿Por qué está tan enojado?
—La que decidió separarse fui yo. Él estaba muy cómodo con que yo corriera todo el día, laburara, le pusiera límites a las chicas. Y él me decía: “Ay, tengo una reunión”. Y desaparecía dos horas, inencontrable esas dos horas... ¿Se entiende? Después llegaba a casa y encontraba las camisas planchadas, limpias, la cama caliente... Y un día me cansé y le dije que se vaya. Él no se hubiera separado nunca. Los hombres no toman ese tipo de decisiones. Salvo que tengan otra cama caliente, que ya saben que los va a esperar. Pero no fue el caso este. Porque la que decidió separarse fui yo y no había otro hombre en mi vida. Y nunca lo hubo. Mi marido fue siempre mi marido, lo respeté, lo quise y eso que te dicen que el amor es ciego, es verdad. Yo lo amé mucho y no me arrepiento. Toda entrevista publicada en la prensa escrita —ya sea en papel o internet— se edita. Punto. No es negociable, no es tema de discusión. Incluso, salvo que la entrevista sea en vivo, hasta en radio y televisión se edita. ¿Por qué se hace en la prensa gráfica? Por varias razones. La principal es que casi nadie habla con la suficiente corrección gramatical como para que una transcripción exacta, palabra por palabra, sea “amigable” para el ojo del lector. El arte del buen periodista está en corregir al entrevistado lo suficiente como para que el texto sea eficaz sin desvirtuar su “voz” —sin hacer que un barrabrava hable como Borges, diría el maestro Alfredo Serra en alguna de sus clases— y, por supuesto, sin tergiversar el contenido. Poner palabras que no dijo en boca de un entrevistado es un pecado capital. Pero acortarle las frases, suplantarle
repeticiones con sinónimos y reordenarle la sintaxis son varios de los muchísimos “truquitos” de la buena edición, que benefician tanto al lector como al mismo entrevistado, al que se ayuda a que su mensaje llegue más fuerte y más claro.
Pero editar —y esto también es aplicable para los medios audiovisuales— también es el arte de elegir qué cosa no se publica. Las razones por las cuales un fragmento de una entrevista puede ser mutilado y nunca llegar a publicarse son varias. Una es la limitación de espacio (para el texto) o de tiempo de aire (para el audiovisual). La otra es que, francamente, no todo lo que dice un entrevistado es lo suficientemente interesante. Y si hay algo que siempre se trata de evitar es el aburrimiento de la audiencia.
En fin, que hay muchas formas de “manosear” el texto de una entrevista y, por cierto, siempre habrá algo que no se publicó, por distintas razones. Como se explicó en su momento —incluso ante la justicia—, los dichos de la ex de Rial ante dos periodistas de la revista Noticias en enero de 2013 en Punta del Este pasaron por este proceso. La pericia sobre las grabaciones demostró que, aun editada, no se la había sacado de contexto. Había dicho todo lo que la revista le atribuía. Quizás no con las palabras exactas e incluso ni siquiera en ese orden. Pero todo estaba ahí, todo era verdad. La entrevista a Silvia D’Auro para La Nación de agosto de 2014 fue editada con las buenas