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UN MANDAMIENTO ESPECIAL

In document Mi HorA Santa (página 35-38)

4 EL JESÚS DEL COMULGATORIO

6. UN MANDAMIENTO ESPECIAL

Reflexión bíblica.

Del libro primero de los Reyes. 19, 3-8.

Elías anduvo por el desierto una jornada de camino, hasta

llegar y sentarse bajo una retama. Imploró la muerte, y dijo: “¡Ya es demasiado, Yahvé! ¡Toma mi vida, pues no soy mejor que mis padres!”. Se recostó y quedó dormido bajo una reta- ma, pero un ángel le tocó y dijo: “¡Levántate, y come!”. Miró y a su cabecera había una torta cocida sobre piedras calientes y un jarro de agua. Comió y bebió y se volvió a recostar. El ángel de Yahvé volvió segunda vez, lo tocó y le dijo: “Leván- tate y come, pues te queda mucho camino”. Se levantó, comió y bebió, y con la fuerza de aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el Horeb. Pa-

labra de Dios.

Ante el largo camino de la vida, hasta llegar a la gloria de Dios, nuestro destino final, Jesús nos manda, y no solamente nos aconse- ja: “Tomen y coman mi cuerpo. Tomen y beban mi sangre” (Mateo 26,26-27). San Alberto Magno, gran Doctor de la Iglesia, nos dice sobre este precepto singular:

“No podemos imaginarnos un mandato más provechoso, más dulce, más saludable, más amable, más parecido a la vida eterna”.

Más provechoso. Porque es el mismo sacrificio del Calvario, que nos remite todo pecado y nos deja limpios del todo en la pre- sencia de Dios. “Por ellos me consagro yo”, dice Jesús (Juan 17,19). Y añade la carta a los Hebreos (9,14): “Cristo que, impulsa- do por el Espíritu Eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, los pecados, llevándonos limpios al culto del Dios vivo”.

Más dulce. Mejor que con el maná a los israelitas, Dios alimenta al pueblo cristiano con este verdadero Pan bajado del Cielo y que contiene en sí todo deleite. “Diste a tu pueblo pan de ángeles, de mil sabores y a gusto de todos. Este alimento tuyo demostraba tu dulzura a tus hijos, pues se acomodaba al deseo de quien lo tomaba y se convertía en lo que uno quería” (Sabiduría 16,20)

Más saludable. Porque es el fruto del árbol de la vida, y el que lo come con fe sincera no gustará jamás la muerte. “El que come mi carne, vivirá por mí” (Juan 6,57)

Más amable. Porque este Sacramento es causa de amor y de unión con Cristo, en cuyos labios pone el Santo Doctor estas pala- bras: “Tanto los amo yo a ellos y ellos a mí, que yo deseo estar en sus entrañas, y ellos desean comerme, para que, metidos en mí, se conviertan en miembros de mi cuerpo. Es imposible una unión más íntima y verdadera entre ellos y yo”.

Esto es lo más parecido a la vida eterna, que no será otra cosa que esta unión de ahora con Cristo y con Dios, pero convertida en gloria y en felicidad inenarrables.

Hablo al Señor

.

Señor Jesús, Tú eres la Víctima del Calvario que te ofreciste por mis pecados, ¡límpiame!

Tú eres el Pan bajado del Cielo, ¡dame hambre de ti! Tú eres el fruto del árbol de la vida, nacido de la Virgen, ¡dame la victoria sobre la muerte!

Tú te me das de tal modo que los dos nos hacemos uno, ¡dame el vivir contigo, de ti, por ti y para ti!

Tú que te escondes aquí bajo los velos sacramentales, ¡hazme contemplar un día sin velos tu gloria!

Tú me mandas que te coma, ¡qué dignación de tu bondad! Contemplación afectiva

.

Tú, que nos impones el precepto del amor. - Señor Jesús, gracias por el don de tu amor. Tú, que nos mandas amar a Dios con todo el corazón.

- Señor Jesús, gracias por el don de tu amor. Tú, que nos mandas amar sin condiciones al hermano.

- Señor Jesús, gracias por el don de tu amor. Tú, que nos enseñas cómo amar a Dios y al prójimo.

- Señor Jesús, gracias por el don de tu amor. Tú, que nos das tu Espíritu para amar como amas Tú.

- Señor Jesús, gracias por el don de tu amor. Tú, que nos das tu Cuerpo para reforzar nuestro amor.

- Señor Jesús, gracias por el don de tu amor.

- Señor Jesús, gracias por el don de tu amor. Tú, que no permites que se entibie nuestro amor.

- Señor Jesús, gracias por el don de tu amor. Tú, que eres nuestra reconciliación perpetua con Dios.

- Señor Jesús, gracias por el don de tu amor.

Tú, que eres todo dulzura en este Sacramento del amor. - Señor Jesús, gracias por el don de tu amor.

Tú, que en la Eucaristía eres prenda de inmortalidad. - Señor Jesús, gracias por el don de tu amor. Tú, que nos haces pregustar aquí los gozos del Cielo.

- Señor Jesús, gracias por el don de tu amor.

Señor Jesús, yo me quiero desatar en alabanzas a ti. Para de- mostrar la dulzura de tu amor, Tú nos das un Pan bajado del Cielo. Pan, que eres Tú y que sacias el hambre de nuestros corazones. Nos llenas con él de todos los bienes de Dios y nos aseguras la vida eterna por la que tanto suspiramos.

Madre María, resucitado Jesús y subido al Cielo, Tú eras co- mensal asidua en la “Fracción del Pan”, que recibías con amor cuando te lo alargaban los Apóstoles de tu Hijo querido. Al comul- gar, vivías en la tierra, pero estabas ya en el Cielo. Enséñame a recibir a Jesús con aquella tu fe y esperanza, para convertir mi des- tierro en un Paraíso anticipado.

En mi vida. Autoexamen

El mandamiento del amor encuentra su expresión más vigorosa en la Eucaristía, donde Jesús se me da para hacerme vivir entera- mente para Él y para el Padre, a la vez que me impulsa a entregar- me a los hermanos como Él se me entrega a mí. Con el precepto de la Eucaristía, “Tomen y coman”, me da también toda la fuerza que necesito para cumplir las exigencias del amor. ¿Comulgo todo lo que puedo, y comulgo lo mejor que puedo?... Y después de comul- gar, ¿cumplo con todos los deberes que me impone el amor?

Preces

Nos dirigimos a Jesucristo, el Buen Pastor, imagen cabal del hombre que más ha amado, y que es guía, ayuda y fuerza del pue- blo rescatado con su sangre, y le decimos:

Señor, nuestro refugio y fortaleza, escúchanos.

Con un amor grande por tu Pueblo santo nos mandas amarte a ti y a los hermanos con todo el corazón;

- haz que perseveremos siempre en el amor.

Tú que no viste una miseria de los hombres sin que saliera de tu mano el remedio que necesitaban;

- enséñanos a ayudar eficazmente a los hermanos que sufren. Tú, Señor, nos mandas comer tu Cuerpo y beber tu Sangre; - da a todos los cristianos hambre de esta comida celestial, a fin de que nadie desfallezca en el camino y todos lleguemos hasta Dios.

Padre nuestro.

Señor Sacramentado, que eres el don más grande que pudiste dejar a tu Iglesia, haz que no suspiremos sino por tu Altar; que el Comulgatorio nos atraiga como un imán; y que tu Sagrario nos encadene sin que podamos ya soltarnos. Entonces podremos decir con verdad que nuestro vivir es Cristo, porque ya no viviremos nosotros, sino que Tú, Cristo, vivirás en nosotros siempre. Así sea.

Recuerdo y testimonio... 1. El hecho está atestiguado en la gran Historia de los Papas, de Pas-

tor. Iniciado el siglo quince, los piratas habían invadido Groenlandia y pasado a cuchillo a gran parte de la población cristiana. Los católicos supervivientes quedaron aislados durante ochenta años por un mar conver- tido en hielo. Sin misionero alguno, los cristianos que permanecieron fieles a su religión se reunían ante una mesa, sobre la que colocaban un corporal en la que había reposado el Sacramento en la última Misa cele- brada por un sacerdote groenlandés, y elevaban al Cielo esta plegaria conmovedora: “¡Señor, mándanos pronto un sacerdote! Danos, una vez al menos, tu Cuerpo en comida y tu Sangre en bebida para que no perdamos la fe, para que no muramos en el paganismo”.

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