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Los Diez Mandamientos de la Iglesia católica presentan graves e interesadas diferencias respecto al Decálogo bíblico

IV. DE CÓMO LA IGLESIA CATÓLICA CAMBIÓ LOS «MANDATOS DE DIOS» BÍBLICOS Y CREÓ DOGMAS

13. Los Diez Mandamientos de la Iglesia católica presentan graves e interesadas diferencias respecto al Decálogo bíblico

Los Diez Mandamientos de la Iglesia católica presentan graves

e interesadas diferencias respecto al Decálogo bíblico original

Según podernos leer en la

Biblia,

en

Ex

20,1-21 y

Dt

5, 1-22, Dios entregó sus diez mandamientos a los hombres por medio de Moisés y bajo la advertencia siguiente: «Oye, Israel, las leyes y los mandamientos que hoy hago resonar en tus oídos; apréndetelos y pon mucho cuidado en guardarlos.»

Los católicos, naturalmente, creen que los mandamientos que figuran en su catecismo son los originales, poco menos que una traducción literal de aquellas tablas de cartón-piedra que nos mostró el cine de Hollywood en manos de Charlton Heston, pero una simple comparación entre el

Decálogo

del

los mandamientos de Dios para poder adaptarlos a sus necesidades! Uno creía que las palabras de Dios eran sagradas e inalterables, pero resulta que todas las que no convienen a la

Santa Madre Iglesia

Católica Apostólica y Romana

pueden ser manipuladas a modo... y a mayor gloria divina, claro está. Veamos ahora cómo se correlacionan el

Decálogo

original y el católico:

EL DECÁLOGO ORIGINAL SEGÚN EL

ANTIGUO TESTAMENTO (Dt 5,1-21) EL DECÁLOGO SEGÚN

LA IGLESIA CATÓLICA315

1. No tendrás más Dios que a mí.

2. No te harás imagen de escultura, ni de figura alguna de cuanto hay arriba, en los cielos, ni abajo, sobre la tierra, ni de cuanto hay en las aguas abajo de la tierra. No las adorarás ni les darás culto, porque yo, Yavé, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y la cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos.

3. No tomarás el nombre de Yavé, tu Dios, en falso, porque Yavé no dejará impune al que tome en falso su nombre.

4. Guarda el sábado, para santificarlo, como te lo ha mandado Yavé, tu Dios. Seis días trabajarás y harás tus obras, pero el séptimo es sábado de Yavé, tu Dios. No harás en él trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu buey, ni tu asno (...) y por eso Yavé, tu Dios, te manda guardar el sábado.

5. Honra a tu padre y a tu madre, como Yavé, tu Dios, te lo ha mandado, para que vivas largos años y seas feliz en la tierra que Yavé, tu Dios, te da.

6. No matarás. 7. No adulterarás. 8. No robarás.

9. No dirás falso testimonio contra tu prójimo.

¿¡!?

10. No desearás la mujer de tu prójimo, ni desearás su casa, ni su campo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada de cuanto a tu prójimo pertenece.

1. Amarás a Dios sobre todas las cosas. ¿¡!?

2. No tomarás el nombre de Dios en vano.

3. Santificarás las fiestas.

4. Honrarás a tu padre y a tu madre. 5. No matarás.

6. No cometerás actos impuros. 7. No hurtarás.

8. No dirás falso testimonio ni mentirás. 9. No consentirás pensamientos ni deseos impuros.

10. No codiciarás los bienes ajenos.

315 Cfr. Secretariado Catequístico Nacional de la Comisión Episcopal de Enseñanza de Madrid (1962). Catecismo de la Doctrina Cristiana.

Zaragoza: Luis Vives, pp. 6-7. En justo pago al catecismo que me hicieron estudiar en el colegio cuando tenía apenas nueve años, he recuperado ese maltrecho texto —repleto de rayones infantiles—, superviviente olvidado en un rincón de mi biblioteca, para realizar este cotejo doctrinal.

© Pepe Rodríguez Desde el primer mandamiento podemos apreciar los cambios de sentido tan profundos que la Iglesia

ha perpetrado sobre el texto veterotestamentario original. El no tener más Dios que uno solo, Yahveh, ordenado en una época de politeísmos —recordemos que el propio Moisés, tal como ya demostramos en su momento (en referencia a

Ex

15,11; 18,11; 20,5), practicó la monolatría, no el monoteísmo—, no tiene absolutamente nada que ver con el mandamiento católico de amar a Dios sobre todas las cosas. La Iglesia ha sobrepasado con mucho la intención y la intensidad que el propio Dios reclamó para sí mediante sus supuestas palabras, ganando así, de forma intencionada o casual, un instrumento psicológico fundamental para poder controlar y culpabilizar a su grey con mayor eficacia.

El segundo mandamiento del

Decálogo

deuteronómico corrió una suerte bastante peor ya que fue eliminado de cuajo. La razón para una mutilación tan descarada resulta obvia si confrontamos el mandato bíblico de «No te harás imagen de escultura, ni de figura alguna de cuanto hay arriba, en los cielos...» con la práctica nuclear del catolicismo de presentar para su culto y veneración a una legión de imágenes de advocaciones de la Virgen, de santos de todas las épocas y del mismísimo Jesús-Cristo.

A la luz del mandato inapelable del Dios de la

Biblia,

cuyo cumplimiento fue ratificado por el propio Jesús, el catolicismo es una religión idólatra, por eso la Iglesia —que creció adoptando mitos y ritos paganos y se extendió entre gentes habituadas a la idolatría—, para poder conquistar la devoción de las masas incultas, tuvo que borrar de la memoria de sus creyentes la prohibición divina de adorar imágenes. Esta cuestión tan importante la trataremos específicamente en el primer apartado de este mismo capítulo.

En su cuarto mandamiento el Dios bíblico ordenó: «Guarda el sábado, para santificarlo (...) Seis días trabajarás y harás tus obras, pero el séptimo es sábado de Yavé, tu Dios. No harás en él trabajo alguno...», pero la Iglesia católica lo transformó en «santificarás las fiestas», que no implica ni remotamente la misma cosa, ¿o es que son equivalentes el mandato de no trabajar los sábados y el de ir a misa todos los domingos y demás días de fiesta? De nuevo la Iglesia católica le enmendó la plana a Dios sin miramiento ninguno. En el segundo apartado de este capítulo veremos con detalle la cuestión que aquí tan sólo enunciamos.

El séptimo mandamiento bíblico —«No adulterarás»— contiene una instrucción bien clara y concreta: no cometer adulterio, eso es no violar la fidelidad sexual conyugal. Pero la Iglesia católica quiso ser más exigente que el propio Dios y modificó su voluntad ordenando, en el famoso y patológico

sexto

mandamiento:

«No cometerás actos impuros.» Mientras el Dios bíblico sólo proscribió el mantener relaciones sexuales fuera del propio matrimonio,316 la Iglesia católica,

obsexa

hasta la maldad, convirtió en algo horrible todo lo relacionado con la sexualidad humana.317

El ejemplo de san Agustín es bien indicativo de la mentalidad católica en materia sexual: este padre de la Iglesia que, según confesó en sus memorias, «en la lascivia y en la prostitución he gastado mis fuerzas», tuvo siempre una gran necesidad de mujeres, vivió mucho tiempo en concubinato, tomando finalmente a una niña de 10 años por

novia y

a otra mujer más adulta por amante... pero acabó agotado de tanto exceso carnal y reconvirtió sus fuerzas para dedicarlas a una patética cruzada contra el placer sexual, al que tildó de «monstruoso», «diabólico», «enfermedad», «locura», «podredumbre», «pus nauseabundo», etc., con lo que el obispo de Hipona se lanzó a condenar con fanatismo lo que llamó «la concupiscencia en el matrimonio», una sacra labor que, quince siglos después, aún centraliza la mayor parte de la energía de la jerarquía de la Iglesia católica.

316 Cosa especialmente importante en una cultura patriarcal, como lo era la hebrea, receptora del Decálogo, ya que, en este tipo de sociedad, las

propiedades (tierras, ganados, bienes muebles e inmuebles, etc.) y cargos se heredaban por vía seminal, eso es a través del linaje de sangre que transmitía el varón a su primogénito y al resto de hijos/as. En este contexto elhombre debía poder contar con garantías acerca de la paternidad de sus hijos —una necesidad que, muchos siglos antes, había llevado a controlar absolutamente la sexualidad de la mujer, reduciéndola a la proveedora de herederos del varón y desposeyéndola de su derecho al control genital y al placer sexual—, evitando los embarazos extraconyugales de su esposa o esposas —por eso se legisló la pena de muerte para la mujer adúltera— y, al mismo tiempo, el colectivo necesitaba protegerse de los hijos ilegítimos (varones) que podían aspirar a heredar bienes y traspasarlos de un clan a otro, debilitando la estructura familiar del padre biológico. Por eso, que no por ser pecado, debía evitarse el adulterio. Y por razones socioeconómicas, que no teológicas, se incluyó esta prohibición en un listado de reglas de convivencia publicitadas bajo la autoría de Dios para forzar su cumplimiento.

317 La represora moral sexual oficial de la Iglesia católica —que, afortunadamente, no siguen la inmensa mayoría de los creyentes actuales—,

contrasta vivamente con la voracidad sexual de algunos de sus más notables «padres de la Iglesia», como san Agustín, con las costumbres sexuales licenciosas y corruptas que caracterizaron a papas, obispos y clero en general durante siglos, y con la realidad desbordante de las prácticas sexuales del clero católico actual (a este respecto puede consultarse la investigación publicada en Rodríguez, P. [1995]. La vida sexual del clero. Barcelona: Ediciones B. y en la bibliografía que allí se cita).

Si repasamos la literatura catequista católica del último siglo comprobaremos con estupor que las prescripciones y prohibiciones alrededor del

sexo

mandamiento han ocupado un lugar preponderante frente a los demás

pecados. A

los obispos y sacerdotes les pareció siempre más terrible que un adolescente se masturbara —«un pecado mortal que pudre la columna vertebral y condena irremisiblemente al fuego del infierno», se placían en anunciar amenazadoramente a los chavales— o bailara

arrimado

con su pareja que no la explotación de los obreros, el robo o el asesinato.

En el actual catecismo católico, por ejemplo, se condena sin excepción la masturbación mientras que se justifica la pena de muerte y la guerra y se acepta la posibilidad de matar a otro en defensa del bien común.318 ¿Qué clase de mente hay que tener para imaginar que Dios pueda sentirse más ofendido por quien se masturba que por quien da muerte a uno o a muchos, por muy en «defensa del bien común» que sea?

En el noveno mandamiento del

Decálogo,

al «No dirás falso testimonio contra tu prójimo» inicial, la Iglesia católica le añadió de cosecha propia un «ni mentirás», que es totalmente ajeno a la intención y el contexto que dieron origen al mandato bíblico.

El

Catecismo

católico actualmente vigente señala que: «"La mentira consiste en decir falsedad con intención de engañar" (san Agustín, mend. 4,5). El Señor denuncia en la mentira una obra diabólica:" Vuestro padre es el diablo... porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira"

(Jn

8,44)»; «La mentira es la ofensa más directa contra la verdad. Mentir es hablar u obrar contra la verdad para inducir a error al que tiene el derecho de conocerla. Lesionando la relación del hombre con la verdad y con el prójimo, la mentira ofende el vínculo fundamental del hombre y de su palabra con el Señor»; y «La gravedad de la mentira se mide según la naturaleza de la verdad que deforma, según las circunstancias, las intenciones del que la comete, y los daños padecidos por los que resultan perjudicados. Si la mentira en sí sólo constituye unpecado venial, sin embargo llega a ser mortal cuando lesiona gravemente las virtudes de la justicia y la caridad».319

Llegados a este punto del libro, con todo lo que ya hemos visto, hay que reconocer a la Iglesia católica una desvergüenza sobrehumana: ¿No es mentir el falsear gravemente las

Sagradas Escrituras?

¿No es mentir el mantener en el canon neotestamentario textos que se dan por

inspirados y

de autoría apostólica cuando ya se ha demostrado sin sombra de duda posible que son documentos pseudoepigráficos? ¿No es mentir el inducir a error a sus creyentes dándoles una interpretación del mensaje evangélico que resulta contraria a la intención de Jesús y de sus apóstoles? ¿No es mentir el haber construido el Estado de la Iglesia católica sobre la falsificación de

La Donación de Constantino?

¿No es mentir el comportamiento de la Iglesia que hemos venido documentando en cada página de este trabajo?

Pero para la Iglesia católica, sin embargo, es posible que las mentiras más formidables de la historia humana no sean tales, quizá porque su conciencia descansa sobre la doctrina de la

mentira económica o

pedagógica

basada en el plan divino de la salvación, asentada por su teólogo Orígenes cuando defendió la función

cristiana

del engaño postulando la necesidad de una mentira como «condimento y medicamento». Definitivamente, los mandamientos de la

Ley

de Dios no fueron hechos para ser cumplidos por la Iglesia católica, una institución que se ha encumbrado a sí misma muy por encima de todo lo humano y lo divino.

En el cotejo que estamos realizando entre el

Decálogo

bíblico y el católico llegamos al décimo del primero mientras que todavía estamos en el noveno del segundo; al haber eliminado todo el segundo mandamiento original, a la Iglesia católica le faltaba otro para completar la decena y no despertar sospechas con un decálogo cojo. La solución la encontró transformando el décimo bíblico en el noveno y décimo católicos.320 .

318 C/r. Santa Sede (1992). Catecismo de la Iglesia Católica. Madrid: Asociación de Editores del Catecismo. «Entre los pecados gravemente

contrarios a la castidad se deben citar la masturbación, la fornicación, las actividades pornográficas y las prácticas homosexuales» (párrafo 2.396, p. 524). «La prohibición de causar la muerte no suprime el derecho a impedir que un injusto agresor cause daño. La legítima defensa es un deber grave para quien es responsable de la vida de otro o del bien común» (párrafo 2.321, p. 509).

319 Cfr. Santa Sede (1992). Op. cit., p. 540, párrafos 2.482 a 2.484.

320 La desfachatez de la Iglesia católica es tan inaudita que cuando tiene que comparar el Decálogo original con el suyo une el primer y

segundo mandamientos en uno solo para que no se note su manipulación (¡aunque entonces deja el decálogo en sólo nueve apartados!). Así, en el

Catecismo actual, por ejemplo, se presenta el texto del primer mandamiento como: «No habrá para ti otros dioses delante de mí. No te harás escultura

ni imagen alguna...», engañando a sabiendas al lector ya que, tanto en el Decálogo de Ex 20,3-17 como en el de Dt 5,7-21, la primera frase se corresponde con el primer mandamiento y la segunda —«No te harás escultura...»— es el inicio del siguiente. Si ambos mandatos se unifican (vulnerando la estructura del texto que los contiene), también deberían unirse los restantes hasta formar un solo mandamiento, cosa algo absurda cuando se trata de un decálogo. Al llegar al décimo mandamiento bíblico, la Iglesia se limita a hacer dos de él, con lo que vuelve así a tener diez.

De esta manera, la Iglesia católica, elaboró su noveno mandamiento

subiendo

el «no desearás la mujer de tu prójimo» desde el décimo bíblico y fundiéndolo dentro del mismo concepto obsesivo que ya había especificado en su sexto, quedando así el texto de «no consentirás pensamientos ni deseos impuros». El resto del décimo mandamiento bíblico pasó al décimo católico con una significación equivalente.

Un creyente católico honesto y consecuente con su fe debería plantearse al menos estos dos interrogantes:

a)

Si la palabra de Dios es

Ley,

y su

Decálogo

es sustan-cialmente diferente al que obliga a cumplir la Iglesia católica, ¿cómo puede tomarse la

Biblia

por palabra divina mientras que se acata y eleva a rango superior una palabra meramente humana que la contradice? ¿Es ése el caso que los católicos le hacen a ese Dios con el que se llenan la boca?

b)

Si se recurre a Jesús como arbitro para salir de dudas, ¿a cuál de sus afirmaciones contradictorias deberemos dar más credibilidad? En

Mt

5,17-18 declaró: «No penséis que he venido a abrogar la Ley o los Profetas; no he venido a abrogarla, sino a consumarla. Porque en verdad os digo que mientras no pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará (desapercibida) de la Ley hasta que todo se cumpla»; dado que el cielo y la tierra aún no han desaparecido con la llegada del Juicio Final, y que el

Decálogo

es una parte fundamental de la

Ley,

es evidente que Jesús proclamó la necesidad de cumplir íntegros los mandamientos bíblicos, tal como él los conoció —no tal como la Iglesia los ha maquillado—, aún en el día de hoy.

Pero si leemos al Jesús de

Mt

19,16-19, nos sorprenderá ver que él mismo parece abrogar parcialmente la

Ley

que unos versículos antes declaraba obligatoria en su totalidad: «Acercósele uno y le dijo: Maestro, ¿qué obra buena he de realizar para alcanzar la vida eterna? Él le dijo: ¿Por qué me preguntas sobre lo bueno? Uno solo es bueno: si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos. Díjole él: ¿Cuáles? Jesús respondió: No matarás, no adulterarás, no hurtarás, no levantarás falso testimonio; honra a tu padre y a tu madre y ama al prójimo como a ti mismo.»

Si el texto no fue mutilado —o añadido— por algún copista anterior a Nicea, es evidente que Jesús redujo los mandamientos a sólo seis, eliminando —de forma incomprensible e incompatible con su propia prédica, recogida en el resto de los

Evangelios

— los cuatro primeros del

Decálogo

mosaico (base del monoteísmo judeocristiano) y cambiando el décimo por el de amar al prójimo. Aunque, un poco más adelante, en

Mt

22,36-40, Jesús volvió a dar una nueva versión: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley? Él le dijo: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el más grande y el primer mandamiento. El segundo, semejante a éste, es: Amarás al prójimo como a ti mismo. De estos dos preceptos penden toda la Ley y los Profetas.»

Dado que Dios no puede obrar mediante actos volitivos contradictorios entre sí —aunque ésa es la conclusión que se saca muy a menudo al leer las

Escrituras

—, la cuestión radicará en saber cuándo expresó Jesús el mandato de Dios: si lo hizo en

Mt

5,17-18, la Iglesia católica traiciona a Dios al imponer un

Decálogo

ajeno al veterotestamentario; pero si la nueva voluntad de Dios la manifestó el Jesús de

Mt

19,16-19, la Iglesia católica traiciona a Dios y a Jesús al mismo tiempo ya que sus mandamientos no son los seis que enumeró el nazareno; y si todo se resume a lo que dijo Jesús en

Mt

22,36-40, resulta obvio que sobran ocho mandamientos y que laIglesia sigue traicionando a alguien que ya no acertamos a saber si es Dios, Jesús o cualquier otro. En cualquier caso, queda patente que la Iglesia ha pervertido los mandamientos que ella misma atribuye a Dios, con todo lo que eso implica.

Por si no fuera ya bastante dramático lo que acabamos de aflorar, resulta que la continuación del pasaje de Mt 19,16-19 conduce a una conclusión que es una bomba de relojería colocada en la propia línea