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María filé iluminada no solamente con las lu­ ces de la fe, déla gracia divina, de la ciencia sobre­ natural y de la profecía, sino también con los siete

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maravillosos clones del Espíritu Santo : y es cosa muy agradable, al par que instructiva, conocer cómo recibió la Virgen los dones del Espíritu San­ to, el grado en que los poseyó y las excelencias so­ brenaturales, de que, mediante ellos, estuvo adorna­ da su alma nobilísima.

Más, preguntaremos ante todo, ¿qué son los dones del Espíritu Santo? ¿Podrán distinguirse de la gracia divina, ó son. talvez, la misma gracia san­ tificante ? Los demes del Espíritu Santo no pueden existir en una alma manchada por el pecado mor­ tal, y necesariamente exigen la vida sobrenatural de la gracia divina en el alma que los recibe: no son, pues, la misma gracia; antes, la acompañan y presuponen: tampoco deben confundirse con las virtudes; porque, respecto de ellas, los dones son auxilio» ó medios extraordinarios, que nos ayudan para practicarlas de una manera perfecta. Así co­ mo en la naturaleza, la semilla fecunda, que se con­ fía á la tierra, contiene en sí misma todo el germen de que ha de brotar y formarse la p la n ta ; así tam­ bién, en el orden sobrenatural, una alma que posee la gracia santificante lleva en sí misma la v id a; pe­ ro, como la semilla necesita de la sabia y de los ju ­ gos de la tierra, de la humedad y del calor para desarrollarse y producir, así la vida divina en las almas ha menester del impulso del Espíritu Santo, que, por medio de sus siete maravillosos dones, la pone en acción, la estimula á la práctica de lo bue­ no y le da un suave movimiento para que vaya as­ cendiendo de una virtud á otra más heroica. Los dones del Espíritu Santo hacen, pues, lo que el ai­ re y el calor con la vida material, la conservan y fomentan. De ahí es que, una alma en gracia no puede menos de hallarse enriquecida con los dones del Espíritu Santo, siendo la posesión de estos do­ nes inseparable de la gracia. María, cuya alma, des-

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dé el instante de su concepción inmaculada, es tu r a llena de la plenitud de la gracia, ¿ no estaría ador­ nada y enriquecida también con los dones del Es*, píritu Santo? Claro es que sí, y e n sumo grado.

V eam o s, pues, ahora cómo poseyó cada uno de esos dones, y los efectos maravillosos, que produjeron en el alma de la santa Virgen.

Todos los católicos sabemos muy bien cuantos, y cuales son los dones del Espíritu ¡Santo, y ningu­ no de nosotros ignora, que entre ellos ocupa el pri­ mer lugar el dón de la Sabiduría y, el ultimo, el dón del Temor de D ios: de los siete dones, cua­ tro porfeccionan nuestro entendimiento; y tres, nuestra voluntad: la sabiduría, el entendimiento, la ciencia y el consejo perfeccionan nuestra inteli­ gencia ; y el temor de Dios, la fortaleza y la picdncl perfeccionan nuestro corazón. Dos facultades nobi­ lísimas hay en nuestra alma, que son la de conocer y la de amar; y entrambas reciben del Espíritu ¡San­ to, por medio de sus siete soberanos dones, luz, unción y defensa; porque, mediante ellos, somos protegidos, auxiliados y alumbrados de lo alto.

El principio de nuestra santificación está en el temor de Dios, según lo dice terminantemente la San­

ta Escritura: lnitiumSapimtiae (1)..

E l principio, el comienzo de la sabiduría es el te-, mor del Señor. Para recibir y alcanzar el dón de la sabiduría, que es el supremo y el más excelente de los dones, es indispensable haberlo merecido antes con el dón del temor de Dios. Más, ¿ á qué se re­ duce este dón? ¿cuáles son sus efectos en núes-, tra alma? ¿Qué es temor? ¿En qué consiste el te­ mor de Dios ?

• E l temor es un sentimiento ó afecto del áni­ ma, por el cual nos reconocemos inferiores á una

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persona, á quien le debemos respeto, amor y re re­ ren cia, y de cuyas manos no podremos menos de re­ cibir el justo premio ó castigo que merezcamos, se­ gún el cumplimiento de nuestros deberes. De aquí (es que, el temor de Dios es el reconocimiento de nuestra condición de criaturas respecto del Cria­ dor, y la afectuosa disposición de cumplir nuestras obligaciones, y portarnos como tales, en todo mo- «mentó. Del temor nace la más amable de todas las virtudes, la virtud característica de la criatura, la humildad.

La perfección, la nobleza del temor se deduce *de los motivos que nos inspiran este sentimiento, y •de las causas que nos estimulan á temer. Cuando -amamos á Dios y tememos ofenderle, no tanto jpor la-pena con que puede castigarnos, cuanto por el des&> de ser siempre agradables á sus divinos ojos; entonces nuestro temor es filial: pero, cuan­ do nuestro amor á Dios es tan corto, tan escaso, tan tibio, que por horror de la pena, más bien que por miedo de desagradarle dejamos de pecar, entonces 'nuestro temor es servil. ¿ Cuál de estos dos temo- -res será más excelente ? E l temor filial, sin duda

•ninguna. *

Estudiemos ya este dón precioso en el alma • de la Virgen Santísima. María estaba prof undamen- •te abismada en la contemplación de dos ideas: la idea de la suma Majestad de Dios, y la idea de la pequenez y de la nada de la criatura, y de ahí nacían en su alma aquellos sentimientos indecibles de res­ peto, de reverencia, de anonadamiento delante del -Señor. Anclaba siempre asombrada, ponderando »cuán miserable, cuán pequeña es la criatura, y de aquí prendía en su pecho inmaculado el fuego del 'más puro amor á Dios. Las maravillas, los grandes portentos que el Todopoderoso había obrado en vElla la tenían sumergida en un éxtasis de admiración

continuo, no cesando de ponderar su nada como criatura, y la excelencia de las gracias extraordina- rias de que la había colmado el Altísimo. En el fon­ do de su alma, en los más recónditos senos de su conciencia purísima, allí era donde traía depositado el temor de Dios, y de ahí resaltaban á lo exterior aquella compostura admirable en todos sus movi­ mientos, y aquella modestia celestial en su sem­ blante : hablando ó guardando silencio, estaba siempre poseída del afecto de la presencia divi. na. Pensaba, hablaba, vivía siempre bajo la mi­ rada de Dios, de una manera agradabilísima al E ter­ no, que la había criado, y que se complacía en la santidad de esa criatura, en quien le plugo derra­ mar los tesoros inagotables de su bondad infinita.

E l temor reverencial que la Virgen tenía á Dios, era acompañado del más vivo deseo y de la más eficaz solicitud de agradar al Señor en todo: Ma­ ría temía no solamente desagradar á Dios, sino no hacer siempre, y en todas las cosas, lo que á Dios fuese más agradable. ¡ Cuán grande era, por esto, el horror que le inspiraba el pecado ! He aquí una de las fuentes más misteriosas é inagotables de dolor pa­ ra la santa Virgen durante su vida mortal; sentía do­ lor inefable porque su horror al pecado era también inefable: hé aquí el arcano del martirio de la V ir­ gen en la pasión de su Hijo divino. En María no liemos de considerar solamente el amor de Madre en la pasión de Jesucristo, sino también los dones sobrenaturales con que había sido enriquecida su alma para compadecerse de los dolores del Hombre Dios. ¿Qué ideas tenía la Virgen, en qué medi­ taba en el Calvario? ¿Qué pensaba contemplando la agonía del Redentor suspendido del afrentoso patíbulo de la cruz ? María en su Hijo moribundo tenía presente á la Víctima expiatoria del pecado, y tanto era el horror que la Virgen tenía al pecado

que habría muerto necesariamente, si la gracia di­ vina no la hubiera fortalecido para que padecie­ ra aquellos dolores y angustias inefables en el Cal­

vario. i

Del mismo temor de Dios nacía en la Virgen sil asombrosa humildad. Tratando de esta virtud de María, me faltan palabras para explicar cuanto siento y alcanzo á entender acerca de ella. Lla­ mar profunda á la humildad de la Virgen es no decir nada, porque en la humildad de María hay tales abismos, y tan heroicos, y tan admirables que cuanto se quiera ponderar será siempre menos de lo que respecto de esa extraordinaria virtud se logra co­ nocer meditando las palabras, los hechos y las exce­ lencias de la Viigen. Tanta grandeza de ánimo, una dignidad tan magnánima y una humildad tan consu­ mada. DfSs cosas conocía claramente la Virgen: la na- ‘ da de la criatura y la grandeza infinita de la Majes­ tad divina, y del conocimiento de esos dos abismos, del abismo de la nada de la criatura y del abismo de la grandeza divina, nacían su temor á Dios y su hu­ mildad. De aquella fuente de bondad inmensa veía la santa Virgen brotar y derramarse los beneficios so­ bre todas las criaturas licuándolas, colmándolas de bienes hasta que rebosasen en ellos, y entre todas las criaturas existentes y aun posibles se reconocía Ella como la más privilegiada, como la más favorecida, y su corazón ardía en llamas vivas del más generoso reconocimiento álas misericordias del Criador. ¿ Có­ mo ni imaginar siquiera desagradar á Dios ? ¿Qué esfuerzos no deberán hacerse para cumplir en todo la voluntad divina, ejecutando siempre no aquello que sea solamente agradable á Dios, sino lo que le sea más agradable, aunque á la voluntad humana le cueste duros y grandes sacrificios? ¿Cómo tenerse en más de lo que uno realmente es ? ¿ Cómo no cono­ cer las buenas dotes que poseemos? ¿Cómo dejar

de confesar que todas las hemos recibido de la li­ beral mano ele nuestro Criador? Tales son los afec­ tos de una alma poseída del temor de Dios : tales fueron en grado heroico y perfectísimo los de la Virgen María.

E l segundo de los dones del Espíritu Santo es el dón de Piedad. Como todos los demás, santifica éste á las almas comunicándoles para con Dios afec­ tos y sentimientos filiales. Dios no quiere que sus criaturas le teman solamente, sino que exige de ellas amor, y nos ha impuesto precepto estrecho de amarlo sobre todas las cosas. \ Qué hace el dón de piedad en nuestros corazones? Nos inspiraé infun­ de sentimientos de amor filial, nos comunica para con Dios afectos de hijos, y así amamos á nuestro Criador como á nuestro Padre. El corazón de la santa Virgen fué, pues, llenado sobrenaturalraente de afectos y sentimientos filiales, tiernos, generosos, heroicos respecto de D ios: amaba á Dios como á un padre, porque Dios es en vendad padre de todas sus criaturas. Y de este amor filial que la santa Vir­ gen tenía á Dios nacían su constancia admirable en la práctica más heroica de todas las virtudes, aquel gusto y complacencia con que miraba todas las co­ sas que se referían al servicio divino, la reverencia profunda y amor entrañable que sentía para con los sacerdotes de la Antigua Ley y después para con todos los Apóstoles y Discípulos de Jesucristo, y su caridad y misericordia para con todos los próji­ mos. En todos los actos del culto divino encontra­ ba sumo contentamiento, y en la práctica de la cali­ dad para con el prójimo una ocasión de manifestar á Dios el exquisito y fervoroso amor filial de que estaba adornado su corazón.

Más, acaso no faltará alguien á quien se le ocu­ rra preguntar, si por ventura la santa Virgen María conserva en el cielo los mismos dones del Espíritu

Santo de que estuvo adornada aquí en la tierra ? ¡ Ah ! Indudablemente, allá en su vida gloriosa la santa Virgen está animada de los mismos sentimien- tos sobrenaturales de que estuvo animada aquí en la tierra, y el dón de piedad, que aquí en este mun­ do le inspiró aquel ternísimo amor filial á Dios y aquella caridad tan encendida para con el prójimo, le comunica y atiza, dirémoslo así, en el cielo esos deseos fervorosos de la salvación del mundo, y de la exaltación de la gloria divina. Por eso María ama tanto á la Iglesia Católica y la ampara y prote­ ge con el auxilio eficaz de su intercesión poderosa para con Dios. ¿Será, tal vez, la Iglesia Católica una sociedad indiferente para la Virgen ? ¿ Se moverá María á orar en el cielo por la Iglesia, solamente cuando desde la tierra los fieles clamamos pidiéndo­ le su auxflio y protección ? ¡ Ah ! No : María tiene * constantemente fijos sus ojos en la Iglesia militante, y con solicitud incomparable no cesa de rogar por ella, se interesa en la suerte no sólo espiritual sino temporal de todos y de cada uno de los fieles que componen la Iglesia, intercede por todos los pueblos d éla tierra y emplea en beneficio de los mortales to­ das las gracias extraordinarias de que el Todopode­ roso la ha enriquecido y hecho dispensadora en el cielo. Ved aquí porqué era imposible que María no acudiera en auxilio de los hombres, cuando la invo­ camos en nuestras necesidades.

E l tercero de los dones que perfeccionan la vo­ luntad es el de Fortaleza, por el cual el alma se halla dispuesta y robustecida para hacer y para padecer grandes cosas por Dios. La fortaleza res­ plandece más eh el padecer que en el ejecutar grandes trabajos por la gloria divina. Este dón ad­ mirable fortaleció á la Virgen y la hizo capaz de las acciones extraordinarias, que consumó cooperando con su Hijo divino á la Redención del mundo. D03

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son los actos principales de la Virgen en los que res­ plandeció más la fortaleza sobrenatural de (pie esta­ ba dotado su gran corazón : en esos dos actos la ve­ mos hacer grandes cosas y padecer inauditos traba­ jos por la gloria divina.

l Cuáles son esos dos actos de la vida de la Virgen? Esos dos momentos más solemnes en la vida de la Virgen fueron el de la Encarnación del Verbo divino y el de la Pasión del R edentor: en el primero se manifestó la fortaleza de la Virgen haciendo grandes cosas, y en el segundo, padecien­ do heroicamente por la gloria divina. Cuando la Encarnación ejecutó un acto de fe generosa, su­ perando cuantas dificultades le oponía su razón contra lo estupendo ó incomprensible de un mis­ terio tan asombroso como era el que el mismo Dios se hiciera hombre en las entrañas suyas in­ maculadas, sin que para la consumación de una ma­ ravilla tan asombrosa, tan imposible, fuese necesaria otra cosa sino el consentimiento de la misma V ir­ gen. Ponderemos las circunstancias en que se en­ contró María en aquel momento, para comprender cuanta fue su fortaleza de corazón y su magnani­ midad, al dar su consentimiento para la Encarna­ ción. La grandeza del misterio, el espanto que no podía menos de causar á la criatura aquella unión íntima y estrecha que había de verificarse con Dios mediante la Encarnación, el horror (pie la débil na­ turaleza humana siente en presencia de la Majestad terrible de Dios y, en fin, los sagrados deberes que la divina Maternidad imponía á la Virgen eran par­ te para que, al dar su consentimiento, hiciera un ac­ to heroico de fortaleza, auxiliada y robustecida por los dones del Espíritu Santo.

Ya antes había sido estimulada por la misma gracia ó dón de fortaleza á hacer un voto inaudito, el voto de virginidad, realzando por medio de la re-

ligión la práctica de la más celestial entre tocias las virtudes.

En cuanto al padecimiento, recordemos que Ma­ ría fué al Calvario siguiendo al Redentor y que presenció la muerte de su Hijo divino. ¿ Sola­ mente el amor maternal le movería á ser testi­ go y expectador de la agonía y de la muerte de su querido Hijo ? No, no fué solamente el amor mater­ nal quien llevó á María al Calvario, fué su fortale­ za espiritual, fué la sobrenatural gracia santificante la que obró aquella maravilla, que en el mundo y en la eternidad tendrá perpetuamente asombradas á todas las criaturas. Si consideramos la acción de la Virgen desde uu punto de vista puramente hu­ mano, decidme, ¿no es sorprendente que una madre haya icio á presenciar el suplicio de su hijo? ¿no seria cori|rario á los delicados instintos del corazón de una madre semejante acción ? ¿ No habría sido más propio de. una madre amorosa huir del lugar del suplicio de su hijo? ¿Cómo es posible que en un corazón delicádo se haya podido encontrar tan­ ta dureza cbn tanto amor? Una madre que ama en­ trañablemente á un hijo suyo no tiene valor para verlo morir, se retira, se aleja: exclama, como lg do­ lorida Agairen el desierto cuando su hijo agoniza­ ba de sed : no tengo, no, valor para ver morir á mi hijo, y huye y se aparta para exhalar á lo lejos sus ayes.y gemidos ! Y después de todo, ¿no había de ser amargamente atormentado el corazón del mori­ bundo, viendo allí delante de su cruz presente á su madre? Hay, pues, un misterio en la presencia de la Virgen en el Calvario : y ¿ qué misterio es ese, si­ no el de la fortaleza sobrenatural de su corazón in­ maculado, que, sacrificándose á sí mismo en aras del más cruel dolor, presenció la mueite de Jesucristo para adorar á su Dios en aquel supremo instante ? La esforzada Virgen considera que su Hijo divino

era objeto de las burlas, délos dicterios, de los sar­ casmos, de los ultrajes, de las afrentas de todo un pueblo conjurado contra su vida: esa vida precio­ sa le va á ser quitada en un patíbulo ignominio­ s o ... .¿qué hará la Virgen? ¿ qué partido tomará en circunstancias tan extraordinarias y difíciles? Como madre tiene el corazón lastimado, herido, tras­ pasado de dolor: pensando en lo que sufre y pade­ ce su Hijo moriría, si una asistencia especial de lo alto no sostuviera su vida: ir al Calvario, presen­ ciar con sus propios ojos la agonía de su Hijo, no lo sufre el amor m aternal: pero Jesucristo es tam­ bién su Dios, su Criador, y puede adorarle, rendir­ le culto en el momento mismo en rjue le estén ul­ trajando : su presencia en el Calvario será una par­ ticipación en los dolores del Redentor, porque so­ bre la Madre caerán también los ultrajes, las afren­ tas, los desprecios del Crucificado. ¿ Qué era aquel día Jesucristo para el innumerable pueblo reunido en Jerusalén? ¿Qué era sino un miserable crimi­ nal digno del último suplicio ? ¿ Qué era sino un sa­ crilego, un blasfemo, un sedicioso ? ¿ Quiénes lo per­ seguían sino los sacerdotes y los magistrados de la nación ? Por lo mismo presentarse en público, cer­ ca de la víctima, ponerse en pie junto al patíbulo, confesando y declarando y haciendo ver que el Cru­ cificado era su Hijo y que Ella era su Madre, ¿ no era fortaleza admirable ? ¿ No era amor á Dios ? ¿No