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LA MARCHA A BABILONIA

In document Alejandro Magno Biografia - Mary Renault (página 130-169)

Los macedonios no habían contado con Alejandro si esperaban una fácil marcha a través del Khyber y de la pacífica Sogdiana, Alejandro les dijo secamente que, como mínimo, le permitiesen dejar la India en lugar de escapar de ésta. Acababa de recibir información digna de confianza según la cual el Indo no desembocaba en el Nilo, sino en el océano infinito. Frustrado en su propósito de llegar al mar por el este, fue imposible impedirle que lo alcanzara por el oeste. Esa actitud contenía algo más que la sed del explorador: como la mayoría de los «anhelos» de Alejandro, poseía un elemento práctico. Le habían dicho que en la desembocadura del Indo se abría una vía marítima que conducía directamente a Persia. En su época se decía que «el mar une y la tierra separa»; donde quiera que hubiese agua, los desplazamientos eran más rápidos y a menudo menos peligrosos. Existía la posibilidad de una magnífica ruta comercial que acortase la larga y difícil senda de las caravanas, plagada de bandidos, se decía que el camino costero era arduo y la solución más plausible era el mar. Algunos estados del Punjab occidental aún no le habían rendido vasallaje; por consiguiente, viajaría río abajo hasta encontrar resistencia, la aplastaría, llegaría al océano y enviaría la flota a Persia mientras marchaba a su lado para abastecerla desde tierra, buscando futuros emplazamientos de fondeaderos. Designó almirante a su amigo Nearcos, nacido en la marinera isla de Creta.

Durante la travesía por el Indo medio, Hefestión marcharía a lo largo de la orilla izquierda, al mando de casi todo el ejército, los elefantes y el inmenso séquito de no combatientes, en el que probablemente estaba Roxana, después de otro fugaz encuentro. No es probable que su marido la llevara por Beas, a través de torrentes crecidos y lluvias torrenciales y ahora tampoco la llevaría en una galera de guerra, por un río infestado de cocodrilos en el que se sabía que había peligrosos rápidos. Durante cerca de un año, Roxana debió de pasar más tiempo bajo la custodia de Hefestión que con Alejandro. Crátero conduciría una tropa numéricamente muy inferior por la orilla derecha. Hefestión y Crátero tenían el mismo rango; habían surgido rivalidades y estallado una suerte de fricción, que Alejandro allanó con una mezcla de firmeza y tacto. La separación les dio tiempo para apaciguar los ánimos y no volvemos a saber nada más de roces entre ambos.

Mientras la flota se aprestaba se sumó otro nombre a la extensa lista de muertos por enfermedad de la que había hablado Coeno: él mismo. Sin duda por aquel entonces el cólera era tan endémico en India como en nuestros días. Coeno se había limitado a hacerse eco del malestar de la tropa, pero no fue su incitador, y Alejandro le ofreció un funeral con todos los honores.

El embarco fue un espectáculo que quedó grabado en la memoria de Nearcos. Fueron solemnemente despedidos por Poros, a quien Alejandro no había concedido una simple satrapía, sino una monarquía tributaria sobre todas las conquistas entre Taxila y el Beas. Aunque había cerca de 80 barcos de guerra, la flota completa reunía una miscelánea de 2.000 naves. Los caballos viajaban en balsas, probablemente en los

pontones de Hefestión, engalanados; para los indios, que jamás habían visto un caballo a bordo, fue un prodigio. Nearcos menciona los nombres de los triarcas, comandantes honorarios de las naves procesionales (los timoneles eran los auténticos capitanes) y que gozaban del privilegio de adornarlas: en su mayoría se trataba de macedonios de alto rango, incluidos Hefestión –que debió de reunirse más tarde con su contingente– y Tolomeo. Además de varios griegos, había –quizá significativamente– un tal Bagoas, «hijo de Farnuces» (así lo escribe Nearcos); no se trataba del joven favorito, sino de un príncipe persa. Farnuces, hermano de la esposa de Darío y hermanastro de Estateira, había caído en el Gránico. Este cumplido al primo de la futura esposa de Alejandro –el único persa que fue honrado de esta guisa– demuestra que quizá ya había empezado a forjar sus planes dinásticos.

Antes del embarco al amanecer, Alejandro hizo libaciones a los espíritus del río, a Heracles y a los dioses que solía honrar. Con las primeras luces sonaron las trompetas y los cantantes de salomas organizaron a los remeros; las altas márgenes del río devolvieron la cadencia y los indios que estaban arracimados en la orilla, fascinados por el espectáculo, siguieron las naves durante kilómetros, sin dejar de cantar.

Alejandro hizo altos en el camino para recibir los homenajes de diversas ciudades que ya se lo habían prometido. Por fin llegaron a la temida confluencia del Hidaspes con el Aquesines, cuyo desfiladero era profundo y estrecho. «Incluso desde lontananza se percibe el tumulto de las olas.» Los asustados remeros hicieron un alto y los timoneles les gritaron que remaran como nunca para evitar que los rápidos los arrastrasen de través. Lograron superarlos (seguramente desembarcaron a los caballos) a costa de varios remos rotos y de una colisión, de la que salvaron a parte de las tripulaciones. Alejandro estableció el campamento, ordenó a las naves que siguieran avanzando y reunió a las tropas situadas en ambas márgenes. Más adelante se extendían las tierras de los obstinados malios, que habían desafiado a sus emisarios. Como no estaba en condiciones de retrasarse, se abstuvo de proponer segundas negociaciones. Dejó a Crátero junto al río, a cargo de la base y de los no combatientes, y avanzó en un movimiento de pinza, enviando a Hefestión cinco días antes y pidiendo a Tolomeo que se rezagara tres jornadas. Alejandro y sus hombres evitaron el camino trillado y emprendieron una carrera corta y penosa a través del desierto, el sector por el que menos lo esperaban. La caballería sorprendió a los hombres de la primera ciudad malia trabajando los campos y los arrasó. Alejandro estaba tan impaciente como sus hombres por dejar la India.

Si en algún momento abrigó la esperanza de que el ejemplo severo pondría fin a la resistencia, se equivocó. Lo único que logró fue volverla aún más combativa. Se encontraba en territorio de los brahmanes y la religión acrecentó las hostilidades.

Una nueva y salvaje campaña era lo último que sus hombres esperaban. A esas alturas la retirada habría equivalido a un suicidio; sin embargo, a medida que las tropas tomaban por asalto una ciudad amurallada tras otra, Alejandro notó que perdían entusiasmo. Desde su perspectiva, sólo había una respuesta a esa actitud: dar ejemplo. Cuando los soldados retrocedieron ante una brecha, Alejandro la salvó solo y resistió hasta que sus hombres se sintieron avergonzados y combatieron a su lado. Una vez forzada la brecha, muchos indios se quemaron en sus casas. Los que huyeron

fueron arrasados por Tolomeo y Hefestión, aunque muchos se refugiaron en la ciudad principal, que se alzaba en el emplazamiento de la moderna Multan.

Adelantado con la caballería, Alejandro logró contener un contingente muy superior que lo interceptó hasta que llegó la falange y completó la derrota. Entonces cercó la ciudad. Como se trataba del último foco de resistencia, envió de regreso a la base a Tolomeo y a Hefestión. El segundo jefe de Alejandro era Pérdicas y en este caso dividió las fuerzas con él para asaltar la ciudad por dos lados. (Aunque ausente, Tolomeo no deja de señalar que su odiado rival llegó tarde a la misión.) Cuando Alejandro logró abrir una puerta de la muralla exterior, los malios huyeron a la ciudadela interior. Los persiguió por las calles hasta llegar a los muros y ordenó la escalada inmediata.

Aunque los soldados trasladaron las escalas, Alejandro tuvo la impresión de que las colocaban sin entusiasmo. Cogió una de ellas, la apoyó en la pared y subió corriendo, protegiéndose la cabeza con el escudo y sin detenerse a mirar si sus tropas lo seguían. Al llegar a las almenas, utilizó el escudo para derribar a los hombres que tenía por encima, trepó al muro y despejó una zona con la espada. Tres oficiales subieron corriendo en su ayuda: Peucestas, Leonato y Abreas, un héroe más que probado cuyas hazañas fueron reconocidas con paga doble. Al verlos sobre el muro, convertidos en blancos de todas las armas arrojadizas, los soldados se apiñaron en la escala. La magia de Alejandro volvió a funcionar, aunque en este caso con excesiva potencia: la sobrecargada escala se rompió antes de que alguien lograra subir. El cuarteto seguía desamparado y el enemigo ya había reconocido a Alejandro, «no sólo por el esplendor de sus armas, sino por su coraje sobrehumano». El sector del muro en el que se encontraban estaba al alcance de las armas arrojadizas de las torres adyacentes y también desde abajo, pues en el interior se alzaba un montículo. Alejandro saltó en solitario hacia el montículo, al corazón mismo del enemigo.

Arriano expone sus motivos, tan típicos que es posible que él mismo se los transmitiese a Tolomeo o a Nearcos. «Sintió que quedándose donde estaba correría un grave riesgo sin conquistar nada digno de fama; si saltaba hacia el interior del muro, tal vez asustase a los indios y para correr peligro más le valía cobrar cara su vida, luego de realizar grandes actos dignos de ser oídos por los hombres del futuro.» Ciertamente espantó a los indios, que se distanciaron después de que matara a varios en combate cuerpo a cuerpo; desde lejos los indios le arrojaron armas y Alejandro sólo pudo devolverles piedras. En el ínterin los valientes compañeros saltaron y se situaron a su lado. Peucestas portaba el homérico escudo de Troya; ésa era evidentemente su función habitual, si bien es la primera vez que oímos hablar de ella. En el momento en que logró cubrir con el escudo a Alejandro, protegió a un hombre que estaba al borde de la muerte. Los malios eran corpulentos y empleaban arcos potentes; una flecha de un metro había atravesado el corselete de Alejandro y se le había clavado en el pulmón.

Aun así siguió combatiendo y se mantuvo en pie aferrado a un árbol que había utilizado para cubrirse las espaldas. Los movimientos provocaron una copiosa hemorragia y neumotórax, el colapso del pulmón perforado, momento en que cayó desmayado. «De la herida manaba aire mezclado con sangre», afirma Arriano; se trata de una atinada observación sobre las burbujas sangrientas que se ven en este tipo

de herida, que suele ser fatal incluso aunque no se hagan esfuerzos posteriores. El valeroso Abreas murió a causa de otro «flechazo certero» que le atravesó el cráneo.

Entretanto, los macedonios trepaban frenéticamente sobre los hombros de sus compañeros apoyándose en lo que encontraban. Al coronar el muro vieron el cuerpo inerte y lanzaron gemidos y aullidos que se convirtieron en ardorosos gritos de batalla. Demudados por la ira, el dolor y la vergüenza, arrasaron la ciudadela cual una plaga apocalíptica, matando a cuantos encontraron, incluidos los niños.

Con la lengüeta de la flecha aún clavada en el pulmón, Alejandro fue retirado del fragor de la batalla. El cultivado Rufo Quinto Curcio le concede un discurso breve y lucido en el que alienta a sus amigos para que lo operen. Las dudas de éstos debieron de ser reales, pues era necesario abrir la herida para quitar la lengüeta, y era más que probable que su extracción lo matara en el acto. Alejandro seguía cubierto con el corselete. Desenvainó débilmente el puñal e hizo señas para que aserraran el astil pues las púas de la flecha no pasarían por el agujero de la coraza. Le obedecieron; posteriormente Pérdicas sostuvo que fue él quien, a petición de Alejandro, le abrió un lado del cuerpo. Alguien (¡probablemente Tolomeo!) dijo que un médico practicó la operación; pero el héroe más probable es Peucestas. Extrajeron la lengüeta e inevitablemente se produjo una nueva hemorragia; la pérdida de sangre, el dolor y la conmoción provocaron una anestesia natural y Alejandro volvió a perder el conocimiento.

Cuando al regresar de la carnicería se enteraron de que Alejandro seguía con vida, los soldados montaron guardia alrededor de su tienda día y noche hasta que les comunicaron que estaba durmiendo. De momento, su sorprendente constitución había triunfado y, al igual que Aquiles, pagó con sus días el precio de la gloria. Casi con certeza, tenía una costilla astillada, era indudable que tenía el pulmón perforado, con la pleura pinchada por ambas paredes, y los músculos intercostales lacerados. A medida que curaran, esas capas dañadas –normalmente móviles– se cubrirían de adherencias de tejido cicatrizal rígido e irregular. Arriano, que en este caso es la única fuente de fiar, no dice de qué lado fue herido Alejandro. De todas maneras, a partir de entonces notaría la herida con cada movimiento del brazo y con cada inspiración profunda, herida que tres años después lo mataría.

Entretanto, a medida que en el campamento renacían las esperanzas, el ejército de la base recibía la noticia de su muerte. Aunque enviaron palabras tranquilizadoras, nadie las creyó, la tropa dio por sentado que el alto mando ocultaría una noticia tan espantosa. No sólo esperaron un alzamiento indio generalizado sino que, como eran macedonios, supusieron que inmediatamente estallarían luchas de aniquilación mutua para hacerse con el poder. De todos modos, que nosotros sepamos no se avivaron las rivalidades entre Crátero y Hefestión; éste debía de estar demasiado afligido para preocuparse por ello. Fue imposible ocultar la situación a Alejandro, que de inmediato decidió que el ejército tendría que verlo si nada, salvo su presencia física, lo convencía de que seguía vivo. Con una herida en el pulmón de una semana aún sin cicatrizar, se hizo trasladar hasta el río –unos quince kilómetros– a fin de realizar el viaje por agua. Al avanzar aguas arriba, el movimiento de los remos debió de desencajarlo, pero pocos días después llegó. Nearcos describe la escena:

En cuanto la nave que portaba al monarca se acercó al campamento, éste ordenó que quitaran la toldilla de la popa para que todos lo vieran. Incluso entonces los hombres dudaron y pensaron que la nave trasladaba el cadáver de Alejandro hasta que al final, cuando anclaron [el sentido de la representación no lo había abandonado], Alejandro alzó la mano hacia la multitud; los presentes gritaron y algunos elevaron las manos hacia el cielo mientras otros las dirigían en dirección a Alejandro; en su asombrado gozo derramaron lágrimas sin poderse contener. Algunos miembros de la guardia real acercaron una parihuela mientras lo desembarcaban, pero Alejandro ordenó que le diesen un caballo. Cuando montó y todos lo vieron, el ejército en pleno batió palmas sin cesar y las orillas y los claros contiguos al río se hicieron eco de los vítores. Alejandro se apeó del caballo cerca de la tienda para que el ejército lo viese caminar. Todos los hombres se apiñaron a su alrededor y algunos le tocaron las manos, otros las rodillas y un tercer grupo la ropa; otros se limitaron a mirarlo desde una corta distancia y lo bendijeron a su paso; algunos le lanzaron guirnaldas de las flores indias que a la sazón estaban en flor.

Físicamente ese gesto debió de dejarlo exhausto; emocionalmente tuvo que ser un disfrute supremo. De todos modos, les había dado el susto de su vida y, con cierta sensatez, los oficiales se lo reprocharon. Salió en su defensa un rústico alférez beocio que, en el burdo lenguaje de su pueblo, dijo que los actos son la medida del hombre. Alejandro manifestó su gratitud. Pero la rendición incondicional de la totalidad de los malios fue un consuelo más sólido, fuera por respeto a su valor o por terror a sus tropas. También se rindieron sus poderosos vecinos, los oxidracos, contra los cuales Alejandro no había asestado un solo golpe. Sin duda concedió impresionantes audiencias, sentado, a enviados que ignoraban que estaba débil como un niño y que al menor esfuerzo escupía sangre. El frío relativo del invierno contribuyó a su prolongada convalecencia. En ningún momento abandonó el mando de la campaña. En cuanto estuvo en condiciones de moverse, siguió desplazándose río abajo y por el camino recibió embajadas de sus nuevos territorios, que le ofrecieron variopintos regalos principescos, de perlas a tigres criados y domesticados con todo mimo.

También recibió la visita de Oxyartes, su suegro. Algunos soldados nostálgicos de la Alejandría bactriana habían intentado desertar cuando les llegaron los rumores de que el rey había muerto. Probablemente el verdadero motivo de la visita de Oxyartes fue averiguar si su hija ya estaba embarazada. Desde su salida de Taxila, exceptuando un breve interludio, Alejandro había estado en guerra en condiciones que no le habrían permitido llevar a su esposa y había sufrido una herida hacía tan poco que aún no estaba en condiciones de llevar una vida sexual activa. Amplió la satrapía de Oxyartes hasta el límite del Hindu Kush, con el dominio nominal de los territorios aún no sometidos que se encontraban río abajo. Obviamente, las guarniciones estarían al mando de macedonios. No era posible instalarlo mucho más lejos de la corte. Es probable que Alejandro ya estuviera pensando en un segundo matrimonio aún más regio.

Reorganizó sus tropas mientras convalecía en un campamento situado debajo de la confluencia del Indo y el Chenab. A pesar de la herida y a pesar –sin duda a causa– de las advertencias acerca de una ruta peligrosa, seguía decidido a guiar la marcha costera que apoyaba la flota de Nearcos. Ofrecía una combinación irresistible de utilidad, desafío y aventura. Se decía que Ciro el Grande y Semiramis, la reina guerrera de Asiria, sufrieron allí graves contratiempos de los que a duras penas salieron con vida. Como Alejandro había trazado cuidadosamente sus planes,

esperaba que su expedición triunfara y pasara el río sana y salva. De todos modos, debía de ser ligera y móvil y sería abastecida por columnas de provisiones enviadas desde la base.

Era imposible trasladar al grueso del ejército con sus elefantes, sus masas de transporte pesado, los veteranos agotados por el paso del tiempo, los heridos en condiciones de andar y todo tipo de no combatientes. Además de las penosas condiciones, no existían posibilidades de alimentarlos. A Crátero le correspondió la misión de regresar a Persia con el grueso del ejército y de procurar reducir al mínimo los sufrimientos. Una vez más Roxana quedó bajo la custodia de un comandante: sólo las mujeres de los soldados rasos, capaces de soportar lo indecible, seguirían a sus hombres a lo largo de la costa. Arriano afirma que todo el contingente fue trasladado en balsas hasta la orilla izquierda del río –operación que debió de durar semanas– porque de ese lado la marcha era menos ardua y las tribus más pacíficas. Esa maniobra demuestra claramente que quería marchar a la vera del río hasta Taxila, donde podrían recoger las provisiones necesarias antes de abordar el Khyber, la ruta principal que Alejandro tanto se había esforzado por asegurar. Empero, se ha supuesto que el macedonio lanzó esa fuerza enorme, de avance lento y muy vulnerable, directamente hacia el norte (alejándose del río), hacia territorio jamás pisado por sus tropas, sin mapas, montañoso y en parte desértico: el sendero que

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