no es mi intención subestimar la gravedad del daño que causan las adic- ciones que yo llamo «materiales»: a las drogas, al alcohol, al sexo, al jue- go, al consumismo y otras. Estos problemas pueden causar un gran daño a las numerosas personas que pasan por ellos y a los que quieren o tra- bajan con esta clase de «adictos». Aunque muchas personas que han con- traído estas adicciones y otras pueden utilizar los pasos de estas páginas para superarlas —ya que forman parte de los Tres Grandes—, está más allá del alcance de este libro tratarlas. Pero es fundamental comprender que detrás de cada adicción hay alguna emoción memorizada que mo- tiva la conducta.
Lo que no está fuera del alcance de este libro y es en realidad su pro- pósito principal es ayudar a cambiar el hábito de ser el mismo de siem- pre, tanto si uno se considera un alcohólico, un adicto al sexo, un juga- dor, un adicto a las compras o alguien que se siente solo, deprimido, enojado, amargado o mal físicamente de manera crónica.
Al pensar en este vacío, seguramente te has dicho: Claro que escon
demos a los demás nuestros miedos, inseguridades, debilidades y el lado oscuro. Si les diéramos rienda suelta expresándolos, seguramente nadie se ocuparía de nosotros; nos dejarían solos, cuidándonos de nosotros mis mos. En cierto sentido, es verdad. Pero si queremos ser libres debemos
afrontar nuestro verdadero yo y sacar a la luz este lado oscuro de nuestra personalidad.
La ventaja del sistema que empleo es que puedes enfrentarte a esos aspectos tuyos más oscuros sin sacarlos a la luz en la vida cotidiana. no tienes por qué anunciar en el trabajo o en una reunión familiar: «¡Escu- chadme! Soy una mala persona porque durante mucho tiempo les he guardado rencor a mis padres por haberle dedicado mucho tiempo a mi hermano pequeño mientras yo sentía que a mí no me hacían caso. Por eso ahora soy una persona tan egoísta que necesita recibir atención y gratificaciones instantáneas para dejar de sentir que nadie me quiere y que no estoy a la altura de las circunstancias».
En lugar de esto, en la privacidad de tu hogar y de tu propia mente, puedes intentar eliminar los aspectos negativos de tu yo y reemplazar- los por unas cualidades más positivas y productivas (o al menos, meta- fóricamente hablando, reducir mucho su papel para que aparezcan en escena sólo de vez en cuando).
no intentes analizar los episodios del pasado validando las emocio- nes memorizadas que ya forman parte de tu personalidad. Aunque los analices, no resolverás tus problemas mientras sigas atrapado en esas emociones. observar la experiencia o revivir el episodio que creó el pro- blema tan sólo te hará volver a sentir las mismas antiguas emociones y te dará una razón para sentirte igual que siempre. Cuando intentas re- solver tus problemas con el mismo estado mental que los creó, te limi- tas a analizarlos disculpándote por no cambiar nunca.
Es mejor que trates de desmemorizar las emociones que te limitan. Un recuerdo sin la carga emocional se llama sabiduría. Es entonces cuan- do puedes observar objetivamente un episodio del pasado, contemplar- lo y ver quién estabas siendo, sin el filtro de esa emoción. Si intentas desmemorizar el estado emocional que te provocó (o eliminarlo lo me-
jor posible), podrás vivir, pensar y actuar sin las limitaciones o las tra- bas de ese sentimiento.
Si una persona superara su infelicidad y siguiese adelante con su vida, manteniendo una nueva relación sentimental, consiguiendo un nuevo trabajo, mudándose a otro lugar y haciendo nuevas amistades, al recor- dar aquel episodio del pasado vería que fue el obstáculo que necesita- ba para superar quien era y convertirse en otra persona. Su perspectiva cambiaría sólo al ver que fue capaz de superar el problema.
Reducir e incluso eliminar el vacío entre quien somos y quien apa- rentamos ser es seguramente el mayor reto de nuestra vida. Tanto si lo llamamos vivir con autenticidad, superar nuestras propias limitaciones o «lograr» que los demás nos acepten tal como somos, es algo que la mayoría deseamos. El cambio —cerrar el espacio del vacío— debe em- pezar dentro de nosotros.
Sin embargo, solemos cambiar sólo cuando nos enfrentamos a una crisis, un trauma o a alguna clase de diagnóstico deprimente. Esta crisis suele venir en forma de un reto físico (tal vez un accidente o una enferme- dad), emocional (por ejemplo, la pérdida de un ser querido), espiritual (por ejemplo, una acumulación de contratiempos que nos hacen plantear nues- tra propia valía y el funcionamiento del universo), o económico (quizá, la pérdida del trabajo). Advierte que en todos estos casos hemos perdido algo.
¿Por qué esperar a que un trauma o una pérdida te hagan perder el equilibrio por el estado emocional negativo que te producen? Cuando te ocurre un desastre tienes que ocuparte de él, no puedes seguir encar- gándote de tus negocios como si nada cuando estás hecho trizas, como dice la expresión.
En esos momentos tan críticos, cuando ya estamos hartos, hartísi- mos, de que las circunstancias nos hagan sufrir, exclamamos: ¡Esto no
puede seguir así! No me importa lo que me cueste o cómo me sentiré
[cuerpo]. No me importa cuánto tarde [tiempo]. No me importa lo que
esté ocurriendo en mi vida [entorno]. Voy a cambiar. Tengo que hacerlo.
Podemos aprender y cambiar en un estado de pena y sufrimiento, o hacerlo en un estado de alegría e inspiración. no es necesario esperar a sentirnos tan mal que nos veamos obligados a cambiar.