la memoria como herramienta
de transformación individual y social
En los estudios que lleva haciendo el Observatorio para la Paz desde el año 2000, la disciplina histórica está comprendida como campo de investigación y contexto de justificación1. Las historias y las memorias han sido utilizadas por el Observatorio,a lo largo de su reciente experiencia investigativa y actitudinal, como guía y motor en los “viajes mentales”. Así mismo ha servido de herramienta para acercarnos a aspectos puntuales de ciertas formas de pulsar memoria (individual, colectiva) en su relación con el cuerpo, con los otros, con la historia, con el juego, con el lengua- je, la pedagogía, con otras ciencias sociales, pero sobre todo, como herramienta de transformación personal y grupal.
Respecto de “las memorias” --como resulta más apropiado llamar a las expe- riencias individuales y grupales, comprendidas como dimensiones constitutivas de espacios, tiempos, saberes y oficios, así como de identidades y sentidos diversos de
1 Durante mucho tiempo, al menos, claramente, en una lectura de arriesgada “larga duración”, desde Tucídides, para tratar de ser algo preciso (Siglo V a. d C.) hasta F. Braudel, (siglo XX d. d. C.), -más de veinte siglos- hizo carrera explícita e implícita, dentro de la construcción del dis- curso histórico de occidente, con sus particularidades e irregularidades, la idea de “la guerra como partera de la historia”. Ver del primer autor, en la Guerra del Peloponeso-Capítulo de Termó- pilas y en El mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, tomo II, Fondo de Cultura Económica, México, 1997, p. 246 y ss. Algo así como un “algo inevitable” al que tarde o tempra- no, por cualquier vía, la civilización se iba a ver obligada a atender. Incluso fue concebida - la guerra- como una característica de la civilización, hasta hace no muy poco. Esta es una visión determinista. A la guerra se le atribuía la capacidad de suspender y reinterpretar el sentido y significado del tiempo, al menos, el tiempo de las comunidades afectadas, su residir y su tra- bajar. La guerra se permitía ser así casi una categoría independiente a la historia, pero dentro de ella, creadora de una noción del tiempo, dentro del tiempo, especial y directa, más emotivo, más acelerado, fraccionado, ideologizado, compartimentado, incluso se atribuían visiones “naturalistas guerreras” al ser humano. Seguían negándose a aceptar una concepción amplia, como ser cultural, integral, más que biológico; ni malo, ni bueno, por naturaleza; un ser, que por ser humano, posee una dignidad, aprende a vivir en comunidad, es un ser de aprendizaje, que solo se realiza y construye en la interacción con otros. Los hechos del 11 de noviembre en N. Y. (EEUU) y sus réplicas en otros lugares del planeta, parecen ser vulgares pero tenebrosas reediciones de esa visión perversa de invitación permanente de ciertos poderes hegemónicos
pertenencia--, son herramientas y campos de investigación y aprendizaje que posee hoy la pacicultura, que emergen como pedagogía y como propuesta de conocimien- to. Es, en últimas, desde allí, que se propugna por un abordaje desde una estética y una ética de la vida y para la vida. Una vida que quiere ser explorada, desde la memoria, en la escala y nivel de lo cotidiano.
A finales del año 2003, el Observatorio generó unos escritos -como de cos- tumbre- que resumen posiciones, límites, hallazgos y sentidos de lo descubierto y pulsado. Relaciona sus experiencias y aplicaciones a un grupo determinado de la comunidad y produjo algunos resultados tempranos (escritos), a propósito de la apli- cación o no de algunos recursos actitudinales y metodológicos de su haber, algunas posturas o imposturas teóricas, así como reflexiones e invitaciones a mantener y re- forzar, en diálogo permanente entre academia-comunidad, una estrategia duradera y convalidada de convivencia.
Una comunidad entendida, no en términos de subordinación, ni margina- lidad, respecto de los conocimientos producidos en la academia, sino de protago- nismo, cooperación, colaboración y trabajo organizado horizontalmente, que en- marque la ruta de búsqueda permanente, de inquietud y reflexión como parte de la acción de paz. Una academia pensada desde la paz, unas formas de aprendizaje e investigación centradas en las prácticas de convivencia pacífica, (escuelas itine- rantes de paz como cultura) de las comunidades y una visión de la memoria como dimensión constitutiva de los ordenamientos sociales y los procesos identitarios de personas y comunidades concretas.
Nos ocupó y ocupa, so pretexto de las experiencias que hemos realizado, ave- riguar en qué puesto se encuentran los estudios e investigación sobre la paz, desde y dentro de las aún denominadas ciencias sociales, ¿cómo han sido hasta ahora sus abordajes?, ¿a qué viene llamando la otrora cultura occidental “paz”?, ¿a qué condi- ciones o circunstancias está sujeta, política, jurídica, y científicamente la paz? Esas preguntas hicieron parte de nuestras iniciales aproximaciones al tema. ¿A cuántos sentidos puede pertenecer, tener y dar esa acción, verbo sustantivo, adjetivo, medio, camino y fin llamado paz?
Después de 1950, en el siglo XX, formalmente quedaron proscritos la mayoría de los delitos de lesa humanidad del mundo llamado occidental. Termina la segunda Guerra Mundial. Latinoamérica iniciaba su recorrido de dictaduras más cruentas, siendo Brasil, Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay las más representativas del con- tinente. Igual, la denominada sociedad civil, la humanidad, eufemísticamente repre-
sus territorios las prácticas violentas, la guerra en últimas y se inscribían sus acciones dentro de la realización de programas de educación que mejoraran la convivencia.
Todo este marco de actuación y giro de visión del acontecer y la vida del mun- do hace parte de los estudios pioneros y subsiguientes de la investigación sobre, para, desde y por la paz y la pedagogía de paz que adelantan hoy no pocos países de Europa, así como los Estados Unidos. Por ello la importancia de la disciplina históri- ca, que emerge como una insalvable herramienta; e inevitable, como quiera que la materia prima es el contraste, la disfunción, el campo de búsqueda, la demostración de otras visiones, otros sentidos que pueda tener la historia local o personal en sus específicos marcos sociales y paralela a la historia de relaciones y encuentros vio- lentos, degradantes, inhumanos.
Desde el comienzo y abordaje a estos temas, nos llamó especial atención (Pacicul- tura, 2003) el avance y creciente emancipación de la historia social, como una gran línea de investigación que se abría paso dentro de la investigación histórica, con certeza desde mediados de siglo XX, pues ponía la vida en comunidad que los individuos realizan, sus prácticas cotidianas de interrelación, como escalas, niveles y contextos a mirar con ma- yor detenimiento. La historia local y regional. La historia del barrio, de la familia.
No se trataba únicamente de aplicar, cómodamente, un modelo teórico y me- todológico cualquiera, para salir del paso e instalarse dentro de una concepción del ser humano y su historia y la vida lo suficientemente contemporánea para liberarle de la visión apocalíptica, negativa, refinada a veces, ramplona otras, que tiene para sí, de la llamada “naturaleza y existencia humana”. Se trataba además de sacar al ser humano de la historia de esa visión, que lo ve como un ser sinónimo de autodes- trucción, sinónimo de paradoja insalvable, que sigue cabalgando, lánguida, pero insistentemente, hacia su autodestrucción, en las investigaciones de una academia que subestima el sentido integral de la vida, respeto de recursos y bienes de toda na- turaleza; una concepción que pareciere decirle continuamente al hombre y la mujer del común, que su tiempo no importa, ni su historia, ni su vida; una concepción que no le detiene en su depredación (la justifica) y que le hace, por muchas vías, culpable de su destino e insalvablemente condenado a éste.