La dificultad de buena parte de esta discusión es que se ha considerado la desigualdad como una circunstancia unitaria, y la medida de su reparación un principio singular, mientras que sociológicamente existen diferentes clases de desigualdad. El problema no es o una cosa / o la otra, sino qué clases de desigualdad conducen a qué clases de diferencias sociales y morales. Como se sabe, hay distintas clases de desigualdad: diferencias de renta y de riqueza, de status, de poder, de oportunidad (ocupacional o social), de educación, de servicios, etc. No hay una sola escala sino muchas, y las desigualdades en una escala no se equiparan por completo con la desigualdad en todas las demás106.
Se debe insistir en una igualdad social básica, según la cual cada persona merece ser respetada y no humillada en virtud de su color, sus inclinaciones sexuales, u otros atributos personales. Esta es la base de la legislación de los derechos civiles que prohibe formas de humillación pública como las leyes de Jim Crow, y establece el principio de acceso exactamente igual a todos los lugares públicos. Este principio considera asimismo a la conducta sexual como un asunto puramente privado entre adultos que consienten.
Habría que reducir esas detestables distinciones en el trabajo, por las que a unas personas determinadas se les paga por piezas o por horas, y otras reciben un salario por mes o por año, o un sistema en el que ciertas personas reciben un salario fluctuante según las horas o semanas trabajadas, y otras en cambio tienen unos ingresos fijos, calculables.
Habría que asegurar el derecho de cada persona a unos servicios e ingresos básicos que le proporcionen una atención médica adecuada, vivienda, etc. Se trata de cuestiones de seguridad y dignidad que deben constituir por fuerza las preocupaciones prioritarias de una sociedad civilizada.
Sin embargo, no es preciso imponer un igualitarismo rígido e ideológico en todas las materias, si éste entra en conflicto con otros objetivos sociales, y hasta llega a ser causa de su propia derrota. En este sentido, y por lo que respecta a las diferencias de sueldo o salario, puede que haya buenas razones de mercado para insistir en que los salarios de un médico o dentista sean mayores que los de una enfermera o un técnico dental, ya que si cualquiera de ellos costase al paciente más o menos lo mismo (si se pudiera contar por el mismo precio con los servicios de una persona mejor cualificada) nadie querría hacer uso de una enfermera o de un técnico dental, ni siquiera para pequeños menesteres. El sistema de precios, en este caso, es un mecanismo para el racionamiento eficaz del tiempo. Si, como consecuencia de la diferencia de salarios, la distancia entre las rentas se hace excesivamente grande, entonces se podría echar mano de las leyes sobre impuestos para reducir las diferencias.
Pero lo importante es que estas cuestiones de la desigualdad tienen poco que ver con el tema de la meritocracia, sí la meritocracia se define como la situación de aquellos que tienen un ‘status’ ganado o han logrado posiciones de autoridad racional por su competencia. Los sociólogos han hecho una distinción entre Poder y autoridad. Poder es la capacidad para mandar que se sostiene, implícita o explícitamente, por la fuerza. Por esa razón, el poder es el principio definidor de la política. La autoridad es una competencia que se basa en la preparación, saber, talento, facultades artísticas o algún atributo semejante. Implica inevitablemente distinciones entre los que son superiores y los que no lo son. Una meritocracia injusta es la que hace odiosas semejantes distinciones y degrada a los de abajo.
El populismo contemporáneo, en su deseo de igualitarismo total, insiste en la meta de la completa nivelación. Está no por la equidad, sino contra el elitismo. Su impulso no es la justicia, sino el
resentimiento. El populismo está por el poder (“para el pueblo”) pero contra la autoridad (la autoridad
representada en la competencia superior de los individuos). Como carecen de autoridad, quieren el poder. En
106 Rawls escribe: “No está permitido justificar las diferencias en renta o poderes organizacionales sobre la base de que
las desventajas de los que están en una posición están contrapesadas por las mayores ventajas de los que están en otra. Mucho menos se pueden contrapesar de esta manera las violaciones de la libertad” (op. cit., pp. 64-65).
Su argumento es aturrullado. En cualquier sociedad interdependiente se renuncia a ciertas libertades –en las regulaciones de tráfico y de zonas– para reforzar otras. Tampoco está claro por qué hay que reparar las desigualdades en cada esfera en lugar de permitir que los individuos elijan qué esfera representa para ellos la desigualdad más hostigante. Como principio político, es improbable que una norma aislada pueda regir una constitución política sin quebrantamientos. Aristóteles distinguía entre dos clases de justicia: la igualdad numérica (igualdad de resultado), y la igualdad basada en el mérito. Como él concluía: “Definir que la igualdad debe ser exclusivamente de una clase u otra es mal asunto, como lo prueba lo que sucede en la práctica; ninguna constitución construida sobre tal base dura mucho.”
la sociología populista, por ejemplo, la autoridad de los doctores estaría sujeta a las decisiones de un consejo de la comunidad, y la de los profesores a todo el cuerpo colegiado (que en las versiones extremas incluye a los bedeles).
A pesar de todo, no puede haber una democratización completa en toda la escala de las actividades humanas. No tiene ningún sentido, en las artes, insistir en un juicio democrático. Determinar qué cuadros, qué composiciones musicales, qué novelas o qué poemas son mejores que otros es algo que no puede someterse a votación popular, salvo que se suponga, como fue en cierto grado evidente en la “sensibilidad de los años sesenta”, que todo el arte es reducible a la experiencia, y que la experiencia de cada persona tiene tanto sentido para ella como la de cualquier otra107. En la ciencia y en el saber, la realización se mide y
se clasifica según los logros, ya se trate de descubrimientos, síntesis, agudeza crítica, paradigmas de aplicación general, determinación de nuevas relaciones o cualquier otra. Pues todas estas son formas de autoridad intelectual.
Todo lo anterior subraya la confusión entre tecnocracia y meritocracia. Puesto que el modelo tecnocrático reduce las medidas sociales al criterio de la eficacia tecnológica, se apoya principalmente en los títulos como medio de seleccionar a los individuos para un puesto en la sociedad. Pero los títulos en el peor de los casos tienen un carácter mecánico o, en el mejor, especifican una realización mínima, no son más que un mecanismo de entrada dentro del sistema. La meritocracia, en el empleo que yo hago de este término, representa un énfasis en la realización individual y en el status alcanzado en cuanto confirmado por los propios compañeros.
Rawls ha dicho que el más esencial de todos los bienes es el respeto de sí mismo. Sin embargo, el sociólogo inglés W. G. Runciman ha hecho una provechosa distinción entre el respeto y la alabanza. Aun cuando los hombres tienen derecho al respeto, no todos merecen la alabanza108. La meritocracia, en el mejor
sentido de la palabra, se compone de aquellos que son dignos de alabanza. Son los hombres mejores en sus campos, a juicio de sus compañeros.
E igual que ciertos individuos son merecedores de alabanza, también lo son algunas instituciones: por ejemplo, las que se dedican al cultivo de la realización, las instituciones de la ciencia y el saber, de la cultura y el estudio. La universidad está dedicada a la autoridad del saber y del estudio, y a la transmisión del conocimiento de quienes son competentes a quienes están capacitados. No hay ninguna razón por la que una universidad no pueda ser una meritocracia, sin menoscabar la estima de otras instituciones. Existen todas las razones por las que una universidad debe ser una meritocracia si los recursos de la sociedad –para la investigación, para la enseñanza, para el estudio– se gastan para el “beneficio mutuo”, y si prevalece la importancia de la cultura.
Y no hay ninguna razón por la que no pueda establecerse de idéntico modo el principio de la meritocracia en los negocios y en la administración pública. Se necesitan empresarios e innovadores que sepan ampliar la cantidad de riqueza productiva para la sociedad. Se necesitan políticos que sepan gobernar bien. La calidad de la vida en cualquier sociedad está determinada, en una medida considerable, por la calidad de los dirigentes. Una sociedad que no tiene a sus mejores hombres a la cabeza de sus instituciones principales es un absurdo sociológico y moral.
Esto tampoco está en contradicción con el principio de equidad. Se puede reconocer, como yo haría, la prioridad de los desventajados (por muy difícil que sea definirla) como un axioma de la política social, sin disminuir la oportunidad para que los mejores alcancen las cimas mediante su esfuerzo y trabajo. Los principios del mérito, la realización y el universalismo son, me parece, los pilares necesarios de una sociedad productiva y cultivada. Lo importante es que la sociedad sea, en toda la extensión posible, una sociedad auténticamente abierta.
El problema de la justicia hace su aparición cuando los que están arriba pueden convertir sus posiciones de autoridad en amplias y diferenciadoras ventajas materiales y sociales sobre otros. El problema sociológico, pues, consiste en saber hasta qué punto esta convertibilidad es factible. En todas las sociedades hay tres reinos fundamentales de jerarquía: la riqueza, el poder y el status. En la sociedad burguesa, la riqueza podía comprar el poder y la consideración. En la sociedad aristocrática, el status podía determinar el poder y la riqueza (a través del matrimonio). En las sociedades militares y estamentales, el poder podía determinar la riqueza y el status. Hoy no hay seguridad de que se mantengan ya las mismas relaciones entre
107 Para una discusión de este antiintelectualismo, véase Lionel Trilling, Mind in the Modern World, The 1972 Jefferson
Lecture in the Humanities (Nueva York, 1973).
108 W. G. Runciman “‘Social’ Equality”, Philosophical Quarterly, XVII (1967), reeditado en su Sociology in its Place
los tres. La renta y la riqueza (aun cuando vayan unidas al poder corporado) raras veces determinan el prestigio (¿quién conoce los nombres, o puede reconocer los rostros, de los jefes de Standard Oil, American Telephone o General Motors?); la profesión política no hace a un hombre rico; un status elevado (y los profesores figuran en los puestos más elevados en las clasificaciones de prestigio) no confiere riqueza o poder. Tampoco la existencia de una meritocracia excluye el uso de otros medios –en especial la política– para aumentar la posición y el poder en la sociedad.
Pero incluso dentro de estos reinos se pueden suavizar las diferencias; y las decisiones políticas de la sociedad contemporánea hacen que esto sea aún más verosímil en el futuro. La riqueza permite a unos pocos disfrutar de lo que muchos no pueden tener; pero esta diferencia puede –y será– mitigada por un mínimo social. El poder (no la autoridad) permite a algunos hombres ejercer dominio sobre otros; pero en la constitución política en general, y en la mayor parte de las instituciones, tal poder unilateral está controlado cada vez más. La más difícil de todas estas disparidades es la del status, porque en ella está en juego el deseo de ser diferente y de disfrutar de esa disparidad. Con su acostumbrada penetración en las pasiones del corazón humano, Rousseau observó:
[Es] el deseo universal de reputación, honores y preferencias, el que nos devora a todos nosotros, enseña y compara los talentos y las fuerzas... estimula y multiplica las pasiones; y al convertir a todos los hombres en competidores, en rivales o más bien en enemigos, produce muchos reveses, éxitos y catástrofes de todas clases109.
Con todo, aunque nunca será posible borrar a la vanidad –o el ego–, todavía es posible observar la igualdad del respeto debido a todos y la diferencia en el grado de alabanza concedido a algunos. Como lo planteó Runciman, “una sociedad en la que todas las desigualdades de prestigio o estima fueran desigualdades de alabanza sería en esta medida justa”110. Es en ese sentido en el que podemos reconocer las
diferencias de realización entre los individuos. Y en esa medida, una meritocracia bien dispuesta puede ser una sociedad, si no de iguales, al menos de justos111.
109 The Second Discourse, pp. 174-175. En su lotería económica, Rawls se veía forzado a desechar al hombre envidioso.
Como señala Lester Thurow: “Supóngase que el peor hombre fuese envidioso. En este caso cualquier cosa que aminorase la renta de las personas mejores con mayor rapidez que la renta del peor hombre, maximizaría la recompensa mínima. Si no se desecha la envidia, el maximizar la recompensa mínima podría llevar a rentas cero para todos.”
Pareto, en su discusión de la utilidad, sostenía que cuando se reducen las disparidades de renta, los individuos tratan de incrementar las desigualdades en status y poder [The Mind and Society (Nueva York, 1935), vol. IV, sección 2128-2145]. Para una discusión posterior de esta cuestión en relación a la escasez y abundancia, véase la próxima sección, en especial la argumentación de la nota 126.
110 “‘Social’ Equality”, p. 211.
111 Este ensayo se ha centrado principalmente en los Estados Unidos, aunque la cuestión de la meritocracia y de la
igualdad es, con toda evidencia, central en todas las sociedades industriales avanzadas. Probablemente no es un azar que la fábula de la meritocracia fuera escrita en Inglaterra, donde las disparidades sociales (reflejadas en aspectos como el lenguaje, el acento y el vestido) han sido más agudas, y donde la igualdad de oportunidades fue una presión revolucionaria de los técnicos que surgieron de la clase media. Sin embargo, Inglaterra, con su poderoso Partido Laborista (que ha sufrido fuertes tensiones derivadas del dilema de favorecer una meritocracia, para aumentar el progreso y el desarrollo técnicos, o bien favorecer sistemas que reduzcan la desigualdad) se moverá con toda probabilidad hacia una reparación creciente. En Suecia, la filosofía de Rawls de la “equidad” va a convertirse probablemente en la filosofía cuasi-oficial. En los Estados Unidos se ha exagerado la influencia de la meritocracia. La política sigue siendo el método más importante de control popular, y hay pocos sistemas de estima codificados para conceder a ninguna meritocracia una posición de élite en la sociedad.
El país donde la “meritocracia” constituirá el mayor problema es la Unión Soviética. En su ideología inicial se declaraba que todos los estratos y grupos sociales eran iguales en status social. Sin embargo, durante las dos décadas pasadas se ha producido un intento sistemático para recompensar a la élite, tanto política como científica; y es la élite científica la que cuenta con la mayor seguridad de posesión. Las élites políticas y científicas viven en sectores especiales, tienen tiendas alimenticias especiales, y hasta hospitales especiales reservados para ellos. (Bajo Stalin, había incluso campos de concentración especialmente privilegiados para los científicos, situación que Solzhenitsyn describe en El Primer Círculo). Esas élites están ahora transfiriendo sus privilegios directamente a sus hijos, y uno se encuentra incluso con que, mirabile dictu, la ideología oficial sigue el mismo camino. Así, en la autorizada revista de la Academia
Voprosy Filosofi, núm. 2 (1972), dos filósofos escriben que las tendencias hereditarias del sistema soviético son un
rasgo positivo del “período del socialismo altamente desarrollado”, en tanto que ayuda al aumento general y continuo del bienestar de todos los grupos sociales. La cuestión sociológica para la Unión Soviética es la de sí tendrá una meritocracia justa o injusta, al lado de su poder injusto. (Esta cita, al igual que los detallados datos sobre la transmisión de privilegios en la Unión Soviética, figura en el estudio de Zev Katz, “Patterns of Social Mobility in the URSS”