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Un mexicano en París

In document Raoul Fournier Medico humanista (página 107-114)

E

n el año de 1923 la Embajada de España hizo un concurso con el objeto de obsequiar

tres becas para estudiar en España. Esas tres becas nos las sacamos Leopoldo Salazar Viniegra, Tomás Iglesias y yo. La beca era para irse a estudiar allá; no era una beca de oposición ni de méritos, sino de los que le caían bien al embajador, natural- mente, y tomó informes y vio que nosotros éramos lo que se entiende por estudiantes buenos en esos irigotes.

Se adelantaron Tomás Iglesias y Leopoldo Salazar Viniegra. Yo dije que me recibía aquí en México, así es que continué. Leopoldo no se había recibido. Estaba estudiando el último año de mi carrera, me faltaba la tesis, y quedé de irme en los primeros días de 1924. Iglesias sí se había recibido, era un año anterior a mí, acababa de recibirse y su papa, que era de Monterrey, le pagó el viaje. Era un estudiante distinguidísimo, se sabía todos los tomos del Testut, ayudaba a el Burro Quiroz en la clase, era el estudiante más brillante, desde el punto de vista de la memoria, para retener la anatomía, así es que todo el mundo lo respetaba. Naturalmente que esos méritos eran de tomarse en cuenta. Después el pobre no supo qué hacer con su vida y murió pobre, con un empleíto que le dieron en el Seguro Social. Tenía un hermano que estudiaba medicina, que se llamaba Jesús Iglesias, Chuy. Advertí en la embajada que no podría ir sino hasta 1924. Me dijeron:

—¿Como en qué plazo?

—Pues pienso presentar la tesis los primeros meses de 1924, recién salido de la Escuela. La estoy preparando ya, así es que de un momento a otro la presento, luego que terminen mis clases.

Pero justo en 1923, viene la rebelión delahuertista. Salíamos del hospital un sábado y habíamos quedado de ir a Veracruz en un recorrido bastante grande con De la Huerta. Ya estaba parado Gustavo Uruchurtu con su sombrero texano, Uruchurtu el doctor, y nos dijo:

—¿Y tú, Fournier, también vas con De la Huerta? Pues, mira, quedaron todos en irse con De la Huerta, y la partida va a ser el año de 1923.

—No —le dije—, yo no me voy con Déla Huerta.

—Si todos los rotos, todos los fifís —como se les decía entonces a los juniors— se van con De la Huerta, ¿tú por qué no vas?

Le dije:

—Pues quién te ha dicho, yo ni soy fifí, ni soy de un partido, no pertenezco a ningún partido reaccionario. Es cierto que con tres o cuatro muchachos, hemos ido a ver a De la Huerta, para que nos esbozara su programa antes de irse. Nos explicó por qué se había peleado con Obregón y con Calles, y que ya había tomado una resolución y nos dijo que muy pronto la sabríamos y que ojalá que perteneciéramos a su grupo, que quién sabe qué. Bueno, así es que yo no tengo ningún..., no soy delahuertista. Es más, ni soy callista, a mí no me importa Calles.

En 1923 ya tenía conexiones con Gerardo Murillo y con Vargas Rea, que nos estaban aleccionando a perorar ya tener una dialéctica y una cosa así. Yo estaba con esa gente, toda la vida fuimos amigos, y no consideraba eso como partido, ni consideraba que nos habían aleccionado, que la revolución estaba por hacerse, que quién sabe qué, que ése era el primer paso y que... pero que faltaba lo principal. En fin, estaba yo, si se quiere, sin saber mucho, ¡nada, nada!, porque nunca he sido un teorizante. Así como a la gente le nace una cosa, no tengo ilustración o propósito de... He leído algunas cosas de Marx, he leído bastantes cositas de Marx.

Al cabo de la rebelión delahuertista habían quedado infectados todos los pueblos del sureste. Entonces organizaron una brigada. Yo estaba en Salubridad, porque tenía una oposición de practicante, y por medio de la brigada de Salubridad fuimos al istmo de Tehuantepec a vacunar, a combatir el paludismo, que eran las cosas que habían quedado después del delahuertistismo.

Aquí en México, hasta estos momentos, el último trabajo serio de mi vida como médico es la erradicación total de la viruela en México. En México ha existido periódicamente* la viruela, que trajeron los españoles con el descubrimiento de América, con la Conquista. En 1524 entró por Yucatán, devastó Yucatán y Cozumel. En todas aquellas zonas, se extendió la viruela, al grado de que Pánfilo Narváez, cuando llegó, no encontró habitantes en Yucatán y en todos esos lugares. Siempre han estado propensos a la viruela; están revacunados, siempre han estado vacunados, y luego, yo no sé por qué cosas, volvía a haber brotecitos en el istmo, en la península de Yucatán y en Chiapas. Así es que ahí fui; nos pagaban buen dinero, no sabía que ese dinero me iba a servir para sostenerme en París, cuando me iba a España.

Don José Díaz Iturbide era el jefe de la campaña de erradicación de la viruela. Era un higienista ya viejo; después era Manuel Escalera, estudiante también, Pablo

Barrueta, Luis Gutiérrez Villegas y yo. Era muy curiosa nuestra actividad, porque en aquella época, después de la Revolución, las vías férreas habían quedado levantadas; era mucho caminar a caballo, en esas secciones del istmo, cuando menos cercanas a Veracruz, la parte del istmo que le toca a Veracruz. Por ejemplo, en lo que ahora se llama Ciudad Alemán, que se llamaba entonces Tierra Blanca, llovía continuamente, los caminos estaban enlodados, era una cosa terrible. Así es que hicimos esa pere- grinación casi en el mes de enero. Después, ya en los finales de enero y primeros días de febrero nos quedamos en San Jerónimo, hoy Ixtepec. Ahí establecimos un dispen- sario para vacunara todos los istmeños; me pagaban la poderosa suma de quinientos pesos. En esa campaña estuve hasta el mes de mayo.

A mi regreso presenté la tesis y entonces fui a la embajada. Pero ya la embajada no pagaba el viaje, nada más la estancia allá. Como tenía dinero dije: "Bueno, me voy." Mi padre, que tenía la ilusión de que fuera a Francia, quería que me fuera en barco francés, para practicar mi francés y como salía antes el barco Espagne, de la Trasatlántica Francesa, en ése me fui. Viajaba en segunda clase, pero andaba con fre- cuencia trepado en la primera. El comisario del barco de la primera siempre me veía con ojos raros, y como estaba conversando con algunas chicas y con algunas mamás

y todas esas cosas, se hacía el disimulado. A la hora de la comida, cuando llamaban a los de segunda, me iba y el teatro era que mis amistades creían que estaba en primera, gastaba un poquito en el bar, en fin, invitaba yo y todas esas pequeñas cositas. Al

llegar la comida estaba al pendiente y me bajaba. Comían primero los de segunda, como los perros, para ver si no se mueren... No, no, no eran tan sobras, no era tan mala la comida. Entonces la travesía llegó a su término.

El viaje duraba veintiún días exactos. Así conocí La Habana por vez primera; era el primer puerto. Después llegábamos a La Coruña; por ahí entraba uno a España. La ventaja del barco Alfonso XII es que entraba uno por Santander; en cambio, por La Coruña lo dejaba a uno muy lejos de Madrid. Sin embargo fue cuando conocí Santiago de Compostela y todo el norte de España y así es que fui haciendo un viaje despacito.

Iba yo con mi gran petaca

Caí una noche en Fúcar 21, cerca de la Universidad de San Carlos, en Madrid. Junto había un hospital. En el callejón de Fúcar había una hospedera que se llamaba doña

Matilde y que recibía estudiantes, a pensión. Claro que todo ese barrio era estudiantil, de gente de la provincia. La primera cosa terrible fue llegar con un baúl, como se viajaba entonces, a la casa de Fúcar 21, entrar con él, y que me recibieran con una rechifla:

—¡Tú viajas como príncipe, mira nada más! —¿Ustedes con qué han viajado?

—¡No!, nosotros viajamos con petaquitas. —¿Y los trajes dónde los metían?

Bueno, pues yo iba con mi gran petaca. Ya me recibieron ahí. Al día siguiente, luego luego, antes de legalizar mis papeles y todas esas. cosas, fui a una clase con

Marañón, que tenía el gran nombre en aquella época; me tocó una clase muy bonita, porque era muy buen orador. La clase era de enfermedades glandulares, la secreción de las glándulas, pero él todo lo hacía literatura. Pasaba como un endocrinólogo muy famoso, pero ahora que comparo con los de endocrinología, conocía la caracterología y se detenía mucho en el hipertiroidismo, que es la glándula que da más material para hablar de cosas exóticas: de la menopausia, el ciclo ovárico, en fin, todo eso a lo que le podía sacar un partido literario enorme. Bueno, me encantó la clase. Después, en la tarde, ya arreglé las cosas para entrar a la Universidad. Allá en aquellos tiempos, y no ha cambiado mucho, la tarde comenzaba tarde. Estaba la gente en el café y tomaba el aperitivo en otro lugar adecuado, a las cuatro se iban a comer, y a las seis ya comenzaban sus negocios. Estaba muy nervioso, llegué con un hambre horrible, ya me había acostumbrado al barco francés, donde las comidas eran a las doce o doce treinta.

La idea era hacer la carrera, otra vez, yo dije: "Yo la voy a volver a hacer», no sé para qué, tal vez para ver si era más seria que la de México, porque yo criticaba bastante la de México. Pero en la de España estaba peor la clínica, porque busqué profesores de aquí y de allá, no seguí el curso regular, yendo de vez en cuando con el profesor que le asignaban a uno. Yo iba con Jiménez Díaz, que daba una buena clase clínica; pero con los otros profesores, por ejemplo había un examen, y yo iba a pasar ese examen, pero vi cómo se examinaban otros: uno de los alumnos hacía de enfermo y el otro hacía de médico. Por ejemplo:

—Le tocó bronconeumonía —sacaban la ficha, se secreteaban, pues no sabían nada—, usted tiene bronconeumonía.

Y entonces el otro empezaba con la disnea, y a morirse, a temblar del escalofrío, y después comenzaba la tos, y tenía que hacer la farsa de escupir numular, que es

como se llama al esputo herrumbroso. Eso lo tenía que decir el que estaba examinando de patología: "esputo numular". Y entonces hacía todas las preguntas:

—¿Y a usted le comenzó el escalofrío?, ¿en qué forma? —y el otro tenía que responder.

Así es que yo dije: "No, pues esto está peor que en México, está peor que la clase de Viramontes", y entonces me dediqué a ir a las clases de aquí para allá.

Había estado con los principales, con JiménezDíaz, con Pitaluga en hematología, con Marañón en endocrinología. No aprendí algo nuevo, no. Estaba seducido con la forma de Jiménez Díaz, y con la forma de Marañón; Pitaluga, que tenía un gran amor, yo no sé por qué, hacia México, se empeñaba en enseñarme la hematología y me ponía a trabajar y trabajaba muy seriamente cosas de hematología con él; era un hematólogo eminente.

La biblioteca de la Escuela de Madrid era bastante mala. Me acuerdo haber ido en los cuatro meses que estuve ahí, más o menos, dos o tres veces a consultar cosas, porque compraba el libro, tenía mi dinerito y lo compraba.

El que era muy simpático, muy fiestero, era Salazar Viniegra. Los cuatro (Salazar, los dos Iglesias y yo) dormíamos en el mismo cuarto, era un cuarto muy pequeño. Un día, Salazar Viniegra despertó a gritos: "¿Qué pasa, qué pasa?", oímos que se derrumbaba algo. Pues no, era Tomás Iglesias, que era muy mocho, y antes de acostarse iba a besar a todos los santos que cada uno tenía en su cama. A mí nunca me tocó un derrumbe de ésos, pero a Salazar Viniegra, que no sé por qué cosa se acostó ese día más temprano, el caso es que se le subió el otro a la cama para besar al Sagrado Corazón que tenía arriba, se resbaló y se cayó de la cama, de una cama medio debilona que se derrumbó y ¡bueno!

Arturo Rosenblueth, que ya estaba en París, nos escribía siempre y nos decía: —¡Chicos! —quién sabe por qué empleaba siempre esa forma española de decirnos "¡chicos!"—, ¡chicos!, vengan luego luego a París, ¿qué están haciendo allá?

Yo quería ir ya a París, y Salazar Viniegra decía:

—No, hay que ser honrado —entonces renuncié a la beca, que era para estudiar la carrera, cinco o seis años. Pagaban miserablemente. Le daban a uno unas cuantas pesetas para pagar el cuarto, unas cuantas pesetas para comer, y el transporte no era necesario, pues ahí estaba enfrente la Universidad.

Renuncié a la beca el 11 de noviembre de 1924 y ese mismo día llegué a París. Puse una carta a la embajada:

"En vista de que tengo un pariente grave en París, me marcho para allá, renuncio a la beca."

Bueno, se quitaron de un fasto mas.

Salazar Viniegra si se quedo en España. El era muy hispanófilo, y las muchachas de Madrid le encantaban. Y cuando renuncié, el día 11 por la mañana, que me dice:

—Oye, ¿ya pediste a alguien que te bajara ese baúl horrible que traes? —Sí, sí, me voy a París, y te espero en París,

—No, chico, ¡pero cómo me dejas así!

—Total, yo tengo un título, tú no tienes título, de tal manera que si quieres te quedas acá, pero no me quedo ni un minuto más.

Era la primera vez que iba a París, así es que creía, inocente de mí, poco conocedor de mi cuate Arturo Rosenblueth, que me iba a recibir con los brazos abiertos. Tomé un barco de San Sebastián a las costas francesas. Llegué entonces a Saint-Nazaire, una de las que están al norte de Francia y en la noche tomé el tren para llegar de ahí a París, llegué como a las doce de la noche al número huit* de la Rue de la Sorbonne, que era donde vivía Arturo. A esas horas unas personas muy amables salieron a recibirme, y me dijeron:

—¡Mais, monsieur, nous sommes pleins, on est plein ici, on n a pas une seule place, je ne sais pas pour quand uy en aura!'

Entonces el mismo conserje me llevó al hotel de junto donde había una cama deliciosa. Lo primero que me conquistó de París fue la cama, me tiré en la cama, que era como una cuna, edredón de pluma, yen fin, era el mes de noviembre, era invierno. Me dijo el portero:

—Mire usted, el señorArturo va a tomar un café antes de acostarse, generalmente va a un café que está en la Plaza de la Sorbona, que se llama —se llamaba, porque ya se acabó, de una cadena de cafés de París— Le Grand Café, y si no está ahí ha de estar en el Ludo.

Estaba en la Rue de la Sorbonne también, a unos pasos de esos hoteles. Bueno, se me cayeron las alas del corazón, porque el café estaba muy iluminado, muy bonito. Fui al Ludo. Era la época en que se comenzaba a popularizar el bridge y él jugaba mucho al bridge. Se había juntado con algunos sudamericanos a quienes desplumaba, y los dejaba en la chilla más espantosa. Y llegué.

Ese día estaba con un mexicano, simpatiquísimo, Antonio Riquelme, que era el hombre más divertido que me haya encontrado, bohemio, borrachín, en fin. Me

Ocho.

acerqué, vi a Arturo, levantó la vista, porque estaba con las cartas en la mano, iba a jugar un gran slam o no sé qué cosa, y levantó la cara:

—¡Ah, eres tú! —y siguió jugando, cosa que me pareció muy mal, muy desairada, y entonces el que me hizo los honores de llegada fue Riquelme, a quien conocía como estudiante. Había sido estudiante de medicina, en París no hacía nada más que beber, era un riquillo de Orizaba.

Lo primero que me preguntaron fue: —¿Qué canción nueva hay en México? —¿En cuál te quedaste? —le dije. —Pues me quedé en La borrachita.

—¿Y la sigues honrando? —le dije.

—¿Yo, hermano?, ¿quién te dijo que yo tomaba? —No, pues estás con un aliento terrible.

Entonces acabó Rosenblueth su gran slam, que ganó, y se terminaba el juego: —¡Chico!, ¿cómo te va?, ¡siéntate, siéntate!, te voy a presentar a Leónidas

Tigrillo —en fin, todos los nombres eran inventados, porque no sabía los nombres de los compañeros de juego, y yo también les di un nombre falso.

—Pancho Villa, para servir a ustedes —les dije, y comprendieron los pobres que salían sobrando ya de esa tertulia mexicana.

Al poco tiempo se fueron, y ya me interrogaron de una manera muy detenida y cuidadosa, de cómo estaban las cosas en México, que llegaban muchos refugiados, que había rumores de que "la bola" continuaba en México, y al rato llega al Ludo Francisco de P. Mariel, Leónides Almazán, que andaba también de tránsfuga o iría a aprender medicina o alguna cosa. Nos pusimos a platicar y me dijo:

—¿Tú, en c^ué hotel estás?

—Pues creía que me habías reservado un cuarto ahí en el Hotel Montesquieu. —¡Ay, chico!, se me olvidó, ya sabes que soy muy malo para eso. ¿Y vienes solo, no vienes con Salazar?

—No, creo que se queda otro tiempo en España.

—¡Ah, qué maldito hombre este!, creía que los iba a tener a los dos. Bueno, pues voy a hacer lo posible porque tengas pronto un cuarto.

Lo posible fue que al día siguiente hacía yo la mudanza al Hotel Montesquieu con todo y mi baúl. Claro que tenía un cuarto muy bueno, muy caro, no sé en qué pero se me había ido acabando aquel dineral que llevaba; entre el barco, el que gasté

en Madrid, ya iba casi en la ruina, y todos los mexicanos de allá creyendo que: "¡Ah!, el profesor Fournier, ¡ése sí viene con dinero!" Y creyéndose que iban a comer y a gozar la vida a mis costillas. Pero las cosas fueron de otro modo.

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