Mis primeras letras, las aprendí en un jardín infantil ubicado en la carrera 29 Nº. 73 - 47, a sesenta metros de mi casa. No tenía que atravesar ninguna calle porque quedaba sobre la misma acera. El jardín infantil era el garaje y el patio de ropas de una casa de Los Alcázares nuevo y la rectoría estaba ubicada en el cuarto de servicio, al igual que la sala de profesores.
Jardín infantil y casa de Gabriel;
fachada actual
Doña Inés, la rectora del colegio, paisa, alta y fuerte, madre de doce hijos, se encargó de hacerme odiar normas y reglamen- tos; entre sus hijos se encontraba un contemporáneo en edad, Gabriel, niño engreído e inteligente, dueño de un hermoso ca- rro de bomberos que despertaba la envidia de todos nosotros, sus compañeritos y las consiguientes broncas por su uso, en las cuales resultaba involucrado diariamente. A pesar de ello, se convirtió en uno de los mejores amigos de la infancia. Cuan- do llegaba del colegio con un ojo negro que me habría puesto Perea (de la 31), con una suela de zapato en la mano por jugar fútbol con el combo, con un arañazo en la cara por el encuen- tro furtivo con alguna niña, con dinero en el bolsillo que nadie sabe cómo llegaría ahí, con el libro desforrado o un manchón de tinta en los dedos, allí estaba papá, detrás de la puerta, la co- rrea entre sus enormes manos, esperando mis lampiñas zancas para aplicar el consabido castigo. Solo el regazo defensor de mi mami impedía tal momento.
Del lado de allá... Jaimito
Raulito fue mi primer amigo y mi compañero de clases, de pu- pitre y el cómplice en todas las aventuras por los tejados y por la zona verde de la carrera 28. Con él aprendí la “chilenita”, a silbar y chiflar, a colgarme de los trolleys (medio de transpor- te de la época que funcionaba gracias a unas largas tirantas pegadas a los cables de electricidad y que cruzaban a baja velocidad la calle 72); aprendí a subirme a los árboles, a comer leche en polvo sin regarla y a preparar “miniziqui” (mezcla rara pero deliciosa y que era tan solo un polvo ácido, hecho con azúcar y la popular sal de frutas Lúa); también aprendí de él y con él, a hacer visitas a nuestras primeras conquistas y a ac- tuar como verdaderos pretendientes.
Raúl, que desde entonces y hasta el día de hoy es para nosotros Raulito, era el menor de una familia numerosa, venida de Santa Marta, con un padre recién fallecido y que se instaló a cuaren- ta metros de mi casa; con él pasaba todas las tardes en su an- tejardín, jugando fútbol después de almuerzo y antes de que pasaran por televisión (en estricto blanco y negro), el programa juvenil el “Club del Clan”, programa que marcó una era, ya que recogía la música de toda la muchachada de entonces. Su amis- tad de matiné (de 3 a 6 pm) se extendería con los años, a todas las funciones que requería el diario crecer hasta el 72 y en la 72.
Casa de Raúl, estado actual; el antejardín era el sitio de reuniones y juegos.
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La Gardenia de los Alcázares
A los dos años de tejados y leche en polvo, Rafael llega a la casa de pinos curvos, en el centro de la cuadra y equidistante entre mi casa y la de Raulito, lo que permitía el control de las dos esquinas, la 72 y la 74. Su vinculación al minicombo o chiquicombo se da por el fútbol, traía religiosamente su balón a las tres de la tarde y a las cuatro en punto se iba, no sin antes limpiar cuidadosamente el balón de moda, el Nº. 5: “Spalding”.
La casa de Rafa actualmente, los pinos curvos han desaparecido, ahora es fábrica de
confecciones.
La familia de Rafa era distinta a las del resto del combo, pequeña, ordenada y sin sobresaltos, mien- tras que las familias de Gabriel, Raúl, Pacho, Ramiro y la mía, por supuesto eran grandes, “despelo- tadas” y con mundos intensos que bullían en la casa y en el barrio. El padre de Rafael, oficinista de una compañía petrolera norteameri- cana, venía trasladado de la ciu- dad de Cúcuta y en compañía de su esposa y su otra hija, constituía un estrecho núcleo familiar, el cual
Del lado de allá... Jaimito
Ramiro llegó a la cuadra, seis meses antes de Rafa; el cuarto de nueve hermanos era introvertido, analítico y emocional; con- trastaba con el Ramiro, ordinario, procaz e inoportuno.
Todavía se le ve con esta carga para todos lados y han sido rasgos que le han identificado en los escenarios laborales y en sus rela- ciones personales. Para el momento de nuestro relato, ninguna de sus actitudes merecía profundos análisis y, por tanto, fue re- cibido con agrado e incluso se involucró en la gallada, no como uno más, sino como alguien fundamental en su desarrollo.
Casa de los Serna Jaramillo, año 2018; en 1962
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La Gardenia de los Alcázares
“Mono” Castañeda o José María Castañeda es uno de los innu- merables hijos de don Carlos y doña Cecilia y vive aún en la ca- rrera 29 Nº. 72 - 97; siempre cercano y siempre distante, formó parte del combo de una manera muy particular, era el eterno portero de nuestro equipo, seguía nuestros pasos, pero nun- ca se dejó atrapar por las actividades que por entonces consu- mían nuestras vidas; sin embargo, leal y afectuoso, compartía muchos de los momentos de ocio que se iban entre el humo de los cigarrillos y las conversaciones de jóvenes que se adelanta- ban en las tiendas aledañas, en la de la señora Griselda en la 74 con 25 o en el Gran Chef de la 74 con 24, un tanto alejadas, para evitar que nuestros padres nos descubrieran.
Pacho, aunque no era de la cuadra, se integró rápidamente a nuestra gallada, pocos días después de instalarse en una casa ubicada en la esquina sur oriental de la calle 72 con carrera 29; provenía del municipio de Yarumal, en Antioquia. Francisco Gabriel, como era su nombre completo, pertenecía a una familia ultra conservadora y súper numerosa (quince hijos), pero fue sin duda eje fundamental en el desarrollo de las actividades infantiles, gracias a la forma tan particular como transmitía sus recónditos anhelos de lucha y esperanza.
Esos rostros imberbes, las sonrisas ingenuas y las actitudes infantiles, ocultaban seres humanos que se querían comer el mundo y si les daban la oportunidad, incendiarlo. Con algunos fuimos vecinos veinte o treinta años y cimentamos entonces una gran cercanía que desbordaba la simple relación con el fútbol, con la política, con la literatura, para abrazar las cálidas y gratificantes de la amistad integral, por lo que puedo hablar con propiedad sobre el extraordinario ser humano que estaba detrás de cada uno de ellos.