PERSONAJES Y TEMAS DISPERSOS
MICHEL FOUCAULT
I. El silencio de M. Foucault
Silencio, claro está, para los que nos encontramos a este lado de los Pirineos, pues de este arqueólogo de los textos se sabe que anda con sus cursos en el Collège de France; sin em- bargo, desde la publicación en 1976 de La voluntad de saber
(primer tomo de su Historia de la sexualidad) y su posterior
traducción en castellano en 1977 (México) y 1978 (España) nada conocemos de él, aparte de algunas colaboraciones para revistas.
Bien es sabido que España, cuando pretende ser ilustra- da, deviene siempre un tanto afrancesada, y acaso sea conve- niente este reposo entre lanzamientos editoriales para decan- tar lo significativo de unos textos.
A Foucault se le puede valorar por su impulso y enrique- cimiento activo en el surgimiento de los saberes sometidos, por una inclusión dentro del saber de las voces descalificadas, de los márgenes de las disciplinas: la palabra del alienado
(Historia de la locura), la del preso (con una plasmación prác- tica en el Groupe d'Information des prisons y teórica en esa historia de la institución penitenciaria que es Vigilar y casti- gar, la gestación de la mirada médica (El nacimiento de la clí- nica), la configuración de lo sexual (Historia de la sexuali- dad)... Todo ello responde, como se explicita en Las palabras y las cosas, a una ruptura epistemológica del s. xviil: la de la
representación, que, escindiendo lenguaje y objetos, potencia las reflexiones autónomas del lenguaje sobre sí mismo: forma- lismo, filología, crítica literaria... y la proliferación de nuevos objetos: ciencias humanas, fabulando el espejismo del hom- bre, que aparece como fruto de este desplazamiento, como peculiar creación de una episteme determinada —en la que aún nos encontramos—, pero llamado a desaparecer en otra
reorganización de las relaciones entre palabras y cosas. Si la representación ha sucumbido como método de conocimiento, sin ella comienza la impugnación de todo cuanto pretendiese ser «representativo», se nos muestra la indignidad de hablar por otros, proponiendo a la ética del estudioso la labor de ar- chivo, renuncia a ser la voz que manifestase la muda realidad de todos. Es por ello que resulta necesario que las gentes ha- blen y el intelectual deje oír sus palabras, sin embargo hay al- go de peligroso en qua sus discursos proliferen. «La arqueolo- gía del saber» nace ccmo medio de soslayar la remisión de los estudios a categorías continuistas y uniformadoras, la consti- tución piramidal de una «historia de las ideas», e intentar, le- jos de conceptos globalizantes, acercarse a la materialidad de las prácticas discursivas, la azarosidad de los acontecimien- tos, las series, a veces superpuestas, otras discordantes, que serpentean las diversas áreas discursivas.
No obstante, en el saber, desde los análisis más eruditos a las palabras perdidas de cualquier «hablador», existe una constante amenaza que succiona libertades. Por la considera- ción de este peligro transciende, la obra de Foucault, una me- ra cartografía de textos ignotos para nuestra cultura. Desde su primer libro, Enfermedad mental y psicología, este autor se debate contra la fiereza de una bestia parda, de un dragón que no ha escapado, desgraciadamente, de los cuentos de ha- das. Como constata B.H. Levy, toda la arqueología del saber es una genealogía del poder. Poder dimanando de los textos, aglutinándose en instancias como la del autor, el libro, la dis- ciplina..., férreamente represivo en la descalificación de los discursos no requeridos. Poder que recorre todo el entretejido social densificándose en algunos nudos que originan institu- ciones, componiendo una pormenorizada microfísica frente a la que sólo caben focos de resistencia.
Es esta aproximación al poder la contribución más nota- ble de su obra. Desvelar de una vez por todas que el dominio no se ejerce únicamente como prohibición, sino —y esto es lo más importante— como incitación a hablar, a producir, a actuar... un poderío que proyecta nuestros gestos, que se intro- duce en las bocas ensalivando nuestras sílabas, que desplaza el ars erotica por una scientia sexualis en cuyas pautas, es-
trictamente seguidas, se nos dosifica la supuesta liberación. Poder como diseminación, enraizadamente coadyuvado por el saber, jamás entronizado en una localización eternitaria, cons- tante reflujo de fuerzas, reduplicadas en tácticas particulares y a las que hay que oponer estrategias específicas.
Y en tal contextura nos deja la obra inacabada de Fou- cault, propensos a la prudencia y a la sospecha, inmersos en una configuración del dominio que mantiene alerta nuestras consideraciones y afanes.
Es nuestro deseo que su próximo libro no se haga esperar. [Las Provincias, Valencia, 11-4-1980]
H. Eros y reflexión. Una historia interrumpida
La historia de los hombres es la larga sucesión de los sinó- nimos de un mismo vocablo. Contradecir esto es un deber.
Así reza una frase de René Char en la contraportada de
los tomos 2 y 3 de la Historia de la sexualidad que, como
ofrenda póstuma, Michel Foucault nos ha dejado. Es fácil
pensar —en una doble y contradictoria falacia— que los tiem-
pos son como resumen, regüeldo y culminación de los ante- riores —es la fe ciega en el progreso— y, juntamente con ello, sostener que existe un pequeño número de cosas, verdades, o quizá la naturaleza humana, que se han mantenido perpetua- mente iguales a sí mismas. El intento de Michel Foucault ha sido siempre el mostrarnos cómo los conceptos y las instruc- ciones están sujetos a una génesis y desarrollo y no siempre ostentaron el mismo significado con que hoy los conocemos, así: la mirada médica, la institución carcelaria, la figura del lo- co, incluso la noción de «hombre» mismo.
Sin duda fueron los alemanes del siglo xlx quienes inten- taron la edad clásica, sobre todo a los griegos. Grecia y Roma han pasado a ser para el europeo medianamente cultivado esa Arcadia intelectual, libre y artística, inaccesible ya en la era de la revolución científico-técnica y el avance cibernético. La cultura clásica, pagana, se ha opuesto tópicamente a la judeo- cristiana, donde en una se situaba la belleza de los cuerpos en
otra se hablaba de ocultación y pudor, frente a la liberalidad de costumbres, la represión y el sacrificio. La edad clásica de- jó de ser utopía perdids no por la revisión de tales tópicos, si- no por el olvido de est:, humanismo greco-latino que, resuci- tado en el Renacimiento, aún durante buena parte del xix re- presentó el saber más genuino.
Ahora Foucault decide entrar en este universo perdido de la mano de dos libros: L'usage des plaisirs y Le souci de soi (París, Gallimard, 1984), investigando la problematización de la sexualidad tanto en Grecia como en Roma. ¿Por qué esta mirada al pasado, este retoque del plan previsto en su historia de la sexualidad, y aún más cuando, como Foucault reconoce, él no es un especialista en historia antigua?
Inicialmente la historia, cuyo primer tomo fue La voluntad de saber (trad. cast. en S.XXI), se proponía una arqueología de la sexualidad que, segí.n el autor, nacería tal y como ahora la conocemos en plena época victoriana, contradiciendo el su- puesto de su puritanismo se nos hace ver que es precisamente en ese momento cuando comienzan a proliferar los discursos que van a desarrollar una verdadera scientia sexualis: normali- zar el cuerpo, «la carne,>, psiquiatrizarlo en el perverso, histeri- zarlo en la mujer, pedagogizarlo en el niño... He aquí todo un entramado en que el duplicado poder/saber ordena nuestra ac- tual experiencia del sexo, el férreo trazo donde nuestras nóma- das caricias irán a inscribirse, donde ninguna de ellas quedará impune y nuestras camas ostentarán el sabor amargo a legajo antiguo y ocultas guerras. Pero si bien puede aceptarse esta primera tesis foucaultiana que da fecha a la experiencia sexual en su especialización como saber y administración por las ins- tituciones, hay un tercer elemento en esta relación que no pue- de en modo alguno serles coetáneo: la constitución del sujeto de deseo. Es tras genealogía que Foucault se remonta a Grecia y Roma, para mostrarnos cómo la sexualidad comienza a pro- blematizarse despegándose lentamente de la medicina y la le- gislación de la casa, cómo la preocupación por el deseo surge a la par que el sujeto moral.
En Grecia el uso de los placeres, cuyo fin más prototípico podría reflejarse en el Eros platónico, se religa a una preocu- pación por la mesura, la belleza y la amistad, las normas que
rigen una relación perfecta, siempre con respecto a los adoles- centes, no pretenden convertirse en reglas obligatorias y uni- versales, sino en una fase última y exquisita de estilización moral. Será en Roma, y más concretamente con el estoicismo, cuando la moderación se torne austeridad, y la sexualidad, más que una pericia, se convierta en punto de reflexión ina- plazable para toda introspección y cuidado moral de uno mis- mo. Es aquí donde arranca la limitación del deseo, pero no por su consideración negativa, sino, según el mejor epicureís- mo, para una más alta y duradera consecución del placer. Sólo con los primeros siglos del cristianismo comenzaría la valora- ción peyorativa del cuerpo, ahora ya convertido en «la carne».
Pero esto último, que constituía el tema del cuarto tomo, ha quedado truncado, como la voz misma del filósofo, como la rabia de un pensamiento sobre la vida, que la muerte osa si- lenciar.
[Las Provincias, Valencia, 23-6-1985]
DELEUZE
En un cuento de Cortázar, un tal Lucas, ocasionalmente profesor de español para extranjeros, propone un texto para traducir por sus alumnos. (El relato tiene en su globalidad una clara moraleja, pero un detalle del mismo nos servirá pa- ra el asunto que pretendo traer a colación.) El texto en cues- tión, castizo y práctico, es un artículo taurino periodístico en el que se describe una corrida de El Viti, alabándose el domi- nio de muleta del maestro salmantino. Entre «galaches», «tra- pío», «encastado», «naturales»... y demás jerigonza especiali- zada, el comentario resulta incomprensible para los desolados estudiantes; sólo uno, con aire erudito él, pregunta sesuda- mente a Lucas si la referencia al «maestro salmantino» no se- rá una alusión a fray Luis de León.
Nada tiene referencia absoluta fuera de su contexto. Hay
obras, bien es cierto, que uno puede estudiar desde sí mismas, sin que sus líneas nos Fagan salir disparados hacia condicio- nantes, influencias, circunstancias, sociologiquerías... Pero ello suele ser producto de que la historia no es sino una super- posición de minorías, entronizando en un autor lo que fue co- midilla de muchos. A pesar de todo, no es ésta una razón para batir los caminos en busca de todas las gentecillas que se repi- tieron sobre el asunto. No obstante, conviene estar al tanto de cómo surgen las obras y las ideas para no llamarse a engaño. Saber, por ejemplo, que aquella obra maestra de investigación fue el refundido de un trabajo escolar; que aquel otro poema- rio se gestó raudo en una noche ante la jugosa perspectiva de un concurso amañado; que aquel libro innovador es la suma de heteróclitos artículos que fueron rechazados en su momen- to... Y en cuanto a las ideas, se pueden rastrear paternidades subrepticias hasta el infinito: éste copia una noción que le- yó de aquél, que la tornó de uno, que a su vez la había pla- giado de otro, que la oyó a un conferenciante, que malenten- día a determinado autor. Y a este embrollo contribuye el he- cho de que el intelectual, escritor, necesita reduplicarse, el li- bro muere como unidad de sentido, y es sustituido por artículos, emisiones de radio y televisión, debates, coloquios, mesas redondas, entrevistas, etc.
El escritor para sobrevivir ha de ejercer de periodista, crí- tico, y showman.
Por todo ello ¿cómo no comprender que alguien que sólo conoce España por lo que ha leído, al escuchar «maestro sal- mantino» piense en fray Luis de León? Acaso la historia de la cultura sea una acumulación de malentendidos.
La cultura como merodeo sin referentes, las escuelas co- mo camarillas del sobreentendido, el escritor como hombre- orquesta, mánager de sí mismo y charlatán, las obras como re- fundidos o apuntes apresurados entre contertulios, el libro, por consiguiente, como reportero novedoso y perecedero de todo este tráfago.
Pero no podemos hacernos pasar por asombrados y ofen- didos, cuando nos dimos cuenta de que para ejercer mediana- mente de intelectual era suficiente con un elegido, variado y abundante consumo de contraportadas, el libro se convirtió
ipso facto en un meta-objeto, y el oficio de lector estudioso y paciente en un anacronismo. El problema cede paso a la in- terpretación, y ésta a su propia descripción periodística. El tándem: autor, obra, lector, deja de configurarse en conjunto de elementos distinguibles o incluso perdurables como tales elementos. Atendiendo a una cuestión de matices: más que superados nos son ya inaccesibles.
Y si este margen de nadería y simulacro nos inunda en ca- da escarceo cultural, acaso lo mejor sea asumirlo: comprar un libro que sea no sólo esto que vengo diciendo, sino que hable de ello, desde ello.
Diálogos de Gilles Deleuze y Claire Parnet (Valencia, Pre- textos), nos viene que ni al pelo, resulta el antilibro por anto- nomasia, y de múltiples usos.
Si llegaste tarde al boom de la filosofía francesa y a pesar de toda tu buena intención y aplicado esfuerzo no entendiste
ni palabra de aquello del Anti-Edipo, ni conceptos tales como
«cuerpo, sin órganos», si te interesa conocer cómo surgió el encuentro Deleuze-Guattari, qué relación tienen entre sí, los otros libros de Deleuze... Si no llegaste a entrever con discer- nimiento y mesura la diferencia entre la filosofía del deseo, el psicoanálisis lacaniano y el freudiano. Si te quedaste asombra- do ante la pulida que hacía Levy de la teoría del poder de Foucault y Deleuze y quieres recordar la de éste último. Si desesperado ante el hermetismo de allende los Pirineos, deci- diste recuperar tu infancia, la novela negra y el drama victo- riano y te enloquece la moda de la literatura angloamericana, disfruta conociendo por qué Deleuze la considera también tan superior.
Hasta aquí el nivel periodístico del libro.
Pero junto con ello, el texto se convierte en objeto de re- flexión para sí mismo: ¿qué es una entrevista?, ¿para qué sir- ven? Responder a una entrevista o a lo que sea, no es escapar de la pregunta sino quedar atrapado por ella, ignorar que las preguntas y los problemas se fabrican y con ellos sus respues- tas. Aceptar una vez más el juego binario de las alternativas que construyen tu definición: pregunta-respuesta, masculino- femenino, hombre-animal... Olvidar, de nuevo, que no somos sujetos unitarios, sino «desiertos poblados de tribus, de fau-
nas, y de floras», orientaciones, puntos de transformación: de- venires. Por ello el dialogo que nos presenta este libro intenta escapar a la entreviste, estructurándose no obstante binaria- mente. Frente a un tena, Deleuze toma la palabra en un capí- tulo, y a continuación se introduce un segundo capítulo de Claire Parnet donde ésta interpreta, comenta o merodea so- bre los diversos puntos que Deleuze ha tratado en el primero. La fórmula, aunque abierta y novedosa, no deja de hacer ac- tuar muchas veces a Deleuze como significante y a C. Parnet como dilucidadora de significado. Este mismo modelo se re- petirá en cada uno de los temas tratados, por ejemplo en la crítica que se efectúa al psicoanálisis como método interpreta- tivo, monopolista del significado, otorgador de razón y pala- bra, coercitivo y edípico él mismo. Ante él, un deseo dinámico (agenciado-maquinado), no precedido por ningún sujeto —es el propio deseo quien en su devenir va creando algunas líneas convergentes reconocibles: el devenir-mujer, el devenir-revo- lución, etc. El esquizo-análisis, la micro-política, la pragmáti- ca, el diagramatismo, la rizomática, la cartografía, no tienen otro objeto que el estudio de estas líneas por entre los indivi- duos y los grupos. Y será en esta descripción fluctuante-pro- cesual que Deleuze apoyará su visión política, esta flotación difusa y nómada que puede llamarse individuo, grupo, pobla- ción... se expande continuamente en multitud de líneas de fu- ga que van abriendo fisuras en el cuerpo compacto del Esta- do, en el control de territorio, mecanismos de sometimiento económico, encuadramientos reglamentarios de base: escuela, sindicatos..., naturaleza no cuantitativa sino cualitativa de las reivindicaciones, etc. Cumpliendo lo que podríamos llamar la reivindicación del «derecho al deseo», que es la nueva for- ma no ya de la revolución, sino del «devenir-revolucionario».
Hasta aquí el libro haciendo ideología de su propio proce- so fragmentario.
Ahora cabrían algunas preguntas: ¿Lo fragmentario como coartada o como liberación?
Resulta aterrador comprobar que el estilo de Deleuze, entre «continuos de intensidades», «emisiones de partículas», y «agenciamientos maquínicos», cumple a la perfección los re- quisitos del modelo científico-dinámico de interpretación de
la realidad que podemos encontrar en un manual de termodi- námica, de bioquímica, de electrónica, y forzando un poco las cosas, en una descripción económica, en el fotomatón del agresivo ejecutivo dinámico e incluso en la alocución de un disc-jockey marchoso.
El hombre como devenir maquínico, carente de identidad excepto en los puntos de confluencia de su deseo, no es ni una promesa ni una liberación: representa la descripción perfecta del consumidor moderno.
Y la ruptura del autor, de la obra, del libro, hasta ahora sólo nos ha llevado al mantenimiento de la impostura y la me- diocridad bajo la celebrada coartada de la interdisciplinarie- dad y la pérdida de referentes.
Claro está, todo depende de la valoración que le demos al advenimiento de la galaxia McLuhan.
Porque el libro este de Deleuze y Parnet realmente está bien, aunque dé un poco de miedo ese tremendo optimismo. Sobre todo cuando a una no le da ninguna confianza libera- dora una propuesta estructuralmente a mitad de camino entre el modelo nuclear y la música disco.
[Las Provincias, Valencia, 5-3-1981]