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5 Mil palabras en un gesto

In document Valencia, Jota Mario - Insúltame Si Puedes (página 149-178)

Nos estamos preparando para salir airosos y con definitivo éxito de un ataque verbal sin necesidad de entrar en el juego del agresor, pero aniquilándolo por completo.

Si el agresor está frente a nosotros, lo primero que quiere ver es "la cara que ponemos", antes que la posible respuesta que le demos. Él quiere vernos descompuestos, liquidados, indispuestos, espantados y bloqueados, lo que le da la certeza de que cualquier cosa que podamos contestarle será un sartal de tonterías, que él podrá utilizar a sus anchas para reforzar sus argumentos y terminarnos de arrinconar. Pero como estamos decididos a que eso no suceda jamás, nos adelantaremos a saber cómo se expresa nuestro cuerpo para poder dominarlo, saber conducirlo, camuflarlo y modificarlo y, en último caso, descubrir todo lo que se esconde en el lenguaje no verbal del otro, para hacernos dueños de la situación y sacar el mayor provecho de ella.

Para el caso que nos ocupa, el estudio de la comunicación no verbal es de fundamental importancia para conocer la forma en que el otro nos ve y encontrar la manera de disfrazar nuestras reacciones. No obstante, esta materia no puede verse

como una unidad aislada, sino como una parte inseparable del proceso global de comunicación.

A través de las emociones y las señales que las identifican, podemos contradecir, acentuar, complementar, repetir, sustituir o regular todo el proceso de la comunicación verbal.

La comunicación no verbal, nuestra postura corporal y gestual suele expresar mucho más de lo que habitualmente imaginamos. Le damos tanta importancia al lenguaje verbal, a lo que decimos, a la forma en que nos expresamos, que nos olvidamos de lo que estamos proyectando con nuestra imagen, la forma en que nos movemos, la manera en que miramos y el arrebato de nuestras manos.

Constantemente, el ser humano, quiéralo o no, está transmitiendo algo con su cuerpo. Cualquier pensamiento que cruza nuestra mente, tiene una respuesta fisiológica inmediata, aunque no se pronuncie palabra. Y aquí viene la buena noticia: cuando hacemos consciente el lenguaje no verbal, que suele ser inconsciente, lo podemos manejar.

Aquellos que han tomado conciencia de la comunicación no verbal, especialmente los actores de profesión, los políticos, los psicólogos y los psiquiatras, suelen empoderarse de sus sentimientos y, en la mayoría de los casos, logran engañar a los demás. En nuestro objetivo de desarmar a los agresores verbales, también lo vamos a hacer.

Los fundamentos

El complejo y misterioso estudio del lenguaje gestual se fundamenta en tres grandes pilares que permiten extraer información muy valiosa, fundamental y definitiva, sobre el estado anímico u otra información contextual sobre el emisor. Estos son la kinesia, la paralingüística y la proxémica.

La kinesia se refiere a cualquier movimiento que realiza el cuerpo y que finalmente refleja el estado emocional del

individuo, descubriendo su forma de ser. En el rostro se muestra la felicidad, la ira, la tristeza, el miedo, la sorpresa, el disgusto o la alegría. Es, sin más, un lenguaje universal, en el que no se necesita saber idiomas. Sustituyendo los fonemas por los kinemas o unidades de movimiento corporal, y las frases por los kinemorfemas o agrupaciones de kinemas que adquieren significado dentro del conjunto de patrones más amplios de la comunicación, la kinesia estudia el lenguaje corporal.

La paralingüística define los elementos que acompañan lo que expresamos verbalmente y que constituyen señales e indicios que contextualizan o sugieren interpretaciones particulares de la información propiamente lingüística. Es decir, cuando en medio de una conversación nos referimos al honesto señor Pérez y dibujamos unas comillas en el aire al momento de decir "honesto", terminamos expresando todo lo contrario a lo que han dicho nuestras palabras. Si alguien nos estuviera escuchando a través de la radio, no se daría cuenta de nuestro enorme editorial.

Además, la paralingüística analiza otras características que acompañan a la información lingüística, como el volumen y la intensidad de la voz, la velocidad con que nos expresamos, el tono y las variantes de entonación, la duración de las sílabas, el llanto, la risa, el control de órganos respiratorios y articulatorios, las pausas o los silencios, etc. Así, por ejemplo, la poca fluidez al hablar suele denotar nerviosismo o poco conocimiento sobre el tema.

El uso adecuado de los elementos paralingüísticos influye definitivamente en la comprensión del mensaje y en la interpretación de los enunciados.

El tono es un reflejo emocional a través del cual le damos una adecuación a nuestras palabras para expresar la fuerza de su significado. Los tonos graves van hacia la afectividad y los agudos hacia la agresividad. La excesiva emocionalidad, por ejemplo, ahoga la voz y el tono se hace más agudo. Por lo tanto,

el deslizamiento hacia los tonos agudos es síntoma de inhibición emocional.

El volumen determina el carácter del que habla. Cuando la voz surge en un volumen elevado, es síntoma de querer imponerse en la conversación, además de mostrar autoridad y dominio. El volumen bajo refleja el miedo interior a ser oído, por lo que se asocia a las personas introvertidas.

El ritmo se refiere a la fluidez verbal con la que nos expresamos. En la vida cotidiana, el ritmo vivo, modulado, animado, indica que la persona está abierta al contacto y la interacción. A su vez, el ritmo lento o entrecortado produce frialdad en el diálogo, revela el rechazo al contacto y el deseo de mantenerse oculto.

La proxémica precisa el espacio físico que cada quien requiere para expresarse con comodidad. Así como un perro marca su territorio, así los seres humanos tenemos una territorialidad. Es, en suma, la orientación espacial personal en el contexto de la distancia conversacional y el uso y percepción del espacio, que puede variar de acuerdo con el sexo, el estatus, los roles o la orientación cultural.

El espacio personal se define como el área que nos rodea, a la que no permitimos que otros entren, a no ser que, por circunstancias especiales, les autoricemos el ingreso.

Cada uno de nosotros dispone de ese espacio personal e implícito, que cuando es roto por alguien, nos produce incomodidad, tensión o sensación de amenaza, con excepción de circunstancias especiales que justifican una mayor proximidad. Así, en las aglomeraciones terminamos aceptando que se rompa nuestro espacio personal, y los enamorados y las personas que se gustan, aceptan un mayor grado de cercanía.

Como dato curioso, la proximidad física tiende a ser menor entre las mujeres que entre los hombres, pero, quizás por un condicionamiento social, el contacto físico suele ser iniciado con más frecuencia por los hombres.

Por lo general, la persona que en la interacción tiene más estatus o una posición de dominio sobre el otro, suele empezar el contacto físico. Así, lo corriente es que inicie la interacción el jefe hacia su empleado, el médico hacia su paciente o el padre hacia el hijo.

Un maestro frente a sus alumnos necesitará por lo menos tres metros de distancia, precisará a lo sumo un metro y medio en una reunión de trabajo, unos ochenta centímetros para relacionarse con sus hijos y ningún espacio si está en la intimidad. Eso sí, todo organismo tiene un límite detectable, que determina en sí mismo su comienzo y su final, pues nadie está limitado por su piel, sino que se desplaza dentro de una especie de burbuja personal para desenvolverse a conveniencia.

El mejor ejemplo de cómo funciona la proxémica se escenifica en los ascensores. Si alguien sube en uno de estos aparatos y va solo, se ubicará más o menos en el centro. Pero si sube una segunda persona, ambos se acomodarán en los extremos opuestos del fondo. Un tercer viajero buscará una punta delantera y un cuarto, la esquina contraria. Si el ascensor es pequeño y llega a haber un quinto, que por casualidad tiene una burbuja muy amplia, preferirá no entrar y decir "suban ustedes que no tengo prisa".

Revelaciones de nuestro cuerpo

Las posiciones corporales definen la disposición que tenemos para aceptar a otros en la interacción.

Si mantenemos las manos cruzadas mientras hablamos o saludamos de mano con el codo casi recto, estaremos cerrándole el acceso al otro. Cuanto más de frente nos situemos en relación con el interlocutor, mayor será el nivel de implicación. Si nos sentamos enfrente planteamos una competencia. Uno al lado del otro denota cooperación. Para conversar normalmente lo hacemos en ángulo recto. La inclinación del cuerpo, hacia adelante o hacia atrás, regula el

grado de intimidad de una conversación. Mostramos una orientación directa hacia el otro cuando más nos agrada, y menos directa cuando la persona nos fastidia o, por lo menos, la percibimos como alguien inferior y tenemos intención de no continuar la interacción.

La orientación del cuerpo es bastante expresiva y se suele emplear como barrera para impedir violaciones del espacio personal.

Si alguien no deseado intenta violar el espacio de un grupo, los miembros de ese colectivo se apartarán, pero seguirán manteniendo una orientación directa entre sí, como queriendo indicarle que su presencia no resulta grata. Cuando la aglomeración es tan intensa que no se puede voltear el cuerpo, se volverá la cabeza.

Para el establecimiento de una comunicación efectiva, los mensajes no verbales, sin dudas, son mucho más importantes y fundamentales que todo lo que podamos expresar con nuestras palabras.

Una postura atenta, con el cuerpo recto y los hombros aflojados, mirando a los ojos del interlocutor con el rostro relajado, los labios distendidos, un gesto general de interés, así como otras sensaciones táctiles y olfativas, permiten que el otro sienta que estamos ahí.

Solo a principios del siglo XIX se inició una verdadera investigación sobre la comunicación no verbal. Desde 1914 hasta 1940 hubo un considerable interés acerca de cómo se comunica la gente por las expresiones del rostro.

Los psicólogos realizaron decenas de experimentos y la conclusión fue que el rostro no expresa los sentimientos de una manera segura e infalible. De hecho, todos hemos sido testigos del momento en que a alguien le comunican una mala noticia y hemos esperado a que esa persona modifique su rostro, como lo hemos visto en las películas o como creemos que debe ser. Sin embargo, no todos reaccionamos de la misma forma a los

mismos estímulos y la respuesta fisiológica de ese individuo ante una mala noticia, podría darse con cierta debilidad en las piernas o en el temblor de las manos.

No obstante, nadie puede negar que todas las emociones entran a través de los ojos (excepto para los ciegos, claro está). Si una persona dice que está muy feliz a tu lado o en algún lugar en particular y simultáneamente está bostezando y mirando el reloj, vale mucho más lo que ves que lo que oyes.

Las posiciones corporales se definen como abiertas o cerradas por la disposición del cuerpo a aceptar o no a otros en la interacción. Manos y piernas, ya sea que estén cruzadas, enfrentadas, juntas o separadas, se encargarán de dar esta información.

Cuanto más de frente se sitúa una persona hacia los demás, mayor será el nivel de compenetración. Así mismo, el ángulo de orientación puede regular el grado de intimidad de una conversación. El movimiento del cuerpo transmite energía y dinamismo durante la interacción. De esta manera, un exceso de movimiento incongruente puede producir la impresión de inquietud o nerviosismo, mientras que la escasez de movimiento incongruente puede dar la idea de una excesiva formalidad.

En la mirada se esconden montones de secretos y allí entran en juego, entre otros aspectos, la dilatación de las pupilas, el número de veces que se parpadea por minuto, el contacto ocular o la forma de mirar.

Los gestos son los movimientos propios de las articulaciones, principalmente realizados con las manos, los brazos y la cabeza. Algunos pueden ser producidos intencionalmente, con un significado específico y fácilmente traducible a palabras, como cuando agitamos la mano para despedirnos o levantar el pulgar para indicar que todo está bien o que estamos de acuerdo. Otros sirven para ilustrar, recalcar,

enfatizar o imponer un ritmo a una palabra que por sí sola no tendría.

Ciertos gestos expresan el estado emocional del momento, como la ansiedad o la tensión, mientras otros nos sirven para manejar o adaptarnos a emociones que no queremos expresar con la intensidad con la que realmente las sentimos. Es aquí donde nos rascamos la cabeza cuando las cosas se complican o nos pasamos los dedos por el cuello de la camisa como ahogados por la tensión del instante.

Otros gestos serán signos para tomar el relevo en la conversación, para frenar o acelerar al interlocutor, indicarle que debe continuar o darle a entender que debe ceder su turno en el uso de la palabra. Las inclinaciones rápidas de cabeza, como diciendo "sí, sí, sí", llevan el mensaje de apresurarse y terminar, mientras que las lentas denotan interés en lo que el otro dice y son una invitación a que continúe.

Expresión facial

La expresión facial es el medio más revelador de las emociones y los estados de ánimo. Gracias a ella, usted y yo hemos sentenciado alguna vez, de buenas a primeras, que alguien tiene cara de peligroso, de mala gente, de ladrón, de tonto, de simpático o de poco confiable. Eso sucede porque existe un amplio abanico de interpretaciones para una misma mímica y porque es imposible determinar una manifestación facial correspondiente para cada gesto, cada rasgo o cada palabra del abecedario de los sentimientos. De todas maneras, aunque limitado, hay un número de emociones que la mayoría de nosotros puede reconocer con cierta fiabilidad.

La función principal de la semiótica facial es la manifestación de las emociones y la intensidad de las mismas. Es el medio primario de expresión personal, de las actitudes hacia los demás, de la atracción sexual y del atractivo personal.

Se ha determinado que solo hay seis expresiones faciales universales y que ellas son el tablero indicador de las emociones: la alegría, la tristeza, el enfado, el temor, el interés y el asco. Esto quiere decir que no toda la comunicación que se transmite a través de la expresión facial es susceptible de ser leída conscientemente por el interlocutor.

Si bien el cambio de posición de las cejas, de los músculos faciales o de la boca son fácilmente perceptibles, no sucede lo mismo con la contracción pupilar o con una ligera sudoración.

Mirada y contacto ocular

Aunque es obvio que la mirada está relacionada con la expresión facial, es necesario observar el lenguaje de nuestros ojos como un todo, por la gran importancia que tiene en el marco de la comunicación no verbal.

A la mirada se le atribuye un papel fundamental en la percepción y expresión del mundo psicológico. Aquello de que "los ojos son el espejo del alma" no se trata de un simple truco que usamos los hombres para enamorar a las mujeres, sino una imponente y abrumadora verdad. La mirada va mucho más allá de los ojos y su capacidad de proyección es la que confiere su enorme trascendencia.

La mirada regula el acto comunicativo en sí, pues con ella podemos indicar que el contenido de una interacción nos interesa, evitando el silencio.

Podemos leer el rostro de otra persona sin mirarla a los ojos, pero cuando las miradas entran en contacto, sabemos cómo se siente el otro y conocemos su estado de ánimo. Miramos al otro mientras escuchamos, en el afán de obtener una información visual que complemente la información auditiva.

Nuestras pupilas se dilatan cuando estamos frente a algo que nos parece interesante. De esta forma podemos establecer

la actitud de una persona hacia algo, ya que cuanto mayor es su atracción, mayor será la dilatación de las mismas. A todos nos atraen más las personas que tienen pupilas dilatadas, como los niños, que las que tienen pupilas contraídas. Los especialistas aseguran que es posible evaluar los cambios de actitudes de una persona a través de los intervalos en las respuestas de las pupilas. La fiabilidad de esta medida radica en el hecho de que resulta imposible controlar a voluntad la conducta de nuestras pupilas.

Nuestra tranquilidad o nerviosismo se refleja en el número de veces que parpadeamos por minuto. Cuanto más parpadea una persona, más inquieta se siente. Por supuesto, esto excluye a las personas que padecen algún tic nervioso o alguna enfermedad de los ojos o de los lagrimales.

Los que hablan necesitan tener la seguridad de que alguien los escucha y los que escuchan necesitan sentir que son tenidos en cuenta y que quien les habla se dirige directamente a cada cual. Ambos requisitos se cumplen con un adecuado uso del contacto ocular.

Una persona con disposición a mirar a los ojos suele revelar sus actitudes con respecto a ella misma. Del mismo modo, las personas que se agradan mutuamente mantienen mucho más contacto ocular que las que no se gustan. Por eso, la frecuencia con la que miramos al otro es un indicador de interés, agrado o sinceridad, del mismo modo que la evitación de la mirada, o el mirar fugaz, impiden recibir retroalimentación, reducen la credibilidad y dan lugar a interpretaciones negativas.

Cuando se intenta dominar, amenazar, intimidar o influir sobre otros, se usan las miradas prolongadas sin parpadear. También las utilizan las personas que se agradan mucho, pero en este caso la frecuencia de parpadeo es mayor. Un prorrogado contacto ocular se considera generalmente como manifestación real o falsa de superioridad, falta de respeto, amenaza o ganas de insultar. Un contacto ocular poco prolongado suele ser

interpretado como falta de atención, descortesía, falta de sinceridad, falta de honradez, inseguridad o timidez. El dejar de mirar a los ojos, bajando la vista, suele ser tomado como signo de sumisión.

La comunicación entre dos personas será más efectiva cuando su interacción contenga la proporción de contacto ocular que ambos consideren apropiada a la situación.

Programación neurolingüística

La ciencia de la PNL, Programación Neurolingüística, que se enmarca dentro de la psicología cognitiva, se dedica a explicar cómo funcionamos, tanto en nuestra comunicación hacia afuera como en nuestra comunicación interna, ayudándonos en el proceso de autoconocimiento y a lograr la empatía con los demás.

Entre otras cosas, gracias a la PNL aprendemos a calibrar con exactitud el lenguaje no verbal para hacerlo más positivo, otorgándole a lo que dicen nuestro cuerpo y nuestros gestos 55% de la efectividad en lo que expresamos, 38% a la voz con todas sus particularidades como la entonación, la proyección, la resonancia, el tono, etc., y un lánguido 7% a lo que manifestamos con las palabras. Si bien estos datos no tienen que tomarse como algo categórico, pues no alcanzo a entender cuál es el extraño camino metodológico que se sigue para establecer semejantes porcentajes en un tema tan subjetivo, puesto que siempre depende de la expresividad de la persona que se está comunicando, no dejo de admitir la enorme importancia que el lenguaje no verbal tiene dentro del proceso de la comunicación, que es universalmente conocida y reconocida de manera consciente e inconsciente.

En referencia a la PNL, lo de programación tiene que ver con que todas las ideas, los recuerdos o pensamientos que pasan por nuestra mente están previamente programados. Neuro quiere decir que toda esa programación opera a través

de nuestro sistema neurológico, produciendo una serie de

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