Casadas/ Casados Italia Francia Badén Prusia (1887-89) 21 59 93 120 22 62,5 85 100 0,95 0,96 1,09 1,29 1,72 1,15 1,10 1,67 % suicids. s/total Solteras 35,3 Casadas 42,6 % hab. s/total Sajonia Solteras 37,97 Casadas 49,74 1,19 0,63 1,73
La inversión entre las dos series de coeficientes es notable. En los países donde el divorcio no existe, la mujer está menos preservada que el marido; pero su inferioridad es más grande en Italia que en Francia, donde el lazo matrimonial ha sido siempre más frágil. Al contrario, desde que se practica el divorcio (Badén), el marido está menos preservado que la esposa, y la ventaja de ésta crece regularmente, a medida que los divorcios se propagan.
Lo mismo que anteriormente, el Gran Ducado de Oldemburgo se porta, bajo este punto de vista, como los otros países de Alemania donde el divo rcio es de una frecuencia media. Un millón de solteras dan 203 suicidios; un millón de casadas, 156; éstas tienen un coeficiente de preservación igual a 1,3, bastante superior al de los esposos, que sólo era de 0,79. El primero es 1,64 veces más fuerte que el segundo, casi como en Prusia.
La comparación del Sena con los otros departamentos franceses confirma esta ley de una manera brillante. En provincias, donde la gente se divorcia menos, el coeficiente medio de las mujeres casadas es sólo de 1,49; no representa, pues, sino la mitad del coeficiente medio de los esposos, que es de 2,88. En el Sena, la relación está invertida. La inmunidad de los hombres no es más que de 1,56, Y hasta 1,44 si se dejan de lado las cifras dudosas que se refieren al período de veinte a veinticinco años; la inmunidad de las mujeres es de 1,79. La situación de la mujer con relación al marido es allí más de dos veces mejor que en los departamentos.
Se puede hacer la misma comprobación si se comparan las diferentes provincias de Prusia:
PROVINCIAS DONDE HAY POR CADA 100.000 CASADOS
De 810 a 405 divorciados Coef. preserv. esposas De 871 a 324 divorciados Coef. preserv. esposas De 229 a 116 divorciados Coef. preserv. esposas Berlín Broandeburgo Prusia Orient. Sajonia 1,72 1,75 1,50 2,08 Pomerania Silesia Prusia Occid. Schleswig 1,00 1,18 1,00 1,20 Posen Hesse Hannover País del Rhin Wesfalia 1,00 1,44 0,90 1,25 0,80
Todos los coeficientes del primer grupo son sensiblemente superiores a los del segundo, y es en el tercero donde se encuentran los más débiles.
La única anomalía es la de Hesse, donde, por razones desconocidas, las mujeres casadas gozan de una inmunidad bastante importante, aunque los divorciados sean allí poco numerosos16.
CUADRO XXIX
PARTE PROPORCIONAL DE CADA SEXO EN LOS SUICIDIOS DE CADA CATEGORÍA DE ESTADO CIVIL EN DIFERENTES PAÍSES DE EUROPA
Países y años % s/suicidios de célibes % s/suicidios de casados Exced. medio por país Italia 1871 Italia 1872 Italia 1873 Italia 1874-88 Francia 1863-88 Francia 1863-66 Francia 1888-91 Baden 1869-73 Baden 1885-93 Prusia 1873-75 Prusia 1887-89 Sajonia 1866-70 Sajonia 1879-90 87 82 86 85 84 84 81 84 84 78 77 77 80 13 18 14 15 16 16 19 16 16 22 23 23 22 79 78 79 79 78 79 81 85 85 83 83 84 86 21 55 21 21 22 21 19 15 15 17 17 16 14 6,2 3,6 1 5 7
A pesar de esta concordancia de pruebas, sometamos esta ley a una última comprobación. En lugar de comparar la inmunidad de los esposos a la de las esposas, busquemos de qué manera, diferente según el país, modifica el matrimonia la situación respectiva de los sexos en cuanto al suicidio. Esta comparación es la que tiene por objeto el cuadro XXIX. Se ve allí que, en los países donde el divorcio no existe o sólo está establecido desde hace poco, la mujer participa en mayor proporción en los suicidios de los casados que en los suicidios de los solteros. Es decir, que el casamiento favorece allí al esposo más que a la esposa, y la situación desfavorable de esta última está más de relieve en Italia que en Francia. El excedente medio de la parte proporcional de las mujeres casadas sobre la de las hijas es, en efecto, dos veces más elevado en el primero de estos dos países que en el segundo. En cuanto se pasa a los pueblos donde la institución del divorcio funciona ampliamente, se produce el fenómeno inverso: es la mujer quien gana terreno, por el mismo hecho que lo hace perder al marido; y el provecho que ella consigue es más considerable en Prusia que en Badén, y en Sajonia más que en Prusia. Alcanza su máximo en el país donde los divorcios, por su parte, tienen su frecuencia mayor.
Se puede, pues, considerar por encima de toda comprobación la ley siguiente: Tanto más favorece el matrimonio a la mujer bajo el punto de vista del suicidio, cuanto más practicado es el divorcio, y viceversa.
De esta proposición se deducen dos consecuencias:
La primera es que solamente los esposos contribuyen a esta elevación del porcentaje de los suicidios, que se observa en las sociedades donde los divorcios son frecuentes, matándose en ellas los casados menos que en otras partes. Así, pues, si el divorcio no puede extenderse sin que la situación moral de la familia se mejore, es inadmisible que está ligado a un mal
estado de la sociedad doméstica, de tal naturaleza que agrava la tendencia al suicidio. Pero esta agravación debería producirse tanto en la mujer como en el marido. Un debilitamiento del espíritu de familia no puede producir efectos tan opuestos sobre los dos sexos: no puede favorecer a la madre y atacar tan gravemente al padre. Por consiguiente, es en el estado de matrimonio y no en la constitución de la familia donde se encuentra la causa del fenómeno que estudiamos. Y en efecto, es muy posible que el matrimonio obre en sentido inverso sobre el marido que sobre la mujer. Porque si, en cua nto padres, tienen el mismo objetivo, en cuanto cónyuges, sus intereses son diferentes y a menudo antagónicos. Puede ocurrir muy bien que en ciertas sociedades, tal particularidad de la institución matrimonial aproveche al uno y perjudique a la otra. Todo lo que precede tiende a probar que precisamente el caso del divorcio es éste.
En segundo lugar, la razón que nos obliga a rechazar la hipótesis, según la que se produce este mal estado del matrimonio en que divorcios y suicidios son voluntarios, consiste simplemente en una frecuencia mayor de las discusiones domésticas; porque tal causa no podría tener por resultado acrecer la inmunidad de la mujer, como tampoco produce el debilitamiento del lazo familiar. Si la cifra de los suicidios, donde el divorcio está en uso, tuviera relación realmente con el número de las querellas conyugales, la esposa debería sufrir las consecuencias tanto como el esposo. No hay en ella nada peculiar para preservarla excepcionalmente. Tal hipótesis es tanto menos, sostenible cuanto que en la mayoría de los casos, el divorcio se solicita por la mujer contra el marido (en Francia, el 60 por 100 de los divorcios y el 83 por 100 en las separaciones de cuerpo)17. Ocurre así porque las perturbaciones del hogar son, en la mayoría de los casos, imputables al hombre. Pero entonces será, incomprensible que, en los países donde se divorcia mucho, el hombre, se mate más porque hace sufrir a una mujer, que la mujer, y ella al contrario, se mate menos porque el marido la hace sufrir más. Por otra parte, no está demostrado que el número de los disentimientos conyugales crezca como el de los divorcios18.
Descartada esta hipótesis, sólo queda una posible. Es preciso que la institución misma del divorcio, por la acción que ejerce sobre el matrimonio, predisponga al suicidio.
Y, en efecto, ¿qué es el matrimonio? Una reglamentación de las relaciones de los sexos, que se extiende no sólo a los instintos físicos que este comercio pone en juego, sino también a los sentimientos de toda clase que la civilización ha injertado, poco a poco, sobre la base de los apetitos materiales. Porque el amor es, en nosotros, un hecho mucho más mental que orgánico. Lo que el hombre busca en la mujer no es simplemente la satisfacción del deseo genésico. Si esa inclinación natural ha sido el germen de toda la evolución sexual, se ha complicado, progresivamente, con sentimientos estéticos y morales, numerosos y variados, y ya no es hoy más que el menor elemento del proceso total y complejo a que ha dado nacimiento. Al contacto de estos elementos intelectuales, el hombre se ha libertado parcialmente del cuerpo y como intelectualizado. Las razones morales le sugieren tanto como las intelectuales. No tiene ya la periodicidad regular y automática que presenta en el animal. En cualquier época puede despertarlo una excitación psíquica; es de todas las estaciones. Pero precisamente porque estas diversas inclinaciones, así transformadas, no están directamente colocadas bajo la dependencia de necesidades orgánicas les es indispensable una reglamentación social. Puesto que no hay nada en el organismo que las contenga, es preciso que sean contenidas por la sociedad. Tal es la función del matrimonio. Regula toda esta vida pasional, y el matrimonio monogámica más estrechamente que cualquier otro, porque, al obligar al hambre a no ligarse sino a una mujer, siempre la
misma, asigna a la necesidad de amar un objeto rigurosamente definido y cierra el horizonte.
Esta determinación es la que produce el estado de equilibrio moral con que se beneficia el esposo. Parque no puede, sin faltar a sus deberes, buscar otras satisfacciones que las que así le están permitidas, limitando sus deseos. La saludable disciplina a que está sometido le fuerza a encontrar su felicidad en su condición, y, por eso mismo, le suministra los medios de ella. Por otra parte, si su pasión está forzada a no variar el objeto sobre que se fija, está forzado igualmente a no faltarle, porque la obligación es recíproca.
Si sus goces están definidos, también están asegurados, y esta certidumbre consolida su consistencia mental. Completamente distinta es la situación del célibe. Como puede legítimamente ligarse a lo que le plazca, aspira a toda y nada le satisface. Este mal del infinito que la anomia lleva consiga por todas partes, puede alcanzar lo mismo esta zona de nuestra conciencia que cualquiera otra; toma, muy a menuda, una forma sexual, que Musset ha descrita19. En el momento en que no se está contenido por nada, no se sabe uno detener por sí misma. Más allá de los placeres que se han experimentado, se imaginan y se quieren otros; si sucede que se ha recorrido casi todo el círculo de lo posible, se sueña en lo imposible, se tiene sed de lo que no existe20. ¿Cómo no ha de exasperarse la sensibilidad en esta persecución que no puede tener éxito? Para que se llegue a este punto, ni siquiera es necesario que se hayan multiplicado hasta el infinito las experiencias amorosas y vivido como un Don Juan. Basta con la existencia mediocre del célibe vulgar. Sin cesar existen esperanzas nuevas que se despiertan y que se marchitan, dejando tras sí una impresión de fatiga y de desencanto. Por otra parte, no podrá fijarse el deseo, puesto que no está seguro de poder guardar lo que le atrae, porque la anomia es doble. Del mismo modo que el sujeto no se entrega definitivamente, no posee nada con titulo definitivo. La incertidumbre del porvenir, junto a su propia determinación, le condena, pues, a una perfecta movilidad. De todo esto, resulta un estado de perturbación, de agitación y de descontento que aumente necesariamente las probabilidades de suicidio.
Ahora bien, el divorcio implica un debilitamiento de la reglamentación matrimonial. Donde está establecido. Sobre todo donde el derecho y las costumbres facilitan con exceso su práctica, el matrimonio sólo es una forma debilitada de sí mismo: un menor matrimonio. No podrá, pues, producir sus efectos útiles en el mismo grado. El límite que pone al placer no tiene la misma fijeza; si es cómodamente conmovido y cambiado de lugar, contiene menos enérgicamente a la pasión, y ésta, por consiguiente, tiende más a extenderse por fuera. Se resigna menos fácilmente a la condición que se le ha asignado. La calma, la tranquilidad moral que crea la fuerza del esposo es, pues, menor: ella da lugar, en alguna medida, a un estado de inquietud que impide al hombre conformarse con lo que tiene. Se encuentra, por otra parte, tanto menos atento a ligarse al presente, cuanto que el goce no le está completamente asegurado; el porvenir se halla menos garantido. No es posible encontrase fuertemente retenido por un lazo, que a cada instante puede ser roto, sea de un lado, sea de otro. No es posible dejar de mirar más allá del punto donde uno se encuentra cuando no se siente firme el terreno que pisa. Por estas razones, en los países donde el matrimonio está fuertemente atemperado por el divorcio, es inevitable que la inmunidad del hombre casado sea más débil. Como, bajo tal régimen, se aproxima al célibe, no puede dejar de perder algunas de sus ventajas. Por consiguiente, el número total de los suicidios se eleva21.
Pero esta consecuencia del divorcio es especial para el hombre; no alcanza a la esposa. En efecto, las necesidades sexuales de la mujer tienen un carácter menos intelectual, porque, en
general, su vida psíquica está menos desarrollada. Están más inmediatamente en relación con las exigencias del organismo, las siguen más que adelantarlas y encuentran en eso, por consiguiente, un freno eficaz. Porqué la mujer es un ser más instintivo que el hombre, para encontrar la calma y la paz no tiene más que seguir sus instintos. Una reglamentación social tan estrecha como la del matrimonio, y, sobre todo, del matrimonio monogámico no le es, pues, necesaria. Ahora bien, tal disciplina, aun donde es útil, no deja de tener inconvenientes. Al fijar para siempre la condición conyugal, impide salir de ella suceda lo que suceda. Al limitar el horizonte cierra las salidas y corta todas las esperanzas, aun las legitimas. El hombre mismo no deja de sufrir con esta inmutabilidad; pero le está ampliamente recompensado el mal con los beneficios que obtiene por otro lado. Por otra parte, las costumbres le conceden ciertos privilegios que le permiten atenuar, en alguna medida, el rigor del régimen. Para la mujer, al contrario, no hay compensación. Para ella la monogamia es de obligación estricta, sin atenuantes de ninguna especie, y, por otro lado, el matrimonio no le es útil, en el mismo grado, para limitar sus deseos, que son naturalmente limitados, y enseñarla a conformarse con su suerte; pero la impide cambiarlos y se le hace intolerable. La regla es, pues, para ella una molestia sin grandes ventajas. Por consiguiente, todo lo que la ablande y aligere, ha de mejorar, por fuerza, la situación de la esposa. He aquí por qué el divorcio la protege y por qué recurre a él de buen grado.
Es, pues, el estado de anomia conyugal, producido por la institución del divorcio, el que explica el desarrollo paralelo de los divorcios y los suicidios. Por consiguiente, estos suicidios de esposos que, en los países donde hay muchos divorcios, elevan el número de las muertes voluntarias, constituyen una variante del suicidio anómico. No tienen su origen en que en esas sociedades haya peores esposos y peores mujeres y, por no tanto, más hogares desgraciados. Resultan de una constitución moral sui géneris que tiene por causa un debilitamiento de la reglamentación matrimonial; es esta constitución, adquirida durante el matrimonio, la que, al sobrevivirle, produce la excepcional tendencia al suicidio que manifiestan los divorciados. Desde luego, no se entienda que decimos que este enervamiento de la regla está completamente engendrado por el establecimiento legal del divorcio. El divorcio no se ha declarado nunca más que para consagrar un estado de las costumbres que le era anterior. Si la conciencia pública no hubiese llegado poco a poco a juzgar que la indisolubilidad del lazo conyugal no tiene razón de ser, el legislador no hubiera ni siquiera soñado en aumentar su fragilidad. La anomia matrimonial puede, pues, existir en la opinión, sin dejar todavía inscrita en la ley. Pero, por otro lado, solamente cuando ha tomado una forma legal, es cuando puede producir todas sus consecuencias. En tanto que el derecho matrimonial no sea modificado, sirve, a lo menos, para con tener materialmente las pasiones; sobre todo se opone a que, el gusto de la anomia gane terreno, sólo porque la reprueba. Por esto no tiene efectos característicos y, fácilmente observables más que allí donde ha llegado a ser una institución jurídica.
Al mismo tiempo que esta explicación da cuenta del paralelismo observado entre los divorcios y los suicidios22 y de las variaciones inversas que presenta la inmunidad de los esposos y de las esposas, se halla confirmada por muchos otros hechos:
1º Solamente bajo el régimen del divorcio puede haber una verdadera inestabilidad matrimonial; porque sólo él rompe completamente el matrimonio, mientras que la separación de cuerpos no hace más que suspender parcialmente ciertos defectos, sin devolver a los esposos su libertad. Si, pues, esta anomia especial agrava realmente la tendencia al suicidio, los divorciados deben tener una aptitud bastante superior a la de los separados. Esto es, en efecto, lo que resulta del único documento que conocemos sobre este
punto. Según un cálculo de Legoyt23, en Sajonia, durante el período 1847-1856, un millón de divorciados había dado un promedio anual de 1.400 suicidios y un millón de separados 176 solamente. Este último porcentaje es hasta inferior al de los esposos (318).
2º Si la tendencia tan fuerte de los célibes proviene en parte de la anomia sexual en que viven de una manera crónica, es sobre todo en el momento en que el sentimiento sexual esté más en efervescencia cuando la agravación que sufren debe ser más sensible. Y, en efecto, de los veinte a los cuarenta y cinco años, el porcentaje de los suicidios de los célibes crece mucho más aprisa que después; en el curso de este período se cuadruplica, mientras que de los cuarenta y cinco años, a la edad máxima (después de los ochenta años), no hace más que duplicarse. Pero, del lado de las mujeres, no se encuentra la misma aceleración; de los veinte a los cuarenta y cinco años, el porcentaje de las solteras ni siquiera se eleva al doble; pasa tan sólo de 106 a 171 (véase cuadra XXI). El período sexual no afecta, pues, a la marcha de los suicidios femeninos. Esto es lo que debe ocurrir si, como hemos admitido, la mujer no es muy sensible a esta forma de anomia.
3º En fin, muchos de los hechos establecidos en el capítulo III de este mismo libro encuentran una explicación en la teoría que acaba de ser expuesta, y, por eso mismo, pueden servir para comprobarla.
Hemos visto en otro lugar que, por sí mismo e independientemente de la familia, el matrimonio, en Francia, confería al hombre un coeficiente de preservación igual a 1,5. Sabemos ahora a qué corresponde este coeficiente. Representa las ventajas que el hombre obtiene de la influencia reguladora que ejerce sobre él el matrimonio, de la moderación que impone a sus inclinaciones y del bienestar moral que de él resulta. Pero hemos comprobado, al mismo tiempo, que en este mismo país la condición de la mujer casada estaba, por el contrario, agravada, hasta tanto que la presencia de los hijos no venía a corregir los malos efectos que tiene para ella el matrimonio. Acabamos de decir la razón. No es que el hombre sea, por naturaleza, un ser egoísta y malvado, cuyo papel en el hogar