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EL CASO LA PIRAMIDE

6. DIAGNÓSTICO CENTRO CULTURAL LA PIRÁMIDE 2010-

6.2 Una mirada comunicacional

La autonomía se asocia en la teoría y práctica a un modelo democrático por definición. Esto implica que la comunicación en la autonomía y autogestión sea pensada en términos del cuestionamiento al poder, o dicho de otro modo su noción remarca la reflexión sobre el rechazo a la autoridad que se niegue a dar cuenta de sí misma. Ese dar cuenta se contrapone a lo visto como políticas de Estado.

De acuerdo al relevamiento efectuado por las organizaciones de la autonomía y autogestión en la ciudad, no existe algo así como un modelo comunicacional propio --de la autonomía y de la autogestión que se manifiesta de modo homogéneo-- sino una suma de estrategias que responden a la misión y visión de las organizaciones del sector, o incluso a las necesidades más esenciales como son las que refieren a la posibilidad de permanecer, de subsistir. Pero precisamente no todas las organizaciones relevadas dan cuenta de el cuestionamiento que implica la autonomía. La representación comunicacional manifiesta de la autonomía y autogestión en La Pirámide tiene que ver con estrategias que han sido cuestionadas, pero esas otras miradas no son alentadas por el sector de coordinación, sino que a partir de ellas se han suscitado posicionamientos y disputas.

Si bien los vínculos son los espacios en los que se institucionaliza la organización, en el caso se detectó que por el contrario a lo que podría esperarse de la autonomía, es decir, un proceso integrador que utiliza las herramientas comunicacionales para sumar, para debatir y construir una identidad como fortaleza, en cambio, los problemas de relación entre los niveles de la organización --que es un colectivo que coordina a otros colectivos-- aleja la posibilidad de construir colectivamente.

Una de las situaciones de comunicación ya enunciadas como problemáticas fue la de una comunicación descendente, a lo que se suma una supuesta confusión en lo que hace a las responsabilidades de cada quien. Sólo los coordinadores han logrado ponerse de acuerdo entre sí para desarrollar un vínculo de confianza que permitiera saber que el otro hará lo que se espera de su tarea. Así a medida que esa órbita se amplia más allá de los límites de la coordinación, aparecen los problemas de

comprensión. Estas debilidades se complementan con lo que se evidenciaba como desconocimiento de los interlocutores.

De este modo, los colectivos más combativos, que buscan encontrar un espacio para asumirlo como propio tienen serias dificultades y se produce un alejamiento de esos grupos. La decisión tomada sobre el final de este proceso de análisis de la comunicación en la organización comprueba lo antes dicho: en vez de volver al modelo de asamblea, o designar delegados, lo que se ha hecho es redactar un contrato de obligaciones y derechos que debe ser cumplido. Por las características mismas de este dispositivo podría decirse que no es el elemento más efectivo para lograr un intercambio, o que ese soporte no formaliza un espacio de crítica en distintas instancias de trabajo. Ante esto, la nueva gestión (2012) parece no lograr salir de la representación organizacional como prestadora de servicios más que como colectivo incluyente. La figura normativa del contrato además no prevé la posibilidad de pensar a los otros como sucesores sino como clientes o como sujetos demandantes. Ante esto, la idea de proyectar con los otros aparece como contraste, y como una verdadera forma de resistencia. De lo contrario, la apropiación o toma en préstamo de un lugar público se vuelve espacio de pocos y la gestión no parece marcar grandes diferencias con la que efectúa el Estado, ampliamente criticada por la misma organización desde sus inicios. Por el contrario la participación podría abrir la posibilidad múltiple de integrar, de construir una identidad, de fortalecer instancias de encuentro y sobre todo de proyectar la alternancia como parte vital de una organización democrática.

Si no hay evidencias de que lo anterior puede ser posible los colectivos trabajan de modo acotado, dando lo justo y necesario, bajo una órbita de resignación.

Díaz Larrañaga (2005)66 afirma que “la resignación se muestra en el propio hacer y proyectar, pero la resistencia se proyecta en los otros, que son modos de continuar lo que cada uno piensa que no puede concluir”. En este caso, en el de la autonomía, identidad es motivación pero también equivale a una comunicación participativa tendiente a democratizar lo instituido, lo que es de pocos para que sea de todos.

      

En consecuencia las adhesiones a la gestión actual, la representación de la autonomía en los actores de la organización que no son coordinadores demanda un ejercicio de horizontalidad dentro de la organización.

Para comprender estas recomendaciones podían articularse representaciones de la autonomía y de la autogestión con nociones de democracia (que implica un proceso reflexivo conjunto por definición). Retomando a Castoriadis (1992-1999), es válido recordar que los fundadores eran conscientes de sus leyes, (querían diferenciarse y autogobernarse) y a la vez, dejaban abierta, en sus estatutos, la posibilidad de reflexionar sobre el presente para buscar cambio social participativo. No obstante ese compromiso mutó con el paso del tiempo y modificó elementos de la autogestión, en el sentido en el que el proceso de adaptación, la necesidad de subsistir provocó que el compromiso fuera de lo general (sociedad, el derecho al arte y a la educación) a lo particular (formas de subsistencia y de relación entre colectivos, con el público) para consolidar así un mecanismo de aceptación o rechazo (de grupos, propuestas, posibilidades de cambio) en pos de la supervivencia.

Dicho de otro modo, haciendo un raconto de lo ocurrido, a través de los documentos de la organización y de las entrevistas se identificó la misión de la organización que estuvo dada por la necesidad de diferenciar un proyecto autónomo de la propuesta estatal, y la de practicar autonomía y autogestión. A la vez, la visión tuvo que ver con la concreción de un proyecto que se autosustentara y que al marcar dicha diferencia permitiera reflexionar en un nivel más amplio, sobre lo que ocurre en el país.

Pero, tal como ya se mencionó, un proceso identitario a lo largo de seis años generó modificaciones en la misión y visión y esto, a su vez, se reflejó en el modelo comunicacional practicado en la organización.