2. El misterio de la encarnación
La síntesis patrística sobre la encarnación se resume en esta frase: «Dios se ha encarnado para que el ser humano pueda llegar a ser Dios» 22. Gracias a la encarnación se hace posible la
2. IRENEO, Adv. Haereses V, 36, 2 (SChr 153,2. 461); Basilio, Tratado sobre el Espíritu Santo (PG 32, 132. 148, 153).
49 49 divinización de la humanidad.
Pero esta divinización se realiza salvíficamente. Según Cabásilas, Cristo supera las tres ba- rreras, fruto del pecado de Adán: la barrera de la natur aleza (superada por la encar nación), la barrera del pecado (supera da por la cruz), y la barrera de la muerte (superada po r la resurrec- ción). La encarnación es salvífica; pero su causa no es la culpa de Adán (el «o felix culpa» agustiniano), sino la misericordia y la fidelidad divinas: Dios es fiel a su amor y a su plan primero de la creación, en continuidad con la cual se encuentra la encarnación, aunque esté marcada por la historia del pecado.
¿Habría habido encarnación sin pecado? Los escotistas, seguidores del franciscano Duns Scoto (ver glosar io), dicen que s í; los tomistas, seguidores de Tomás de Aquino, dicen que no. En general, Oriente no se plantea problemas irreales, sino que es realista. Máximo Confesor dice que la encarnación realiza lo que Adán no fue capaz de realizar; pero no le preocupa si hubiese habido encarnación sin peca do. Sólo Isaac el Sirio afirma que aun sin pecado habr ía habido encarnación.
Los Padres hablan del Cordero inmolado desde el srcen del mundo, de la voluntad de encar- nación preexistente en la Trinidad, del consejo divino, del amor crucificado de la Trinidad. Máximo afirma que todo el misterio de la creación se ilumina a través de la encarnación, muerte y resurrección de Jesús:
«El misterio de la encarnación del Verbo contiene en sí la significación de todos los símbolos y enigmas de la Escritura, así como el sentido oculto de toda la creación sensible e inteligible. Pero el que conoce el misterio de la cruz y del sepulcro conoce también las razones esencia- les de todas las cosas. En fin, el que penetra aún más lejos, el que consigue iniciarse en el misterio de la resurrección, aprende el fin por el cual Dios creó todas la. cosas al comienzo» 33 La encarnación manifiesta el loco amor de Dios por los hombres, la Filantropía (ver glosario) divina. Es un misterio ante el cual la única postura posible es la veneración y el silencio... Todo el Antiguo Testamento prepara este misterio, y el Espíritu prepara su morada en María. La Economía (ver glosario) es entendida como explanación del texto de Prv 9, 1: «La sabidu- ría se edificó una casa para sí». La ascendencia de Cristo ha sido objeto de una serie de purificaciones que culminan en María, la llena de gracia. Por eso para Oriente, María, en cuanto madre de Dios (Theotókos), contiene toda la historia de la Economía (ver glosario) divina en el mundo (Juan Damasceno 44).
Oriente no conoce el dogma de la Inmaculada Concepción, porque no quiere separar a María de la descendencia de Adán ni de la mortalidad. Pero el pecado no entra en María, y no por un privilegio o una excepción del destino humano común, sino porque ella ha sido guardada pura
3. PG 90, 1108.
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de todo pecado, sin que su libertad quedase excluida : al revés, con su libertad y su «Fiat» (ver glosario) dio acceso al Verbo, representando a toda la humanidad. La tragedia de la humani- dad se resuelve en el «he aquí la esclava del Señor» de María 55.
El texto del Concilio de Éfeso sobre la Theotókos es cristológico, no mariológico. Por María, Dios se humanizó. María, la nueva Eva, es honrada en Oriente, e incluso se habla de su glorificación después de su muerte (o dormición: koimésis). Pero no se habla de su inmortali-
5. V. LOSSKY, Théologie mystique de I’Église de L’Orient. París 1944, p. 137.
6. JACOBO DE SAROUG, «Himno a la Madre de Dios», Bikell 1, p. 246 do, cantad al Señor toda la tierra y con vuestro gozo, (citado por 0. CLÉMENT. Sources, París 1992. 41). 7. PG 37, 181.
«Bienaventurada es ella (María): ha recibido el Espíritu que la ha hecho inmaculada y se ha convertido en templo donde habita el Hijo de las alturas celestes.
Bienaventurada es ella: gracias a ella fue restaurada la raza de Adán, volvieron los que habían abandonado la casa del Padre.
Bienaventurada es ella: los límites de su cuerpo han contenido al ilimitado que llena los cielos sin que ellos puedan circunscribirlo.
Bienaventurada es ella: dando nuestra vida al Antepasado común que engendró a Adán, renovó las criaturas malogradas.
Bienaventurada es ella: ella dio el pecho a aquel que desencadena las olas del mar. Bienaventurada es ella: ha llevado en su seno al gigante poderoso que lleva el mundo, y lo abrazó y llenó de caricias.
Bienaventurada es ella: ha suscitado para los prisioneros un libertador que dominó al car- celero.
Bienaventurada es ella: sus labios han tocado a aquel cuyo ardor hace retroceder a los ángeles de fuego.
Bienaventurada es ella: alimentó con su leche a aquel que da la vida a todos los mundos. Bienaventurada es ella: pues todos los santos deben su gozo a su Hijo. Bendito es el Santo de Dios que ha germinado de ti» 6 6 .
dad.
La doctrina occidental del pecado srcinal parece que implica entender la Inmaculada Con- cepción como la inmortalidad de María. La devoción oriental a María es una forma de ilustrar la unión hipostática de la divinidad y la humanidad en Cristo. Representa una forma legítima y orgánica de poner los conceptos un tanto abstractos de la cristología de los siglos V y VI al alcance del pueblo fiel. El icono de María es un icono de la encarnación.
51 51 «Hoy nace de la Virgen aquel que sostiene en su mano toda criatura, siendo Dios, yace en un pesebre el que sostiene los cielos» (De la liturgia de la Navidad).
«Tú, que te has hecho semejante a un ser vil, formado de barro, ¡oh Cristo!, Le has comuni- cado tu divinidad.
El que con su mano poderosa ha creado el mundo, aparece ahora como el corazón de la creación.
Adoramos tu nacimiento, oh Cristo, haznos ver tu santa teofanía.
Oh mundo, ante esta noticia, entra en el coro y con los ángeles y los pastores, glorifica al Dios eterno.
Fieles, levantémonos prestos, preparémonos con gozo para la entrada en las fiestas de la natividad y cantemos: «¡Gloria a Dios en la Trinidad!»
El cielo y la tierra se han unido: hoy Dios ha bajado a la tierra, y el hombre ha remontado a los cielos.
Venid, encontrad el gozo oculto, el pozo profundo en el que en otro tiempo David deseó beber: allí también la Virgen apagó la sed de Adán.
La Virgen en este día da a luz al Superesencial, y la tierra ofrece una cueva al Inaccesible. Los ángeles cantan su gloria con los pastores, y los magos se encaminan con la estrella, pues nos ha nacido un niño, el Dios de antes de los siglos» (Romano el Melodioso, en el kontakion de la fiesta de Navidad).
«La estrella anuncia la aurora y pasa al mediodía resplandeciente del sol de justicia, que ilumina a los que estaban en las sombras de la muerte» (Vísperas).
«Por tu participación en una carne culpable, le has comunicado algo de tu naturaleza divina. Unido a una forma mortal, Dios libera el seno de Eva de la antigua maldición y es tablece un acceso al cielo.
Escucha, cielo, y presta atención, tierra, que tus fundamentos tiemblen y los infiernos se atemoricen porque el Creador se manifiesta en el corazón de la creación.
Nosotros, que estábamos en las tinieblas y en la sombra de muerte, hemos visto al Oriente de los orientes.
Los cielos se extienden hasta la cueva y la convierten en paraíso.
Dios conduce a los magos a adorarlo, anticipando la resurrección al tercer día, por el oro, el incienso y la mirra.
El que ha nacido de un Padre sin madre en este día ha tomado carne de ti, sin padre. ¿Qué te podemos ofrecer, oh Cristo, puesto que has nacido por nosotros sobre la tierra como un hombre? Todas las creaturas que son obra tuya te ofrecen su testimonio de grati- tud: los ángeles su canto, los cielos la estrella, los magos sus dones, los pastores su admi- ración, la tierra la cueva, el desierto el pesebre... ; pero nosotros, los hombres, te ofrecemos una Madre Virgen» (De la liturgia de la fiesta de Navidad).
«El Cristo nace, glorifiquémosle; el Cristo desciende de los cielos, id a su encuentro; Cristo está en la tierra, exaltado, cantad al Señor toda la tierra y con vuestro gozo, pueblos, celebradlo».
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Asume toda la, naturaleza, pues «lo que no es asumido no puede ser sanado» 77.
Pero asume también todo aquello que era «contra naturam» en la humanidad, para poder sanarlo por su encarnación.
Las controversias cristológicas y los concilios cr istológicos de los primeros siglos no versaban sobre cuestiones bizantinas (en el sentido peyorativo del término), sino sobre algo vital. Si el Hijo no es Dios (afirmación de Arrio), entonces Cristo no nos puede divinizar. Si en Cristo hay dos personas (postura de Nestorio), entonces la persona divina no puede divinizar la humani- dad, que es una persona separada y diferente. Si Cristo no asume un cuerpo real (afirmación de los docetistas), o no asume la inteligencia (como afirmaba Apolinar), o no tiene voluntad humana (postura de los monoteletas (ver glosario)), entonces no puede divinizar nuestro cuer- po, nuestra inteligencia, nuestra libertad humana...