“De pie en la bañadera era tan anónima como una gallina”
Clarice Lispector.
Glosa.
Este capítulo presenta las figuras de mito y fantasma, atendien- do a la diferencia entre mito popular y fantasma plebeyo, así como también la distinción en la idea misma de fantasma entre una insistencia plebeya y una persistencia aristocrática.
La presentación se apoya en distintas referencias, pero se aloja en el relato Evita vive de Néstor Perlongher.
No se trata de un capítulo sobre Evita, sino sobre formas dis- cursivas que se enraízan en ese nombre.
Las figuras asumen modos de hablar que identifican clases sociales.
Barthes (1956) piensa que el mito expresa un habla de las dere- chas: una pasión que despolitiza.
Fantasma plebeyo no se opone a mito popular ni se ofrece como
antídoto, vive en lo todavía no clasificado o en algo que se soltó de la representación.
Un todavía que espera, que sabe posible lo aleatorio y lo impon- derable, la lluvia caprichosa de los átomos de Epicuro.
Si se recorre un mito, como si fuera una cinta de Moebius, en su curso se encuentran tramos de verdad y tramos de leyenda.
rio antiperonista, que circula en la Asociación Psicoanalítica Argentina, con la conjetura kleiniana sobre las fantasías in- fantiles de bondad y maldad proyectadas sobre una madre poderosa.
Las prácticas profesionales, más allá de la voluntad de sus ac- tores, suelen mimetizarse con la ideología de la población que consume sus servicios.
Algunos psicoanalistas de esa institución salen del acomodado barrio norte de la ciudad de Buenos Aires (especie de gueto de clase) recién en la década del sesenta mezclándose, junto con la primera generación de psicólogos, en hospitales y centros asis- tenciales. Esa apertura a experiencias comunitarias alumbrará otras políticas.
Un pecho inagotable.
El texto que Marie Langer se anima a publicar después del golpe del 55, que según piensa termina con una dictadura, dice: “No sé
cuánto puede Eva Perón haber dado, distribuido y regalado a los po- bres y descamisados. En todo caso, logró crear en ellos la esperanzada seguridad de que si necesitaban lo que fuera, una casa, la salud de un niño enfermo, una máquina de coser o una muñeca, en fin todo lo que no podían conseguir por sus propias fuerzas, bastaba con decírselo a ella para conseguirlo. (…) Es decir, para el inconsciente, era un pecho inagotable, que nunca se negaba, un pecho idealizado. Mientras ellos la veían como un pecho, como algo que da, la oposición la sentía como boca insaciable, como algo que succionaba y que quitaba”.
Para Langer –que elude nombrar a Eva Perón como Evita– la fantasía inconsciente de un pecho bueno (inagotable) ilusiona una dependencia dulce, esperanzada y segura; mientras la fan- tasía inconsciente de un pecho malo (insaciable) alerta sobre una amenaza de la que defenderse.
Melanie Klein pensaba que la ambigüedad de una fantasía au- menta su poder.
¿Verdad alude a un momento del mito convalidado por el poder?
Los mitos admiten institucionalizaciones, las leyendas reini- cian relatos que no se terminan de establecer.
La fuerza de un mito apacigua, la de una leyenda sacude e inquieta.
Autoridades de la lengua establecen que lo plebeyo concierne a lo despreciado, innoble, grosero: asuntos de chusmas rastreras. ¿El mito es un habla de las derechas? ¿A veces las izquierdas imitan argumentos de las derechas? Tal vez sea más preciso decir que así como hay un habla de las derechas, no hay un habla de las izquierdas.
La palabra izquierda se reserva en este libro para sonidos inau- ditos, balbuceos de posibles historias sin habla.
A la figura del fantasma plebeyo (se verá) pertenece un decir entrecortado, procaz y minoritario (aunque fluya por cuerpos innumerables).
Psicoanálisis de la mano del marxismo.
Marie Langer nace en Viena, se forma con los primeros discí- pulos de Freud, participa de las brigadas internacionales en la guerra civil española y encarna la vinculación entre marxismo y psicoanálisis. Desde la perspectiva de una izquierda freudiana, promueve en 1971 la ruptura con la Asociación Psicoanalítica Argentina que había contribuido a fundar cuando arribó al país en 1942.
Educar a las masas. El niño asado y otros mitos sobre Eva Perón de Marie Langer (1957)
representa un texto inaugural de la relación entre psicoanálisis y política en nuestro país. Su argumento conjuga el imagina-
figuras 7. mito y fantasma
su madre no tendría más problemas con el personal de servicio. Y se derrotaría la inflación”.
¡Nunca los dejes solos!
En el segundo relato, la madre baña a una criatura de meses, mientras en la habitación juegan sus otros dos hijos. De pronto escucha un grito espantoso, entonces –dejando al más peque- ño– corre hacia la pieza y encuentra que la nena acaba de cortar con unas tijeras (que por descuido dejó a su alcance) el pene del hermanito. Decide llevar al niño al hospital: urgida lo sube a su coche, pero –al dar marcha atrás– escucha otro grito terrible: atropelló a la hija que, asustada, se había escondido detrás del auto. Mientras atiende a la chiquita, el niño muere desangrado. Desesperada sube a la hija que agoniza al departamento y, en eso, encuentra al bebé ahogado en la bañadera: en minutos los tres están muertos.
¡Te llevará a la ruina!
En el tercero, un joven de buen apellido conoce a una mujer encantadora. Bailan, pasean de noche por calles solitarias, se enamoran. Ella siente frío, él la cubre con su abrigo mientras se besan. La mujer parece entregarse, pero de pronto huye, el muchacho la sigue extrañado. Cuando llegan al cementerio de Recoleta, ella desaparece tras el portón cerrado. Él golpea la puerta hasta que un sereno lo deja pasar, enloquecido se pre- cipita por las calles de la muerte. Por fin, encuentra su abrigo sobre una tumba: temblando reconoce el nombre de la mujer sobre la piedra y se quita la vida para seguirla hasta donde sea. Marie Langer infiere que los tres relatos reflejan un mito popu-
lar que sirve para decir, sin nombrarla, que Eva Perón es una
sirvienta perversa, una madre asesina, una amante peligrosa y mortal.
Poseídas de envidia, odian calladitas a las patronas.
Marie Langer, aunque advierte diferentes mitos sobre Eva Perón (el de la Cenicienta que se casa con el príncipe, el de Robin
Hood que roba a los ricos para darles a los pobres, el de la Santa Madre de los humillados), menciona cuatro historias truculen-
tas en las que la supone como protagonista oculta.
El primer relato, que circula en el invierno del 1949 en Buenos Aires, cuenta que un matrimonio, que acaba de tener una her- mosa criatura, toma una empleada doméstica. Un día la pareja va al cine confiando el cuidado del niño a la muchacha. Al re- gresar, encuentran a la sirvienta que, disfrazada con el traje de novia de la señora, anuncia una cena sorpresa: sirve en una gran fuente al hijo asado.
Langer sugiere que ese rumor, que se instala con la persisten- cia y la verosimilitud de un mito, revela que la imagen de Eva Perón brota, para las clases medias, como una fuente de terror: en la doméstica dócil y buena se esconde una madre perversa. Cree que el mito circula como conjuro imaginario frente a la voracidad envidiosa de las sirvientas: la historia del niño asado identifica a la muchacha pobre venida de lejanas provincias como enemiga potencial de las patronas que sienten amenaza- das sus posesiones.
El mito enseña a no confiar en mujeres que se emplean para servir.
Debe decirse: personal de servicio.
En The Buenos Aires Affair, Puig (1973), que escucha el habla antiperonista como pocos, presenta una nota de septiembre del 55 en la que la protagonista (satisfecha por la caída de Perón, a quien asocia con Hitler y Mussolini) consuela a la doméstica que llora diciéndole que el nuevo gobierno no va a abandonar a la clase trabajadora, explica el narrador: “Gladys
además estaba contenta porque sin Perón no había riesgo de que otra vez cerraran la importación de revistas de modas y películas y
de ocio y descanso de las elites. Las clases altas se mudan a lugares más exclusivos, mientras las clases medias bajas odian tener al negro disfrutando al lado.
Deleuze (1988) relata las reacciones burguesas –en vísperas de la segunda guerra europea, cuando los obreros comenzaban a gozar en Francia de vacaciones pagas– ante la llegada de las primeras familias de trabajadores, que veían por primera vez el mar, a las playas. Dice: “Y entonces, en la playa de Deauville,
que desde hacía mucho tiempo era una playa reservada a la gente, a los burgueses, era su propiedad, de repente desembarcan las familias obreras con las vacaciones pagadas, y personas que, sin duda, nunca habían visto el mar. Y aquello era grandioso. Si el odio de clase signi- fica algo... Ay, mi madre, que no obstante era la mejor de las mujeres, hablaba de la imposibilidad de frecuentar una playa en la que había gente como esa. Así que fue muy duro, ¡yo creo que los burgueses nunca lo han podido olvidar! Mayo del 68 no fue nada al lado de aquello. (…) No sé, era una agresión, ¡era peor que los alemanes! ¡Era peor que si los tanques alemanes llegaran a la playa!”.
Santoro también ironiza el rechazo de las izquierdas a los em- blemas de consumo y ascenso social que difundía el peronis- mo. En una obra que se llama El día del niño, hecha de carbón sobre papel, muestra a un pequeño Lenin con un acorazado Potemkin de juguete que se enoja con el niño peronista, quien falto de conciencia de clase prefiere un autito individualista, mientras Eva Perón intenta mediar en la disputa.
En la sonrisa, esconde un puñal.
Tal vez no se perdone al peronismo su traición de clase: el alar- de, el aliento, los monumentos del goce del negro.
Lealtad y traición reúnen figuras que organizan las pasiones políticas argentinas.
Una cosa implica que el patrón goce del negro (se adueñe de esa fuerza de trabajo) y otra que el negro disfrute también de los beneficios de esa fuerza que aloja.
Como la última historia corresponde a la época en que se co- noce la enfermedad de Evita, Langer recuerda que mientras algunos declaran su alegría (aparecen pintadas que dicen ¡Viva
el cáncer!), otros la disimulan. Razona que Eva Perón represen-
ta la madre mala y perseguidora a quien se le desea la muerte, pero ahora, que ella está realmente enferma, sienten que la dañaron con el poder del odio.
Imagina dos salidas para la angustia: una, negar la enferme- dad para aliviar la culpa (dicen que simula para conmover al pueblo y ganar las elecciones); y dos, aceptada su gravedad, acentuar su maldad para poder odiarla aún moribunda. De esa segunda necesidad, supone Langer, surge otro mito: entre madres de barrio Norte, se instruye que no hay que llevar a los hijos a hospitales o dispensarios, porque Eva Perón, que para recuperarse necesita sangre fresca y joven, ha ordenado sacarla de los niños de la burguesía.
Marie Langer reconoce el parecido entre esta fantasía de cruel- dad (en la que una mujer chupa la sangre de los chicos ricos) y las acusaciones dirigidas a los judíos –en el imaginario de oc- cidente– de beber con fines rituales sangre de niños cristianos.
¡Por favor, no goces a mi lado!
Las figuras, que flamean sobre las vidas que hablan como si fueran territorios conquistados, se instalan cómplices y respe- tuosas de las divisiones sociales.
Daniel Santoro, a propósito del rechazo de las clases medias de los íconos del cosmos peronista –que abundan en su pintu- ra–, explica que las imágenes de Evita y de Perón no provocan tantas resistencias como la furia que despierta el edificio de la CGT. Sugiere que la gente ve en esa arquitectura el goce del
negro, la molesta alianza entre poder y felicidad sin barreras so-
ciales, para todas y todos.
Los hoteles sindicales en Mar del Plata indignan a las clases medias porque democratizan la playa que representa el ideal
figuras 7. mito y fantasma
En Evita vive, la literalidad de la consigna no actúa como metá- fora, sino como encarnación política de un movimiento infini- tivo: nombre impersonal de un deseo desdentado que muerde en la historia.
Evita aparece viviendo en lugares sin conjugar.
Evita vive en cada situación no tanto para iluminarse a sí misma
deslumbrando, sino haciendo brillar lo áspero y suave, lo gro- sero y ordinario, lo pícaro y malicioso, de personajes habitados por el nerviosismo de la desesperación.
Cuerpos habitados por movimientos espasmódicos que alojan desánimo, humillación, dolor, violencia, erotismo.
Dice el Nerviosismo: ¡Necesito que pase algo!
La relatora del primer episodio conoce a Evita en un hotel en el que reside con un marinero negro, pero cuando la ve no la distingue porque la encuentra con la cabeza metida entre las piernas del morocho.
El texto comienza así: “Conocí a Evita en un hotel del bajo, ¡hace
ya tantos años! Yo vivía, bueno, vivía, estaba con un marinero negro que me había levantado yirando por el puerto”.
Yirar, palabra que deriva de girar o caminar de las comisarías
para ser identificado, permite decir una especie de tránsito, va- gabundeo o andar sin rumbo (salir a yirar por ahí), nerviosismo que no encuentra lugar en la ciudad.
Salir a yirar: ir hacia, apertura a que pase algo. Yirar también ca-
llejear o putanear: salir a buscar clientes, sustancias, algo, nada.
El sustantivo yiro designa a una puta.
La de fantasma plebeyo se propone como figura que no aparece en el sitio correcto, pero su potencia no irrumpe en cualquier parte, destella en los bordes.
Evita viva entre las putas, desafía a las derechas.
El goce del negro escandaliza al capitalismo. El negro gozado por la industria que se desarrolla durante el peronismo, goza de un trabajo digno, de vacaciones, de vivienda, de salud, de educación, de jubilación.
Sin embargo, Perlongher saca el goce del negro gozado por los valores burgueses del progreso y ascenso social, para ponerlo en el territorio de un erotismo sin clasificar. El goce del ne- gro no será el edificio de la CGT ni el del poder sindical, sino nerviosismo y excitación, furia y ternura, de cuerpos faltos de disciplina.
La figura de fantasma plebeyo no disimula simpatías con lo di- fícil de capturar por una moral burguesa, aunque en este libro la ilusión de lo incapturable pronto palidece.
En boca y oídos diferentes.
Las narrativas suscitadas por el personaje de Evita rondan lo innumerable. Cinco textos conocidos: Esa mujer de Walsh, Ella de Onetti, El simulacro de Borges, La señora muerta de David Viñas, Eva Perón de Copi.
¡Vive! Evita vive compone un relato dividido en tres episodios que
Néstor Perlongher escribe en 1975 acompañado por una nota en la que dice: “Eva Perón (…) murió de cáncer en 1952, en el
apogeo de su poder. Sus multitudinarias exequias se prolongaron en profusa idolatría: se hacía un minuto de silencio a las 20:25 (hora de su deceso), se escribían cartas ‘A Evita en el cielo’, etc. Los peronistas usaron la consigna ‘Evita vive’, con diferentes aditamentos: ‘Evita vive en las manifestaciones populares’, ‘Evita vive en las villas’, ‘Evita vive en cada hotel organizado’ (…). Estos textos juegan en torno a la literalidad de esa consigna, haciendo aparecer a Evita ‘vi- viendo’ situaciones conflictivas y marginales”.
–que en ese tiempo era un color muy raro para uñas– y se las cortó, se las cortó para que el pedazo inmenso que tenía el marinero me entrara más y más, y ella entretanto le mordía las tetillas y gozaba, así de esa manera era como más gozaba”.
Evita vive en la boca que goza mordiendo las tetillas de un ma-
rinero. No se trata de un fantasma ilustre, aristocrático, mal- humorado, como el del padre de Hamlet, lo plebeyo estalla en una fiesta sensual.
Evita vive facilitando cosas: se corta las uñas largas pintadas
de verde para ayudar a que el pedazo del marinero entre más. El fantasma de Hamlet revuelve odio y clama venganza; re- gresa a impartir el ejemplo como parte de una pedagogía de la revancha.
En la osadía de lo plebeyo vibran potencias indignadas.
Dice el Desprecio: No estás a mi altura. Fantasma plebeyo como voz que alivia y sacude el peso del
desprecio
En el relato de Perlongher la figura de fantasma plebeyo, asocia- da con la del erotismo, inicia la sublevación ante el desprecio. El fantasma plebeyo habilita una erótica sublevada.
El fantasma aristocrático (se verá con Hamlet) inspira acatamien- to y restablecimiento del orden.
El mito popular difunde devoción.
¡Abrigo a quienes viven sin amparo!
Leónidas Lamborghini escribe en Eva Perón en la hoguera:
“…tierra ataúd. / miseria ataúd. / por dentro: / pobreza ataúd / ranchos sepulcros: sin casillas sepulcros: he visto los hijos de / esta
La madre de Evita había organizado en su casa de Junín un co- medor para hombres solos; las lenguas antiperonistas dijeron que era un burdel en el que la vieja prostituía a las hijas.
Fantasma plebeyo se nutre del odio de la moral burguesa, pero
hace de ese desprecio su fuerza.
Preguntan los Celos y el Hogar: Pero ésta, ¿quién es?
La protagonista cuenta que tras la suspensión por bochinchera en el bar donde trabaja por las noches de cajera: “…rapidito me
volví para la pieza, abro... y me la encuentro a ella, con el negro. Claro, en el primer momento me indigné, además ya venía engranada de pelearme con la otra y casi me le tiro encima sin mirarla siquiera, pero el negro –dulcísimo– me dirigió una mirada toda sensual y me dijo algo así como: ‘Venite que para vos también alcanza’. Bueno, en realidad, no mentía, con el negro era yo la que abandonaba por can- sancio, pero en el primer momento, qué sé yo, los celos, el hogar, la cosa que le dije: ‘Bueno, está bien, pero ésta ¿quién es?’ (…) Ella me contestó, mirándome a los ojos (hasta ese momento tenía la cabeza metida entre las piernas del morocho y, claro, estaba en la penumbra, muy bien no la había visto): ‘¿Cómo? ¿No me conocés? Soy Evita’. ‘¿Evita?’ –dije, yo no lo podía creer– ‘¿Evita, vos?’ –y le prendí la lámpara en la cara. Y era ella nomás, inconfundible con esa piel brillo- sa, brillosa, y las manchitas del cáncer por abajo, que –la verdad– no le quedaban nada mal. Yo me quedé como muda…”.
Evita vive entre las piernas de un morocho, en la pieza de un
hotel barato. No clama justicia social por los sufrimientos nega- dos ni enarbola resentimientos por no haber podido pertenecer a las clases ricas, aparece como acción dada al placer.
La figura de fantasma plebeyo erotiza la justicia.
Cualquiera tiene derecho a gozar.
Al final del primer episodio la relatora concluye: “¿El recuerdo
figuras 7. mito y fantasma
dete deshecho, en colores raros para uñas, en las tetillas de un