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CAPÍTULO 3: EL SITIO CH2D01 Y LA METODOLOGÍA PARA SU ABORDAJE

3.2 M ETODOLOGÍA PARA EL ANÁLISIS ARQUEOZOOLÓGICO

3.2.6. Modificaciones antrópicas, naturales y estado de conservación

3.2.6.1 Modificaciones antrópicas

Son todas aquellas trazas y alteraciones de los restos producto de la acción humana. Su estudio cualitativo y cuantitativo es fundamental para conocer los procesos de trabajo implicados en la transformación del animal vivo en un bien consumible. Forman parte de estos procesos de trabajo la adquisición, el traslado al yacimiento, el procesamiento carnicero, la preparación para el consumo, la distribución, el consumo cárnico y como materia prima y el descarte de los recursos animales y sus productos.

La presencia de modificaciones antrópicas es la evidencia inequívoca de la manipulación antrópica de los animales. Aunque las trazas de corte, las superficies de percusión, los patrones de fracturas y otras son en su mayor parte modificaciones no intencionales, son el registro de conductas intencionales socialmente determinadas. Pero es una evidencia que debe ser relativizada, ya que no todos los huesos que han sido objeto de modificaciones conservan estas señales (Kenyon, 1997). Las trazas de carnicería sólo quedan patente en el hueso cuando el instrumento cortante ha

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tenido contacto con éste, pero, a su vez, este contacto depende de muchos factores como la cantidad de carne, grasa y periostio, la presión ejercida con el instrumento, su dureza y su filo (Mameli y Estévez, 2004).

Otros factores que inciden en la conservación de las trazas de origen antrópico son de orden tafonómico y se relacionan tanto con las características propias del hueso, como es el caso de individuos jóvenes cuyas corticales se pierden con facilidad, como con agentes naturales tales como el clima, las condiciones de los sedimentos y la acción de los animales y los vegetales entre otros.

La transformación de un animal en bienes de consumo implica una serie de procesos de trabajo y suele estar compuesta de las siguientes etapas (no siempre presentes, ni ejecutadas en el mismo orden) (tomado de Saña, 1999): 1. Adquisición: las formas de adquisición de los animales está determinada por las estrategias organizativas de la sociedad. Su conocimiento es fundamental para discriminar entre animales cazados/pescados y animales provenientes de otros tipos de actividades como pueden ser algunos tipos de manejo más próximos a la ganadería o el comensalismo. El estudio de las pautas de selección y su variación en función de las especies explotadas permite discriminar diferentes estrategias de gestión animal. En el contexto de este estudio la discriminación entre las formas de adquisición es importante, ya que para estos grupos se ha propuesto la presencia de estructuras sociales que incluyen el control de territorios, la presencia de zonas de horticultura y la progresiva sedentarización entre otros elementos que sugieren formas de propiedad más restrictivas que las tradicionalmente asignadas a las sociedades cazadoras-recolectoras (López Mazz, 1995a, 2001; López Mazz y Pintos, 2001; Andrade y López Mazz, 2002; Iriarte et al., 2004; Bracco, 2006; Iriarte, 2006a). Teniendo esto en cuenta, es factible que las formas de apropiación de los recursos animales también tiendan hacia prácticas de uso más exclusivo tales como ranchería, con propiedad sobre animales vivos (Ingold, 1980). A nivel metodológico, el estudio de las formas de adquisición debe articular información sobre la frecuencia anatómica de cada especie presente, su distribución espacial y la determinación del patrón de sexo/edad de los animales consumidos (Saña, 1999).

2. El procesamiento carnicero. Las actividades involucradas en el procesamiento de los animales incluyen desde el descuartizamiento hasta su preparación para consumo o conservación. En general, y en animales de cierto porte, incluyen las siguientes actividades: despellejamiento, evisceración, descuartizamiento, desmembramiento, descarne y aprovechamiento medular y graso (Binford, 1981; Pérez Ripoll, 1992; Saña, 1999; Mameli y Estévez, 2004). Los principales tipos de marcas de corte relacionadas con el procesamiento carnicero se diferencian entre sí a partir del uso que se hace de los instrumentos de corte. En este trabajo distinguimos entre tajos, cortes y raspados.

Los tajos se producen por el impacto con fuerza del filo del instrumento sobre la superficie ósea. Corresponden a cortes cortos, profundos y rectos, y muestran una sección en “V”. Se relacionan con la etapa de desarticulación anatómica, y por lo tanto suelen ubicarse en las epífisis y en zonas donde la piel recubre directamente el hueso (Binford, 1981; Mameli y Estévez, 2004).

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Los cortes son estrías, que resultan del contacto del filo de un útil y el hueso. Se diferencian del tajo en que son más finas y largas, así como menos profundas, y en que generalmente la profundidad disminuye hacia los extremos, lo que indica arrastre del instrumento y no impacto. Esta clase de marcas se relacionan con la remoción de las partes blandas de las extremidades (descarne) y se ubican por lo general en las diáfisis, en algunos casos, en los que se identifican cortes en las epífisis, pueden ser consecuencia de actividades de desarticulación (Mameli y Estévez, 2004).

Los rascados por último, son un conjunto de marcas leves, paralelas entre sí y de longitud variable. Se producen por el arrastre del filo en forma transversal sobre la superficie ósea. Las líneas finas que los componen son consecuencia de las imperfecciones del filo del instrumento. Por lo general se concentran en las diáfisis de los huesos largos y se relacionan con el proceso de descarne, fileteado, limpieza del hueso y extracción del periostio (Pérez Ripoll, 1992; Mameli y Estévez, 2004).

El tipo de marca, su ubicación, número, dirección y longitud dependen de la actividad a la que se asocian. Las marcas de desarticulación tienden a ubicarse en epífisis, morfológicamente son cortas y profundas (tajos o cortes) y se orientan en dirección oblicua o transversal en relación al eje longitudinal del hueso. El descarne tiende a concentrar las marcas en las diáfisis y deja trazas más leves y largas, oblicuas y longitudinales (cortes y rascados).

En este estudio se tomaron en cuenta los siguientes parámetros para el relevamiento de trazas: Tipo: tajo (T), corte (C), rascado (R).

Cantidad: número de trazas del mismo tipo que aparecen juntas.

Ubicación: parte del hueso donde se localiza la traza, se utiliza la tabla de fracciones.

Plano: plano del hueso donde se ubican: caudal (CA), ventral (VE), craneal (CR), frontal (FR), lateral izquierda (LATI), lateral derecha (LATD), no determinado (ND).

Dirección en relación con el eje longitudinal del hueso: paralelas (PAR), perpendiculares (PER), oblicuas (OBL).

El aprovechamiento medular y graso implica la obtención de la grasa contenida en los canales medulares de los huesos largos y en los tejidos esponjosos de epífisis y cuerpos vertebrales y requiere la fracturación de los huesos largos, los cuerpos vertebrales y la mandíbula. Las fracturas para aprovechamiento de médula pueden caracterizarse según su forma, pero las tipologías varían mucho según los autores y básicamente pueden diferenciarse en longitudinales, oblicuas, transversales, espiraladas, escalonadas e irregulares (Blasco, 1992; Pérez Ripoll, 1992; Reitz y Wing, 1999; Mameli y Estévez, 2004).

En este trabajo las fracturas sobre diáfisis fueron clasificadas como longitudinales (LONG), oblicuas (OBL), transversales (TRA) e irregulares (IRRG) según su forma. Además se consignó el lugar donde se aplicó la fuerza siguiendo la tabla de fracciones así como el plano de percusión, al igual que con las trazas. En los casos en los que no se pudo determinar ni el lugar del impacto ni la forma de la fractura se consignó como no determinada. La gran

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mayoría de las fracturas en diáfisis para extracción de médula fueron deducidas por la morfología de la pieza y no por la presencia de atributos de la percusión. Las esquirlas producidas durante el proceso de fracturación y que no conservan las huellas directas de la fracturación (golpe y contragolpe) no pudieron caracterizarse dentro de ninguno de los tipos de fracturas propuestos y se consignaron como no determinadas.

La extracción de grasa del tejido esponjoso se reconoce por la presencia de epífisis cortadas intencionalmente. Estos cortes, que dejan expuesto el tejido óseo generan planos rectos y regulares. Este tipo de fractura se caracterizó como fractura por corte (COR).

3. La preparación para el consumo o la conservación. Una de las principales técnicas de preparación culinaria es la cocción de los alimentos, ya sea por exposición directa al fuego (asado), por exposición al calor dentro de un líquido (hervido), o por exposición al calor pero no al fuego (cocción en horno). La exposición al calor transforma la estructura del hueso, modificando parámetros como el color y el tamaño en función de la intensidad del fuego y del tiempo de exposición (Spennemann y Colley, 1989). Para que los cambios de color ocurran el hueso debe estar libre de carne y periostio. Cuando el hueso es puesto en contacto con el fuego la carbonización del colágeno determina el cambio de coloración de la superficie del hueso, que se ennegrece. Esta carbonización y concomitante cambio de color avanza hacia el interior a medida que aumenta el tiempo y/o la intensidad de la exposición. Si la exposición al fuego continúa sobreviene un nuevo cambio de coloración hacia gris, blanco o blanco azulado y el hueso se deshidrata y mineraliza. De esta manera, en los extremos, el color marrón es resultado de una exposición de corta duración y/o a bajas temperaturas, mientras que los colores blancos son indicativos de una exposición larga o a altas temperaturas. En el medio, se encuentran la gama de colores que van del marrón oscuro al gris y que indican temperaturas y tiempos de exposición intermedios (Mameli y Estévez, 2004).

Recurrencias en la termoalteración pueden indicar patrones culinarios. Ejemplo de esto es la recurrencia de porciones quemadas en las extremidades articulares, donde se han separado dos porciones anatómicas y que indica que el hueso antes de su descarne y durante el cocinado ha quedado parcialmente expuesto al fuego (Mameli y Estévez, 2004). La cocción de los alimentos por hervido, que somete a los huesos a una fuente de calor a temperatura constante moderada por líquido, también deja señales particulares por alteración físico-química del hueso. La intensidad de los efectos del hervido también depende del tiempo de cocción (Roberts et al, 2002). La cocción por hervido es más dilatada en el tiempo que el asado y se relaciona tanto con la preparación de sopas y potajes como con la extracción de grasa del tejido esponjoso. Estudios experimentales reconocieron que cuando el hueso es hervido sufre modificaciones similares a las producidas por efectos diagenéticos: pérdida de colágeno, incremento de la cristalización y de la porosidad. Pero también demostraron que para que estos cambios fueran reconocibles el período de cocción debía ser muy largo (1 a 9 horas) por lo que los tiempos de hervido convencional dejarían escasas alteraciones. Los autores de este experimento concluyen que no existe un rasgo que sea exclusivo del hervido y que por lo tanto, desde un punto de vista arqueológico, la identificación de esta actividad es muy complicada (Roberts et al., 2002).

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La alteración térmica se releva según la intensidad y la posición del área quemada. La intensidad se determina por coloración: marrón (QM), negro (QN), gris (QG), blanco (QB). Para la posición se utilizan las mismas categorías de fracción y TQ si está totalmente quemado.

4. Distribución y consumo de los productos animales. El consumo de los productos animales se realiza de acuerdo a patrones socialmente determinados de acceso a los bienes que pueden implicar, o no, acceso diferencial a los mismos en función de categorías sociales arbitrarias. El acceso diferencial es evidencia de desigualdades sociales que, entre otras cosas, determinan quién consume qué. Hacer visible la existencia de acceso diferencial a los bienes animales es una forma de visualizar la existencia de grupos de poder y grupos subordinados dentro de la sociedad. A su vez, el consumo también se organiza en función de los diferentes tipos de espacios sociales: domésticos (uso familiar) o públicos (uso comunitario) o las diferentes actividades: rituales o cotidianas.

En un sitio como éste, donde no hay espacios claramente delimitados por estructuras que funcionen como fronteras y que definan discontinuidades, el estudio distribucional de los restos es además una forma de contribuir a la clarificación de las actividades que se llevaron a cabo en el montículo y de contrastar la hipótesis de que se trata de una estructura similar a un basurero formada por materiales acarreados de áreas de actividad adyacentes, por lo que no sería probable reconocer patrones de distribución.

La explotación de varias especies animales, como sucede en este caso, puede también implicar el uso diferencial del espacio en función de las especies o de sus formas de adquisición. Para poder evidenciar si existen patrones que hagan aflorar este tipo de variaciones se estudia la distribución de los restos en función de la especie y la representatividad anatómica y a partir de remontajes y rearticulaciones. El remontaje arqueozoológico es una técnica multidimensional que involucra la reconstrucción de elementos óseos aislados (remontaje mecánico) pero también la determinación de asociaciones anatómicas entre elementos óseos aislados del esqueleto de animales individuales (remontaje anatómico) y es fundamental para establecer la existencia de patrones de actividad (Enloe, 1995).

El primer caso, el remontaje mecánico (REM), consiste en rearmar un elemento óseo a partir de sus fragmentos. En este caso puede tratarse de elementos que fueron fracturados en forma intencional y permanecieron in situ o de elementos que sufrieron fracturas de origen tafonómico pero que no sufrieron posteriores movilizaciones.

En el segundo caso, el remontaje anatómico, se puede distinguir entre dos tipos. Por un lado está el reconocimiento de parejas bilaterales (CONC). La simetría bilateral se puede reconocer en cráneos, fundamentalmente por la dentición. Los restos postcraneales que muestran simetría bilateral necesitan de un estudio biométrico de aquellas medidas que muestra buena correlación, que permita establecer la concordancia (Enloe, 1995). Por otro lado está la rearticulación de elementos adyacentes (REART). Físicamente, este tipo de remontaje puede demostrarse por el movimiento en aquellas articulaciones que encajan, como el radio cubito proximal y el húmero distal, que deben moverse adecuadamente para ser funcionales; la articulación de la tibia distal y el astrágalo proximal también es verificable.

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Otras articulaciones, en las que hay involucradas grandes masas musculares, meniscos, ligamentos y tendones, no poseen superficies articulares que se conecten exactamente y su verificación es más difícil (Enloe, 1995).

5. Gestión y abandono de los desechos. Cada uno de los procesos de trabajo involucrados en la explotación de animales puede dar lugar a dos categorías de elementos: los que se conservan y los que se abandonan (desechos) (Saña, 1999). En cada uno de estos procesos está implicada una parte específica del cuerpo del animal, y por lo tanto se extraen y/o desechan una serie potencial de productos relacionados con la actividad en cuestión. También en este punto el estudio distribucional de los restos es la herramienta más idónea para reconocer espacios de actividades diferenciales o espacios polivalentes, o por el contrario no reconocer ni unos ni otros lo que abonaría la hipótesis del basurero.

La utilización de espacios de abandono sistemático de desechos es una de las formas de gestionar estos residuos pero también debe tenerse en cuenta la incineración como forma de limpieza y a su vez de incorporar a los desechos de otros procesos productivos como un nuevo producto: combustible. La incineración de los restos óseos ya sea como actividad de limpieza o como combustible se puede visualizar en la presencia de restos fuertemente carbonizados. 6. La historia tafonómica posterior a la depositación de los restos. Son varios los agentes que pueden actuar sobre el conjunto original de restos de fauna alterando los propios restos, su composición, distribución y asociación espacial. Dentro de las modificaciones producidas por agentes naturales se pueden distinguir entre las de origen animal y las de origen físico-químico.

Las alteraciones de origen animal incluyen las producidas por carnívoros y roedores. Las improntas producidas por carnívoros afectan la superficie del hueso causando pérdida de materia y depresiones circulares u ovales de tamaños variables. Las marcas más características son las que dejan los colmillos y las cúspides de los dientes, que generan hundimientos circulares de la cortical. Los carnívoros también pueden producir surcos, rasguños, abrasión y fragmentación. Todas estas alteraciones pueden enmascarar, destruir o confundirse con marcas antrópicas (Mameli y Estévez, 2004). Los carnívoros actúan también sobre la distribución de los restos. Los animales carroñeros y los cánidos (salvajes y domésticos) pueden modificar las asociaciones originales sustrayendo y/o aportando piezas y moviéndolas del lugar de depositación original. En los conjuntos arqueofaunísticos de esta región, y en este sitio específicamente, es recurrente la presencia de carnívoros, particularmente cánidos salvajes y perro doméstico (González, 1999; Pintos, 2000, 2001; Pintos y Capdepont, 2001; López y Castiñeira, 2001; Moreno, 2005), lo que muestra que es altamente probable que constituyan un agente activo en la formación de estos conjuntos.

Los roedores provocan también modificaciones en las características de los restos y su organización espacial. Los roedores cavadores desplazan las piezas cuando construyen sus cuevas y pueden aportar material en el caso de morir en las mismas. Cuando esto último ocurre los restos poseen una serie de características que posibilitan su diferenciación del conjunto de origen antrópico al mismo tiempo que muestran una distribución particular. Los restos

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pueden diferenciarse del conjunto por mostrar diferente color, textura y preservación que los arqueológicos; además los animales muertos por causas naturales que permanecen in situ poseen una representatividad anatómica más completa y espacialmente restringida que los animales que fueron consumidos y un índice menor de fracturación (Blasco, 1992). Las marcas que los roedores dejan en la superficie de los huesos son fácilmente identificables por crear una combinación particular de morfología y disposición. Los incisivos del roedor generan dos surcos paralelos de fondo plano, a la vez que se organizan en series lineales. Las marcas se disponen por lo general perpendicularmente al eje longitudinal del hueso (Mameli y Estévez, 2004). La arqueozoología regional muestra actividad de roedores inferida por trazas y por concentración de restos (Moreno, 2003, 2005a), al mismo tiempo, es redundante la presencia de restos de varias especies de roedores en los conjuntos arqueofaunísticos que no muestran evidencias claras de consumo (Pintos, 2000; Moreno, 2003, 2005). Así, en contextos arqueológicos de esta región es altamente probable que tanto carnívoros como roedores hayan jugado un papel, aún no claramente estimado, en la configuración final de los conjuntos faunísticos.

Las modificaciones de origen físico, por su parte, se relacionan con la acción de los agentes climáticos sobre los restos expuestos, los cambios bruscos de temperatura y humedad de los suelos, el contacto de los restos con elementos sedimentarios más duros que el hueso y el desplazamiento del material.

Dentro de las modificaciones por intemperismo son fácilmente reconocibles las grietas paralelas o fisuras que se forman en el hueso por deshidratación si permanece un tiempo a la intemperie. La exfoliación de la superficie cortical, la pérdida de color (blanqueo), la fracturación del hueso, la desintegración y la eventual destrucción total del hueso son también modificaciones asociadas a la exposición más o menos prolongada de los restos a la intemperie (Behrensmeyer, 1978; Mameli y Estévez, 2004). La degradación de los restos cuando están expuestos a condiciones ambientales atraviesa varios estadios que están en función del tipo de ambiente y del tiempo de exposición, aunque, independientemente del tipo de ambiente, los restos que permanecen expuestos más de 15 años suelen desaparecer (Behrensmeyer, 1978; Blasco, 1992).

Una vez enterrados, los huesos se comportan como partículas sedimentarias (Estévez 2001) y por lo tanto están sujetos a la acción de los granos de sedimento que se mueven y raspan su superficie. Este contacto con elementos sedimentarios más duros puede ocasionar la pérdida de la superficie del hueso, o mediante presión, las partículas pueden generar estrías de tamaño variables similares a los cortes o a los rascados antrópicos. Los movimientos sedimentarios suelen ser más frecuentes en suelos arenosos y sueltos (Lanata, 1998). Esta clase de abrasión sedimentaria puede ser tan intensa como para confundirse con pulido por formatización (Reitz y Wing, 1999).

Las alteraciones de origen químico pueden ser resultado de la actuación de animales, de raíces y de la dinámica química del suelo. En el caso de los animales la erosión química ocurre cuando los huesos son ingeridos y excretados por carnívoros, roedores e incluso herbívoros. Al atravesar el tracto digestivo y quedar expuesto a los ácidos

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