• No se han encontrado resultados

MONJE AGAPITO

In document Teofano El Recluso El Arte de La Oracion (página 174-177)

La  oración  vocal  

Al principio, a menudo se pronuncia la Oración de Jesús forzadamente y por obligación. Pero si tenemos la firme intención de vencer nuestras pasiones, por la oración y con la ayuda de la gracia Divina, entonces, como las pasiones disminuyen con la práctica frecuente de la Oración y la perseverancia, la oración misma se hace poco a poco más fácil y más atrayente.

En la oración vocal, debemos intentar por todos los medios posibles mantener nuestro intelecto fijado sobre las palabras de la oración, pronunciándola sin prisa y concentrando toda nuestra atención sobre el sentido de las palabras. Cuando el intelecto comienza a ser tironeado por pensamientos extraños, debemos, sin desanimarnos, volverlo a traer hacia las palabras de la oración.

La ausencia de distracción no es dada inmediatamente, ni cuando lo deseamos. Ello sucede, en primer lugar, cuando nos hemos humillado, y cuando Dios decide otorgarnos esa bendición. Ese don divino no depende del tiempo que consagramos a la oración, ni del número de oraciones que recitamos. Lo que se necesita es un corazón humilde, la gracia de Cristo, y un esfuerzo perseverante.

De la oración vocal recitada con atención, pasamos a la oración mental o interior. Se la llama así porque, en una oración semejante, el intelecto es arrancado hacia Dios, y solo lo ve a él.

La  oración  interior  (oración  del  intelecto)  

en el corazón delante del Señor. En respuesta a nuestro celo y a nuestro humilde esfuerzo en la oración, el Señor otorga a nuestro intelecto su primer don: don de recogimiento y de concentración en la oración. Cuando la atención se dirige sin esfuerzo y sin interrupción hacia el Señor, se trata de la atención otorgada por la gracia, mientras que nuestra propia atención es siempre forzada. Esta oración interior, si todo va bien, se transforma, en tiempo oportuno, en oración del corazón; ese paso se da fácilmente, siempre que esté guiada por un maestro experimentado. Cuando los sentimientos de nuestro corazón están con Dios y el amor hacia Dios llena nuestro corazón, se llama a esta oración "oración del corazón".

La  oración  del  corazón  

Se ha dicho en los Evangelios: "Si alguno quiere venir tras de mí,

que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga" (Mateo, 16, 24).

Cuando oramos, pues, debemos en primer lugar abandonar nuestra voluntad propia y nuestras ideas propias, y entonces tomar nuestra cruz, es decir, el trabajo del cuerpo y del alma, que no se puede economizar en esta búsqueda espiritual. Estando enteramente entregados a la vigilante Providencia de Dios, debemos soportar, alegre y humildemente, sudores y penas, en consideración a la gran recompensa que Dios otorgará a sus fieles cuando el tiempo haya llegado. Entonces Dios, brindándonos su gracia, pondrá fin a las divagaciones de nuestro intelecto y lo establecerá inmutablemente al mismo tiempo que un constante recuerdo de él en nuestro corazón. Cuando esta habitación del intelecto en el corazón ha llegado a ser permanente y natural, los Padres la llaman "unión del intelecto y del

corazón". En ese estado, el intelecto no tiene ya ningún deseo de salir

del corazón. Por el contrario, si circunstancias exteriores, o una larga conversación, mantienen al intelecto lejos de esta atención al corazón, experimenta una irresistible necesidad de volver a ella, una sed espiritual ardiente; su único deseo es dedicarse al trabajo con celo renovado, para construir su morada interior.

Cuando se ha instaurado este orden interior, todo en el hombre desciende de la cabeza hacia el corazón. Entonces una especie de luz interior ilumina todo lo que está adentro suyo, y todo lo que hace, dice o piensa, es realizado en plena conciencia y atención. Es capaz de

discernir claramente la naturaleza de los pensamientos; intenciones o deseos que se le presentan. Somete de buen grado su intelecto, su corazón y su voluntad a Cristo, obedeciendo con ardor a todos los mandamientos de Dios y de los Padres. Si se separa por cualquier circunstancia, expía su falta con un arrepentimiento y una contrición sinceras, humildemente posternado ante Dios, en un dolor sin fingimiento, implorando y esperando con fe el socorro de lo alto, en su debilidad. Y Dios, viendo esa humildad, no rehúsa su gracia al suplicante.

La oración del intelecto en el corazón llega rápidamente para algunos, mientras que en otros el proceso es lento. Conozco tres personas a las cuales le fue acordada: penetró en la primera desde el mismo momento en que oyó hablar de ella, en esa misma hora; llegó a la segunda al cabo de seis meses, y a la tercera después de diez mientras que en el caso de un gran starets, sólo llegó al cabo de dos años. Por qué es así, sólo Dios lo sabe.

Sabed también que, antes de que las pasiones sean destruidas, la oración es de una clase, mientras que, cuando el corazón está purificado de pasiones, es de una clase diferente. La primera clase de oración ayuda a purificar el corazón, mientras que la segunda es un signo espiritual de la beatitud que vendrá. He aquí lo que debéis hacer: cuando sintáis positivamente que el intelecto penetra en el corazón y estéis muy consciente de los efectos de la oración, dad libre curso a esa oración, rechazando todo lo que se le oponga. En tanto permanezca viva, no hagáis nada más. Pero cuando no os sintáis llevados de ese modo, practicad la oración vocal con postraciones, esforzándoos por todos los medios posibles para mantener vuestra atención en el corazón delante del Señor. Esta manera de orar también calienta el corazón.

Velad y sed sobrios, en particular durante la oración del intelecto y del corazón. Nada es más agradable a Dios que aquél que practica bien la oración del intelecto y del corazón. Cuando las circunstancias exteriores hacen difícil la oración, o cuando no tenéis tiempo para orar, entonces, mientras hacéis cualquier cosa, intentad a todo precio mantener el espíritu de oración, recordando a Dios y esforzándoos por contemplarlo con los ojos de vuestro intelecto, en el temor y en el

amor. Consciente de su presencia cerca vuestro, remitíos a su fuerza todopoderosa, penetrante y omnisciente, poniendo ante él todas vuestras acciones en una sumisión adorante, de tal modo que en toda acción, palabra y pensamiento recordéis a Dios y su santa voluntad. Tal es, brevemente, el espíritu de oración. Quien ame la oración debe absolutamente poseer ese espíritu y, en la medida de lo posible, someter su entendimiento al de Dios, por medio de una atención constante del corazón y obedeciendo humilde y respetuosamente sus mandamientos. Igualmente, es necesario someter sus anhelos y sus deseos a la voluntad de Dios y abandonarse enteramente a los designios de la Providencia divina.

Es necesario combatir por todos los medios posibles el espíritu de voluntad propia y la tendencia a rechazar toda imposición. Un espíritu nos susurra: "Esto está por encima de mis fuerzas, no tengo tiempo, es demasiado pronto para emprender esto, debo esperar, mis deberes monásticos me lo impiden..." y mil otras excusas del mismo tipo. El que escucha a ese espíritu no adquirirá jamás el espíritu de oración. Estrechamente ligado a ese espíritu está el espíritu de auto- justificación. Cuando hemos sido arrastrados a hacer mal por el espíritu de voluntad propia, y somos, por ese hecho, atormentados por nuestra conciencia, ese segundo espíritu se adelanta y comienza su trabajo. En caso semejante, el espíritu de auto justificación utiliza todas las astucias para engañar a la conciencia, para llamar bien a lo que está mal. Que Dios os proteja contra esos malos espíritus.

In document Teofano El Recluso El Arte de La Oracion (página 174-177)