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La moral cortesana y la virtud militar Los valores de la caballería.

Estudio de La Conquista del Reino de Nápoles

4. Análisis del contenido de La conquista del reino de Nápoles

4.1. Ideología y pensamiento moral en La conquista del reino de Nápoles

4.1.2. Exempla morales y sentencias.

4.1.2.2. La moral cortesana y la virtud militar Los valores de la caballería.

Al margen de la moral cristiana, hay otro componente muy importante en el texto: la honorabilidad profana y militar, en un sentido que como veremos corresponde a menudo a las ideas caballerescas tan en boga en aquel momento.

El primero de esos elementos que debemos destacar, y con el que el autor se esfuerza en caracterizar al Gran Capitán, es su ejemplaridad. Este concepto es único, pero tiene dos manifestaciones diferentes.

La primera manifestación de esta ejemplaridad la vemos en “La respuesta que dio el Gran Capitán al trompeta” (p. 9), donde al ir a comenzar la guerra con los franceses, se atribuye al Gran Capitán un intento de resolver el conflicto por combate singular en lugar de una guerra abierta. Este caso, de raigambre medieval, es también un tópico caballeresco, pues era habitual en los héroes de los libros de caballería el juicio por combate y la labor de campeones para defender alguna causa en combate singular: “Y dezid a mossior de Aubeni que palabras demasiadas en esto son escusadas, y que si él quisiere que de mi persona a la suya esto se determine yo recebiré merced d’ello,

porque se escusarán muertes de otros muchos y dilación de tiempo” (ídem). Este gesto

caballeresco aparece debidamente justificado en sus razones humanitarias y políticas, para evitar que pueda acusarse al Gran Capitán de decirlo por presunción. Precisamente en la respuesta a este desafío aparece una de las más elegantes concesiones morales al enemigo, pues la falta de respuesta de d'Aubigny no se achaca a decisión de él mismo,

sino a “que aquello le havía encomendado assí el Rey de Francia, su señor” (íd.). Un

detalle curioso en este desafío es que se dirige al maduro (55 años) y sereno d’Aubigny, y no al joven, impetuoso y caballeresco Louis d’Armagnac, a la sazón virrey francés de Nápoles, y que sí podría haber aceptado el desafío.

La otra manifestación es menos literaria y cortesana y más militar. Si recordamos la explicación en el libro sobre la retirada a Barletta: “Porque cierto es el hombre que en el mundo más sabe conservar la gente, y aventurarla cuando es

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necesidad, y a su persona delante d’ella” (p. 10) en el final de la frase, vemos la primera referencia del texto a la ejemplaridad del Gran Capitán, característica del buen militar, que siempre apoya sus órdenes con sus propios actos, especialmente las más difíciles, para que los suyos le sigan cuando de otra forma vacilarían.

Tenemos varios ejemplos de ello, sobre todo en los hechos de armas. Por ejemplo en las acciones durante el cerco de Barletta: “A diez de diziembre del dicho año fue el Gran Capitán su misma persona a correrles el campo…” (p. 14), donde incluso se unió a salidas ya en marcha, según el autor por su ardor guerrero: “...y no se pudo sofrir el Gran Capitán que no fuesse a ver cómo se hazía con siete de cavallo, y llegó a tiempo de hazer su parte” (p. 15).

Este ardor guerrero que vemos en estos ejemplos llega a su culmen en la batalla de Ceriñola, donde se nos da la siguiente imagen de la actuación de Gonzalo Fernández: “Y certifico a Vuestra Señoría que la primera espada que entró por los enemigos fue la suya, diziendo «¡Victoria, victoria!»” (p. 23). Esta imagen constituye posiblemente una idealización sin relación con la realidad, pues no se corresponde al desarrollo que conocemos de la batalla, que comenzó siendo defensiva, ni el Gran Capitán estuvo en primera línea, pues se había situado en el centro con su estado mayor para poder transmitir órdenes a los diferentes cuerpos del ejército. No obstante, en apoyo de esta

afirmación sale la Crónica manuscrita, según la cual efectivamente el Gran Capitán se

encontraba moviéndose de un cuerpo del ejército a otro cuando se vio bloqueado por la infantería francesa y decidió cargar en solitario a la cabeza de su escolta hasta arrebatar

una bandera a los franceses.48

Sin embargo, donde el ejemplo guerrero del Gran Capitán es fiel a la realidad es en la batalla del Garellano, donde tras el célebre episodio de su caída del caballo, se vio en la necesidad de desmontar y combatir a pie para dirigir a los lansquenetes alemanes contra una carga de la caballería francesa. Pero hasta aquí, también, la calidad militar se simplifica una vez más, reduciéndose a atacar: “Apeose y púsose aparte de la vandera de los alemanes con unas coraças vestidos, y una rodalla abraçada y una espada en la mano, y assí arremetió a los enemigos” (p. 50).

48 Rodríguez Villa,

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Uno de los casos más interesantes que menciona el texto, y que es tenido por fidedigno, es cómo en el trayecto hacia Ceriñola el mismo 28 de abril, Gonzalo Fernández, queriendo forzar la marcha para cumplir con el plan de batalla bajo condiciones de calor y sed mortales, no dudó en ordenar a sus caballeros llevar a la grupa a los infantes que se quedasen rezagados por cansancio o enfermedad. El texto nos dice cómo él mismo dio ejemplo siendo el primero que lo hizo, y ordenó a sus caballeros imitarle:

Puso el Gran Capitán tanta diligencia sobre que hombre no quedasse a reçaga ni perdido que él mismo bolvía por ellos y los tomava a las ancas de su cavallo, y hazía a los cavalleros que los tomassen. Y assí llegaron todos juntos que ninguno faltó a la hora que digo,... (pp. 21-22).

Curiosamente, este gesto de generosidad, y sobre todo de diligencia (otra virtud moral, opuesta al pecado capital de la pereza), fue entendido por muchos como una ofensa al oficio del caballero, al utilizar a jinetes, hombres de armas y oficiales como transporte para la infantería. Sería la primera en una interesante serie de desprecios a la caballería medieval y de medidas destinadas a proteger a la infantería que se vieron aquel día, y que el texto calla.

La ejemplaridad aparece una única vez en la obra de forma positiva en alguien que no es el Gran Capitán. Es un pequeño pasaje del texto que enseña más por lo que oculta que por lo que dice en cuanto al tema de la lealtad. Se trata del episodio en el que, tras la muerte de Portocarrero, los demás capitanes eligen a su sucesor para dirigir las operaciones en Calabria:

Y muerto el dicho Puerto Carrero, fue elegido entre aquellos señores capitanes por capitán general don Fernando de Andrada, donde fue obedescido y temido de todos por la mucha amor que le tenían, y por lo que él merece, que le tuvieron el mesmo acatamiento que tuvieron al dicho Puerto Carrero si fuera bivo. Y puesto que Manuel de Benavides huviesse venido por capitán general de su exército, él fue el primero en el elegir y obedescer por se obligar a más con sus servidores,... (p. 33)

Siguiendo la lección del popular refrán, viendo de qué se presume podemos inferir de qué se carecía, y posiblemente por partida doble: el párrafo habla de cómo los

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capitanes llegan a un acuerdo para garantizar el funcionamiento de la cadena de mando pese a considerarse entre iguales, dando a entender que esto no fue fácil. Por esto mismo, el gesto de Benavides siendo el primero en obligarse con Fernando de Andrade es una muestra de solidez en la lealtad, y de ejemplaridad, como hemos visto más arriba que se dice a menudo del Gran Capitán.

En estos comportamientos ejemplares del Gran Capitán hemos visto varias muestras de lo que hemos llamado ardor o furor guerrero. Para el autor, este es un aspecto clave, pues en toda la obra se han excluido casi todos los elementos tácticos (salvo alguna mención a las minas de Pedro Navarro y contadas referencias a la forma de maniobrar en operaciones menores), y casi todas las batallas se resuelven por la fiereza, la bravura y la fuerza de los españoles. Esto llegamos a verlo incluso como explicación de la batalla del Garellano, donde contra las anteriores loas a la prudencia del Gran Capitán, se pone en su boca una inflamada arenga para buscar la batalla definitiva contra el enemigo y para no dar un paso atrás, contra el criterio de quienes opinaban que el ejército debía retirarse a Capua a invernar, ante las pésimas condiciones que soportaba la tropa al estar desplegada junto al Garellano entre lluvias y barrizales:

“Señores, lo que a mí me parece: que nunca Dios quiera que tal cosa se haga, que yo acuerdo de antes de ganar dos passos adelante, aunque sean por mi sepultura, que tornar dos atrás para mi salvación y remedio, que los hombres de esforçado coraçón en las majores adversidades se parecen” (p. 45).

Esta idea del autor, de valorar positivamente el no ceder un metro y despreciar la retirada y el partido, contrasta vivamente con las referencias que como hemos dicho se habían hecho antes a la voluntad del Gran Capitán de evitar las bajas en todo lo posible (que es una imagen que comparten prácticamente todos los cronistas). Pero siguiendo este dicho ideario, se impone la necesidad de justificar una retirada para que no sea deshonrosa, y de ahí la larga y detallada explicación de la defensa de Canosa por Pedro Navarro y del acuerdo que logra con los franceses para poder retirarse a Barletta: “…cuando vido esto el dicho Pedro Navarro y vio que remedio no tenía para poderse defender, por lo que del capitán y gente veía, y remedio no levava poder esperar el socorro, acordó de hazer el más honrado partido que jamás nadie fizo…” (p. 11).

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Hasta tal punto quiere el autor remarcar la importancia del valor y la firmeza de los españoles, que en “De una traición que hizieron los de Roca Guillelmo contra el alcaide”, no duda en revivir el mito de Guzmán el Bueno, encarnándolo en la guarnición de Roccaguglielma y don Tristán de Acuña:

Y assí como lo dixeron se concertó a fazerse: el alcaide baxó y le prendieron, y ge lo entregaron a los seiscientos franceses que entonces llegaron. Y ellos le levaron a pie de la fortaleza y requirieron a tres hombres que estavan dentro que se diessen, si no que degollarían el Alcaide. Respondió el uno d’ellos que si lo dexavan de degollar por falta de cuchillo, que tomassen aquel su puñal que les echava y que lo degollassen si gana lo tenían, que ni por esto el castillo no se avía de dar fasta que les cayesse ençima, que ellos esperavan de lo defender (pp. 38-39).

Por el contrario, el único ejemplo abiertamente negativo que tenemos por parte de los españoles se debe a un trato que acuerdan sin permiso unos hombres de Pedro Navarro, a consecuencia del cual serán matados por sus propios compañeros:

Y partido de allí el dicho Pedro Navarro passaron los franceses con varcas con artellería y combatieron la dicha torre, de manera que se hovieron de dar a partido que los dexassen ir a su real, y que ellos darían la torre, y los franceses fueron contentos. Y assí salieron d’ella y vinieron para nuestro real, y como supieron en nuestro real que venían salieron algunos peones a recebirlos. Y preguntáronles cómo venían y dexavan la torre, y antes que ellos diessen razón de cómo havía sido, los hizieron pieças que uno no se escapó (p. 47).

Respecto al valor en combate, posiblemente el elogio más sincero y menos arquetípico es el que se traza del Gran Capitán cuando llega el ejército francés a Ceriñola, descrito en la obra como un ataque por sorpresa contra la posición española:

Y salió nuestro Gran Capitán tan sin alteración ni temor de peligro como si en fiestas estuviera, y dava mucha priessa a ordenar su gente y batallas para afrontar con ellos, y tirando toda su artilería de los franceses y el medio de los dos exércitos ordenando su gente (p. 22).

Por último, dentro de los elogios al valor de los españoles, hay un caso ajeno al Gran Capitán, como es la captura de Gonzalo de Ávalos en Calabria, en la retirada de

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Terranova, que el autor no duda en calificar como hecho “honrado”: “Verdad es que quedó Gonçalo de Ávalos y le prendieron a él y a otros con él, y cierto él hizo aquel día como honrado cavallero” (p. 32).

A pesar de esta concepción de las acciones militares como esencialmente ofensivas e inflexibles, otra importante cualidad del Gran Capitán que el texto muestra a menudo como digna de elogio, es la forma como cuida de los suyos. Hemos visto antes cómo este cuidado (prudencia, diligencia) lo pone en práctica conservando su gente en lugar de arriesgarla sin razón, o haciendo todo lo posible por evitar que se pierdan en las marchas o combates. Además de esto, la obra es rica en ejemplos de otras precauciones que el Gran Capitán dispensa a los suyos, en el plano de la honra e incluso del “amor”, como muestra de cómo Gonzalo Fernández se hacía querer por propios y ajenos. La primera manifestación que encontramos, en la que se menciona este amor que hemos dicho, es en el elogio de la defensa de Canosa por Pedro Navarro y su honrada retirada a Barletta: “Y assí se fue camino de Barleta, y le salió a recebir el Gran Capitán más de una milla. Cuando llegó le abraçó y le besó en el rostro, y le dixo muchas palabras de honra y de amor” (p. 12).

Esta responsabilidad alcanza su cénit en “De una cosa de notar de nuestro Gran Capitán” (p. 46), donde se incardina el genio del general montillano en la larga y diversa tradición legendaria de Alejandro Magno: “y una cosa le diré: que mucho se espantará de la memoria del Gran Capitán, que conociera todos los que se fallaron aquel día allí” (p. 46).

En el sentido contrario, vemos la moraleja negativa de esta narración en las consecuencias de la derrota francesa para sus tropas y sus aliados, y más concretamente en cómo los franceses no agradecen, ni cuidan ni aprecian a los italianos que habían tomado su partido:

El Gran Capitán les respondió que a él le plazía de darles lo que pedían, accepto los prisioneros italianos, que estos por cosa del mundo no ge los daría. Tornaron a responder los cavalleros franceses que no los querían los italianos en su compañía, ni que Dios por su mano les hiziesse bien.

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¿Qué le parece a Vuestra Señoria qué gentil pago llevan los que han sido traidores de los italianos, y qué bien agradescidos son los franceses a quien por ellos se ha perdido? (p. 52)

Este cuidado físico y del honor de los suyos por parte del Gran Capitán aparece también en los desafíos singulares que se producen durante el cerco de Barletta. En la obra aparecen completos, el de los once españoles contra once franceses, la revancha que García de Paredes (cuyo nombre no es mencionado en este episodio) demandó a uno de los franceses, y el desafío entre los trece italianos y trece franceses. Pero curiosamente el texto excluye al Gran Capitán de cualquier papel en la convocatoria y organización de estos desafíos, y su labor se limita a pequeñas menciones sobre su elogio de Gonzalo de Aller en su desafío solitario: “...bolviose del campo con mucha honra que le hizo el Gran Capitán” (p. 14), y los presentes a los caballeros italianos para que venciesen en su desafío: “Hízoles el Gran Capitán mucha honra: y dioles para sallir al desafío a cada uno un say[i]co de raso, la metad morado y la metad blanco para sobre las armas” (p. 16).

Abundando en los desafíos, estos constituyen sin duda el episodio más puramente caballeresco de nuestro texto, y de esta guerra en sí, en la que los modelos literarios de los libros de caballerías y los modelos cortesanos de las justas se pusieron en práctica en una guerra real. Realizados durante el cerco de Barletta, el Gran Capitán aprovechó que los franceses eran tanto o más aficionados a los juegos caballerescos y cortesanos que los españoles para organizar estos desafíos en que españoles e italianos se batiesen individualmente contra caballeros enemigos. El texto valora talmente estos desafíos en sí mismos que no hay explicación para su organización: según la cronística son una satisfacción exigida por los españoles y sus aliados italianos a sendos comentarios insultantes por parte de los franceses sobre su valía como caballeros, y según la historiografía posterior respondían a la necesidad de disponer distracciones que elevaran la moral y mantuviesen el espíritu combativo durante el cerco, pero en esta obra los desafíos aparecen como una parte normal del oficio de la guerra sin que precisen de justificación alguna.

El desafío de los españoles, tratado en la página 13, aparece mucho más desarrollado que el de los italianos. Como el resultado final no fue decisivo (el propio

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texto indica que “Y assí estuvieron todo el día los unos y los otros fasta que la noche los despartió.” – p. 14) el autor busca elementos para defender que los españoles podían considerarse vencedores: “de los primeros encuentros cayeron en tierra cuatro franceses

y un español” (p. 13), “murieron IX cavallos de los franceses,...” (ídem), y sobre todo, a

modo de puntuación final, en términos propios de las justas caballerescas, “y todos los españoles rompieron sus lanças, y en los franceses havía nueve d’ellas sanas” (p. 14).

En el desafío de italianos contra franceses (p. 16) sí se dictaminó la victoria italiana y el texto no duda en señalarlo, tras anunciar las condiciones para los ganadores y perdedores. Por contraste con el desafío de los españoles, merece la pena señalar que hay cosas que se callan (nada se dice sobre el desarrollo del desafío ni de la forma como vencieron), y otras que sí se muestran (se enumeran muy cuidadamente cuáles habían de ser las prendas que pagasen los perdedores).

La honorabilidad del Gran Capitán, sin embargo, no aparece sólo referida a los suyos: también hay varias ocasiones en las que muestra su cortesía hacia los enemigos, de la que posiblemente el mejor ejemplo sea el mensaje que el Gran Capitán manda a los franceses en la campaña del Garellano, tras el ataque francés y el abandono del ejército del marqués de Mantua:

Martes a VII de noviembre se pregonó la batalla en nuestro campo porque los

franceses la embiaron a pedir al Gran Capitán para otro día; y él ge la ofreció, y les embió a dezir que él se profería fasta que toda su gente fuesse passada, y toda su artelería, que ningún acometimiento se les faría; por ende que todos passassen, que a todos juntos quería acometer y esperar, y los dichos franceses no osaron passar (p. 46).

Ya se vio en el epígrafe correspondiente cómo el Gran Capitán aparece caracterizado como cristiano ejemplar y defensor de la cristiandad, pero también hay un momento en el que se menciona su cortesía hacia las damas (lo vemos explícitamente opuesto al concepto de “descortesía”), cuando se habla de su celo en controlar que los saqueos de la tropa no desembocaran en tropelías y abusos contra la moral: “...al tiempo de sacar el despojo del dicho lugar se puso el Gran Capitán a la puerta, y no consintió que se sacasse cosa de iglesia ninguna, ni de muger, ni se les hiziesse descortesía ninguna” (p. 18).

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Y como en un espejo, abundan las referencias a los franceses como malos señores: “A seis de março del dicho año embiaron a dezir los de Sant Johán Redondo al Gran Capitán que ellos eran muy maltratados de los franceses que allí estavan

aposentados, que ellos estavan de gana de darse a él...” (ídem). De forma nada

accidental, no se da ninguna motivación para la simétrica “traición” (p. 38) contra don Tristán de Acuña, que se explica tanto por el sistemático silencio que encuentra