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El levantamiento de Hidalgo la noche del 15 de septiembre de 1810 en Dolores, trajo a la población de la villa de Córdoba intranquilidad y preocupación ante el peligro que corrían sus bienes, la vida, la nación y las creencias religiosas, según se encargaban de hacerles ver las autoridades virreinales.

Casi inmediatamente a este suceso, las autoridades de la localidad procedieron a su defensa creando un cuerpo de voluntarios que tomó el nombre de Patriotas distinguidos de Fernando VII, nombrándose como capitanes de sus tres

compañías a Miguel Bellido, Juan Antonio Gómez de Guevara y Tomás Cevallos, personas notables de la sociedad cordobesa. Este cuerpo de voluntarios se formó ante la partida inminente del Regimiento de Tres villas, cuya guarnición se había dado en Orizaba, Córdoba, Coscomatepec, Huatusco y Jalapa, el cual fue llamado por el virrey Venegas para resguardar la ciudad de México, dejando la zona de Córdoba y Orizaba sin la seguridad de su protección.

Según apreciaciones de Herrera Moreno, el movimiento insurgente encontró eco en Córdoba, sobre todo fuera de la villa, en donde un gran número de europeos y criollos, favorecidos por la Corona Española gozaban de cuantiosas fortunas y eran completamente adictos al gobierno virreinal. Según este autor, en tales lugares:

Las condiciones eran diametralmente opuestas: desde el Yanga, los negros de que estaban llenas las haciendas, no habían cesado de combatir por su libertad, así que vieron con júbilo la guerra, como una promesa cierta de romper sus cadenas. El resto de la población rural se componía de indios, de descendientes de antiguos esclavos y de algunos criollos; entre este grupo de habitantes, en Córdoba como en todo el país, los insurgentes encontraron la más decidida cooperación.132

La preocupación de los cordobeses acomodados no era para menos, pues apenas en 1805 los esclavos de la hacienda El Potrero, propiedad de Francisco de Segura Cevallos, se habían sublevado. El movimiento no tuvo éxito debido a la presencia de 3,000 soldados que el virrey Iturrigaray había concentrado en la villa. Esta sublevación, que antecede al movimiento de independencia, fue uno de los muchos intentos que los esclavos de las haciendas hicieron para obtener su

libertad.

Herrera Moreno asegura que las evasiones de esclavos fue un hecho constante desde el siglo XVIII, sin que esto llegara a tomar rasgos alarmantes o fuera de control, salvo el alzamiento en San Juan de la Punta sucedido en 1735, que tuvo un carácter mucho más serio debido a la inquietud que levantó en todas las haciendas la noticia propagada por el mulato Miguel de Salamanca, acerca de que el rey había concedido la libertad a todos los esclavos.

El 19 de junio de ese año, alrededor de 500 esclavos se levantaron en armas, y el 21 del mismo cerca de 300 de ellos tomaron la hacienda de El Potrero. El movimiento cobró tal magnitud que hizo necesaria la movilización de las milicias de Orizaba, Maltrata, Acultzingo, Nogales y el destacamento de Dragones del

Puerto de Veracruz, así como de las milicias de Cosamaloapan y Coscomatepec.133

La fuerte movilización militar terminó por someter el movimiento, capturando a sus cabecillas José Ruiz y José Tadeo, alias el Carpintero. A esta sublevación continuaron otras como las sucedidas en Palmillas en 1741, la de la hacienda de San Antonio en 1749 y la ya mencionada de El Potrero en 1805.

Si bien, el estallido de la guerra de independencia en 1810 causó gran impacto en Córdoba, fue hasta 1812 cuando los esclavos de las haciendas se sublevaron masivamente, incorporándose a los grupos del cura de Maltrata Mariano de las Fuentes Alarcón, que operaba por el rumbo de Orizaba.

La postura de los cordobeses acomodados, como era de esperarse, fue la de dar su apoyo incondicional a las autoridades virreinales. El ayuntamiento estuvo dispuesto a proporcionar en todo momento la ayuda necesaria, sobre todo económica. Durante estos años la guarnición de la villa costaba a todo el vecindario

la cantidad de 2,500 pesos, pero además, el ayuntamiento siempre estuvo dispuesto a pagar las contribuciones extraordinarias que se le exigieran para solventar los gastos de la milicia, lo que mermaba significativamente la economía de la población.

No obstante, a pesar de que la villa era considerada como un centro realista, no toda la población estaba de acuerdo con esta postura. A decir de Herrera Moreno “una cierta clase de la sociedad” veía con buenos ojos al movimiento insurgente, llegando, incluso, a realizarse una colecta entre los vecinos para apoyar al general Nicolás Bravo, quien mantenía su centro de operaciones en la vecina localidad de Coscomatepec. Al respecto, Domingo Issasi dice en sus memorias:

...muchos cordobeses que hasta entonces tuvieron a los insurgentes por un conjunto de pícaros y desalmados, empezaron a salir de este funesto letargo con la presencia del Sr. D. Nicolás Bravo en el pueblo de Coscomatepec. Este sugeto, cuyas virtudes y talento militar jamás se podrán elogiar bastantemente, supo grangearse la voluntad de los vecinos de Córdova, de tal manera, que los mas emprendían viage a Coscomatepec por conocerle: todos venían prendados de Bravo, quien jamás desmintió el alto concepto que de él tenían. En este tiempo abrieron suscrición (sic) algunos individuos para remitirle cierta cantidad de reales para subvenir á la indigencia de su tropa; algunos soldados de la guarnición fueron á alistarse bajo sus banderas, y casi públicamente se podía hablar bien de su mérito.134

Según Issasi, en Córdoba existían numerosos prosélitos de la independencia, entre quienes no sólo había negros esclavos, sino también indios, mestizos e incluso criollos acomodados, dándose el caso de que en junio de 1812, 134.- José Domingo Issasi, Memorias de lo acontecido en Córdoba en el tiempo de la revolución, para la

Francisco Antonio de la Llave, miembro de una de las familias españolas más reconocidas de la villa, fue asesinado por un soldado español llamado Francisco Río Seco, por sospechoso de ser amigo de los insurgentes. El suceso demuestra la influencia que las ideas de independencia ejercieron en la sociedad cordobesa, así

como el grado de temor que las mismas generaron entre las clases privilegiadas.135

Al igual que sucedía en otras partes del territorio novohispano, en la villa de Córdoba los grandes propietarios de haciendas, el clero español y muchos criollos que se identificaban más con sus raíces hispánicas, fueron elementos de gran contrapeso a la propagación del movimiento insurgente, manifestando su irrestricto apoyo a las autoridades coloniales.136 Así, existió una persecución y

represión contra todos los individuos que manifestaban su adhesión al movimiento de independencia, y un apoyo permanente a las fuerzas realistas vía contribuciones extraordinarias, préstamos de particulares acomodados y el uso del producto de la aduana y la renta del tabaco.

La polarización de actitudes y de posiciones, frente a los acontecimientos que devinieron del movimiento de independencia y de la situación política que se vivía en la metrópoli, se hizo manifiesta en la villa en varios momentos. A finales de 1812, por ejemplo, la constitución promulgada en Cádiz fue recibida con el agrado del pueblo cordobés mas no por las autoridades militares y los criollos ricos, quienes la aceptaron con “despecho” en la jura de la misma que se hizo el 3

de enero del año siguiente, en misa mayor.137

Durante el tiempo que duró la guerra, hubo periodos en que fueron

135 .- Ibid., p. 20.

136 .- César Navarro Gallegos, Durango, las primeras décadas de vida independiente, UPN, Instituto

Mora, SEP, México, 2001, pp. 65-69.

constantes los encuentros armados entre los grupos insurgentes, que circundaban en el área rural, con las fuerzas que resguardaban la villa, la cual estuvo en varias ocasiones a punto de ser ocupada. El movimiento insurgente tuvo un gran crecimiento en la zona entre 1812 y 1813; sin embargo, esto no fue suficiente para vencer la guarnición que protegía la villa, ya que ésta tenía a su favor la experiencia en disciplina militar, los recursos económicos y el armamento suficiente.

En tales circunstancias, la localidad de Córdoba se vio fuertemente afectada. La inseguridad en el campo impidió que el trabajo en las tareas agrícolas se lograra organizar y que las actividades comerciales se realizaran. A pesar de que en 1814 y 1815 hubo cierta calma, esto no fue suficiente para que algún renglón de la economía mejorara, al grado de llegar a escasear los alimentos para la población, situación que se recrudeció en 1816, cuando por órdenes del general Guadalupe Victoria se prohibió el comercio de los rancheros con la villa.

Justo en ese año, bajo el mando de Victoria se construyó un fuerte en Monte Blanco, lugar estratégico cercano a la villa, desde donde se planeaba atacar y controlar a Orizaba y Córdoba. Lamentablemente, en noviembre de 1816 los insurgentes, al mando del coronel Melchor Múzquis tuvieron una derrota en este sitio. En febrero de 1817 el coronel Francisco Hevia llegó a Córdoba para hacerse cargo de la comandancia de la villa. La memoria que de él se tiene es la de un individuo sanguinario y cruel que logró pacificar el área a partir de métodos y acciones despiadadas que sembraron el terror entre la población. Bajo sus órdenes hubo múltiples y crueles asesinatos, fusilamientos, además de temibles persecuciones contra todo aquél que fuera sospechoso de ser partidario de los insurrectos. Al frente de su Batallón de Castilla, Hevia ocupó el pueblo de

Huatusco. Permaneció en la villa hasta el mes de agosto de ese año.

Según Herrera Moreno, después de la estancia poco grata de este personaje, hubo un tiempo de relativa calma, pudiendo las autoridades volver la vista a la agricultura, pero esto no fue suficiente ya que no había fondos, pues se destinaban

aún para el sostenimiento de las tropas que continuaban resguardando la villa.138

El 18 de junio de 1820, con el restablecimiento de la constitución española, tanto realistas como antiguos amigos de los insurgentes volvieron a jurarla. Para esas fechas, dados los acontecimientos políticos que se sucedían en la metrópoli, el movimiento por la independencia de México cobró nueva fuerza en torno al Plan de Iguala proclamado por Agustín de Iturbide, del cual se tuvo conocimiento en Córdoba el 6 de marzo de 1821. El 30 de este mes Orizaba fue tomada por los insurgentes y el teniente coronel José Joaquín de Herrera se dispuso a ocupar la villa de Córdoba al día siguiente.

Nuevamente las autoridades cordobesas hicieron intentos por organizar su defensa ante posibles ataques, pero en esta ocasión, la resistencia de los mismos soldados y la renuencia de la población para apoyar tal disposición terminaron por decidir la capitulación de la villa, “La entrada de Herrera en Córdoba se efectuó en la mañana del primero de abril, siendo recibida por el Ayuntamiento y los

habitantes con grandes demostraciones de regocijo”.139

El coronel Herrera se retiró de Córdoba pocos días después de haber recibido su capitulación, dejando para su resguardo a sólo un piquete de soldados a las órdenes del capitán Francisco Javier Gómez. A su vez, el cabildo organizó la formación de una milicia cívica, conformándose una compañía de infantes y otra

138 .- Ibid., p. 224.

139 .- Vicente Riva Palacio, México a través de los Siglos, Editorial Cumbre S.A., décimo primera

de cincuenta caballos. El 29 de abril, el general Victoria estuvo de visita en la localidad estimulando con su presencia el ánimo de la población.

Como era de esperarse, el bando realista se dispuso a recuperar el control de tan importante plaza encomendándose la tarea al temible coronel Francisco Hevia, sólo que en esta ocasión el pueblo cordobés y muchos vecinos de las localidades aledañas se incorporaron en la defensa, participando activamente durante el tiempo que duraron las hostilidades. El teniente coronel José J. Herrera se incorporó con sus fuerzas a Córdoba tres días antes de la entrada de Hevia, quien irrumpió en la villa el 15 de mayo. El enfrentamiento duró varios días y aunque Hevia fue muerto durante el segundo día de combate sus tropas continuaron bajo el mando del coronel Blas Castillo. El día 18 el coronel Antonio López de Santa Anna llegó a Córdoba para reforzar la defensa de la villa. Por su parte, los sitiadores recibieron el día 20 el auxilio de un contingente al mando del teniente Luciano Velásquez, pero todo fue inútil pues “si grande era la intrepidez de los sitiadores, mayor era el denuedo de los sitiados, resueltos a caer bajo los escombros de la villa.”140 El 21 de mayo las fuerzas realistas abandonaron el lugar, dándose a

la fuga.

Meses más tarde, el 24 de agosto de l821, se firmaron en la villa los célebres Tratados de Córdoba por el Capitán General y Jefe Político Superior de la Nueva España, Juan O’Donojú y Agustín de Iturbide, llegando a su fin el periodo de la guerra de independencia.