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Muerte en la azotea

In document Muerte en la azotea (página 147-151)

Unos pasos presurosos, pero de una manera furtivos, sacaron a «Pedro» del ensueño en que Rosa lo había su- mido, se esfumó el recuerdo de don Pascual, salió por los aires el beis y se escabulleron las comidas con los al- bañiles. Era «Carlos» el que por fin llegaba.

Rosa ya había terminado con su tarea cotidiana de tender y destender desde hacía algunos minutos. Ella, Rosa, no debía enterarse del escondite y mucho menos nadie, absolutamente nadie de la vecindad debería sa- berlo, cosa que por fortuna para «Pedro» ocurría cabal- mente. Por esa discreta y valiosa actitud de su «novia» y por los recuerdos que fluyeron uno tras de otro, «Pedro» no se dio cuenta cuando Rosa terminó sus labores. Ella ya había bajado de la azotea y a estas horas ayudaría en las labores hogareñas.

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«Pedro» se congratulaba por lo bien que habían construido su guarida. Bien y bueno como lo habían mantenido en secreto, pues vecinos e inquilinos de la vecindad nunca sospecharon ni descubrieron ese lugar. Tal era el sigilo, tal la secrecía guardada, sí, pero con ello, con ese cuidado la vida iba en juego. Y lo que hacían no era cosa de juego.

A esas horas en su cuartucho, Rosa disfrutaría de las canciones del otro Pedro, quizá estaría tomando un té de canela y comiendo su plato de lentejas que tanto le gustaba y que adornaba con un plátano macho rebana- do, y de postre su boca sabía del sabor de una telera con miel de abeja.

«Carlos», aún jadeante, se sentó frente a «Pedro». Tomó unos segundos para aspirar más aire y sin perder la sonrisa que siempre le cubría el rostro se quitó su dis- fraz: su cachucha, su bufanda. Se colocó los lentes y allí estaba el esperado compañero «Carlos».

–¿Qué pasó «Carlos»?, llevo casi una hora esperando. Pensé lo peor. ¡Caray! Ya iba a darme por vencido y esta- ba listo para ir volando rumbo al Comité. Pero, oye, qué bueno que ya llegaste, y por tu cara parece que todo está bien…

–Bueno, «Pedro», te cuento: cuando me bajé del camión, después de que tú lo hiciste, dos «monos», los del auto negro, corrieron hacia mí… Y «Carlos» explotó en una carcajada que parecía interminable si no fuera porque «Pedro» le indicó que bajara el volumen. Y que tomara las cosas con calma.

–Pues yo –«Carlos» proseguía–, les llevaba como cincuenta metros de ventaja y al llegar a un puesto de

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periódicos me la jugué. Me puse mi disfraz de don na- die, me puse el disfraz de don nada: la bufanda gris, la cachucha mágica que mi abuelo me regaló, me quité los lentes y aguanté. Contuve la respiración, di la media vuelta y ¡zas!, que regresé por donde esos «tiras» me se- guían. Te lo juro, «Pedro», me fui por donde ellos venían, nos cruzamos, y no me vieron… no me vieron. Pasaron junto a mí como a medio metro y ni se dieron cuenta de que yo era el que buscaban… ¡Qué barbaridad! A medio metro…

Y la risa –ahora ya contenida– de «Carlos» estalló en la azotea de la vecindad, que ya para ese entonces regis- traba con más precisión la caída de la noche, porque en lo alto se distinguían algunas estrellas vacilantes, y eran visibles los aviones nocturnos que rasgaban el espacio con sus luces y su larga estela de gases.

De pronto se escucharon unos disparos. Saltaron de sus lugares, aunque poco se podían mover por lo reduci- do del espacio. Se quedaron con la respiración cortada. Aguzaron los sentidos y la alerta roja se encendió en sus rostros. Abrieron más los ojos para descubrir algo en aquella semioscuridad.

En la azotea del edificio que quedaba frente a ellos unos policías vestidos de paisanos, habían detenido a un hombre que, en su desesperación y luchando con fie- reza, alcanzó a librarse de las manos que los sujetaban y emprendió la huida. Inútil fue el intento, pues cayó aba- tido por la lluvia de balas. «Pedro» alcanzó a reconocer a ese compañero.

«Carlos» y «Pedro» se quedaron helados, petrifica- dos ante esa imagen.

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La represión se mostraba en todo su «esplendor». Era ya el camino sin retorno. Se les aparecía el ahora o el nunca. Esto podía ser el principio del fin. Y ellos allí, agazapados, inmóviles. Frente a ellos se acrecentaba de nuevo la violencia, el crimen, la presión. Y ellos sin poder hacer nada todavía.

Otro compañero de lucha caía abatido por la metra- lla. ¿Sería otro romántico muerto por sus ideales, asesi- nado por sus sueños? ¿¡Otro Aquiles Serdán!?

En última instancia esto para ellos no era nada extra- ño. Menos todavía para «Pedro» que tenía en su haber algunas batallas en la montaña. Ellos ya sabían las con- secuencias que sus acciones les acarrearían. Ya sabían el castigo que los esperaba. Estaban psicológicamente preparados para afrontar hechos todavía más violentos como el que tenía lugar a unos metros de ellos. La muer- te era la culminación de una carrera revolucionaria. Se aceptaba ese pago en todo su valor, con todas las con- secuencias. Claro que, a ellos, a los jóvenes no les impor- taba perder la vida. Aceptaban con gusto y con gran es- píritu todos los riesgos posibles. Y esos riesgos estaban a la vuelta de la esquina, estaban por cualquier lado que ellos estuvieran. Estas crisis eran las que medían el va- lor y su aguante, era la fuerza y la determinación de un combatiente lo que los mantenía con el espíritu en alto.

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Y esa capacidad, esa manera de ser era lo que los ha- cía diferentes de los que no tenían coraje o no poseían ninguna profunda convicción revolucionaria. Algunos hombres no podían ceder ante una fuerte presión y tira- ban por la borda con ello lo que habían jurado defender. Y esta presión a «Pedro», para zafarse de ella, para sacu- dírsela, acudía a su saco de recuerdos. Y aparecía Aman- da en la montaña o venían más claros que la luz solar los días de los largos estudios del materialismo histórico, o las fantásticas horas plenas que pasaba con Esther o con María o con Juana.

Y sobre la vida y actitud de «Carlos» le aparecía en su mente aquel tiempo que permanecía con su abue- lo Vicente Espejo. Aventuras narradas por «Carlos» a su amigo y compañero «Pedro».

El Presidente

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