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La muerte según Julieta, según Romeo

In document Shakespeare, (a)cerca de la muerte (página 25-29)

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Romeo y Julieta imaginan la muerte como pudridero, lugar donde se descompondrán, muy despacio, estropeándose, sus hermosos cuerpos.

*

Si su cura alcahuete inventa su remedio, y la junta todavía con Romeo, Julieta se atreverá a mucho:

Julieta: ¡Ah! Ordenadme que salte, antes que casarme con París, De las almenas de aquella torre;

Que ande como ladrona, que me esconda

Entre serpientes. Encadenadme con osos rugientes, O encerradme, de noche, en un osario,

Y que me cubran los huesos ruidosos de los muertos, Miembros hediondos, amarillas, descarnadas calaveras.

O pedidme que me meta en algún sepulcro reciente, Y me oculte bajo la mortaja de su inquilino,

Todas estas cosas que, sólo diciéndolas, me han hecho temblar, Las haré sin ningún miedo ni duda alguna,

Para vivir inmaculada, desposada a mi dulce amor.

(IV, I, 76 – 88)

Algunas de esas cosas, las más macabras, son precisamente las que ha pensado fray Lorenzo.

*

“Ésta, mi escena aciaga, debo interpretarla sola. / Ven, cáliz” (IV, III, 19 – 20). Ahí vaciló Julieta, aprensiva:

--¿Y si, cuando yazga en la tumba, Despierto antes de que Romeo

Venga a redimirme? ¡Un punto terrible!

¿No me sofocaré en la cripta,

Cuya boca nauseabunda no penetra el aire fresco, Y moriré ahogada, si Romeo se demora?

O, si vivo, ¿no es lo más probable

Que la tremenda fantasía de la muerte y la noche, Sumadas al terror del lugar,

El panteón familar, un receptáculo antiguo,

Donde, desde hace muchos cientos de años, se amontonan Los huesos de todos mis antepasados,

Donde Tibaldo, el sanguinario, verde todavía, Se pudre en su sudario, donde, según dicen, A ciertas horas de la noche pasean los espíritus...?

¡Ay, ay! ¿No es lo más probable que yo, Si madrugo, con aquellos olores viciados,

Y oyendo gemidos como los que lanza la mandrágora cuando la desarraigan, Ruidos que enloquecen a los vivos...?

¡Oh! Si despierto, ¿no me distraeré, Rodeada de todos esos espantos,

Y me pondré a jugar, tarada, con los esqueletos de mis abuelos, Y desamortajaré al desfigurado Tibaldo?

¿Y así, enfurecida, con el hueso enorme de algún pariente, Usándolo como porra, no me romperé los sesos, desesperada?

¡Oh, mira! ¡Parece que veo el fantasma de mi primo, Persigue a Romeo, porque lo pinchó

Con su estoque! ¡Quieto, Tibaldo, quieto!

Romeo, Romeo, Romeo, ¡he aquí mi cáliz! ¡Te lo brindo!

(IV, III, 30 ss.)

Era la cripta, sí, un “nido / de muerte, contagios y sueños antinaturales” (V, III, 151 – 152).

*

Las postas se extraviaron, la carta del fraile no alcanzó a Romeo, y éste creyó verdadera, irreparable, la muerte de su amiga. Compró en Mantua, en una botica miserable, un dracma de ponzoña y corrió al cementerio de Verona a visitar a Julieta.

--Tú, detestable estómago, tú, vientre de la muerte,

Que te has empachado con el bocado más sabroso de la tierra, Abriré así, forzándolas, tus agusanadas mandíbulas,

Y, para que revientes, te hartaré con más comida.

(V, III, 45 – 48)

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Creyendo que había perdido a su amiga, Romeo decidió quedarse en la cripta para siempre, “con las lombrices, tus camareras” (V, III, 108 - 109), y sacudir “el yugo de estrellas nada auspiciosas / de esta carne cansada del mundo” (V, III, 111 – 112).

El Infierno

El Alcaide, el Galán y el Médico observaban a la pobre loca. Uno de sus temas aquí es el infierno:

Hija: No me acuerdo bien. El estribillo decía “Baja, baja”, y lo escribió Gerardo, el profesor de Emilia, ¡menudo es!, fantástico como nadie...pero en el otro mundo verá Dido a Palamón, y dejará de amar a Eneas.

Médico: ¿Qué materia trata? ¡Pobre!

Alcaide: Pues así está todo el día.

Hija: Ahora a lo que te contaba del hechizo: has de llevar una moneda de plata en la punta de la lengua, o no te pasarán a la otra orilla. Entonces, si tienes la suerte de dar con los espíritus de los benditos, ¡será de ver! Nosotras, las doncellas que tenemos el corazón hecho pedazos, roto de amor, acabaremos allí, y no haremos otra cosa en todo el día que coger flores con Proserpina. ¡Ya verás! Le haré un ramillete a Palamón, y entonces me oirá, sí...

Médico: Va desviada, pero está graciosa. Sigamos escuchándola otro poco.

Hija: A veces, ¿sabes?, jugamos, los benditos, a correr al diablo. ¡Uf! En aquel lugar, te digo, llevan una vida de perros...a éstos los queman, a aquéllos los fríen, a esos otros los hierven, y los condenados aúllan y dan diente con diente: ah, sí, los castigos sobrepasan la medida de sus pecados, así que ¡mucho ojito! Si uno enloquece, o se ahorca, o se tira al río, allá que va...¡que Júpiter nos tenga en su gloria!...y lo ponen en un perol que calientan con grasa de usurero, en medio de un millón de rateros, y se cuece como un tocino, despacio, hasta el final de los tiempos.

Médico: ¡Lo que acuña esa cabecita!

Hija: Los señoritos y cortesanos que han dejado embarazada a alguna doncella tienen allí su sitio. Los colocan de pie, con el fuego hasta el ombligo y hielo desde la cintura hasta el corazón: así la parte que ha ofendido se abrasa, y se enfría la que ha burlado. Verdaderamente, una penitencia excesiva, para semejante bobada.

Créeme, antes, por librarse, se casaría uno con una bruja leprosa, te lo aseguro.

Médico: ¡Continúa aún con sus fantasías! Pero no lleva la locura injertada: padece, creo yo, una honda, espesísima melancolía.

Hija: ¡Da vergüenza oír chillar juntas a la señora orgullosa y a la orgullosa villana! Estaría feo de mi parte si dijese que resulta entretenido mirarlas. Una se queja del humo, la otra del fuego, ésta se lamenta, “¡Ay, quién me mandaba hacerlo detrás del tapiz!”, y luego gime, mientras aquélla maldice a su galán, y el quiosco de su jardín.

[Canta.]

“Yo nunca te engañaré, lo saben mi estrella y mi hado...” [Vase.]

(Los dos nobles parientes, IV, III, 11 – 57)

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In document Shakespeare, (a)cerca de la muerte (página 25-29)

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