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3   Otras fuentes literarias en las novelas de Valentín de Llanos y Telesforo

3.3   La mujer vestida de hombre en Salvador, The Guerrilla 125

Según Ferrer Valls (193-194), el disfraz femenino provocaba en el escenario cierta tensión erótica que atraía al espectador; pero, además, los personajes femeninos, disfrazados de hombres, podían vivir aventuras y eran libres para viajar, «y en este sentido también colmaban la parcela más aventurera y libre del imaginario femenino». En El arte nuevo de hacer comedias, Lope de Vega aconsejaba:

Las damas no desdigan su nombre; y si mudasen de traje, sea de modo que pueda perdonarse, porque suele

el disfraz varonil agradar mucho (vv. 280-283)67.

67 En el artículo «El disfraz varonil en Lope de Vega» (121), Homero Arjona repasa el uso de este recurso en la

comedia lopesca. Apunta que «de cuatrocientas sesenta comedias suyas [de Lope] que hemos examinado, ciento trece revelan el uso del disfraz varonil; es decir, casi la cuarta parte de su obra» y en nota al pie ofrece una lista de todas ellas.

El disfraz de mujer, para Lope, y para la comedia áurea, es un recurso cómico, que causa divertidos equívocos, y no debe superar los límites del decoro en escena68. Pero además, hay que señalar que también forma parte de la estética barroca, ya que provoca un juego de identidades y confusiones, presentando la escena como una encarnación del tópico del «mundo al revés»69.

Luis Mariano González apunta dos tipos fundamentales de mujer disfrazada en la comedia barroca70. Por un lado, encontramos personajes femeninos que se disfrazan de hombre para así poder perseguir a su amante, con el objetivo de vengar su honor mancillado. Estas, señala González, son mujeres femeninas y no encajan bien en el rol masculino, por lo que su aparición en escena tiene un alto grado de comicidad. Por otro lado, hay un grupo de personajes femeninos que se agrupan bajo la designación de «mujer varonil». La mujer varonil se caracteriza por tener muchas cualidades atribuidas al hombre, como la valentía o la fuerza física, y se comporta como un hombre por propia decisión (61).

Elvira, en Salvador The Guerrilla, pertenece a este último grupo. Es cierto que se disfraza de varón para poder perseguir a Salvador, darse a conocer y declarar su amor, pero en ningún momento su honra es agraviada por el galán. Además, una vez disfrazada de Camilo, presenta unas capacidades inigualables para la lucha en la guerrilla y es mucho más valiente y resolutiva que sus compañeros en las batallas. Sin embargo, vestirse de hombre y escapar de la casa familiar es, en sí mismo, una transgresión del honor. Matthew D. Stroud señala la importancia de rol doméstico de la mujer (113): «women were meant to be married, have children, and stay home, and

68 En La vida es sueño, Rosaura aparece al principio con disfraz varonil, para dar satisfacción a su honor, robado

por Astolfo. Cuando Clarín le pide a Clotaldo que le aconseje que abandone este traje, este señala que así debe ser para que no se superen los límites del decoro: «Clotaldo: […] Clarín, ¿qué hay de nuevo?/ Clarín: Hay,/ señor,

que tu gran clemencia,/ dispuesta a vengar agravios/ de Rosaura, la aconseja/ que tome su propio traje./ Clotaldo: Y es bien, por que no parezca/ livianidad» (Acto segundo, vs. 196-203).

69 Carlos Vaíllo define el tópico del mundo al revés: «Bajo esta denominación se agrupa un cúmulo de imágenes

y motivos, dispersos por textos y grabados, a los que hermana la representación invertida de la realidad. Así, en las viñetas de las aleluyas populares del siglo pasado aparece el marido enfundado en unas faldas y atareado con las faenas de la casa, mientras que la consorte, equipada adecuadamente, acude a la guerra» (364).

70 Homero Arjona («El disfraz varonil» 124-125), sin embargo, señala hasta seis casos de mujer disfrazada de

hombre en las comedias de Lope de Vega: «I. Cuando una dama abandona su hogar para seguir a su amante o esposo; II. Cuando ella se lanza a vengar ultrajes; III. Cuando se ve obligada a huir para evadir castigos o peligros que amenacen su vida; IV. Cuando su carácter, excesivamente varonil, armoniza más con el vestido masculino; V. Cuando una dama de espíritu inquieto y aventurero se engalana con el disfraz varonil para lucir caprichosamente sus bizarrías; VI. Cuando las actrices tienen que hacer el papel de un personaje masculino imberbe». Prefiero, para este trabajo, la división de González, porque considero que la de Homero Arjona es demasiado específica. En este esquema, Elvira formaría parte tanto de la primera como de la cuarta y de la quinta categorías, pues, aunque en un primer momento quiere ir detrás de Salvador, también su carácter es aventurero, y está poco predispuesta a aceptar el destino que le pertenecería como mujer.

honour was the socializing tool used to this end». Cuando Elvira se disfraza de Camilo de Valor y se marcha a luchar con la guerrilla, está deshonrando a su familia, puesto que está pervirtiendo las normas sociales para perseguir a Salvador, y por ello, pasa a ser una mujer deshonrada.

Sobre las heroínas de Tirso de Molina que adoptan ropajes de hombre, Homero Arjona («El disfraz varonil» 123) señala que estas «no se conforman con disfrazarse una vez por necesidad, sino que hallan placer en trocar su identidad varias veces en un mismo drama». Como ellas, Elvira adopta el disfraz varonil para declararse a Salvador, pero, una vez que adopta el disfraz de Camilo, nunca más vuelve a vestirse como Elvira. La subversión en la identidad de Elvira puede verse como una realización del mito del mundo al revés, pues al cambiar de identidad, la joven transforma su destino en lo contrario de lo que debería haber sido. Al conseguir fama y gloria como Camilo, consigue, como hombre, devolver a su familia la honra perdida, y ofrecer a su padre, que siempre había querido tener un hijo varón, su espada, que tantas batallas ganó en la lucha de guerrilla contra los franceses.

En la comedia barroca, según Homero Arjona, «rarísima es la dama que acierta a engañar a los otros personajes» (133). Sin embargo, en Salvador, Elvira consigue engañar a todos los personajes que le rodean, e incluso el propio lector ignora la procedencia de Camilo de Valor cuando este aparece en escena. Es decir, no existe un pacto tácito entre lector y narrador, sino que el engaño se mantiene hasta que la narración lo requiere, siendo entonces sorpresivo tanto para Salvador y sus compañeros de la guerrilla como para los lectores. Es más, la identidad de Camilo está tan enraizada en Elvira, que ella misma desdobla sus pensamientos, sus acciones y hasta su manera de hablar y sus gestos. No sólo consigue engañar a los otros personajes, sino también a ella misma y a los receptores de la narración. En este sentido, hay una clara ausencia del mantenimiento del decoro.

La comicidad del disfraz en la comedia áurea proviene, precisamente, del pacto entre el público y la escena. El recurso sirve para «engañar con la verdad» (Homero Arjona «El disfraz varonil» 136), pues aunque los personajes que comparten con ella la escena no conozcan su verdadera identidad, el público sí lo hace. Así, todo lo que dice tiene una significación dual, y de ahí se genera la comicidad. Sin embargo, en la novela de Trueba, la pérdida del pacto resta carácter cómico al personaje. De hecho, para cuando se descubre que Camilo es, en realidad, Elvira, la narración de sus aventuras ha tomado tintes profundamente trágicos.

En el teatro áureo, la mujer anuncia que se va a vestir de hombre, y reconoce su verdadera identidad cuando aparece de nuevo disfrazada. Así, el público entiende los enredos que se forman en escena (Homero Arjona «El disfraz varonil» 130). Sin embargo, en la novela de Trueba, el narrador no anuncia el travestismo de Elvira. De hecho, aunque es evidente que la dama vestida de hombre procede, en Salvador, de la influencia áurea, la forma de poner en práctica el motivo literario tiene mucho de scottiano:

recordemos que Zellers había destacado como una de las características recurrentes de la influencia de Walter Scott en España el uso del disfraz para poder escapar de peligros o acceder a lugares prohibidos (158). En este sentido, el disfraz de Elvira es el medio para ir tras Salvador, pero al mismo tiempo es también una herramienta para poder entrar en un mundo que, como mujer, le está vetado, el mundo de la guerrilla, esencialmente masculino.

Según Homero Arjona, hay «cierta feminidad inextinguible que delata a las mujeres disfrazadas. A veces es su rostro imberbe, otras la inflexión de la voz, y otras su porte en general» («El disfraz varonil» 134). Ocurre igual con Elvira, a pesar de su profunda asimilación de la identidad de Camilo de Valor. Cuando la joven llega, ya disfrazada, para presentarse voluntaria a la guerrilla de Salvador, Ribera, teniente de la guerrilla, confunde su feminidad con juventud, y lo califica como «a mere stripling». Queda en su voz, además, «a soft silvery tone» (I, 112), y tiene una voz y presencia claramente femeninas (I, 113). Sin embargo, ninguno de los guerrilleros sabe, realmente, que es una mujer, sino que solo ven un joven inexperto. Su determinación y valentía, no obstante, sirven a Camilo para entrar en la guerrilla. En este sentido, el disfraz de Elvira no es solo físico, sino también moral. Al cambiar de mujer a hombre, pasa de ser callada y tranquila a ser resuelto y decidido.

En los textos que analizamos en este trabajo no aparecen más mujeres vestidas de hombre. Sin embargo, sí que aparecen mujeres con atributos que tradicionalmente se le han otorgado a la masculinidad, como ya se ha visto en relación a Isabel la Católica. En

Romance of History: Spain, Trueba nos ofrece una nueva imagen de la mujer heroína de

características varoniles, Doña María Pacheco, esposa de Juan de Padilla, el líder de los comuneros. De ella se dice, por un lado, que ayudó a su marido a superar todas las dificultades en las que se encontraba; pero, por otro, se le atribuye «a magnanimity and resolution that would have done honour to any of the stronger sex» (III, 139). En este caso, tampoco su comportamiento masculino tiene carácter cómico, sino más bien al contrario: Trueba la eleva a la categoría de mito nacional, y la describe como «the first heroine of that land where heroines have never been wanting in all ages and occasions» (124).