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El mundo helénico y su comprensión espiritual de lo absoluto

2. Lo absoluto en el elemento de la autoconciencia absoluta

2.2. El mundo helénico y su comprensión espiritual de lo absoluto

La religión del arte surge cuando el artesano abandona el relacionar imperfecto de las formas del pensamiento y de lo natural, y se eleva a la forma misma de la actividad autoconsciente. Se trata de la religión griega tal y como se refleja en sus expresiones artísticas y literarias. A esta religión del arte le corresponde la bella armonía de la polis como su adecuada manifestación social y política. En la producción artística de Grecia “nos acercamos ya a la actividad perfecta, a la producción espiritual de lo humano-divino que no mezcla ya ‘formas extrañas’ (naturales) y formas inteligibles”303. Pues la naturaleza es aquí de forma inmediata la expresión adecuada

del sí mismo espiritual. Pero esta inmediatez debe ser mediada, y por eso la religión del arte anuncia, más allá de la conservación perpetua de esta bella armonía, la separación del sí mismo individual respecto de la sustancia universal. En la religión del arte la eticidad se va a pique ya que el movimiento absoluto de la autoconciencia resiste dejarse atrapar por la inmutabilidad en la que la sustancia ética se basa. La alegría ilimitada y el goce de sí misma, que quiere restablecer esta autoconciencia del espíritu, señalan el tránsito por el cual la confianza en la sustancia del pueblo se trastoca en la autoconciencia que se capta ahora como la esencia. Desde esa subjetividad pura deberá ganar, sin embargo, un nuevo orden social que manifieste de forma real los verdaderos ideales de una conciencia que de este modo a profundizado en lo más íntimo de sí misma.

En un primer momento, la actividad pura de esta autoconciencia debe luchar con la esencia no configurada de la divinidad, que amenaza con arrebatar la libertad inalienable del sí mismo; finalmente se hace

dueña de ella, hasta el punto de transformar esa forma exterior absoluta en la materia concreta de su actividad, la cual se concreta, más específicamente, como el espíritu universal individualizado y representado. En la obra de arte abstracta Hegel estudia las estatuas, los himnos, y el culto de la Grecia antigua. Las estatuas se refieren a las imágenes de los dioses y sus templos. Contrario a lo que pasaba con la religión de los animales, lo divino adquiere aquí forma humana, pero esta forma está al margen del artista que desinteresadamente se pone a un lado de la obra. El intento por vincular la subjetividad creadora con la obra se inicia en el himno. Éste retiene en él la singularidad de la conciencia que, al ser escuchada, es al mismo tiempo universal; en el himno, la conciencia se sabe igual al obrar de los demás; en palabras de Hegel, es la “devoción encendida de todos”304. Se contrapone claramente al carácter de cosa, de la estatua, de donde resulta que el himno constituye un avance en el camino de espiritualización de las determinaciones objetivas de lo divino. Pero por ese carácter inmaterial el himno cobra muy poca configuración y es, más bien, la determinación que tiende con el tiempo a desaparecer. El culto pretende ser una instancia mediadora entre la estabilidad de la estatua y la inestabilidad móvil del himno. Por medio del culto el hombre purifica su singularidad contingente y participa de la beatitud; pero esta purificación es aún exterior y la reconciliación permanece ajena a la conciencia. En el sacrificio la conciencia pretenderá renunciar definitivamente a su singularidad, mientras que los dioses descienden al ser consumidos en los dones que se ofrecen. Aquí se produce ya, una primera identificación entre lo humano y lo divino, sentido último de toda la dialéctica religiosa305, pero al ser una identificación mediada todavía por un sacrificio inauténtico la identidad no será aún definitiva.

La obra de arte viviente es el resultado del culto gracias al cual resulta una primera identidad entre Dios y el hombre. El culto helénico refleja la magnificencia de la obra alcanzada por un pueblo que goza de la libertad, y que permanece en la unidad de los ciudadanos. Viven en armonía, y esa paz que reina entre los hombre es la presencia divina que se les manifiesta. Pero este dios que se realiza en el culto es identificado de forma inmediata con la naturaleza, pues es el fruto alimenticio del pan y del vino que se le ofrece a los hombres. No es todavía el misterio de la carne y de la sangre que será la verdad espiritual del Dios cristiano. Al llevar el lastre de ese componente natural, el griego todavía celebra su existencia corporal: la del atleta. Es en su propio cuerpo donde espera hallar la imagen realizada de la esencia. “El bello gimnasta es sin duda el honor de su pueblo particular, pero es una singularidad corpórea en la que han desaparecido el desarrollo y la seriedad de la significación y el

304 Hegel, G.W.F, Fenomenología del espíritu…, p. 413.

305 Hemos avanzado en lo que Hyppolite considera es la característica principal del pensamiento hegeliano, el esfuerzo por superar el dualismo cristiano del más allá y del más acá. La consecuencia que extrae de dicha consideración es fundamental para nuestra investigación. Lograda esa identidad “ya no hay trascendencia alguna, fuera del devenir histórico”. Pero entonces la doctrina del cristianismo se ve gravemente afectada, “pues la fenomenología aparece como un heroico esfuerzo por reducir la “trascendencia vertical” [insuperable] a una “trascendencia horizontal” [ya que sería el sentido hacia el cual avanza la humanidad; un sentido que se sitúa en el futuro pero se realiza en el presente]”. Cf. Hyppolite, Jean, Génesis y estructura de la Fenomenología del espíritu de Hegel, p. 492. N. 29.

carácter interior del espíritu”306. Y esta interioridad que se media de forma recíproca con la exterioridad es, ya lo hemos visto, el lenguaje.

El lenguaje del poeta sustituye así al culto exterior de la obra viviente. El lenguaje es el médium por el que se universaliza la comunidad griega y adquiere una adecuada representación de los dioses, y por el que, consiguientemente, éstos descienden a la singularidad. En la representación épica se logra la unidad sintética y, sin necesidad conceptual, de lo divino y lo humano que permanecía inexpresiva en el culto. La relación de todas las fuerzas de la realidad no es aclarada de forma perfecta en este nivel, por eso los hombres y los dioses expresan la contradicción de una mezcla que divide de modo inconsecuente la unidad del obrar, y envía la acción, superfluamente y sin necesidad aparente, de un lado para otro. Esta relación imperfecta pretende ser aclarada por el lenguaje más elaborado de la tragedia. Pero en ésta el coro se limita a contemplar sin opciones el aplastante poder del destino que le resulta extraño y desolador al héroe, sin lograr reconocer y concebir en él la presencia anónima del concepto que todo lo rige desde el inicio. El héroe, por su parte, adquiere una voz propia que no logra desasir la máscara de su personaje y que por ello se deshace en un arte carente del sí mismo verdadero y propio. Esta división trágica afecta a la divinidad misma que se muestra en una pluralidad irreconciliable de dioses: de lo bajo y de lo alto, de la luz y de las tinieblas, etc.. Como resultado de estas divisiones, en la tragedia, como sucedía también en el estado ético, las diferencias se disuelven en la acción delictiva y culpable de la autoconciencia. El héroe trágico se desprende de la máscara que le era connatural, al reconciliarse con la conciencia universal del pueblo, y de la divinidad desaparece el obrar indigno que le era propio por cuanto no superaba la mezcla de individualidad contingente y esencia universal. De este proceso resulta finalmente el personaje cómico que es el amo y el señor, el único Dios. Ahora no hay nada que sea esencial fuera de la subjetividad humana; ni los dioses, ni el pensamiento de lo universal se resisten a la fuerza y poderío del pensamiento. Por eso el pensamiento cómico es la seguridad confortable que consiste en no ser aplastado por ninguna fuerza exterior, pues él se reconoce como todas las fuerzas. En efecto, es en la comedia donde la humanización de la religión llega hasta lo profundo de la subjetividad humana. Con esto entramos al estado definitivo de la conciencia religiosa, el Cristianismo.