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El mundo que produjo la Biblia: 1200-722 a de C.

In document ¿QUIÉN ESCRIBIÓ LA BIBLIA? (página 31-90)

El escenario

El territorio en el que nació la Biblia tendría aproximadamente el tamaño de un gran condado de los Estados Unidos, y estuvo localizado a lo largo de la costa oriental del mar Mediterráneo, un punto natural de encuentro de África, Asia y Europa. En este territorio había una fabulosa variedad de clima, flora y fauna, así como importantes características topográficas. En la parte nororiental había un maravilloso lago de agua dulce, el mar de Galilea, que alimenta al río Jordán, que sigue un curso recto hacia el sur, hasta desembocar en el mar Muerto, tan diferente de Galilea como lo pueden ser dos acumulaciones de agua. El mar Muerto era espeso debido a la sal que contenía y estaba rodeado por un paisaje desértico. Según las tradiciones de la región la zona del mar Muerto había sido antiguamente un lugar agradable y fértil, pero las gentes que vivían allí estaban tan corrompidas que Dios hizo llover azufre y fuego sobre el lugar, hasta que apenas fue apto para el asentamiento humano.

La parte norte del país era fértil, con llanuras, pequeñas colinas y valles. El centro del país tenía playas y tierras bajas a lo largo de la costa mediterránea, hacia el oeste, y colinas y montañas hacia el este. La parte meridional del territorio estaba bastante desierta. Hacía calor y había bastante humedad a lo largo de la costa, especialmente en verano. Las colinas eran más secas, y mucho más lo era el desierto. Hacía el frío suficiente como para que ocasionalmente nevara en las colinas durante el invierno. Era un país hermoso. Las gentes podían contemplar la belleza del mar, la belleza del lago, de los campos y las flores, y la belleza del desierto, y todo ello a pocos kilómetros de distancia entre sí.

La variedad de los pueblos que ocupaban este territorio era tan asombrosa como la propia variedad de sus paisajes. La Biblia se refiere a pueblos de distintos orígenes que se mezclaron aquí: cananeos, hititas, amorritas, perizitas, hivitas, girgasitas, jebuseos. También estaban los filisteos, tan diferentes de los otros pueblos, que al parecer habían llegado cruzando el Mediterráneo, desde las islas griegas. Alrededor de las fronteras del territorio había igualmente un círculo de pueblos. Hacia el norte estaban los fenicios, que tradicionalmente fueron los introductores de la escritura en la región. A lo largo de las fronteras orientales estaban los sirios al norte, después Amón y Moab y por último Edom hacia el sur. Finalmente, claro está, estaban los israelitas, el pueblo más numeroso dentro de los límites del territorio desde el siglo XII a. de C, el pueblo del que nos hablan la mayoría de las historias bíblicas. El territorio estaba situado a lo largo de la ruta entre África y Asia, por lo que tanto Egipto como Mesopotamia tenían intereses e influen- cias en la región.

La población era tanto urbana como rural, aunque resulta difícil decir en qué proporción. No obstante, el porcentaje de población urbana debió de ser grande. Hubo épocas de considerable prosperidad económica, y otros tiempos de escasez. Del mismo modo, hubo épocas de gran fortaleza e influencia política, y otros períodos de dominación por parte de potencias extranjeras. Y, desde luego, hubo períodos de paz y períodos de guerra.

La religión dominante en todo el antiguo Próximo Oriente era la pagana. La religión pagana no era una simple adoración de ídolos, como se creyó en otros tiempos. La revolución arqueológica de los últimos cien años nos ha abierto ese mundo, permitiéndonos alcanzar, entre otras cosas, una nueva comprensión y apreciación de las ideas de la religión pagana. Sólo en Nínive —el mayor descubrimiento arqueológico de todos los tiempos— se descubrieron cincuenta mil tablillas de arcilla que formaban la biblioteca del emperador de Asiría. En la ciudad cana-nea de Ugarit se descubrieron otras tres mil tablillas. Gracias a tales descubrimientos podemos leer ahora los himnos, oraciones y mitos paganos; podemos contemplar los lugares en que se celebraron sus cultos, y las formas en que representaron a sus Dioses en el arte.

La religión pagana estaba muy cerca de la naturaleza. Las gentes rendían culto a las fuerzas más poderosas del universo: el cielo, el viento tempestuoso, el sol, el mar, la fertilidad, la muerte. Las estatuas que erigieron fueron como los iconos de una iglesia. En ellas se representaban a los Dioses y Diosas, recordando a los fieles la presencia de la divinidad, mostrando el respeto humano por sus Dioses, y logrando quizá que los sentimientos humanos estuvieran más cerca de los Dioses.

Pero, tal y como señala un texto babilónico, la estatua no era lo mismo que el Dios.

El principal Dios pagano de la región que se convertiría en Israel era El. El era de género masculino, patriarcal y gobernante. A diferencia de otro gran Dios de la región, Haddu (el del viento tormentoso),1 El no se identificaba con ninguna

fuerza particular de la naturaleza. Estaba sentado a la cabeza del consejo de los Dioses y pronunciaba las decisiones del consejo.

El Dios de Israel era Yahvé.2 También era del género

masculino, patriarcal y gobernante, y tampoco se identificaba con ninguna fuerza concreta de la naturaleza. En lugar de describirlo en términos de naturaleza o mitos, el pueblo de Israel hablaba de Yahvé en términos de sus actos en la historia, tal y como veremos posteriormente.

El pueblo de Israel hablaba hebreo. Otras lenguas habladas en la zona eran similares al hebreo: fenicio, cananeo (ugarítico), arameo y moabita, todas las cuales pertenecen a la familia de las lenguas semíticas. Tanto el hebreo como estas otras lenguas tenían un alfabeto cada una. La gente escribía documentos en papiro y los sellaba con sellos presionados sobre arcilla húmeda. También escribía textos en cuero y en tablillas de arcilla, y ocasionalmente los grababa sobre piedra o argamasa. Escribía notas cortas en trozos de alfarería rota.

Las gentes vivían en casas de uno o dos pisos, la mayoría de ellas hechas de piedra. En las ciudades, las casas se construían muy cerca unas de otras. Algunas de las ciudades poseían impresionantes sistemas de agua, incluyendo largos túneles subterráneos y enormes cisternas. Algunas de las casas

disponían de conducción interior de agua. Las ciudades estaban rodeadas de murallas. La gente se alimentaba de carne de vaca, cordero, aves de corral, pan, verduras, frutos y productos lácteos. Fabricaban vino y cerveza, y también recipientes de arcilla de todos los tamaños. Como metales, utilizaban el bronce, el hierro, la plata y el oro. Disponían de instrumentos musicales de viento, de cuerda y de percusión. Al contrario de lo que muestran todas las películas que se han hecho sobre la Biblia, no llevaban kaffiyehs (el turbante árabe).

Hay tradiciones sobre la prehistoria de los israelitas: sus patriarcas, sus experiencias como esclavos en Egipto, y su emigración a través del desierto del Sinaí. Desgraciadamente, disponemos de muy poca información histórica sobre ello a partir de la arqueología o de otras fuentes antiguas. El primer período del que disponemos de suficientes pruebas con las que iniciar una descripción del estilo de vida de la comunidad bí- blica se sitúa en el siglo XII a. de C., es decir, del período en el que los israelitas se establecieron en esta región.

Durante estos primeros años, la vida política de los israelitas estaba organizada alrededor de las tribus. Según la tradición bíblica había trece tribus con considerables diferencias de tamaño y población desde la más pequeña a la mayor. Cada una de las doce tribus ocupaba un territorio geográfico determinado. La decimotercera, la tribu de Levi, estaba iden- tificada como un grupo sacerdotal. Sus miembros vivían en las ciudades de los territorios de las otras tribus. Cada tribu elegía a sus propios líderes (véase el mapa de la página 11).

También había individuos que adquirían autoridad en alguna de las tribus o bien sobre un grupo de tribus, en virtud de la posición que ocupaban en la sociedad o bien de sus cualidades

personales. Estas personas eran o bien jueces o bien sacerdotes. El cargo de juez no implicaba únicamente el atender los casos legales, sino que también incluía el liderazgo militar. En consecuencia, en momentos de amenaza militar contra una tribu o grupo de tribus, un juez podía adquirir un poder y una autoridad considerables. Los jueces podían ser masculinos o femeninos. Los sacerdotes, en cambio, tenían que ser masculinos. Habitualmente, los sacerdotes tenían que proceder de la tribu de Levi, y su cargo era hereditario. Actuaban en todos los lugares religiosos y presidían las ceremonias religiosas lo que significaba, sobre todo, la realización de sacrificios. A cambio de sus servicios recibían una parte del animal sacrificado o de la ofrenda.

En el liderazgo de la comunidad aparece, en un sentido especial, otro tipo de persona: la del profeta. Ser un profeta no era ni un cargo ni una profesión, como la del juez o la del sacerdote. Una persona de cualquier oficio podía convertirse en profeta. El profeta Ezequiel fue un sacerdote, mientras que el profeta Amos fue un vaquero. En hebreo, la palabra para designar al profeta es nabi, que significa «llamado». Los profetas israelitas eran hombres o mujeres que se creía habían sido llamados por la divinidad para llevar a cabo una tarea especial en relación con el pueblo. La tarea en cuestión podía consistir en estimular o criticar al pueblo, y podía penetrar en el terreno de la política, la ética o el ritual. Generalmente, el profeta podía emitir su mensaje poéticamente, o bien en forma de una combinación de poesía y prosa.

La época del liderazgo de los jueces culminó en Samuel, un hombre que fue tres cosas al mismo tiempo: juez, sacerdote y profeta. Fue el último de los jueces, y ostentó una gran autoridad política y religiosa. Vivió en Silo, una ciudad situada en la parte norte del país, y que en aquella época fue un gran centro religioso. Según la narración bíblica allí había un tabernáculo que contenía el arca donde se guardaban las tablas de los diez mandamientos; funcionaba también allí una distinguida familia sacerdotal, que algunos eruditos identifican como descendientes de Moisés.

Cuando la dominación filistea sobre la zona se hacía demasiado fuerte como para que una sola o dos tribus se opusieran a ella, el pueblo buscaba un líder capaz de unir y conducir a todas las tribus. En otras palabras, deseaban un rey. Fue Samuel quien, no muy convencido, nombró al primer rey de Israel, el rey Saúl. Eso marcó el final del período de los jueces y el principio del período de la monarquía. Aunque a partir de entonces ya no habría más jueces, siguió habiendo sacerdotes y profetas. Así pues, Israel desarrolló una estructura política en la que el rey no fue en modo alguno un dirigente absoluto. Al contrario, el poder del rey era controlado y equilibrado por los poderes de los líderes tribales, los sumos sacerdotes y, sobre todo, los profetas.

Esto tuvo un efecto profundo tanto sobre la vida política como sobre la vida religiosa de Israel. Para convertirse en rey y poder mantener un gobierno estable, un hombre tenía que conseguir la aceptación de los líderes tribales, y debía ser designado por un profeta. También necesitaba el apoyo de los sacerdotes. Ello se debió en parte a que tanto los sacerdotes, como los profetas y los líderes tribales mantenían posiciones muy bien establecidas en el momento en que se creó la monarquía, y por otro lado a

las realidades políticas del momento. El rey necesitaba a las tribus, porque era de éstas de donde surgía el ejército real, sin el cual el rey carecía prácticamente de poder. El rey necesitaba la designación de un profeta y el apoyo sacerdotal porque la religión no sólo no estaba separada del poder en esa sociedad, sino que apenas se hallaba separada de nada que afectara al pueblo. Tal y como señalan a menudo las introducciones a la Biblia, en el lenguaje hebreo de ese período no existía una palabra específica para designar la religión. La religión no era una categoría separada e identificable de creencias y actividades, sino una parte componente de la vida misma, que la impregnaba por completo y era inseparable de ella. Así pues, un rey no habría podido alcanzar legitimidad política sin conseguir previamente la legitimidad religiosa. Un rey que perdiera el apoyo de sus profetas y sacerdotes indudablemente se encontraría con muchos problemas. Y eso fue precisamente lo que le sucedió a Saúl.

Saúl tuvo una disputa con Samuel, el sacerdote-profeta que le había designado como rey. El primer libro de Samuel ofrece dos narraciones diferentes de los acontecimientos que precipitaron la ruptura (¿de dos autores diferentes?), pero el elemento común de ambas historias es que se representa a Saúl sobrepasando los límites de sus poderes para penetrar en las prerrogativas del sacerdocio. Al parecer, la respuesta de Sa- muel consistió en designar a otro rey: David.

David era un bien conocido héroe de la tribu de Judá. Durante un tiempo, fue miembro del séquito de Saúl y se casó con una de las hijas de éste. Saúl terminó por considerarle una amenaza para su trono —en lo que no dejaba de tener razón—, y ambos se convirtieron en rivales. Cuando David recibió el apoyo de los sacerdotes de Silo,3 Saúl los hizo masacrar a

todos... excepto a uno, que escapó.

Hasta su muerte, Saúl estuvo guerreando constantemente contra los filisteos. Después de su muerte, el reino fue dividido entre su hijo Isbaal y David. Isbaal gobernó en la parte norte del país, mientras que David gobernó en su propia tribu, Judá, que era la mayor de las tribus, y cuyo tamaño casi era el mismo que el del resto de las tribus juntas, abarcando la parte sur del país. Isbaal fue asesinado y entonces David se convirtió en rey de todo el país, tanto del norte como del sur.

Así pues, ya en esta primera fase de la historia israelita podemos ver la existencia de conflictos entre el rey y los sacerdotes, así como entre un rey y otro. Llegaría el momento en que esta dinámica política jugaría un papel decisivo en la formación de la Biblia.

David surge como una gran figura en la Biblia hebrea y, de hecho, es el único cuya importancia se acerca a la alcanzada por Moisés. Hay varias razones que lo explican. En primer lugar, en la Biblia disponemos acerca de David de una mayor cantidad de información que sobre las demás figuras históricas. Disponemos del texto conocido como la historia de la corte de David (en el segundo libro de Samuel), una obra que no sólo está escrita bellamente sino que es también un notable ejemplo de escritura histórica, ya que critica abiertamente a sus héroes,

una práctica totalmente desconocida entre los antiguos reyes del Próximo Oriente.

En segundo lugar, David destaca porque aunque sólo fuera verdad la mitad de lo que dice la Biblia sobre él, habría vivido una vida extraordinaria, refiriéndome tanto a su vida personal como política. (En cualquier caso, resulta muy difícil separar ambas.)

La tercera razón que explica el lugar singular ocupado por David entre las figuras bíblicas es que David estableció un duradero linaje de reyes que descendieron de él, es decir, una dinastía. La dinastía davídica fue, de hecho, una de las familias gobernantes que más tiempo conservaron el poder en cualquier país de la historia del mundo. De ahí procede la poderosa durabilidad de la tradición mesiánica tanto en el judaísmo como en el cristianismo..., la confianza de que siempre se dispondría de un descendiente de David en los momentos de mayor dificultad.

El imperio de David

Una de las razones que pudieron haber hecho que Saúl fuera un candidato atractivo para convertirse en el primer rey de Israel es que procedía de la tribu de Benjamín, que era geográficamente una tribu pequeña. Por ello, apenas si existía el peligro de que él y su tribu fueran capaces de dominar al resto de las tribus aprovechándose de su posición. Por el contrario, al proceder de la tribu de Judá, la mayor de todas, David constituía un peligro. David fue un político sensible y capaz, lo que le permitió emprender una serie de acciones destinadas a elevar la unidad de su reino.

En primer lugar, trasladó su capital de Hebrón, que era la principal ciudad de Judá, a Jerusalén. Jerusalén había sido una ciudad jebusea, pero David la conquistó, quizá gracias a una estratagema en la que algunos de sus hombres escalaron un pozo casi vertical de un túnel de agua que había bajo la ciudad. El túnel, conocido actualmente como el Pozo de Warren, fue puesto al descubierto durante las excavaciones de la Jerusalén bíblica que se hicieron en la ciudad de David, y se abrió al público en 1985. Como quiera que, antes de que David la capturara, Jerusalén había estado ocupada por los jebuseos, esta ciudad no se hallaba afiliada a ninguna de las tribus de Israel. Por lo tanto, el hecho de que David la eligiera como capital no ofendió a ninguna de las tribus, y minimizó cualquier impresión de que con ello intentara favorecer a Judá, del mismo modo que Washington D. C. pareció atractiva como capital de los Estados Unidos, ya que fue conseguida con esfuerzo y nadie la consideraba como parte de ningún Estado concreto. Jerusalén, además, se hallaba en una situación geográfica equidistante, entre el norte y el sur del país.

La segunda acción de David que facilitó la inclusión del norte y del sur en su nuevo reino unido, fue la de nombrar a dos sumos sacerdotes en Jerusalén, uno del norte y otro del sur. De modo similar a como sucede en la actualidad en el Israel moderno, donde hay dos rabinos principales, uno de la comunidad sefardí y otro de la comunidad askenazí, los dos sumos sacerdotes de David fueron un medio de satisfacer a dos comunidades anteriormente separadas y a partir de ahora unidas. El sacerdote del norte fue Abiatar, aquel único sacerdote que escapara de la masacre de sacerdotes que ordenó Saúl en Silo. El sacerdote del sur fue Sadoc, procedente de Hebrón, la antigua capital de David en Judá. Al parecer, Sadoc

y los sacerdotes de Hebrón eran considerados como des- cendientes de Aarón, el primer sumo sacerdote de Israel. Por todo ello, el doble sumo sacerdocio instaurado por David pudo haber sido un compromiso con respecto a dos familias sacerdotales antiguas, distinguidas y políticamente importantes: la familia de Moisés y la de Aarón.

En el mantenimiento de la unidad del reino también jugó un papel importante la serie de matrimonios de David. Se casó con mujeres procedentes de diversas regiones de importancia

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