CAPITULO XI MENE TEKEL
EN EL MUNDO SUMERGIDO
Hay un Espíritu Unico, que llena la inmensidad; está en todas partes, sin estar confinado en ninguna.
Los espíritus emanados de El no pueden vivir sin envolturas; realizan una acción que los protege de ser absorbidos en el infinito.
El Unico Espíritu no puede tener forma, pero no pueden existir espíritus sin forma.
Los astros tienen alma. La Tierra es un ser viviente que tiene alma y es múltiple en sus manifestaciones, porque la materia no es más que el substrato de los espíritus manifiestos.
* * *
Una voz dijo con tono bajo:
—Ya puedes cerrar las puertas exteriores, para trasponer la del corazón. Ahora tienes que soñar algo que no sea más razonable que las visiones del sueño, según el mundo...
* * *
Adonay entró...
Era la muerte en vida. La pérdida del cuerpo físico no convierte al hombre en otro diferente.
En el mundo interior no se viaja a ninguna parte.
Según sean las vibraciones del individuo, éste se puede comunicar con seres cuyas vibraciones sean afines con las suyas. Los que tienen vibraciones rápidas pueden descender hasta los de vibraciones lentas, pero éstos no pueden subir a las etapas sutiles.
Para el alma no existe, en el mundo interior, distancia ni tiempo; de manera que el hombre ve a los seres y cosas presentes ante él, dentro de la zona de sus propias vibraciones.
Cada centro magnético —de los siete que el hombre tiene— lo comunica con uno de los planos de vibración del mundo sumergido.
El mundo interno está compuesto por energías atómicas, inteligentes, diversas e infinitas, las cuales vibran de acuerdo con el plano en el que se hallan.
Un sentimiento de amor tiene vibraciones muy sutiles y diáfanas, mientras que las del odio son densas y opacas; por esta razón, se puede asegurar que, en este mundo sumergido, llamado por unos mundo astral, o de deseos, y por otros, mundo del alma, es donde se encuentran el Infierno, el Purgatorio y el Cielo, pues en él no hay recompensa ni castigo, sino consecuencias de todo aquello que un hombre hizo, vio o pensó mientras vivió en el mundo físico.
El demonio es un átomo creado por el hombre mismo: es el conjunto de todos los pensamientos, palabras y obras que desarrolló durante su vida física. Este mismo demonio se encarga de hacerle sufrir, porque reside con él y en él.
La bondad y el amor abren la puerta del corazón, la cual conduce hacia los diversos sectores del Reino Interior. El pensamiento de sacrificio desciende, como lo hizo Cristo, al Plano Inferior (el Infierno) para salvar a las almas encadenadas en aquella región.
El Cielo y el Infierno son estados de espíritu que se encuentran en el hombre que los creó.
CAPITULO XIV EN EL INFIERNO
Adonay había leído la «Divina Comedia», de Dante; también hizo el intento de penetrar en el cuerpo de un sentenciado a muerte para saber qué es lo que un desesperado siente. Sin embargo, sus experiencias fueron como bromas infantiles ante la realidad de aquello que se llama «infierno».
Cuando estudiaba por dentro al condenado a trabajos forzados sintió una desesperación indescriptible: recordó su infancia, el amor de sus padres, los juegos con los compañeros, las esperanzas, los amores y todo lo que es agradable en la vida. Sintió la cuerda alrededor de su cuello, la asfixia, los movimientos desesperados para respirar el aire que le faltaba, y su cuerpo, que temblaba y se movía en el espacio. Sintió todos esos horribles sufrimientos, pero, al final, se tranquilizó, filosofando: son pocos segundos y, después, todo el dolor y toda la desesperación desaparecen. Pero, ahora, en el infierno, todo era desesperación eterna. El percibía que los horrores deberían tener fin, pero nunca sabía cuándo ni cómo.
Oyó una voz que le gritaba: «¡Sinvergüenza! ¿Ya estás aquí?». Se vio completamente desnudo, con una mujer. Los asistentes lo contemplaban burlonamente, como si estuviesen en una plaza pública, representando una obra de teatro.
En este mundo maldito, todo está al desnudo y nadie puede ocultar nada en su vida.
Se retorcía de vergüenza y arrepentimiento. Percibió el dolor que había causado en el mundo, por haber infringido la ley de la Naturaleza. Sintió el sufrimiento que había ocasionado a cada uno de los que él había hecho desesperar. Comprendió que él había sido quien había contribuido a crear aquel infierno y había colocado en él a esas almas.
En aquel momento, comenzó a atenuarse la oscuridad, y una luz roja como sangre surgió lúgubremente.
Adonay vio lo que ninguna mente humana puede describir con palabras. Ahora ya no era miedo sino horror, al ver a las desgraciadas criaturas en sus terribles dolores y sufrimientos.
El joven empezó a estudiar la situación; quería saber qué debería hacer en aquellos casos.
Su propio estado era calamitoso.
Amigo lector: si tienes miedo o sufres del corazón, te aconsejo que no sigas leyendo este capítulo.
Adonay, consciente del menor pormenor, se hallaba en un punto central de aquella región.
¿Estaba rodeado?... ¿Estaba preso? No se puede definir el estado en el cual se encontraba. Envuelto (tal vez ésta sea la palabra más apropiada que puede interpretar el sentimiento de ese momento) por uria atmósfera, o estaba dentro de otro Adonay, quien lo apretaba como si fuese una ropa muy ceñida o como una cinta que comprime el abdomen de una persona gruesa.
Se sentía rodeado por bestias que luchaban entre sí para llegar primero y apoderarse de la presa. No eran de carne y hueso; poseían contextura diferente. Se parecían a la estrella de mar, de una materia viscosa y colorida. Cada entidad arrojaba una baba sucia y corrompida.
Unas tenían tentáculos, como los pulpos; otras estaban munidas de garras, e incluso había otras que aparentaban tener afilados dientes.
¿Ya viste, amigo lector, aunque haya sido en el cine, cómo la boa aprieta a sus víctimas hasta romperles los huesos? Pues bien, de esa manera aquellas entidades apretaban a Adonay; vivían en él y con él, como si su cuerpo fuese su guarida. Se alimentaban con la vitalidad del joven, como las plantas parásitas en el tronco de los árboles. A simple vista, parecía que el hombre y sus animales vivían armónicamente o con la conformación del ser cuyo mal no tiene cura.
Todos ellos formaban, en conjunto, el dragón de la oscuridad externa que, según ciertos ocultistas, recibe el nombre de «fantasma del umbral».
Adonay sintió que era el alma, rodeada por un alma falsificada; que era espíritu, cercado por otro, también falsificado; pero ambos eran creación suya, y su destino estaba grabado en ellos.
* * *
El tiempo transcurrió sin medida.
Ahora, Adonay ya podía ver en la oscuridad. Alrededor de él y frente a él, se hallaban miles de seres que más parecían bestias que criaturas humanas. Todos se
debatían en aquellas tinieblas, y cada uno reconstruía su pasado horripilante, lleno de crímenes y maldades.
¿Qué hacen estos hombres?
Aquéllos... están reconstruyendo sus crímenes cometidos hace meses.
Uno está sentado a una mesa, bebiendo su copa. Del otro lado se encuentra un amigo, ebrio como él. Hablan y ríen... Luego, se enemistan por una palabra... Uno toma un revólver y dispara a quemarropa. El amigo desenvaina una daga y se la clava en el pecho. Ambos caen y abandonan los cuerpos, pero, hasta ese momento, continúan apuñalándose y disparándose.
El odio los cegaba hasta después de la muerte; no querían escuchar consejo alguno de los salvadores... y... fueron abandonados hasta otra ocasión.
* * *
¿Y aquélla?...
Reconstruye su pasado y su vergüenza.
¡Una joven de veinte años! ¡Ella rememora! ¡La pasión la devora! Ella lo ama y lo desea con todo el furor de sus veinte primaveras... El se aprovechó de ella y la abandonó. Jura matarlo si no reconoce a su hijo, pero murió con éste, durante el parto. No puede creer que está muerta. Maldice al hombre
que la engañó y dejó a su bastardo, sin nombre. Sufre, grita, llora por la desgracia de su hijo y desea asesinar al causante de su infortunio.
Adonay se compadeció de la mujer y trató de salir del cascarón o de su alma falsificada, pero sintió una especie de temor en todo el cuerpo. Los animales aullaron y se prepararon para la lucha.
—¿Por qué te inmiscuyes en lo que no te conviene?... ¿Quién es ella para ti? ¡Ni siquiera una conocida!... No debes hacer un bien para tropezar con un mal... Cada cual recibe lo que merece...
Fueron miles los consejos mendaces que aquellas entidades le daban y que lo apretaban con sus anillos, como si fueran serpientes.
Tuvo miedo nuevamente y comprendió que hasta el hombre más santo puede perjudicar a los demás seres, con sus malos pensamientos. El pensamiento es un fluido que sale de la mente, en busca de otras mentes afines.
Pensó en huir, y muchas voces le gritaron: —¡Huye, vete, líbrate a tiempo!... Sin embargo, escuchó la voz que salía de su corazón: Yo Soy el amor poderoso en todo ser.
En aquel momento, se escuchó un bramido infernal semejante a truenos y caídas de aguas torrentosas, el cual salía de la horrible entidad que lo envolvía y apretaba, para precipitarse en las tinieblas eternas, dejando, detrás de sí, una humareda asfixiante.
Adonay estaba libre. Miró alrededor de sí y vio muchos seres luminosos, los cuales lo rodeaban, custodiándolo, sin que él hubiese percibido anteriormente su presencia.
Se hizo oír una voz: —¡Continúa!
La obedeció y, aproximándose a la infeliz mujer, le dijo:
Lajoven le miró, sin responderle.
Instantes después, ambos se vieron en una iglesia, ante un sacerdote, quien bendecía su casamiento.
La mujer, feliz y tranquila, fue rodeada por una atmósfera dulce y luminosa. Algunos seres de luz aparecieron para ayudar a la nueva visitante.
Adonay volvió nuevamente al infierno.
Se presentó ante él un ser malvado, quien había empleado el poder de la ciencia para perjudicar a los demás y, a veces, no por provecho personal. Era uno de aquellos seres que descubrieron los misterios de la magia y causaron muchos males a sus semejantes.
Fijó su atención en Adonay y lanzó todos sus poderes y fuerzas para dominarlo y arrastrarlo a sus pies. El joven sintió un hormigueo de temor en su cuerpo, pero resistió y, mientras luchaba con su contendor, vio a Issa a poca distancia. Se sintió lleno de valor y clamó:
—Yo Soy el Amor.
Al pronunciar la afirmación, el ser maligno cayó de bruces en el suelo, y rodó hasta llegar a los pies de Adonay.
Adonay se alegró y percibió que Issa lo estaba vigilando. * * *
Esta primera división es la más horrorosa y terrible. Es el verdadero infierno en el hombre. Aquí residen los átomos y almas de los deseos e instintos viles, los cuales formaron y crearon esta etapa densa en el hombre para que, en el futuro, sea aprisionado en ella, sufriendo las más densas vibraciones.
Es muy difícil eliminar estos gérmenes, porque ellos se convirtieron en partes de la naturaleza del ser y se aferran a él como si fuesen su propia carne.
Aquí están los criminales, asesinos, suicidas, ebrios, ateos, depravados y todos los que torcieron y transgredieron las leyes naturales.
Ellos encienden sus pasiones brutales y sus feroces apetitos de venganza y odio. Moldean hasta la fisonomía según sus deseos animales y esperan el momento para obsesionar al hombre.
Adonay notó aquí algo muy especial: cuando el hombre asciende o desciende a una etapa del infierno o del cielo, las cuales se hallan en su propio cuerpo, de hecho, queda en comunicación con los seres y almas humanas que habitan esa etapa.
Los mundos interiores se diferencian por la calidad de las vibraciones; no es como el intelecto lo piensa sino que se trata de diversos escalones, unos sobre otros. El infierno, el purgatorio y el cielo están en un solo lugar, si se nos permite expresarlo así, pero se diferencian por la sutileza de los átomos y almas que residen en ellos.
Muchos seres de luz estaban en aquella región, salvando a las almas que, martirizadas por sus errores y crímenes, ya se habían arrepentido. Esas almas llaman en su auxilio a los seres superiores, prometiendo cumplir, sin quejarse, el castigo por sus culpas y, así, en ese estado, atraen la atención de los salvadores y de sus discípulos, y serán ayudadas de acuerdo con sus intenciones.
Allí, la alegría está absolutamente ausente. Si la madre se encuentra con el hijo, o el amante con la amada, manifiestan mutua repugnancia en lugar de satisfacción.
Adonay contemplaba, en esa región, el trabajo de los Seres de Luz. Todos se consagraban a la salvación, y el Ser que más amaba, conquistaba mayor número de sufrientes.
* * *
Llegó un momento en el que Adonay quedó aislado de todos. Sintió una soledad desconsoladora. Todo era tedio y aburrimiento. Percibió cómo causaba, por medio de sus pensamientos, las desgracias de los demás. Comprendió el motivo por el cual el iniciado no debe encolerizarse, entristecerse ni odiar, a fin de no contaminar a los demás.
Llegó a la conclusión de que ese estado de cosas es irremediable mientras existan hombres que piensen mal y actúen incorrectamente.
¿Cómo podría él poner término a estos sufrimientos?
Mientras meditaba, verificó que era objeto de muchas atenciones por parte de quienes habitaban esas etapas. La atención de ciertos seres poderosos se proyectó sobre él.
Después de un tiempo, se vio rodeado por entes desconocidos. Todos irradiaban una luz incalificable; era una especie de atmósfera densa pero luminosa. No sé si tendré el derecho de llamarla luz oscura. Estas entidades le resultaban hasta atractivas, por el poder que poseían.
Una de ellas se acercó a Adonay y le dijo:
—En nombre de nuestro señor, venimos a ofrecerte todo lo que tu corazón ansia: el saber, el poder y el amor.
«Mira: todos estos archivos serán tuyos. Sólo tienes que descender y estar con nosotros para estudiarlos y extraer de ellos lo necesario para dominar al mundo exterior. Aquí está escrita la ciencia de las edades. Ella será tuya, y tú serás el más sabio de los siglos... El saber es acompañado por el poder, el cual comienza con el dinero y, luego, con el dominio... Tú te transformarás en el gran general cuyo ejército será invencible y, mediante la guerra, dominarás a los enemigos; esta región del mundo será tuya y, de esta manera, devolverás a tu raza su prístino brillo y gloria.
»En el amor, serás el sol alrededor del cual se hallarán las más bellas e interesantes mujeres del mundo...»
Adonay veía dentro de sí todos los cuadros proyectados por la mente de los mensajeros. Eran cuadros nítidos, completos, atractivos y tentadores.
El heraldo continuó:
—Nada exigimos de ti. Solamente te pedimos que te unas a nosotros y no perturbes nuestros trabajos.
Adonay respondió en tono de burla:
—¿Nada más? Y, en caso de que no aceptara tu propuesta, ¿qué sucedería? —Pues... míralo por ti mismo.
Varias escenas empezaron a desfilar ante el joven, las cuales se proyectaban desde un centro interior. El las contemplaba con detenida atención, como si presenciase una interesante película cinematográfica.
Desfilaban causas y efectos; se sucedían dolores y alegrías; muertes y vidas continuas trazaban sus marcas en las arenas de la eternidad.
El tiempo y el espacio estaban llenos de esas escenas. ¡Los sucesos y los cambios eran interminables: la cadena eterna que une al antes con el después!
En el mundo inferior, cada átomo era un archivo bien guardado, el cual proyectaba, con nitidez, las épocas sucesivas.
El tenía que leerlos, sentirlos y vivirlos nuevamente.
Adonay percibió lo que le esperaba como efecto de una causa anterior.
No nos incumbe relatar sus vidas pasadas, pero podemos, a modo de ejemplo, exponer la relación causal de una de ellas.
El vivía en una casa incrustada en el borde de una montaña, a la que denominaba «El nido del águila».
Era casado y tenía hijos. La mujer y uno de sus hijos eran sus enemigos porque querían todo para sí, y él se defendía de sus artimañas.
De vez en cuando, el esposo abandonaba el hogar, durante temporadas, en busca de tranquilidad y descanso para sus nervios.
Una vez volvió secretamente. Ningún vecino supo de su regreso, pero la mujer y el hijo, que visitaban a una familia, sospechaban de su vuelta. Era cerca de la medianoche, y tenían que volver a la casa sin ser notados, para que él no advirtiese la ausencia, pero, al entrar, hicieron ruido. El hombre creyó que eran ladrones y exclamó: «¿Quién es?». Nadie contestó. Entonces, tomó un revólver y, a oscuras, disparó hacia el lugar desde el cual provenía el ruido.
Al escuchar voces de dolor, encendió la luz y vio que ambos estaban tendidos y muertos por las balas del arma.
Afligido, salió de la casa y huyó.
Cuando se hallaba lejos de la región, oyó decir que los ladrones entraron en su casa y asesinaron a su mujer y a su hijo.
Adonay debería casarse con la misma mujer y ser padre del mismo hijo para reparar el daño que les causara en la vida anterior y, al mismo tiempo, para plantar el amor en sus corazones.
El joven vio lo que debería sufrir en esta vida. Sería un ser incomprendido por los demás, mal recompensado y vituperado por los suyos.
El hoy es una consecuencia de lo que fue ayer. Y él, un ser sensible, amoroso, digno, consciente de su deber, que jamás reclamó un derecho, y fiel a su palabra, sin embargo debería vivir en un ambiente mendaz, astuto y cruel, que lo pide todo y no da nada.
Contemplaba los sufrimientos y, sobre todo, escuchaba el juicio de los otros contra su persona. Trataba de elevarlos, salvarlos y proporcionarles felicidad, y se le calificaba de inútil, inepto e incapaz. Tenía mucho amor propio y dignidad, pero tendría necesidad de esos seres...
En aquel momento, recordó a Jesús en el huerto y repitió las mismas palabras: —Padre, aparta de mí este cáliz...
—Elige ahora mismo tu futuro y tu destino —gritaron los asistentes, para cortarle el pensamiento.
Aquel grito le perturbó al principio, pero, en seguida, recordó su situación, recobró el ánimo y lanzó el desafío con el que selló su destino.
—Yo Soy Dios en acción en todo tiempo y en todo lugar.
La Luz brilló en las tinieblas y barrió todas las entidades siniestras. * * *
Adonay quedó sorprendido al verse vigilado por otros seres de luz que le rodeaban mientras era tentado.
* * *
Se encontró con un ser que era ateo, quien, perdido en intensa oscuridad, murmuró al divisar a Adonay:
—Yo decía siempre: la muerte es el fin de todo; después de ella, ¡no hay nada más!
El médico lo contempló y le preguntó, compadecido: —¿No eres nada después de la muerte, amigo mío?
El hombre se perturbó y permaneció callado. Adonay continuó: —¿Te acuerdas de quien decía: «Soy ateo por la gracia de Dios»?
La perturbación y la duda forman las primeras semillas que se arrojan dentro del alma del hombre.