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José Arcadio Segundo no habló mientras no terminó de tomar el café.

- Debían ser como tres mil –murmuró. - ¿Qué?

- Los muertos –aclaró él-. Debían ser todos los que estaban en la estación.

La mujer lo midió con una mirada de lástima. “Aquí no ha habido muertos”, dijo. “Desde los tiempos de tu tío, el coronel, no ha pasado nada en Macondo.” En tres cocinas donde se detuvo antes de llegar a la casa le dijeron lo mismo: “No hubo muertos.” Pasó por la plazoleta de la estación, y vio las mesas de fritangas amontonadas una encima de otra, y tampoco allí encontró rastro alguno de la masacre. (…) La versión oficial, mil veces repetida y machacada en todo el país por cuanto medio de divulgación encontró el gobierno a su alcance, terminó por imponerse: no hubo muertos, los trabajadores satisfechos habían vuelto con sus familias, y la compañía bananera suspendía actividades mientras pasaba la lluvia. (García Márquez, 1987 [1967]:382-383)

Tanta fuerza tiene esta creación de realidad que no hay en la actualidad nada en el municipio de Ciénaga que hable de este acontecimiento; parece realmente haber sido un sueño, una historia de terror que alguien algún día inventó. No sólo no hay vestigios físicos de aquello (la estación de tren fue desmontada ya hace décadas; lo único que queda es la escultura de un trabajador con un machete que nadie recuerda ya qué representa) sino que sus habitantes, incluso los mayores, apenas si tienen noticias de algo que “ocurrió por allá a principios de siglo”. Las plantaciones de banano siguieron allí (a las que se les sumaría la otra gran expansión terrateniente de finales del siglo XX y principio del XXI: los cultivos de palma de aceite), las familias que presionaron para que se reprimiera la huelga (los Vives, los Dávila, los Diazgranados, los Noguera) son los mismos que aún hoy dominan el panorama político y empresarial de la región, la lucha sindical prácticamente

desapareció (los paramilitares se encargarían de terminar ese trabajo de amedrentamiento y exterminio), y la antigua grandeza del municipio y de la región es hoy una decadencia que se respira en el polvo y las aguas negras de sus calles. Aunque no sin paradoja el periodo histórico denominado La Violencia constituyó para la región un paréntesis de relativa calma, pronto llegaría otro abrazo de la violencia armada para complementar aquel trabajo de destrucción social que comenzó en cierta medida con las condiciones de miseria impuestas por la United Fruit Company y legitimadas luego por la orden del general Cortés Vargas en la plaza de Ciénaga, una madrugada de jueves en 1928.

A partir de la década del sesenta empiezan a tomar fuerza en la costa atlántica colombiana (especialmente en la Guajira y en el Magdalena, los dos departamentos más septentrionales) las dinámicas de disputas territoriales soberanas (llevadas a cabo por traficantes de droga, organizaciones guerrilleras y grupos de autodefensa) que continúan hasta hoy. Aunque como quedó dicho anteriormente, la violencia paramilitar de los noventa se expandió principalmente desde otras áreas del país (aunque existen también organizaciones paramilitares que nacieron allí mismo en el Caribe y luego se integraron a la estructura de las AUC, como es el caso del Frente de resistencia Tayrona mencionado arriba), existían ya en la zona otras territoriales bélicas que ejercían también presión sobre los pobladores de la región en general y de la Ciénaga Grande en particular.74

La llamada violencia política directa (Bourgois, 2005) no es un fenómeno de carácter exógeno que haya aparecido de forma más o menos espontánea con la llegada de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) a la región; las

74  La   integración   del   Frente   Tayrona   (fundado   y   comandado   por   uno   de   los   mayores   señores   de   la  

guerra  del  Caribe  colombiano,  Hernán  Giraldo)  no  fue  producto  de  alianzas  estratégicas  entre  facciones   paramilitares,   sino   del   sometimiento   armado   de   este   grupo   por   parte   del   Bloque   Norte   de   las   AUC,   comandado  por  ‘Jorge  40’.  La  historia  de  este  sometimiento,  así  como  la  forma  en  que  el  Bloque  Norte   fue   penetrando   en   el   departamento   del   Magdalena,   puede   leerse   en   el   especial   ‘Las   verdades   del   conflicto   del   Magdalena   y   el   César’,   realizado   por   el   portal   de   investigación   periodística   Verdadabierta.com.   Ver:  http://verdadabierta.com/victimarios/2803-­‐las-­‐batallas-­‐de-­‐hernan-­‐giraldo-­‐y-­‐ como-­‐termino-­‐sometido-­‐a-­‐jorge-­‐40  Fecha  de  consulta:  septiembre  5  de  2013.  

formas de violencia presentes allí son más complejas y tienen raíces en otras presencias desestabilizadoras que ya estaban previamente incorporadas a las dinámicas locales. Las masacres y desapariciones que proliferaron en la última década del siglo pasado constituyen las acciones visibles del conflicto, pero están conectadas con otras formas de violencia que les preceden y que contribuyeron a establecer las condiciones de posibilidad no sólo para que esos actos tuvieran lugar, sino también para que la violencia simbólica y la cotidiana (siguiendo con la clasificación de Bourgois) se instalaran en las dinámicas vitales de los pobladores de esta región.

4.1.2.1 Marimberos: nuevos capataces en la Ciénaga.

Junio  6  de  2011,  Nueva  Venecia,  Complejo  Lagunar  Ciénaga  Grande  de  Santa  Marta,   Magdalena,    Colombia.  

Andrés   me   lleva   a   conocer   a   dos   de   los   mayores   del   pueblo.   Son   hombres   conversadores  que  superan  los  ochenta  años,  que  se  refieren  a  él  como  ‘  el  joven’  y   que  hablan  de  usted.  Los  dos  están  ya  retirados  de  toda  actividad  pesquera  y  viven  en   casa   de   sus   hijos   y   yernos,   quienes   son   ahora   los   que   pescan   en   compañía   de   sus   respectivos  hijos. Las  conversaciones,  cómo  no,  giran  en  torno  a  los  viejos  tiempos.   Andrés   los   escucha   incluso   con   mayor   atención   que   yo,   pues   sabe   que   es   una   oportunidad  de  aprender  o  de  repasar  épocas  que  él  mismo  no  vivió.  Cuando  estos   dos  hombres  hablan  sobre  los  problemas  actuales  que  tiene  el  pueblo,  no  dudan  en   diagnosticar  que  todos  ellos  son  producto  del  hecho  de  que  los  jóvenes  han  “perdido   el   respeto”   por   las   tradiciones   y   por   sus   mayores;   no   como   antes,   cuando   ellos   mismos   eran   jóvenes,   y   todos   respetaban.   Mientras   dicen   esto   no   puedo   dejar   de   recordar  la  crónica  que  Germán  Castro  Caicedo  escribió  sobre  Nueva  Venecia  en  los   años  setenta,  donde  otros  mayores,  sobre  estas  mismas  aguas,  lamentándose  por  la   situación   en   aquel   momento   del   pueblo,   decían   exactamente   lo   mismo   sobre   sus   jóvenes,   que   acaso   eran   éstos   que   ahora   viejos   hablan   conmigo:   han   perdido   el   respeto.  No  tengo  tiempo  de  mencionarlo  porque  en  seguida  me  dejo  envolver  por   sus  historias  en  torno  a  los  años  de  la  bonanza  marimbera,  precisamente  allá  por  los  

setenta,   cuando   estos   jóvenes   y   sus   colegas   combinaban   sin   problema   la   actividad   pesquera   con   el   transporte   de   la   marihuana   que   bajaba   de   la   sierra   nevada   hacia   barcos  en  el  Caribe.  Los  dos  hablan  no  sin  nostalgia  de  aquellos  días,  cuando  quien   pudo  se  involucró  en  el  negocio,  buscando  ese  dinero  fácil  que  en  unas  horas  dejaba   mucho  más  que  varias  jornadas  de  pesca.  Ya  a  punto  de  despedirme  del  mayor  de   ellos,  le  formulo  la  última  pregunta:      

-­‐  ¿Y  esa  marimba  no  trajo  ningún  tipo  de  problemas  sociales  al  pueblo?     -­‐  ¡No  señor!  

Andrés   boga   en   silencio   durante   el   trayecto   de   regreso   a   casa.   He   aprendido   a   conocerlo  y  sé  que  lo  qué  está  haciendo  es  dándole  vueltas  a  algo  en  su  cabeza.  No  le   pregunto  nada,  lo  dejo  que  elabore  lo  que  sea  que  se  le  está  ocurriendo.  Me  da  la   impresión  que  tiene  rabia,  la  rabia  que  siempre  manifiesta  cuando  habla  de  la  forma   en  que  la  violencia  fue  tomándose  el  pueblo.  Cuando  llegamos  y  nos  sentamos  en  las   mecedoras   en   el   sardinel   de   la   casa,   vuelve   a   hablar   y   en   sus   palabras   trata   de   resumir  casi  cuarenta  años  de  la  historia  del  pueblo:  

-­‐   A   mí   me   parece   que   el   día   que   se   produjo   la   masacre,   se   cerró   un   capítulo   de   violencia…  se  cierra  el  capítulo  más  importante  de  la  violencia  en  el  Morro.  Recuerda   tú   que   veníamos   de   una   bonanza   marimbera   de   los   años   70,   entonces   no   hay   que   olvidar   eso.   Por   lo   menos   en   Bocas   de   Aracataca   hubo   más   violencia   que   la   que   presenciaron  en  el  año  2000.  Gente  desaparecida  y  que  cantidad  de  vainas.  (…)  No  es   como   lo   han   querido   mostrar:   que   la   violencia   comenzó   el   22   de   noviembre   (del   2000)  y  ahí  cerró  el  capítulo…  eso  es  mentira…  venía  desde  antes…  yo  le  pongo  de  los   años   setenta,   cuando   la   marihuana   tuvo   el   auge   más   importante   de   su   historia.   Legalmente  el  tejido  social  del  Morro  se  rompe  en  los  años  70  y  de  ahí  no  se  volvió  a   recuperar  más  nunca.  

Bowman (2001:27) ha dicho que la violencia no es sólo el acto mediante el que una entidad (una persona, una comunidad, un Estado) infringe daño a la integridad de otra, sino que puede también ella generar identidades al construir límites dentro de los cuales precisamente una entidad se forja. En el

crisol de la Ciénaga Grande fue formándose a partir de la década del setenta una comunidad ya no sólo de pescadores sino de individuos cuya identidad común empezó a estar conectada con el proceso de imbricación de distintas violencias armadas en la zona. Han surgido desde entonces formas simultáneas de convergencia y de sometimiento a la presencia de entidades bélicas que bien mediante la compra de lealtades locales con el poder del dinero o usando la coerción armada, han buscado imponer dominios soberanos en el territorio. Aprovechando el hecho de que históricamente la soberanía nacional ha estado en vilo en esta región, varios grupos han podido detentar a través de espacios prolongados de tiempo el poder que les ha dado el ejercicio de la violencia (Uribe de Hincapié, 2001). La espiral de violencia se ha prolongado porque estos poderes bélicos ilegales no han sido impugnados por instituciones del Estado sino por otros poderes bélicos con iguales pretensiones soberanas. Es por esta razón que hablamos de imbricación de las violencias y que la historia de los últimos casi cuarenta años de la Ciénaga puede leerse como una historia de sucesivos (y a veces simultáneos, en una suerte de polifonía narrativa bélica) capítulos de violencia que han mantenido la presión y la influencia sobre los pobladores.

En su novela Los Ejércitos, Evelio Rosero (2007) nos presenta a un pueblo, San José, cuyos habitantes están asediados por distintos ejércitos que se disputan el control territorial. Es un pueblo que puede ser cualquiera en la extensa geografía colombiana. Somos testigos del deambular temeroso de unos pobladores por las calles de su pueblo, quienes ven cómo día a día sus movimientos cotidianos se van restringiendo cada vez más y cómo en la confusión que genera la presencia simultánea de varios grupos armados a la vez, ya no hay ni siquiera forma de reconocer quién es quién. Todos visten el mismo uniforme y por ello el sentido común les indica a los campesinos que eso significa que son los mismos (Uribe, 2004:117). Es precisamente esa intuición del sentido común la que ya desde el título de la novela se insinúa: en tanto asediadores, en tanto entidades bélicas que buscan por la fuerza enseñorearse sobre un territorio, no hay muchas diferencias entre los cuatro ejércitos que nos presenta Rosero: el estatal, el guerrillero, el paramilitar y el

del narcotráfico. Cuando centramos la atención no en el objetivo particular de cada uno de ellos (tanto en el que manifiestan discursivamente como en el que persiguen a través de sus actos, que no siempre son coincidentes) sino en la forma en que su presencia modifica la existencia cotidiana de los habitantes de un territorio, la similitud aparece con fuerza. Es en sus efectos que estos ejércitos devienen uno solo, con rostros y apelativos que varían a lo largo del tiempo, pero con acciones que delatan su equivalencia. Son, después de todo, organizaciones que manipulan el mismo recurso de la violencia organizada (Volkov, 2000a).

Imagen 15. La Sierra Nevada de Santa Marta vista desde Nueva Venecia, Magdalena, Colombia

En la década del setenta aparecieron sobre la superficie de la Ciénaga Grande los traficantes de marihuana (los marimberos) que tuvieron su auge por aquellos días. Aprovechando las grandes extensiones de la Sierra Nevada de Santa Marta y su ubicación geográfica estratégica (el enorme relieve montañoso litoral tiene acceso directo al mar en su parte norte y a través de la

Ciénaga Grande hacia el Oeste; adicionalmente hacia el noreste está cercano el desierto de la Guajira, donde podían construir fácilmente pistas de aterrizaje clandestinas), los marimberos sembraron en esta área su producto y establecieron allí el centro de operación de sus estructuras. No se trataba de organizaciones con un gran número de hombres y armas, como lo serían los grupos guerrilleros y paramilitares que vendrían luego, pero sí serían ellos los primeros en procurar cierto grado embrionario de relativa soberanía territorial en la Ciénaga para poder aprovechar sin inconvenientes ese corredor estratégico que les posibilitaba llevar directamente la droga desde la sierra hasta barcos anclados en el mar Caribe. Estas organizaciones, precursoras entonces en el control territorial de los grupos armados que vendrían luego, se convirtieron rápidamente en los principales contratistas dentro del complejo lagunar.

Aunque trabajaran con sustancias ilícitas, estas estructuras eran básicamente organizaciones empresariales que debían sortear en el terreno problemas logísticos de movilización eficiente de su mercancía, como cualquier otra empresa dedicada a la comercialización de un producto.75 Es en ese momento cuando la red de pescadores de la Ciénaga fue percibida como una alternativa para la movilización de la mercancía, la cual ofrecía toda una serie de ventajas: se trataba de una mano de obra barata que conocía perfectamente la zona; por ser la pesca una actividad prácticamente no regulada, sus movimientos a lo largo y ancho de la Ciénaga Grande no eran monitoreados por ninguna autoridad y no se antojaban sospechosos en principio. Adicionalmente su situación de vulnerabilidad socio-económica los hacía fácilmente manipulables y controlables. Eran tiempos en que el discurso global de la guerra contra las drogas apenas se empezaba a formar y no existían muchas reticencias de tipo moral por parte de los pobladores frente a

75  En   esta   línea,   el   politólogo   e   investigador   colombiano   Gustavo   Duncan   ha   centrado   sus  

investigaciones  actuales  sobre  el  narcotráfico  en  la  consideración  de  éste  como  una  empresa.  Analiza   entonces   las   organizaciones   narcotraficantes   en   tanto   empresas   de   producción   de   protección   para   reducir  los  riesgos  inherentes  al  negocio  (que  adicional  a  los  riesgos  económicos  de  cualquier  empresa,   tiene  los  propios  asociados  al  hecho  de  tratarse  de  un  negocio   ilegal).  Para  una  ampliación  de  estos  

una actividad cuya legitimidad descansaba en el hecho de generar buenos ingresos.

Antiguo  pescador  de  la  Ciénaga  Grande,  junio  6  de  2011.  

Aquí  a  muchos  le  convinieron  (sic.),  porque  los  señores  dueños  de  marimba…  porque   como  había  Johnson,  venían  a  buscar  los  marinos  y  los  Johnson  y  les  cobraban  el  poco   de  plata  y  hacían  el  viaje.  A  mí  me  tocó  hacer  tres  viajes  de  marimba,  pero  de  marino,   ganando   el…   me   pagaban   por   ir   a   acompañar   al   compañero.   (…)   Pagaban   bien;   porque  antes  vea…  50  pesos  era  plata  y  a  uno,  depende  al  que  le  tocara,  le  pagaban   80  mil  pesos  y  60  mil  pesos…  eso  era  plata  (…)  eso  era  libre. A  uno  no  le  cogían  un   centavo  de  eso,  la  platica  se  la  daban,  no  le  descontaban  nada.

Duncan (2012) ha dicho que la mejor forma que han encontrado los narcotraficantes para disminuir los riesgos de su negocio ha sido la de constituirse en Estado. Aunque sus hipótesis son desarrolladas para los grandes carteles que aparecerían a partir de la década del ochenta, es posible observar asomos de la misma estrategia entre los pioneros marimberos. Lo primero que hicieron éstos fue incorporar la población local en un próspero mercado internacional. Mediante la actividad de la pesca los pescadores participaban de un mercado regional, pero lo hacían situados en el escalón más bajo, donde aunque tenían a cargo la parte más dura (y fundamental) de la actividad, recibían a cambio la menor fracción del dinero que generaba la actividad en conjunto. Los marimberos les ofrecieron la oportunidad de participar en una cadena que movía más dinero y donde su labor particular requería menos esfuerzos a cambio de mayor compensación. La nueva oferta resultaba aún más tentadora por la coyuntura del comienzo de la disminución de la producción pesquera debido a los problemas ambientales que empezaban a surgir por la construcción una década atrás de la carretera entre Barranquilla y el municipio de Ciénaga (entre otras obras de infraestructura desarrolladas en la región), que había interrumpido los flujos hídricos, como fue explicado en el primer capítulo.

Como pescadores artesanales e independientes debían desplegar todo su arte, desde la elaboración de las redes hasta la aplicación de las técnicas de pesca, para tratar de garantizar (aunque esto nunca fuera posible totalmente) una buena captura que hiciera rentable su faena; como marinos bajo las órdenes de un marimbero cumplían una labor meramente instrumental donde no necesitaban siquiera saber cómo había sido conseguido el producto que transportaban y cuál era su destino final. Participaban sólo en una etapa pequeña del negocio, que presentaba la ventaja doble de no requerir ningún tipo de inversión y de generarles utilidades que superaban –con creces- las de varias jornadas de su labor habitual. Se trababa así, de un procedimiento (quizá no legal, pero sí legítimo) de democratizar la distribución de los recursos de la principal actividad económica (en cuanto al dinero involucrado) de la región (cfr. Roitman, 2004).

La instrumentación de la labor de los pescadores y su incorporación a una cadena productiva que trascendía el ámbito local, constituyeron así el núcleo de las primeras acciones (hasta cierto punto para-estatales) que emplearon estas organizaciones para consolidar un control sobre la región. A través de otras prácticas (similares a las empleadas históricamente en la región por capataces y terratenientes, en sus ejercicios de control sobre peones y/o campesinos) los marimberos fueron construyendo una relación simbiótica con la población. Dice Guillermo O’Donnel (2004:40) que en ningún momento se refleja mejor la privación de derechos de los pobres y vulnerables que cuando éstos tienen que interactuar con las burocracias oficiales de las cuales requieren servicios (cuando deben ir al hospital, por ejemplo). Precisamente ante la ausencia (o disfuncionalidad como explicamos antes) de instituciones estatales que gestionaran los servicios requeridos para tener un mínimo de bienestar social, los jefes-contratistas de las organizaciones de tráfico de marihuana empezaron a suplir esas necesidades de forma directa. La relación vertical de subordinación laboral patrón/empleado se reforzaba cada vez que los pobladores acudían ante estos hombres para obtener de ellos ayudas que les posibilitara obtener los servicios básicos de los cuales carecían.

Pescadores  desplazados  de  la  Ciénaga  Grande,  abril  17  y  18  de  2012,  Municipio  de   Ciénaga,  Magdalena.  

  i.  

-­‐  ¿Y  pagaban  bien  (los  marimberos)?  

-­‐  Sí,  en  ese  tiempo  pagaban  bien,  porque  ese  hombre  no  fue  malo  con  la  gente…   -­‐  ¿Ese  hombre?  ¿Quién  era  el  hombre?  

-­‐  Un  carajo  mono  (rubio)  que  llegó.  Le  decían  era  Mono,  y  usted  llegaba  y  le  decía:   “hombre   Mono,   yo   que   vine   aquí   para   ayudarte,   tengo   los   pelaitos   (los   niños)   sin   comida.”   –   “Tranquilo,   ya   acabamos,   pero   siéntate   ahí.”   Ahorita   cuando   llegaba   y   decía:  -­‐  “vámonos”  y  enseguida  me  decía:  -­‐  “ven  acá,  llévale  $10.000  a  los  pelaitos”  y   él   a   todo   el   que   llegaba   lo   ayudaba,   no   se   negaba   a   nada:   -­‐   “hombre   siéntate   ahí  

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