CAPÍTULO IV: El proyecto peronista y el funcionamiento de
IV.3. El núcleo pragmático
Como se mostró en el anterior apartado, el aspecto programático determinaba los grandes lineamientos y conceptos que legitimaban el poder estatal, el lugar de la elite peronista y al propio proyecto, incluyendo su principal instrumento, la IEE y su orientación pro industrial. Estos componentes nunca dejarían de ser parte de las premisas básicas sobre las cuales la elite peronista construía su propia legitimidad y la del modelo socioeconómico que proyectaba. En función de todo esto, Perón definió la tercera posición como el principio interventor básico del Estado: ni comunismo ni capitalismo. El justicialismo requería, entonces, tanto la colaboración de los trabajadores como de los empresarios.
En otro nivel, el núcleo pragmático, tal como es entendido en esta tesis, busca dar cuenta de aquellos aspectos que podían variar y adaptarse a las distintas circunstancias, precisamente para poder “cumplir” con los objetivos programáticos. Es decir, había en el discurso de la elite peronista diferentes estrategias posibles para alcanzar los objetivos nacionales, y eran las distintas y cambiantes condiciones económicas, políticas y sociales las que indicaban el mejor camino para llegar a ellos. Como veremos, en no pocos casos los instrumentos elegidos llegaron a afectar, incluso más allá de sus intenciones, el contenido de las políticas, en particular en cuanto a la IEE.
La forma en que se llevarían a cabo los grandes objetivos programáticos del proyecto estaba determinada por el contexto particular de la segunda posguerra y el particular conjunto de problemas que se presentaban. Las distintas estrategias, las concebidas y formuladas y las finalmente implementadas, se pueden comprender si se pone el foco en la lógica de la acción de la elite peronista en su aspecto más básico: la
despilfarrar en lujos y ostentaciones los medios que hubieran servido para consolidar en ese momento que recién ahora se repite después de casi treinta años. Su falta de sensibilidad para los problemas sociales, le impidió ver que la única manera efectiva de servir los intereses permanentes de la Nación estaba en su transformación económica industrializándola y elevando el nivel de vida de todo el pueblo. Recién ahora estamos cumpliendo las funciones directoras que la historia impuso a las clases acaudaladas y que ellas no supieron o no quisieron cumplir. Más, como es un alumbramiento algo tardío, se efectúa con algún sacrificio, pero se efectúa, pese a todo, en medio de un viril esfuerzo, para bien de la Patria” (Miranda, 1947: 74).
construcción de un movimiento político nuevo. Si el proyecto que esta elite sustentaba era al mismo tiempo uno que buscaba “la felicidad del pueblo” – es decir la inclusión social, política, económica y cultural, de todos los sectores sociales–, y la “grandeza nacional”, lo cual implicaba la autonomía del Estado argentino frente a los factores de poder (externos e internos); el objetivo pragmático que lo haría posible era sin duda la industrialización. Es decir, el proyecto industrializador era tanto un fin en sí mismo, núcleo programático que legitimaba la acción de la elite peronista, como un instrumento, un medio para alcanzar otros objetivos del proyecto peronista.
En las líneas que siguen se abordará el lugar que ocupó la industrialización en el proyecto peronista en sus aspectos más prácticos e instrumentales. Para entender la trayectoria que esta cuestión ocupó dentro de las orientaciones de la IEE peronista, es preciso analizar cómo y en qué términos la industria quedó sometida a las restricciones y demandas cruzadas de los ámbitos social, político y económico. Esta circunstancia, determinó los tiempos del proyecto (re)organizador y en gran parte su contenido efectivo125.
En el capítulo III se mostró la lógica sociopolítica conflictiva y polarizante que presidió la construcción de la alianza peronista. Ello llevó a una primera y fundamental reorientación en la función que tendría la IEE a nivel del proyecto peronista. Si en el discurso de junio de 1944 en La Plata Perón argumentó a favor de una industria pesada en virtud de posibles agresiones externas y como la garantía última de la independencia nacional, en septiembre, en la inauguración del CNP, se terminó por definir a favor de una industrialización sustitutiva liviana:
“debe evitarse en lo posible la creación o sostenimiento de industrias artificiales, cuya vida económica depende de alguna forma de protección, que directa o indirectamente, siempre representa un gasto. Un mínimo de industria pesada siempre es necesario y conveniente para cubrir mínimas necesidades de defensa nacional. (…) En las pampas inagotables de nuestra patria se encuentra escondida la verdadera riqueza del porvenir. No debemos imitar a los grandes países industriales (…). Debemos andar al compás de los tiempos modernos y crear industrias fundadas en materias primas del país” ([1944] 1973: 179).
125 Los aspectos más estrictamente económicos y de política económica de la realización
El concepto de que la economía nacional “era una sola”, ni “patronal ni obrera”, instaba a implementar y legitimar una IEE en sentido industrial que asegurase una confluencia objetiva entre trabajadores y empresarios. Así, el modelo de industrialización liviana fue el más adecuado a los condicionantes sociales y políticos que pesaban sobre la construcción del nuevo movimiento, pues permitiría cerrar exitosamente la brecha entre las demandas obreras y capitalistas. Como se verá en el próximo capítulo este modelo quedaría fuertemente condicionado (económica y políticamente) por la situación del mercado internacional (precio de las materias primas que el país exporta).
En cualquier caso, la preferencia por la construcción de una industria liviana, revelada en el discurso de inauguración del CNP, no debe confundirse con una renuncia indeclinable a la construcción de una industria propia. Lo que había cambiado era la estrategia para lograrla, algo que debe ser entendido a la luz del contexto sociopolítico. En un discurso previo a las elecciones, el 1 de enero de 1946, Perón legitimó en estos términos su propuesta industrial: “(…) una reforma industrial que ha de permitir al país reconquistarse a sí mismo para no ser tributario eterno de los extranjeros en un Estado de civilización semicolonial. Necesitamos una industria, y hay que conquistarla, aunque sea a pulmón. De ahí va a salir lo necesario para una distribución equitativa de los beneficios. De ahí va a salir la justicia que propugnamos y que necesitamos” (Perón, 1997: 17).
Como se puede ver, la participación de sectores sociales antes marginados tenía consecuencias concretas sobre la estrategia económica a seguir. El líder de la elite peronista era totalmente sincero en el reconocimiento de estos condicionantes sobre el modelo económico propuesto. En ese mismo discurso del 1 de enero de 1946 pronunciado en la Ciudad de Santa Fe, describió la modificación obligada que tuvo el timing de la revolución. Vale la pena reproducirlo, pues es una muestra cabal del impacto que tuvo la participación popular sobre la IEE y su legitimidad. Perón comenzó sosteniendo que se había proyectado
“primero la reforma rural, después la industrial y, finalmente, la social. Pero hubo necesidad de alterar el orden de la realización. Yo era un hombre que llegaba por primera vez al gobierno. No tenía detrás de mí otra opinión
que la de mis amigos, un círculo muy reducido. Necesitaba pensar seriamente en el orden que había de dar a estas reformas. La reforma social no podía postergarse ni oponerse a la rural e industrial porque si no nuestros obreros, cuando recibieran los beneficios, ya habrían fallecido de inanición. Por otra parte, yo necesitaba el apoyo de las masas obreras para lanzar estas reformas. Por esos motivos, cambié los términos y comencé por la reforma social; los que se llaman a sí mismos las fuerzas vivas reaccionaron y me lanzaron un torpedeamiento sistemático por los diarios a su servicio mediante numerosas solicitadas. Yo, que tenía previsto el ataque, tres horas después les contesté. Inmediatamente, ellos reaccionaron. Pero las masas estaban satisfechas con nuestra justicia social, se hicieron cargo del combate y fue una batalla ganada en Diagonal y Florida por doscientos cincuenta mil trabajadores” (Perón, [1946] 1997, vol. 8: 17).
Por supuesto que esta preferencia por la industrialización liviana no sólo respondía a la lógica sociopolítica, sino que también se explicaba por las restricciones internacionales en materia de importaciones y de disponibilidad de divisas, aspecto que será tratado en el próximo capítulo. De cualquier manera, en términos sociopolíticos la elección por este tipo de industrialización centrada en el mercado interno, implicó, ya a nivel del proyecto peronista, conscientemente o no, una opción de hierro estructural a favor de la tan vilipendiada “oligarquía”, la cual conservaría una enorme cuota de poder y capacidad de veto (indirecta como mínimo) sobre aspectos cruciales de la IEE, pues serían los que aportarían las divisas, imprescindibles para la importación de maquinaria, repuestos, insumos y materia prima. Sin duda, Perón confiaba en su poder para disciplinarlos en función del propio proyecto.
Las distintas estrategias para impulsar la industrialización (pesada vs. liviana) y el rol cambiante que cumpliría la industria en el conjunto de la economía, sobre todo luego de la crisis 1949-52, obligan a repensar el rol que tenía este sector en el proyecto peronista. Si bien la industrialización nunca dejó de constituir uno de los núcleos programáticos, la misma, implicaba una estrategia cuya forma podía cambiar según las necesidades. Tanto la manera de llevarla a cabo como su persistencia y coherencia sufrirían transformaciones y tendrían distintos grados de intensidad.
En última instancia, el lugar y el rol que tendría la industria en el proyecto peronista se derivan de una idea más general que se relaciona con el concepto que tenía Perón acerca de la riqueza de una país como la Argentina. En este punto conviene recordar que las ideas del líder tienen preeminencia y marcan las grandes trazas por las que se formula la IEE.
Esto implica que dentro de la elite peronista pueden haber distintas concepciones respecto de la economía y el rol de la industria que agregan matices a las políticas finalmente implementada. Por ello, vale aclarar que lo que sigue se basa en las ideas de Perón, aunque en gran medida representaba el sentido común de la época.
Para el líder justicialista la base de la riqueza consistía en la producción agrícola ganadera. Por lo tanto, cualquier posibilidad de desarrollo no podría sostenerse sino sobre el imperativo de aumentar la producción primaria. Aparentemente, esto se fundamentaba en la concepción ricardiana de las ventajas comparativas, aspecto compartido y principio rector de la economía política propuesta por la SRA. Sin embargo, la concepción del ciclo económico en las circunstancias históricas que se vivían, alejó el proyecto peronista de esta idea básica.
En efecto, la posibilidad de expandir la riqueza y lograr un crecimiento basado en la explotación de los recursos naturales sería el punto de partida sobre el cual la industria agregaría valor y ampliaría consecuentemente las posibilidades de expansión. El círculo se cerraría con un adecuado sistema de comercialización (interno y externo) que, mediante una política “inteligente”, administraría los flujos de la producción en todos los sectores a fin de lograr una correcta y justa distribución de los bienes, maximizando la obtención de precios ventajosos para la producción exportable. El instrumento encargado de administrar esta función neurálgica en el sistema económico nacional sería el IAPI.
Desde este punto de vista, queda claro que la propuesta no pasaba por la “transformación estructural” de la economía, sino que más bien se procuraría una recanalización de los flujos económicos, tanto los internos como los externos. Podría pensarse que estas ideas manifestaban una contradicción fundamental que terminaría por hundir no sólo el propio proyecto peronista sino las posibilidades de construir una industria debidamente articulada y sostenible, más allá del alto precio circunstancial de las materias primas. Pero en el discurso de Perón no existía tal cosa. En tanto que consideraba que la economía era una sola, eran las distintas circunstancias y las propias necesidades del desarrollo en cada etapa las que
obligaban a estimular uno u otro sector. En este sentido, en un discurso del 4 de abril de 1946126, interpretó que la prioridad, más que generar una transformación estructural pasaba por:
“(…) construir y mantener en buen orden una sana estructura social y económica. Los recursos naturales constituyen los cimientos de esa estructura. Su aprovechamiento requiere estimular la producción. De ahí que haya predicado la industrialización del país, pero no debe darse un sentido exagerado a este propósito. Para lograr una industrialización adecuada, se determinarán las actividades que requieren el apoyo del Estado por la vital importancia que tiene para el país o para contribuir al intercambio mundial con productos elaborados o semielaborados, cuidando de aprovechar todas las posibilidades que permite nuestro pródigo suelo. La consolidación de las actividades básicas –agricultura, ganadería– irá acompañada de la industrialización conveniente. El ritmo de los progresos estará supeditado, forzosamente, a las posibilidades de utilizar racionalmente los recursos energéticos aún inexplorados” (Perón, [1946] 1997, vol. 8: 63)
En el contexto inmediato de la posguerra, la orientación económica hacia el mercado interno era altamente funcional al proyecto peronista. En tanto que la industrialización significaba mayor valor agregado y mano de obra, se pagarían mayores salarios, los cuales, volcados al mercado interno, expandirían las posibilidades de la industrialización. Gracias a la organización de la economía por parte del Estado peronista, el consumo coincidiría con el capital. En un discurso pervio a las elecciones, el 10 de febrero de 1946 en Rosario, Perón se refirió a la “riqueza agrícola, ganadera y extractiva” y sostuvo que
“esa riqueza multiplicada por la industria permitirá un ciclo de organización completo de su economía. Una mayor industrialización permite comerciar y aumentar los precios y ello permite una mejor distribución para el hombre; con ello aumenta el poder adquisitivo del trabajador y tiene mayor capacidad de consumo” (Perón, [1946] 1997: 24).
Centrarse en el mercado interno, tenía además al ventaja de reforzar el poder del Estado dentro del conjunto social y, en particular, manejar los resortes de la economía como para lograr que el proyecto peronista de armonía social se llevara a cabo. En este sentido, se preveía una cuota
126
Es importante mencionar el contexto de este discurso. El mismo, es pronunciado luego de ganadas las elecciones y antes de asumir, período en el que Perón buscó bajar el tono del conflicto político y evitar la exacerbación de posiciones que habían caracterizado la campaña electoral. Durante su transcurso, la sociedad pareció jugarse al todo o nada frente a un proyecto político (Luna, 1972; De Ipola, 1983), pero ahora se hacía necesario generar las condiciones para poder gobernar. Por ello, en los discursos posteriores a los resultados eleccionarios, Perón hizo un llamado a la unidad y llamó a olvidar “los agravios” y “las ofensas”, “considerando a todos los argentinos como hermanos” y pidió a todos a trabajar por el “bien de la patria”.
necesaria de “desmercantilización” de la relación empresario-trabajador127, lo cual tendría importantes consecuencias sobre la relación laboral y, por lo tanto, en la lógica del conflicto sociopolítico. En aquel mismo discurso sostenía: “Yo pretendo que un mejor estándar de vida ponga a los trabajadores, aún los más modestos, a cubierto de las coacciones capitalistas” (ídem, p. 33). Así, el mercado interno sería la base material sobre la cual se articularía la estrategia sociopolítica de colaboración entre los empresarios y los trabajadores. Los capitalistas obtendrían protección para sus industrias y los trabajadores buenos sueldos.
En ningún lugar mejor en que el discurso de presentación del Primer Plan Quinquenal al Congreso el día 21 de octubre de 1946 queda demostrada esta visión global del proyecto peronista128:
“Sin bases económicas no puede existir bienestar social; es necesario crear esas bases económicas. (…) es menester ir ya estableciendo un mejor ciclo económico dentro de la Nación (…). Debemos producir el doble de lo que estamos produciendo129; debemos a ese doble multiplicarlo por cuatro, mediante una buena industrialización, es decir enriqueciendo la producción por la industria; distribuir equitativamente esa riqueza y aumentar el standard de vida de nuestras poblaciones hambrientas, que son la mitad del país; cerrar ese ciclo con una conveniente distribución y comercialización de esa riqueza; y cuando el ciclo (…) se haya cerrado, no tendremos necesidad de mendigar mercados extranjeros, porque tendremos el mercado dentro del país y habremos solucionado con ello una de las cuestiones más importantes, la estabilidad social (…). Queremos que en la extracción, elaboración y comercialización de esa riqueza, el capital y el trabajo sean asociados colaboradores y no fuerzas en pugna, porque la lucha destruye valores (…)” (Finanzas, Nº 124-125, 1946: 15-16).
En gran medida predominaba en esta visión una actitud voluntarista respecto de la industrialización. En base a una buena organización de la la riqueza existente se duplicaría la producción agroganadera, multiplicando por cuatro su valor a través de la industria.
“¿Qué problema puede tener el país en el orden económico que no podamos solucionar extrayendo una mayor riqueza de nuestra tierra, qué todavía está abandonada e inculta? (…) La solución del problema argentino
127 El término “desmercantilización” es tomado de Esping-Andersen (1993) para dar cuenta
de las consecuencias sobre el mercado que tuvo la implementación de las reformas laborales, derechos de tercera generación, derechos sociales, rompiendo la dependencia de los trabajadores del mercado para la satisfacción de sus necesidades, lo cual habría de manera fundamental la relación capitalista entre el empresario y el trabajador.
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Allí, a diferencia de los discursos pronunciados durante el fragor de la campaña electoral, las palabras y los argumentos habían sido pensados y articulados mucho más detenidamente. Respecto a las características del discurso peronista durante la campaña electoral, ver De Ipola (1983).
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está en aumentar la producción, en el orden de la producción misma, en el orden de su industrialización, y aún en su comercialización” (Finanzas, Nº 124-125, 1946: 16).
En este sentido, los instrumentos básicos para lograr estos objetivos serían la reforma bancaria y financiera, es decir, el uso del crédito sería la principal herramienta para reorganizar y recanalizar los flujos de capital130, dirigiéndolos hacia la industria, “encargada” de agregar valor y generar empleo. El campo, sería el “encargado” de producir la materia prima y las divisas, y el Estado, el “encargado” de controlar y regular todo el proceso asegurando la distribución “justa” de los beneficios.
Los distintos énfasis que tendría la IEE se pueden explicar tanto por el sentido pragmático de “oportunidad” como por el conjunto de problemas a ser resueltos. Ello marcaba la preeminencia de un determinado tipo de objetivos pragmáticos dentro del proyecto. Como Perón mismo lo expuso, el énfasis en la política social, en la industrialización y, posteriormente, en la producción agropecuaria quedaban sujetos a los diferentes ciclos de la “revolución”. En el citado discurso en la presentación del Plan Quinquenal, Perón señaló que la primera fase consistió en “el ciclo revolucionario de la reforma social”, comprendido en el período 1943-1946 a partir de la STP. El segundo ciclo comenzaba en 1946, una vez alcanzada la victoria electoral, donde se consolidaría legalmente lo alcanzado y se potenciarían las bases económicas para aumentar la producción y distribuirla socialmente.
Si la base de la riqueza consistía en la producción agropecuaria, la IEE en el sector primario asumía un carácter estratégico. No obstante lo cual,