121 medio disfruta de un nivel de vida mucho más elevado con menos horas de trabajo. El adelanto de la ciencia y de los inventos significa más tiempo libre para las ocupaciones que nos agradan. Hemos bosquejado en líneas generales las posibilidades de vida bajo un sistema sensato, donde quede abolida la ganancia. No es necesario descender a los detalles minúsculos de una situación social así; se ha dicho lo suficiente para mostrar que el anarquismo comunista significa el bienestar material más grande con una vida de libertad para todos y cada uno. Podemos imaginarnos el momento en que el trabajo se haya convertido en un ejercicio agradable, una gozosa del esfuerzo físico a las necesidades del mundo. Entonces el hombre volverá su mirada atrás a nuestra época presente y se admirará de que el trabajo haya podido ser alguna vez una esclavitud y se cuestionará la cordura de una generación que soportaba que menos de una quinta parte de su población ganara el pan para el resto mediante el sudor de su frente, mientras que los otros holgazaneaban y desperdiciaban su tiempo, su salud y la riqueza del pueblo. Se extrañarán de que la más libre satisfacción de las necesidades humanas pudiera ser considerada alguna vez como algo que no fuera evidente de por sí, o que personas que naturalmente buscaban los mismos objetivos insistiesen en hacerse la vida dura y miserable, mediante la mutua discordia. Rehusarán creer que la existencia entera del hombre era una lucha continua por el alimento en un mundo rico en abundancia, una lucha que no dejaba a la inmensa mayoría ni tiempo ni fuerza para la búsqueda superior de lo que satisface al corazón y a la mente.
«¿Pero no significará la vida bajo la anarquía, con la igualdad económica y social, una nivelación general?», preguntas.
No, amigo mío, precisamente lo contrario. Pues la igualdad no significa una cantidad igual, sino igual oportunidad. No significa, por ejemplo, que si Smith necesita cinco comidas al día, Johnson tenga que tener también otras tantas. Si Johnson desea sólo tres comidas, mientras Smith necesita cinco, la cantidad que cada uno consume puede ser desigual, pero ambos son perfectamente iguales en cuanto a la oportunidad que cada uno tiene de consumir tanto como necesite, tanto como su naturaleza particular exija.
No cometas el error de identificar la igualdad en la libertad con la igualdad forzada de un campo de presidiarios. La verdadera igualdad anarquista implica libertad, no cantidad. No supone que cada uno tenga que comer, beber o vestir lo mismo, hacer el mismo trabajo o vivir de la misma manera. Muy lejos de eso; de hecho es exactamente lo contrario.
Las necesidades y los gustos individuales difieren, lo mismo que difieren los apetitos. Lo que constituye la verdadera igualdad es la oportunidad igual para satisfacerlos.
Lejos de nivelar, una igualdad así abre la puerta a la mayor variedad posible de actividad y de desarrollo. Pues el carácter humano es diverso y sólo la represión de esta diversidad tiene como resultado la nivelación, la uniformidad y la identidad. La libre oportunidad de expresar y hacer actuar tu individualidad significa el desarrollo de las desemejanzas y las variaciones naturales.
Se dice que no hay dos tallos de hierba que sean iguales. Mucho menos lo son los seres humanos. En todo el ancho mundo no existen dos personas exactamente iguales, ni siquiera en su apariencia física; todavía más diferentes son en su carácter fisiológico, mental y psíquico. Sin embargo, a pesar de esta diversidad y de más de mil diferencias de carácter, actualmente obligamos a la gente a ser, iguales. Nuestra vida y nuestros hábitos, nuestro comportamiento y modales, incluso nuestros pensamientos y sentimientos quedan prensados en un molde uniforme y son configurados hasta convertirnos en idénticos. El espíritu de la autoridad, la ley, escrita y no escrita, la tradición y la costumbre, nos fuerzan a una rutina común y convierten al
122 hombre en un autómata sin voluntad, sin independencia o individualidad. Esta servidumbre moral e intelectual es más coercitiva que cualquier coacción física, y es más devastadora para nuestra humanidad y nuestro desarrollo. Todos nosotros somos sus víctimas y sólo el que es excepcionalmente fuerte consigue romper sus cadenas, y eso sólo en parte.
La autoridad del pasado y del presente dicta no sólo nuestro comportamiento, sino que domina nuestras mismas mentes y almas, está continuamente actuando para ahogar cualquier síntoma de inconformismo, de actitud independiente y de opinión heterodoxa. Todo el peso de la condena social desciende sobre la cabeza del hombre o de la mujer que se atreve a desafiar los códigos convencionales. Se desencadena una venganza despiadada sobre el protestante que rehúsa seguir la ruta trillada, o sobre el hereje que no cree en las fórmulas aceptadas. En la ciencia y en el arte, en la literatura, la poesía y la pintura este espíritu obliga a la adaptación y ala ajuste, teniendo como resultado la imitación de lo establecido y de lo aprobado, la uniformidad y la identidad, la expresión estereotipada. Pero mucho más terriblemente todavía se castiga el inconformismo en la vida real, en nuestras relaciones y en nuestro comportamiento de cada día. Al pintor y al escritor se le puede perdonar ocasionalmente que desafíe a la costumbre y a lo precedente, porque, después de todo, su rebelión se limita al papel o al lienzo; tan sólo afecta a un círculo comparativamente pequeño. Pueden ser desdeñados o se les etiqueta como a personas raras que pueden hacer poco daño; pero no ocurre lo mismo con el hombre de acción que lleva su desafío de las normas aceptadas hasta la vida social. El no es inofensivo. Es peligroso por el poder el ejemplo, por su misma presencia. Su infracción de los cánones sociales no se puede ignorar ni perdonar. Será denunciado como un enemigo de la sociedad.
Por está razón el sentimiento o el pensamiento revolucionario expresado en una poesía exótica o enmascarado en subidas disertaciones filosóficas se puede perdonar, puede pasar la censura oficial y no oficial, porque ni es accesible ni lo entiende al público en general. Pero expresa la misma actitud disconforme en una forma popular e inmediatamente afrontarás la denuncia frívola de todas las fuerzas que constituyen a preservar lo establecido.
Más perniciosa y mortífera es la sumisión forzada que el veneno más virulento. A través de los tiempos a constituido el mayor impedimento al avance del hombre, poniéndole obstáculos con mil prohibiciones y tabúes, hundiendo su mente y su corazón con cánones y códigos caducos, impidiendo su voluntad con imperativos de pensamiento y de sentimientos, con el «debes» y «no debes» de la conducta y de la acción. La vida, el arte de la vivir, se ha convertido en una insulsa fórmula, monótona e inerte.
Sin embargo, es tan fuerte la diversidad innata de la naturaleza del hombre que siglos de este atontamiento no han conseguido erradicar por completo su originalidad y unicidad. Es verdad que la gran mayoría ha caído en unos carriles tan profundos, mediante incontables pasos, que no pueden volver atrás a los espacios amplios. Pero algunos se escapan de la senda trillada y encuentran el camino abierto donde nuevas vistas de belleza y de inspiración atraen al corazón y al espíritu. A estos los condena el mundo, pero poco a poco sigue el ejemplo y la dirección de ellos. Mientras tanto esos descubridores de sendas han llegado mucho más lejos o han muerto, y entonces les construimos monumentos y glorificamos a los hombres a los que hemos vilipendiado y crucificado, como seguimos crucificando a sus hermanos en el espíritu, los pioneros de nuestros días.
Debajo de este espíritu de intolerancia y de persecución se encuentra el hábito de la autoridad: la coerción a conformarse con las normas dominantes, la compulsión, moral y legal, a ser y actuar como los demás, de acuerdo con lo precedente y con la regla.
Pero la opinión general de que la conformidad es un rasgo natural es enteramente falsa. Al contrario, en el momento en que se presenta la menor oportunidad, sin que lo impidan los
123 hábitos mentales infundidos desde la misma cuna, el hombre manifiesta su unicidad y originalidad. Observa, por ejemplo, a los niños y verás la diferenciación más variada en las maneras y actitudes, en la expresión mental y psíquica. Descubrirás una tendencia instintiva a la individualidad y a la independencia, al inconformismo, manifestada en un desafía abierto y secreto a la voluntad que se impone desde fuera, en la rebelión contra la autoridad de los padres y de los maestros. Toda la instrucción y la «educación» del niño es un proceso continuo de ahogar y aplastar esta tendencia, la extirpación de sus características distintivas, de su distinción de los demás, de su personalidad y originalidad. Sin embargo, incluso a pesar de una represión, supresión y amoldamiento de años, persiste alguna originalidad en el niño cuando alcanza la madurez, lo cual muestra lo profundas que son las fuentes de la individualidad. Coge dos personas cualesquiera, por ejemplo, que han presenciado alguna tragedia, un gran fuego, digamos, al mismo tiempo y en el mismo lugar. Cada una te contará la historia de una manera diferente, cada una será original en su modo de relatarlo y en la impresión que producirá, por su psicología naturalmente diferente. Pero habla a las mismas dos personas sobre un asunto social fundamental, sobre la vida y el gobierno, por ejemplo, e inmediatamente oirás expresada una actitud exactamente similar, el punto de vista aceptado, la mentalidad dominante.
¿Por qué? Porque donde se deja al hombre libre para pensar y sentir por sí mismo, donde no se lo impide el precepto y la regla, y donde no está reprimido por el temor de ser «diferente» y heterodoxo, con las consecuencias desagradables que esto implica, será independiente y libre. Pero desde el momento en que la conversación toca asuntos dentro de la esfera de nuestros imperativos sociales, se encuentra uno en las garras de los tabúes, y se convierte en una copia y en un papagayo.
La vida en libertad, en anarquía, hará más que liberar al hombre meramente de su sumisión política y económica presente. Esto será tan sólo el primer paso, los preliminares para una existencia verdaderamente humana. Mucho más grande y significativos serán los resultados de tal libertad, sus efectos sobre la mente humana, sobre su personalidad. La abolición de la voluntad exterior coercitiva, y con ello el temor a la autoridad, desatará las ataduras de la compulsión moral no menos que de la compulsión económica y física. El espíritu del hombre respirará libremente, y esa emancipación mental será el nacimiento de una nueva cultura, de una nueva humanidad. Desaparecerán los imperativos y los tabúes, y el hombre comenzará a ser él mismo, comenzará a desarrollar y expresar sus tendencias individuales y su unicidad. En lugar del «no debes», la conciencia pública dirás «puedes, tomando la plena responsabilidad». Eso será una educación en la dignidad y la autodependencia humanas, comenzando en el hogar y en la escuela, lo cual producirá una nueva raza con una nueva actitud hacia la vida. El hombre de los días venideros verá y sentirá la existencia desde un plano completamente diferente. Vivir para él será un arte y un gozo. Dejará de considerar la vida como una carrera donde cada uno tiene que intentar convertirse en un corredor tan bueno como el más rápido. Considerará el tiempo libre como más importante que el trabajo, y el trabajo descenderá a su lugar apropiado, subordinado, como el medio para el tiempo libre, para disfrutar de la vida. La vida significará el esfuerzo por valores culturales más delicados, la penetración en los misterios de la naturaleza, la consecución de la verdad superior. Libre para ejercer las posibilidades sin límites de su genio inventivo, para crear y para elevarse sobre las alas de la imaginación, el hombre alcanzará su plena estatura y se convertirá ciertamente en hombre. Crecerá y se desarrollará de acuerdo con su naturaleza. Despreciará la uniformidad y la diversidad humana le proporcionará un interés incrementado en la riqueza de la existencia y un mayor sentido satisfecho de ella. La vida no consistirá para él en funcionar sino en vivir, y consiguientemente alcanzará la especie más grande de libertad, de la que es capaz el hombre, la libertad en el gozo.
124 Tal vez lejos en el futuro. Sin embargo, tal vez no tan lejos, podría uno decir. De todos modos, debemos tener presente siempre nuestro último objetivo, si queremos permanecer en el camino correcto. El cambio que he descrito no llegará de pronto; nada lo hace así. Será un desarrollo gradual, como todo en la naturaleza y en la vida social. Pero un desarrollo lógico, necesario y, me atrevo a decir, inevitable. Inevitable, porque toda la tendencia del crecimiento humano ha ido en esa dirección; incluso si ha ido en zigzags, perdiendo a menudo su camino, sin embargo, siempre ha vuelto al sendero correcto.
Entonces, ¿cómo podríamos hacerlo llegar?