2.2 Historia de Las Prisiones
2.2.1 El nacimiento de la cárcel y su función
El surgimiento de las cárceles está relacionado con el inicio de la Modernidad, cuando
poco a poco los mecanismos punitivos adoptan un nuevo tipo de funcionamiento. Será objetivo
de este capítulo analizar los nuevos mecanismos de control que surgieron con el nacimiento de la
Aunque los historiadores no pueden definir con precisión cuándo se inició la Modernidad,
existe un consenso de que la misma comienza a partir del momento que el hombre formula una
nueva concepción de mundo, de la vida humana y de su propio pensamiento, utilizando los
conocimientos científicos y la razón para lograr la perfección y felicidad humana.
De acuerdo con Giddens (1991) la Modernidad se inició alrededor del siglo XVII
momento que fueron alterados el estilo, las costumbres y la organización social que existían
anteriormente.
¿Cuáles fueron esos cambios sociales que tuvieron lugar con el advenimiento de la
Modernidad? Y ¿Cuál es la relación existente entre los cambios sociales ocurridos en la
Modernidad y las cárceles?
La transición de las sociedades predominantemente agrarias a sociedades industriales fue
el marco histórico que proporcionó este cambio.
Las sociedades agrarias, estaban basadas en la economía natural, es decir, los productos
eran producidos en pequeña escala y de manera diversificada, creados para durar. Eran
sociedades que se mantenían cerradas y aisladas. A causa de dificultades de comunicación se
constituirían diversas culturas. Se trataba de sociedades jerarquizadas, cuya base de legitimidad
política y social era religiosa y el poder sacralizado y absoluto. Había una autoridad tradicional
que monopolizaba la riqueza. El poder se manifestaba en varias formas de autoridades
personalistas, en vez de mediante un estado o burocracia impersonal. El cambio social estaba
estancado. El comportamiento y la mentalidad estaban sujetos a códigos religiosos o morales, y
no a la ley o la ciencia.
En las culturas tradicionales se rinde homenaje al pasado y se valoran los símbolos porque contienen y perpetúan la experiencia de generaciones. La tradición es una manera de integrar el control reflexivo de la acción con la organización del tiempo y el espacio de la
comunidad. Es la manera de manejar el tiempo y el espacio que inserta cualquier actividad o experiencia particular en la continuidad del pasado, presente y futuro y éstos a su vez se reestructuran por prácticas sociales recurrentes. (Giddens, 1991, p. 49).
En cambio, las sociedades modernas están marcadas por el surgimiento de instituciones
como el Estado-Nación y los aparatos administrativos modernos, ya que éstas exigían que las
contingencias fueran calculadas y estuvieran sujetas a una gestión.
La modernidad presenta las siguientes características:
Un desarrollo sin precedentes de la técnica y la ciencia. La representación del mundo a través de la razón, guiada por el presupuesto del progreso y de felicidad humana;
Una gran capacidad de adaptación del sistema capitalista, con un neocapitalismo que asimila la racionalidad técnica;
La organización y sistematización, tanto de las actividades productivas como de la sociedad en general, son realizadas mediante la intervención del Estado y de los
tecnócratas y en consecuencia el Estado crece, asume nuevas y múltiples funciones,
adquieren un papel preeminente y se manifiesta y actúa sobre todos los ámbitos de la
realidad social.
El hombre cambia de paradigma, empieza a pensar que la condición social es un producto
que hay que ganar y que no es otorgado por Dios. Aspectos tales como la disciplina en el trabajo,
la integridad, un cierto nivel cultural, una conducta adecuada y respetuosa y un cierto concepto
del honor y de la honra pasan a ser socialmente apreciadas y exigidas para conseguir obtener
cierta aceptación en sociedad.
Giddens (1991) señala que además del surgimiento del Estado-Nación, otra característica
de la Modernidad es la producción capitalista sistemática. Y dice: ―El agitado y cambiante carácter de la modernidad puede explicarse como resultado del ciclo inversión- beneficio-
inversión, que combinado con la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, provoca la
constante disposición expansionista del sistema‖ (Giddens, 1991, pp. 23-24).
Estas modificaciones a nivel económico engendran una modificación en la manera de
cometer delitos, pues ya que el cambio económico genera una acumulación de riqueza, el punto
blanco de los ―ataques‖ pasan a ser las propiedades y no más el cuerpo, con lo cual describe Foucault (2002), surge una fuerte necesidad de seguridad.
Para Giddens (1991), como consecuencia de lo anteriormente dicho y, para lograr tal
concentración administrativa hace falta crear mecanismos de vigilancia. Por tanto, concluye que
el aparato de vigilancia constituye una tercera dimensión institucional asociada con el capitalismo
y el industrialismo. La vigilancia ha estado íntimamente asociada con el desarrollo del
industrialismo, consolidando el poder administrativo en el interior de fábricas, industrias,
escuelas y oficinas.
Así, la modernidad pasó a preocuparse en punir crímenes que antes no se castigaban,
como consecuencia el perfil de la delincuencia cambió. Un ejemplo de esta afirmación se puede
encontrar en las leyes Isabelinas de 1601, que surgen con el aumento de migración de la
población campesina a la ciudad, provocando un aumento en la pobreza. Estas leyes tenían doble
objetivo: ayudar a los pobres y frenar el vagabundeo, ya que asustaba que su aumento provocase
saqueos.
Los mendigos y las clases más desfavorecidas, antaño considerados como imágenes vivas
de Cristo, van a pasar a ser considerados como la encarnación de la desocupación y la vagancia.
En dicho marco histórico nacen las cárceles y todo un discurso de progreso. Concluye
De hecho la derivación de una criminalidad de sangre a una delincuencia de fraude forma parte de todo un mecanismo complejo, en el que figuran el desarrollo de producción, el aumento de las riquezas, una valorización jurídica y moral más intensa de las relaciones de propiedad, unos métodos de vigilancia más rigurosos, una división en zonas más ceñidas de la población, unas técnicas más afinadas de localización, de captura y de información: el desplazamiento de las prácticas legalistas es correlativo de una extensión y de un afinamiento de prácticas punitivas.
A la sociedad que se estaba formando con el capitalismo y el industrialismo, Foucault le
asignó el título de sociedad disciplinaria, ya que se puso en marcha un dispositivo de reforma
moral con el objetivo de adiestrar a la población en el respeto a la jerarquización social y a estar
orientada a dignificar el trabajo y condenar la ociosidad.
Para su configuración fue necesario realizar un largo trabajo sobre el cuerpo, y sobre todo
recorrer un extenso camino para acceder al alma de los individuos y trabajar con y sobre ella.
Esta organización económica tenía otra forma de gobernar a los individuos y de gobernar sus
relaciones con los otros, gobernar sus conductas, sus formas de comportarse, de desear, y de
pensar en y con la sociedad. Por tanto, el individuo fue largamente investigado e insertado en un
sistema de vigilancia que se ocupaba de someterlos a un conjunto de leyes y normas, con el
objetivo de convertir en dóciles los cuerpos. La ―educación‖ se convirtió en vehículo de socialización, a través de ella se podía transmitir a los segmentos de los estratos económicamente
más desfavorecidos, hábitos y costumbres considerados socialmente más sanos. Esta nueva
socialización dirigida, buscaba implantar buenas doctrinas y con eso eliminar las enfermedades y
la delincuencia, con el cometido de inculcar adecuados hábitos de obediencia, respeto al poderoso
y aceptación general de la nueva sociedad, a través de una formación que incidirá en la bondad
del trabajo y en la necesidad de la asunción de la jerarquía social.
Al investigar la conformación de los dispositivos de control de una determinada sociedad,
Kirchheimer (1984), sobre la manera de asociar el modo de producción de cada sociedad a los
mecanismos punitivos utilizados por la misma.
Así de acuerdo con estos autores, en los momentos en que la fuerza de trabajo se volvía
escasa, los poseedores de los medios de producción sufrían pérdidas y exigían del Estado ciertas
providencias. Este último adopta como una de las medidas recomendables, fomentar el aumento
de la natalidad. Federico II deja constancia de su opinión en una carta dirigida a Voltaire donde
sostiene; ―yo considero al pueblo como un rebaño de venados en un parque señorial cuya única función es la de poblar y mantener sus reservas‖ (Rusche & Kirchheimer, 1984, p. 31). Produciéndose de ese modo muchos matrimonios que darán origen a una prolífica descendencia.
Se tomaron medidas especiales para inducir a los individuos al trabajo. Un ejemplo sería
que la caridad que antes era admitida pasó a ser vista como peligrosa e inefectiva ya que podía
estar incentivando el vagabundeo. Frente al hecho de que la humanidad muestre una excepcional
inclinación al ocio y al placer, ¿qué razón nos puede hacer pensar que ella trabajaría si no fuera
sometida a una acuciante necesidad?
El mérito individual, la renuncia personal fueron características glorificadas en ese
momento histórico en que era necesario hacer que las personas se sujetasen a este nuevo sistema
productivo. Las personas eran convencidas de que el verdadero fin de la vida era el trabajo.
En esta situación, aquel que no asume la necesidad del trabajo y la colaboración al
mantenimiento del status va a ser tildado de indeseable y extraño. La mendicidad pasó a ser
considerada como el pecado de la indolencia y como violación de los deberes de amor fraterno. Y
a partir del siglo XVI los mendigos fueron clasificados en aptos o no aptos para el trabajo. Siendo
que los primeros podían beneficiarse de la asistencia social, mientras que los segundos estarían
El estatuto de Nuremberg, por ejemplo, preveía en teoría cada detalle; prohibición de la mendicidad, obtención de trabajo y suministro de herramientas, adelantos de dinero a los artesanos necesitados, autorizaciones de mendicidad a los incapacitados para el trabajo, etc. (Rusche & Kirchheimer, 1984, p. 31).
En este contexto se inaugura en 1555 en Bridewell, Londres, la primera casa de
corrección, alcanzando su máximo exponente en Holanda. Se trataba del país que poseía el
sistema capitalista más avanzada de la época, por tanto era necesario realizar esfuerzos para
aprovechar la mano de obra disponible, no sólo absorbiéndola dentro de la actividad económica
sino, además ―resocializándola‖ de modo tal que en el futuro estuviera dispuesta a integrarse voluntariamente en el mercado de trabajo (Rusche & Kirchheimer, 1984, p. 47).
En fin, el castigo que la prisión impone, tiene sus verdaderos orígenes en la creación de la
fuerza de trabajo dócil, sumisa y bien regulada que requería la consolidación del capitalismo
industrial. Siguiendo el pensamiento de estos autores, Foucault (2002) argumenta que la prisión
moderna fue creada como un instrumento para enseñar hábitos y disciplina a los individuos, su
objetivo era realizar un trabajo sobre el cuerpo, donde el castigo físico, que era utilizado antes del
surgimiento del capitalismo, se volvió arcaico y se evidenció la ineficacia de las antiguas formas
de control- situacionales y descentralizadas.
Las cárceles abandonarían el anterior suplicio, por lo tanto, el discurso que siempre
involucró las cárceles, apoyado por la ciencia y la razón, era de que estas habían sido creadas,
para mejorar las condiciones inhumanas que imponían los suplicios, lo que supuestamente era un
proceso progresivo de las sociedades.
El suplicio se define como ―Pena corporal, dolorosa, más o menos atroz‖ para Jaucourt (apud Foucault, 2002, p. 32); y añade, ―es un fenómeno inexplicable a lo amplio de la
Según los penalistas de la época, todo era meticulosamente pensado, y así el tiempo de
sufrimiento del condenado correspondía al sufrimiento que la víctima tuvo.
En cambio, para los reformistas de la época las penas se caracterizaban por su enorme
crueldad y había una gran desproporción entre el delito y la pena aplicada. Para ellos, los
acusados no tenían derecho a la defensa y la confesión se podría obtener bajo tortura.
En la segunda mitad del siglo XVIII empieza a nacer una serie de protestas contra el
suplicio. Las obras: El espíritu de las leyes, Montesquieu (1748); El contrato social Rousseau
(1762): Tratado de los delitos y de las penas, Beccaria (1764), inspiraron los debates sobre el fin
de los suplicios.
Rousseau (2009) consideraba el hombre un ser suficientemente sociable y bueno para ser
capaz de establecer un acuerdo común y así obedecer las reglas de la sociedad. Su discurso iba en
dirección opuesta a lo que pregonaba los opositores de la reforma penal de la época. Para ellos, el
pueblo era ignorante y movido por las más vulgares pasiones. El pueblo debería ser guiado por el
soberano, que imponía su autoridad aumentando la violencia en los suplicios.
En cambio, Rousseau creía que los gobernantes eran instrumentos del pueblo, capaz de
establecer la igualdad entre las personas, pero sin utilizar la violencia.
Para que un pueblo en proceso de formación pueda querer las sanas máximas de la política y seguir las reglas fundamentales de la razón de Estado, sería preciso que el efecto se convirtiera en causa, que el espíritu social - que debe ser la obra de la institución – presidiera a la institución misma y que los hombres fuesen antes de las leyes, lo que han de llegar a ser por medio de ellas. Así, pues, no pudiendo al legislador emplear ni la fuerza ni la razón, es indispensable que recurra a una autoridad, de un orden diferente, que pueda arrastrar sin violentar y persuadir sin convencer. (Rousseau, 2009, p. 47).
Beccaria (2015, p. 19) sostenía que las personas para vivir en sociedad y salvaguardar sus
Las leyes son las condiciones mediante las cuales los hombres independientes y aislados se unieron en sociedad, cansados de vivir en un continuo estado de guerra así como, de gozar una libertad inútil por la incertidumbre de conservarla. Por eso. Debieron sacrificar una parte de su libertad para disfrutar del resto, seguros y tranquilos.
Para él cuando una persona comete un delito, está quebrantando este contrato social. Por
eso, deberá ser castigada, de manera que haya una proporción entre la acción punible y la pena,
es decir, la pena debe ser conforme a naturaleza del delito. Beccaria (2015, p. 55) estaba en
contra de los suplicios y sobre este tema decía:
Los países y los tiempos de los suplicios más atroces han sido siempre los de las acciones más inhumanas y sanguinarias porque el mismo espíritu de ferocidad que guiaba la mano del legislador era el que regla la del parricida y la de los sicarios; el trono dictaba leyes de hierro a almas atroces de esclavos obedientes y el de la obscuridad privada palpitaba el estímulo a inmolar a los tiranos para crear otros.
Por eso, para él, la finalidad de las penas era que el temor de perder la libertad causaba
una impresión más eficaz y duradera en el espíritu humano, que los recuerdos llenos de sangre
contenidos en el suplicio, a la par menos tormentoso sobre el cuerpo de los reos. Es decir, las
penas tendrían el objetivo de prevenir posibles delitos, así como, impedir que el reo cometiera
otros delitos. La libertad empezó a ser el bien supremo de todos ciudadanos.
Según Foucault (2002) la finalidad de los suplicios era aterrorizar la población, dejar una
representación simbólica en la memoria del pueblo de que la fuerza del Rey soberano era superior
a la de todos y por eso debería ser testificada por la población, siguiéndose la máxima de que los
súbditos más se atreven a atentar contra el que aman, que contra el que temen.
El suplicio era el símbolo de la fuerza del Rey, no del Rey mortal, sujeto a las debilidades
caracterizada por ser inmortal, intangible, invisible y perfecta. La persona que cometía un delito
desafiaba este poder que le fue asignado al Rey mortal, por tanto merecía recibir castigo ejemplar
con rituales que perpetuaría en la población temor en enfrentarse al Rey espiritual.
Foucault (2002) estaba de acuerdo con Rusche y Kirchkeimer (1984) cuando relacionan el
modo de producción con el tipo de castigo. No obstante se aleja de estos autores ya que no reduce
la explicación al eje económico, y añade además a este debate las relaciones de poder, dentro de
la sociedad disciplinaria, en detrimento de las relaciones de producción.
Una de las primeras estrategias utilizadas por esta nueva tecnología fue la construcción de
espacios físicos que posibilitara la observación y control de los individuos. La arquitectura de las
prisiones fue planificada para facilitar la vigilancia continua sobre los individuos. Como afirma
Foucault (2002, p. 105):
Desarrollase entonces toda una problemática: la de una arquitectura que ya no está hecha simplemente para ser vista (fausto de los palacios), o para vigilar el espacio exterior (geometría de las fortalezas), sino para permitir un control interior, articulado y detallado —para hacer visibles a quienes se encuentran dentro; más generalmente, la de una arquitectura que habría de ser un operador para la trasformación de los individuos: obrar sobre aquellos a quienes abriga, permitir la presa sobre su conducta, conducir hasta ellos los efectos del poder, ofrecerlos a un conocimiento, modificarlos.
Sin embargo, podemos observar, que en un principio la prisión tenía únicamente la
finalidad de asegurar que ―el criminal‖ estaba bajo el poder de la justicia.
En 1773 Howard4fue nombrado sheriff en Bredford, donde empezó a realizar visitas a las
prisiones y a tomar consciencia del estado de abandono que vivía en hombre en prisión. A raíz de
4 Al ser nombrado alguacil de Bedford, el filántropo británico Howard, empezó a visitar las cárceles de Inglaterra y a
través de su obra ―El estado de las prisiones en Inglaterra y Gales‖1777, pudo plasmar su indignación por ver las pésimas condiciones humanas a la que los encarcelados estaban expuestos. A través de su trabajo pudo cambiar el sistema de cuotas de los prisioneros, que consistía en pagar un salario a los carceleros. Su obra trajo aportaciones tanto en el campo de la salud pública como en criminología y derechos humanos. Desde el punto de vista de la criminología, buscó el sentido de la pena de reclusión y convertirla en rehabilitadora. Esta idea embrionaria fue el
estas visitas él propuso una serie de mejorías en estos establecimientos. Creía que a través del
trabajo e instrucción religiosa los criminales podían incorporar hábitos de trabajo y se corregirían.
Concebía la cárcel como un instrumento de temor, de transformación y de aprendizaje. Con este
pensamiento empiezan a buscar la utilidad de las cárceles.
Se puede verificar que Howard5 (1773) inaugura las reformas en las cárceles, se trataba de
mejorar sus condiciones, no de cuestionar su función. Esto revela la importancia en la
organización social que la prisión empezó a ocupar, ya que se la consideraría un instrumento para
mejorar las condiciones de determinados individuos.
A finales del siglo XVIII, Howard6 apunta la importancia de la arquitectura en las cárceles
para unir la conformación espacial a un programa de rehabilitación, que consistía en la enseñanza
de un oficio que debe de ser mantenido en el tiempo y contar con medios materiales, creación de
códigos y reglamentos de conductas tanto para los internos como para los carceleros, y cuidar la
separación de los internos en células, según su situación procesal, edad y sexo.
En este escenario Bentham, en 1791, introdujo el Panóptico, cuyo objetivo era impedir
actos violentos entre los presos dentro de la cárcel, así como, impedir que funcionarios de la