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JONATAN NAZAREVICH

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Soy Jonatan, nací en Bahía Blanca el 7 de Junio de 1991 –lo que para la mayoría de la gente significa que “soy de géminis”– curso la carrera de Licenciatura en Letras en la UNS desde hace dos años. Si pudiera dar alguna información extra, sería un pequeño secreto: me fascina pensar.

Dicho aquello, hay que señalar el lado negativo de la cuestión: hoy en día, el pen- samiento no garpa. Así que si estás por ahí leyendo esto, quizás años después de su publicación, en un libro o sitio que encontraste por casualidad, entregate a un mo- mento de reflexión en honor a este niño proletario. Pensá en lo que sea, el mundo es vasto y sus posibilidades infinitas, aunque nos quieran hacer creer lo contrario. P.D.: Aguante la tarta de atún.

El texto que leerán a continuación fue escrito durante el primer cuatrimestre del año 2017, cuando cursé la materia Cultura Clásica.

Jonatan Nazarevich

Camerino de Quirón. Ipiretio sale, entra Apolonio, golpeando la puerta; Quirón, sumamente ofuscado, lo atiende.

–¡Gloriosísimo Apolonio! Agraciado por las nueve musas de Zeus, el que se com- place en arrojar rayos, ¿acaso vienes a persuadirme para que cese en la cólera que me atormenta?

–Quirón, único entre los centauros, me complacería que no estuvieras en absoluto errado, pero, creyendo lo contrario, temo decirte que esas son, en buena medida, las intenciones de mi visita.

–De antemano debo entonces aplicarme a que desistas de tal empresa. La cólera que se ha apoderado de mi pecho, más dulce que la miel se ha introducido y crece como el humo que exhala la pira fúnebre de un rey amado y reconocido. No pienso volver a trabajar para aquel poeta, ¡cruel!, quien me ha confinado al margen de su obra, sólo porque no encajo con sus pretensiones estéticas.

–Hijo de la oceánide Fílira! No escatimo en recursos a la hora de describir la im- portancia de tu presencia en la obra y comprendo mejor que nadie la naturaleza de tu enojo. Aunque tampoco sería errado reconocer que, para un centauro, raza de seres de aguerrida naturaleza, tus acciones se asemejan más a las de una niña que, perdida entre la multitud, solloza en busca de la mano de su madre.

Ipiretio empolva la cara de Quirón; este lo aparta con desdén. La indignación e im- potencia enmarcan su faz de severidad.

–¿Qué ha escapado del cerco de tus dientes, deiforme Apolonio, de gracioso linaje? ¿Será que debo, con la ayuda de mis habilidosas manos, enseñarte cómo se dirige uno a un centauro? ¡Mi cólera es tan válida como la de cualquiera de aquellos aqueos, de hermosas grebas, que compiten hasta que sus extremidades cesan de responder por un poco de honor! Después de todo, no lo olvides, yo también soy mitad hombre, y merezco todas las consideraciones de tal.

Una lágrima recorre el rostro afligido del centauro.

–Ahora, deberé pedirte que te retires, ya que me es tan odioso como las puertas del Hades quien piensa una cosa y expone otra.

–No te ofusques, gracioso Quirón, de ecuestre linaje! También debes entender que aquel a quien tú llamas cruel es, aún a nuestro pesar, Homero, poeta similar a un dios, el más lírico épico aedo que han tenido el honor de escuchar los hombres de voz articulada. No nos quedará más remedio que esperar que las Erinias, ejecutoras de las leyes, hagan su trabajo.

El semblante de Quirón cambia dramáticamente.

–No me dejas más remedio que preguntarme, venerable Apolonio, ¿no sería lamen- table que, por un mandato divino, la vida de aquel glorioso aedo, semejante a Febo Apolo en el tañido de la lira, llegara de estrepitosa manera a su fin? Quizás, conti- núo preguntándome, de existir un poeta, de excelso talento, quien pudiera tomar su lugar; un poeta que le diera a la épica un carácter más híbrido, en el que el mundo fantástico y el mundo de los hombres conviva en armonía...

–¡Habilidoso Quirón! Temo que Ate ha llegado por ti. Lo que propones es tan inhu- mano como las pezuñas que llevas por pies. ¿Acaso oigo una proposición detrás de

El nacimiento de la parodia

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tu discurso? ¿Será la cólera la que te ha llevado a tejer tan oscuras imprecaciones? ¿Debo recordarte, acaso, el destino de Edipo, quien tras una cólera semejante a la tuya dio muerte a su padre, sin saber de quién se trataba, y terminó tocando las puertas del Hades ciego y habiendo cometido incesto? Pero, ¡que el Crónida me arroje un rayo de estar equivocado! ¿No podríamos recurrir a una solución acaso más civilizada? Conozco a un grupo de pescadores, sus días transcurren quitándose los piojos para matar el aburrimiento y planteándole acertijos a los que al río se acercan. Quizás si lográramos que Homero los encuentre, y que estos le propongan un certero enigma, dejándolo sin palabras, Homero, el que se complace en rimar versos, perdería aquel título del cual se jacta sin pudor ni mesura. Finalmente, ¿será peor castigo tocar antes de tiempo las puertas del Hades o experimentar en vida la muerte representada por la pérdida de semejante honor?

–Audaz Apolonio, tus aladas palabras iluminan mi nublado juicio. No me cabe duda de que tus ideas se propagarán por Grecia más rápido que un resfriado. ¡Que la batracomiomaquia comience!

LA CAÍDA DE TROYA

MELISA BELÉN NIETO

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Mi nombre es Melisa Belén Nieto y tengo 26 años. Nací el 14 de marzo de 1991 en la ciudad de Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires. Al finalizar la escuela, me inscribí en varias carreras al mismo tiempo porque no estaba segura de lo que quería. Me gustaba todo y no me gustaba nada al mismo tiempo. En 2011 empecé a cursar Psicopedagogía y en marzo de 2015 obtuve el título, pero todavía me se- guía faltando algo. Un año más tarde, comencé a cursar la carrera de Licenciatura en Letras en la Universidad Nacional del Sur y, actualmente, ya realicé las materias correspondientes a los primeros dos años del plan.

El texto que leerán a continuación fue escrito durante el primer cuatrimestre del año 2016, cuando cursé la materia Cultura Clásica.

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