La rebelión de las comunidades.- El periodo del federalismo.- Libertad personal y cohesión social.- La comunidad cristiana.- Decadencia de la cultura medioeval.- Descomposición de la comuna.- El mercantilismo.- Los grandes viajes de los descubrimientos.- Ruina del poder papal.- La cabeza de Jano del Renacimiento.- La sublevación del individuo.- El hombre amo.- El pueblo se convierte en masa.- El Estado Nacional.- El Príncipe, de Maquiavelo.- La unidad nacional como instrumento del poder temporal.- Los grandes sacerdotes del nuevo Estado.
Toda institución política de dominio pretende someter a su control todas las agrupaciones de la vida social y -donde le es posible- subyugarlas completamente; pues una de sus condiciones previas más importantes es que todas las relaciones entre los hombres sean reguladas por el órgano intermediario del poder estatal. Este es el motivo por el cual toda fase importante de la reconstrucción de la vida social tan sólo pudo abrirse paso cuando los vínculos sociales internos fueron bastante fuertes para impedir la hegemonía de las aspiraciones de dominio o excIuirlas temporalmente.
Después de la decadencia del Imperio romano, casi en toda Europa surgieron instituciones estatales que llenaron los paises de sangre y fuego y amenazaron todos los fundamentos de la cultura. Si la humanidad europea no se hundió entonces por completo en la más salvaje barbarie, tuvo que agradecerlo a aquel poderoso movimiento revolucionario que se extendió con desconcertante regularidad sobre todos los lugares del Continente y que se conoce en la Historia como rebelión de las comunas. Se rebelaron en todas partes los hombres contra la tiranía de la nobleza, de los obispos y de la autoridad estatal y combatieron con las armas en la mano por la independencia local de sus municipios y por una nueva regulación de sus condiciones sociales de vida. De esta manera obtuvieron las comunas vencedoras sus fueros y regalías y se crearon Constituciones comunales, en las que cristalizó una nueva condición jurídica. Pero también donde las comunas no fueron bastante fuertes para obtener su completa independencia, impusieron a los poderes dominantes amplias concesiones. Así se desarrolló, desde el siglo IX al XV, aquella gran época de las ciudades libres y del federalismo, merced a la cual la cultura europea fue preservada de la completa decadencia y la influencia politica de la realeza naciente quedó restringida por largo tiempo casi sólo al campesinado. La ya mencionada comuna medioeval fue una de aquellas instituciones sociales constructivas en que la vida, en todas sus formas, afluía desde todos los puntos de la periferia social hacia un centro común y en el intercambio infinito llegaba a las más diversas alianzas, que siempre abrieron para el hombre nuevas perspectivas del existir social. En tales épocas se siente el individuo como un miembro independiente de la comunidad; ésta fecunda su obra, mantiene su espíritu en vibración y no permite que se petrifiquen nunca sus sentimientos. Es ese espíritu de comunidad el que obra y crea en mil puntos locales y, precisamente por la multitud inabarcable de sus manifestaciones en todos los dominios de la actuación humana, se condensa en una cultura unitaria que se afirma en la comunidad y se expresa en todo fenómeno de la vida comunal.
En un ambiente social como ése el hombre se siente libre en sus decisiones, aunque está ligado por innumerables relaciones con la comunidad; más aún: esa libertad, en la unión, es precisamente el factor que da a su personalidad fuerza y carácter y contenido moral a su volición. Lleva la ley de la asociación en el propio pecho; por eso toda coacción externa le parece absurda e incomprensible, ya que siente la completa responsabilidad que resulta para él de las relaciones sociales con sus semejantes, responsabilidad que hace servir de cimiento, sin prevenciones, a su conducta personal. En aquel gran período del federalismo, cuando la vida social no estaba aún basada en teorías abstractas y cada cual hacía lo que las circunstancias le aconsejaban, todos los países estaban cubiertos de una densa red de fraternidades juramentadas, guildas de
artesanos, asociaciones eclesiásticas, comunidades de mercado, alianzas de ciudades y otras innumerables asociaciones surgidas por libre acuerdo, que, en consonancia con las necesidades eventuales, se transformaron, se organizaron o desaparecieron de nuevo para dejar el puesto a nuevas alianzas, sin obedecer en ello las indicaciones de un poder central cualquiera que dirige y dictamina de arriba abajo. La comuna medioeval se apoyaba en todas las partes de su rica actuación preferentemente sobre lo social, no sobre lo estatal o político. Esta es la Tazón por la que aquella época es tan difícil de comprender y, a menudo, es completamente inconcebible para los hombres de hoy, que tropiezan desde la cuna a la tumba con la mano ordenadora del Estado. En realidad, la estructuración federalista de la sociedad de aquella época se diferencia no sólo por sus formas de organización puramente técnicas, de las aspiraciones centralizadoras de un período posterior, que aparecen con el desenvolvimiento del Estado moderno, sino principalmente por la actitud mental de los hombres, que hallaba su expresión en los vínculos sociales.
La vieja ciudad no sólo era un organismo político independiente, sino que constituía también una unidad económica especial, cuya administración competía a las guildas. Semejante estructura podía basarse únicamente en la nivelación permanente de las exigencias económicas; en verdad, ésa fue una de las características más importantes de la cultura de las viejas ciudades. Era tanto más natural cuanto que, durante largo tiempo, no existieron en el seno de las viejas ciudades profundas divergencias de clase, y por eso todos los ciudadanos de la comuna estaban igualmente interesados en su persistencia. El trabajo, como tal, no ofrecía ninguna posibilidad de amontonar grandes riquezas, mientras la mayoría de los productores servían para el uso de los habitantes de la ciudad y de sus proximidades. La vieja ciudad no conocía tampoco la miseria social ni las hondas contradicciones internas. Mientras duró esa situación, sus habitantes pudieron fácilmente regular por sí mismos los asuntos que podrían dañar la cohesión interna de los ciudadanos. Por eso el federalismo, que se basa en la independencia y en la igualdad de derechos de cada una de las partes, era la forma adecuada de todas las asociaciones sociales en la comuna medioeval, a la que también el Estado, mientras existió, debió tolerarla. Tampoco la Iglesia pudo pensar en mucho tiempo en conmover esas formas, pues sus representantes habían reconocido muy bien que esa rica vida, con la multiplicidad ilimitada de sus fenómenos sociales, tenía sus raíces profundas en la cultura general de la época.
Precisamente porque los hombres de entonces estaban tan vinculados a sus alianzas cooperativas y a sus instituciones locales, carecían del concepto moderno de la nación y de la conciencia nacional, que habrían de jugar en siglos ulteriores un papel tan funesto. El hombre del período federalista poseía, sin duda, un sentimiento de patria fuertemente marcado, pues estaba, en mayor medida que el hombre de hoy, ligado al terruño. Pero por muy íntimamente fusionado que se sintiera a la vida local de su lugar o de su ciudad, nunca hubo entre él y los ciudadanos de otras comunas aquellas rígidas, insuperables escisiones que se manifestaron al aparecer el Estado nacional en Europa. El hombre medioeval se sentía integrante de la misma cultura y miembro de una gran comunidad que se extendía por todos los países, en cuyo seno hallaban su puesto todos los pueblos. Era la comunidad cristiana, que reagrupó todas las fuerzas dispersas del mundo cristiano y las unificó espiritualmente.
También la Iglesia y el Imperio se apoyaban en esa idea universal, aun cuando eran guiados por razones muy diversas. Para el Papa y el emperador, la cristiandad era la
condición ideológica de la realización de una nueva soberanía mundial. Para los hombres de la Edad Media era el símbolo de una gran comunidad espiritual, en la que se encarnaban las exigencias morales de la época. La idea de la cristiandad era sólo una noción abstracta, lo mismo que la de la patria y la de la nación. Sin embargo, mientras la idea de la cristiandad unía a los hombres, la idea de la nación los escindió y agrupó en campos enemigos. Cuanto más penetró la noción de la cristiandad en los hombres, tanto más fácilmente superaron lo que les separaba, tanto más fuertemente vivió en ellos la conciencia de pertenecer a la misma gran comunidad y de aspirar a un objetivo común. Pero cuanto más eco tuvo en ellos la conciencia nacional, tanto más violentas se volvieron las diferencias entre ellos, tanto más despiadadamente fue relegado todo lo que tenían en común para hacer lugar a otras consideraciones.
Una serie de causas distintas ha contribuído, además, a producir la decadencia de la cultura medioeval de las ciudades. Por las invasiones de los mogoles y de los turcos en los países de Europa y por la guerra de siete siglos de los pequeños Estados cristianos contra los árabes en la Península Ibérica, fue muy favorecida la evolución de los poderosos Estados en el este y el oeste del continente. Pero sobre todo se habían operado en la vida social de las ciudades mismas, hondas modificaciones, por las que fueron socavadas poco a poco las alianzas y organizaciones federalistas y se preparó así el camino para la reforma de las condiciones de la vida social.
La vieja ciudad era un municipio que durante mucho tiempo no se pudo definir como Estado, pues su misión principal se redujo a producir una justa nivelación de las necesidades económicas y sociales dentro de sus límites. Incluso allí donde aparecieron alianzas más vastas, como, por ejemplo, en las innumerables ligas de diversas ciudades para la defensa de su seguridad común, el principio de la igualdad y el del libre acuerdo jugaron un papel importante. Y como toda comuna dentro de la federación disfrutaba de los mismos derechos que las demás, durante mucho tiempo no pudo imponerse una verdadera política de dominio.
Esa condición cambió radicalmente por el paulatino fortalecimiento del capital financiero, que debía su aparición principalmente al comercio exterior. La economía monetaria y el desarrollo de determinados monopolios proporcionaron al capital comercial una influencia cada vez más grande dentro y fuera de la ciudad, y esa influencia tenía que conducir a profundas y vastas modificaciones. Se aflojó cada vez más la unidad interna de la comuna, a fin de ceder el puesto a una creciente estructuración de castas, condicionada por la desigualdad progresiva de las posiciones sociales. Las minorías privilegiadas impulsaron cada vez más claramente a una concentración de las fuerzas políticas en la comuna y substituyeron poco a poco el principio del arreglo mutuo y del libre acuerdo por el principio del poder.
Toda explotación de la economía pública por pequeñas minorías conduce irremisiblemente a la opresión política, lo mismo que, por otra parte, todo predominio político tiene que conducir al desarrollo de nuevos monopolios económicos y a la explotación creciente de los estratos más débiles de la sociedad. Los dos fenómenos marchan siempre mano a mano. La voluntad de poder es voluntad de explotación de los más débiles. Pero toda forma de explotación encuentra su expresión visible en una institución política de dominio que ha de servirle de instrumento. Donde aparece la voluntad de poder, se convierte la administración de los asuntos públicos en una
condición de dominio del hombre sobre el hombre; la comuna adquiere la forma del Estado.
En verdad se operó la transformación interna de las viejas ciudades en ese sentido. El mercantilismo, en las repúblicas urbanas decadentes, condujo lógicamente a la necesidad de mayores unidades económicas, con lo que, por otra parte, se favoreció fuertemente la pugna por formas políticas más consistentes. El capital comercial necesitó, para la defensa de sus empresas, un fuerte poder político que dispusiera de los necesarios medios militares para velar por sus intereses particulares y para defender éstos contra la competencia. Así se convirtió la ciudad paulatinamente en un pequeño Estado que preparó el camino al futuro Estado nacional. La historia de Venecia, de Génova y de algunas otras ciudades libres nos muestra tempranamente las diversas fases de esa evolución y sus condiciones inevitables, fomentadas por el descubrimiento de las vías marítimas a las Indias orientales y luego por el descubrimiento de América. Con ello fueron sacudidos hasta lo más profundo de su esencia los cimientos sociales de la comuna medieval, que ya había sido maltrecha por las luchas internas y externas; lo que había quedado de ella capaz de desarrollo y susceptible de porvenir fue destruído posteriormente de raíz por el absolutismo victorioso. Cuanto más abarcó esa descomposición interna, tanto más perdieron las viejas alianzas su significación originaria, hasta que, al fin, sólo quedó en pie un desierto de formas muertas, sentido por los seres humanos como una pesada carga. Así se convirtió luego el Renacimiento en sublevación del hombre contra las ataduras sociales del pasado, en rebelión del individuo contra la opresión del medio social circundante.
Con la época del Renacimiento comienza en Europa un nuevo período, que produjo una amplia transformación de todas las concepciones e instituciones tradicionales. El Renacimiento fue el comienzo de aquel gran período de las revoluciones de Europa que no ha terminado aún, pues a pesar de todas las conmociones sociales no se ha conseguido encontrar una conciliación interna entre las múltiples necesidades del individuo y las alianzas de la comunidad, conciliación que complementa y fusiona a ambas. Esa es la primera condición previa de toda gran cultura social, cuyas posibilidades de desarrollo pueden ser abiertas y llevadas a su plena expansión tan sólo por un estado semejante de la vida social. También la cultura de las ciudades medioevales brotó de esa condición preliminar, antes de ser atacada por el germen de la descomposición.
Toda una serie de circunstancias había contribuído a producir una honda transformación en el pensamiento de los hombres. Los dogmas de la Iglesia, socavados por la crítica disolvente de los nominalistas, habían perdido mucho de su anterior influencia. También la mística de la Edad Media, que estaba verdaderamente marcada con los signos de la herejía, pues tenía por base la relación directa entre Dios y el hombre, había perdido su encanto y dejado el puesto a consideraciones terrenales. Los grandes descubrimientos de los españoles y de los portugueses habían ensanchado considerablemente el panorama espiritual de los europeos y dirigido de nuevo sus sentidos a la tierra. Por primera vez desde la decadencia del mundo antiguo despertó el espíritu de investigación a nueva vida; pues bajo la dominación ilimitada de la Iglesia sólo había encontrado refugio entre los árabes y los judíos de España, haciendo saltar las ligaduras de una escolástica inerte, incrustada en una sabiduría verbal sin vida que no permitía el florecimiento de ningún pensamiento independiente. Pero apenas volvió el hombre la mirada a la naturaleza y a sus leyes, no pudo menos de ocurrir que su
creencia en la providencia divina comenzase a vacilar, pues los períodos de conocimiento cientifico-natural no han sido nunca favorables a la fe religiosa en los milagros.
También se puso cada vez más de relieve que el sueño de la República cristiana, que reuniera a toda la cristiandad bajo el cetro del Papa, había pasado a la historia. En la lucha contra el naciente Estado nacional, la Iglesia quedó rezagada. Y además se comenzaron a advertir en el propio campo, cada vez con más fuerza, los elementos de la descomposición, lo que condujo a la deserción abierta en los paises nórdicos. Si se tienen en cuenta también las grandes modificaciones económicas y políticas en el seno de la vieja sociedad, se comprenden las causas de aquella gran revolución espiritual cuyos efectos todavía hoy son perceptibles.
Se ha caracterizado el Renacimiento como el punto de partida del hombre moderno, que en aquella época se hizo dueño por primera vez de su personalidad. No se puede negar que esa afirmación tiene por fundamento una parte de verdad. El hombre moderno no ha superado todavía, en realidad, la herencia del Renacimiento; su sentimiento y sus ideas llevan en buena parte el sello de aquel período, aun cuando carecen, en el conjunto, del rasgo característico de los hombres del Renacimiento. No es ninguna casualidad que Nietzsche, y con él los representantes de un exagerado individualismo, que, desgraciadamente, no poseía el espíritu del filósofo, vuelvan con especial preferencia a aquel tiempo de las pasiones desencadenadas y de la errante bestia rubia, para dar respaldo histórico a sus ideas.
Jakob Burckhardt, en su obra Die Kultura der Renaissance in Italien, reproduce un magnífico pasaje del discurso de Pico della Mirandola sobre la dignidad del hombre, que define el doble carácter del Renacimiento:
Te he puesto en el centro del mundo -dijo el Creador a Adán- para que observes tanto más fácilmente a tu alrededor y veas todo lo que existe. Te he creado como un ser que no es ni celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal, solamente para que seas tu propio artífice y amo libre; puedes rebajarte a la categoría de un animal y elevarte a la calidad de criatura divina. Los animales traen consigo del seno materno lo que deben tener; los espíritus superiores son, desde el comienzo o poco después, aquello que han de ser en la eternidad. Tú sólo tienes un desarrollo, un crecimiento de acuerdo con la voluntad libre; tienes en ti el germen de una vida multiforme.
En verdad, la época del Renacimiento lleva una cabeza de Jano, tras cuya doble frente chocan los conceptos, aparecen las contradicciones. Por una parte declaró la guerra a las muertas instituciones sociales de un período pasado y emancipó a los hombres de una red de ligaduras sociales que habían perdido su significación y eran consideradas ya como obstáculos. Por otra parte echó los cimientos de la actual política de dominio y de los llamados intereses nacionales, y desarrolló las ligaduras del Estado moderno, tanto más nefastas cuanto que no habían surgido de acuerdos voluntarios para la defensa de los intereses comunes, sino que son impuestas a los hombres de arriba abajo a fin de proteger y extender más aún los privilegios de pequeñas minorías en la sociedad.
El Renacimiento puso fin a la escolástica de la Edad Media y liberó el pensamiento humano de las cadenas de los conceptos teológicos, pero implantó simultáneamente los gérmenes de una nueva escolástica política y dió el impulso para nuestra moderna teología estatal, cuyo dogmatismo en nada desmerece del eclesiástico, pues actúa de un modo igualmente esclavizador y devastador en el espíritu de los hombres. Junto con las
instituciones sociales de la vieja comuna, se puso también fuera de curso sus valores