CAPÍTULO III: ROSARIO CASTELLANOS:
3.6 La nana, la que pierde su rostro
La niña preguntona, acostumbrada a recurrir a su nana cuando quiere saber algo, le dice:
—¿Por qué te hacen daño?
—Porque he sido crianza de tu casa. Porque quiero a tus padres y a Mario y a ti. —¿Es malo querernos?
—Es malo querer a los que mandan, a los que poseen. Así dice la ley (BC 16).
Una india que vive con una familia blanca es diferente a las demás, porque tuvo que aprender el castellano y está “transculturada”, es decir, en ella conviven las dos culturas al mismo tiempo. El lenguaje que usa la nana es bastante complejo, sus expresiones no son limitadas, al contrario, su tono es ceremonioso, incluso místico. A través de sus cuentos (orales) pasa la memoria de su pueblo a la niña. Así la joven se cría también en dos mundos y se convierte en mestiza. Con el corazón se siente más cerca de su nana y le molestan la actitud autoritaria de su padre y sus injusticias: “Es el que manda, el que posee. Y no puedo soportar su rostro y corro a refugiarme en la cocina” (BC16). En esta escena del capítulo IV, fascinada por su otredad, muestra clara preferencia por el mundo de los indígenas. Aunque se vean muy pobres por su vestimenta, la nana los trata “como si fueran reyes”.
Hablan y es fuego y las mantiene allí unos instantes. Hablan y es como si cerraran un círculo a su alrededor. Yo lo rompo, angustiada.
— Nana, tengo frío.
Ella, como siempre desde que nací, me arrima a su regazo. Es caliente y amoroso. Pero tendrá una llaga. Una llaga que nosotros le habremos enconado (BC 16).
Los indígenas la toleran entre ellos porque sólo es una niña, pero en el momento de su intervención “rompe el círculo”. La nana funciona como sustituto de la madre y es la que realmente va transmitiendo los valores. En una especie de sincretismo de creencias, tiene una fe cristiana más pura que la madre supersticiosa que sólo acude a la comunión de emergencia para salvar a su hijo.
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En la segunda parte en Chactajal, la niña extraña mucho a su nana que se quedó por miedo de los brujos: “–Quiero irme a Comitán. Quiero irme con mi nana” (BC 139). De regreso la niña le trae piedras, pero la nana no se alegra, porque representan para ella un mal augurio que se encadenará enseguida. La niña sabe que a su madre “no le simpatiza esta mujer. Basta con que sea india. Durante los años de su convivencia mi madre ha procurado hablar con ella lo menos posible; pasa a su lado como pasaría junto a un charco, remangándose la falda” (BC 225). Según Zoraida, a los indios hay que tratarlos lo peor posible para que sientan la autoridad. Cuando la nana presagia la muerte de Mario, la madre se enfurece. Ella, siendo la patrona, no puede tolerar estas calumnias. Aunque sabe que tal vez está diciendo la verdad, se aloca y se pone hasta violenta:
Mi madre no obtuvo respuesta y el silencio la enardeció aún más. Furiosa, empezó a descargar, con el filo del peine, un golpe y otro y otro sobre la cabeza de la nana. Ella no se defendía, no se quejaba. Yo las miré, temblando de miedo, desde mi lugar […]
Silenciosamente me aproximé a la nana que continuaba en el suelo, deshecha, abandonada como una cosa sin valor (BC 228, las cursivas son mías).
La niña quisiera intervenir, pero se siente atada a su lugar. La madre es la que tiene el poder y ella tiene que obedecer. La nana, rebajada al suelo, a lo más bajo, es despedida. El destino de ella es inseguro, pero el lector se puede imaginar que difícilmente podrá conseguir otro empleo después de haber trabajado en una familia de blancos.69
Meses después de este suceso, un día que la niña camina por la calle, cree haber visto a su nana y se decepciona. En tono terco e infantil se dice: “Nunca, aunque yo la encuentre, podré reconocer a mi nana. Hace tanto tiempo que nos separaron. Además, todos los indios tienen la misma cara” (BC 285). Sorprende la hostilidad repentina frente a su tan
69 Teresa, la nana de Oficio de tinieblas, huye de la casa porque se siente rechazada por Idolina. Arrepentida,
regresa a la casa de los caxlanes porque ya no pudo integrarse en el mundo de los indígenas que la rechazaban. El trato en la casa de los hacendados será peor, dado que rompió la confianza.
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amada nana; ya no la podrá distinguir. En la percepción de la niña ha pasado muchísimo tiempo, la nana pertenece a un pasado remoto. En estas palabras tan tajantes resuena el eco y el tono despectivo de la madre Zoraida (“Le molestan estos rostros oscuros e iguales y el rumor del dialecto incomprensible”, BC 94). La nana es anónima, no tiene identidad, y al final también para la niña es un rostro entre miles. Es sumamente significativo que ni la nana ni la protagonista tengan nombres (reconocimiento e identidad).70 “La intención de Castellanos es significar que socialmente tanto la niña mestiza y la india, son personajes anónimos por ser mujeres” (Bustamante 46). El rostro de la niña (“La voz de mi madre dice mi nombre, buscándome”, BC 62) igual que el de la nana es irreconocible.
La nana, que tiene mucha experiencia y sabiduría, intuye el final desde el principio. En las primeras líneas de la novela le cuenta a la niña: “–Y entonces, coléricos, nos desposeyeron, nos arrebataron lo que habíamos atesorado: la palabra, que es el arca de la memoria. Desde aquellos días arden y se consumen con el leño en la hoguera. Sube el humo en el viento y se deshace. Queda la ceniza sin rostro. Para que puedas venir tú y el que es menor que tú y les baste un soplo, solamente un soplo” (BC 9). La nana sabe que la niña tiene más poder que ella, un soplo será suficiente para borrarla.
Probablemente el final de Balún Canán le pareció demasiado cruel a Castellanos porque no coincidía realmente con su propia ideología. Tal vez se arrepintió del racismo de su protagonista, y por eso eligió una conclusión más optimista para Oficio de tinieblas donde la nana recupera su rostro y la niña, tras vivir la traición de su propia raza (Julia y su padre), busca una vez más refugio entre los brazos de su madre sustituta: “La nana calló. Con suavidad puso la cabeza de su niña dormida sobre la almohada. Silenciosamente volvió
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a su lugar. Faltaba mucho tiempo para que amaneciera” (Oficio de tinieblas, 368). Este final simboliza la reconciliación entre la mestiza y la indígena.