• No se han encontrado resultados

El narrador y la comunidad

No sólo la voz del narrador parece distinta de la figura de autoridad constituida por el Discípulo amado, sino que ella misma se encuentra inserta en una voz colegial que engloba la totalidad del relato evangélico, desde el prólogo hasta el capítulo 21. Razón de más para no ais- lar estos dos fragmentos: su composición, verosímilmen- te posterior al cuerpo del libro –pero ¿no es ése ya el ca- so de las introducciones y conclusiones de la mayor parte de los textos redactados?– no altera para nada su inte- gración en el libro completo, por la voluntad expresa del último redactor. De esta manera, el sujeto «nosotros» (1ª persona del plural) figura en cuanto voz narrativa en dos ocasiones solamente: en el prólogo y en el estadio del epí- logo. Una inclusión como ésta tiene como efecto, natu- ralmente, situar el conjunto del cuarto evangelio bajo el registro de una enunciación comunitaria, a la vez referi- da a la autoridad del discípulo y mediatizada por un na- rrador omnipresente y absolutamente discreto, hasta el punto de que parece confundirse con la voz autorial re- servada al Discípulo amado.

En el prólogo. El primer sujeto «nosotros» (1,14) cua-

lifica a la comunidad joánica en cuanto sujeto de un «ver» cuyo objeto no es otro que la realidad puesta en escena a lo largo de relato joánico, a saber: la manifes- tación histórica (lit.: la carne) del Verbo de Dios –«Y el Ver- bo se hizo carne, y nosotros hemos visto su gloria...»– en

calidad de la condición filial reconocida al Unigénito (Mo- nogenes): «... gloria como la que un Hijo único [tiene] de

su Padre». El evangelio no tendrá otra función que la de «contar» (1,18) esta «epifanía» en «la carne» del Verbo de Dios, preexistente a toda criatura, y, a través de la per- sona de Jesús, plenamente comprometido en la histo- ria. Ahora bien, esta historización del Verbo –también podríamos hablar de su «humanización»: actualización de la palabra tradicional «encarnación»– se revela a la

comunidad en cuanto tal: «Nosotros hemos visto su glo-

ria»; incluso aunque le corresponda al narrador añadir in- mediatamente la nota explicativa: «Gloria [es decir], lo que un hijo [tiene] de su padre». El objeto de esta nota es aclarar el significado de la palabra «gloria», llevando a cabo a la vez la conjunción entre un enunciado primero relativo al «Verbo» de «Dios» y una interpretación se- gunda que apela a la vida trinitaria, en este caso la rela- ción que une «al Padre» y «al Hijo».

La función devuelta aquí al narrador parece ejercerse en un doble registro: primero, en cuanto portavoz del «no- sotros» comunitario, considerado como el verdadero su- jeto del discurso relativo a la encarnación del Verbo; por otro lado, en cuanto responsable de un «comentario ex- plícito» que apunta no sólo a explicar el sentido de las palabras en su acepción particular, sino también a am- pliar el alcance del enunciado designando un contexto teológico más amplio, el mismo que se desarrollará en los numerosos discursos puestos en labios de Jesús a lo largo del cuarto evangelio.

En el epílogo. La segunda mención del sujeto «noso-

tros» figura al final del libro, bajo la forma de un juicio de valor emitido con respecto al testimonio dado por el discípulo autor: «Éste es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito; y nosotros sabemos

que su testimonio es verdadero» (21,24). Así, entre el Discípulo amado, considerado como la autoridad funda- dora del testimonio joánico al mismo tiempo que el maestro de obra de la redacción evangélica, y la voz na- rrativa encargada del enunciado conclusivo (vv. 24-25), la comunidad en cuanto tal («nosotros sabemos») está en situación de intermediario obligado. No sólo la comuni- dad recoge el testimonio del Discípulo y confía al narra-

Los comentarios explícitos

El cuarto evangelio ofrece la particularidad de incluir un cierto número de «notas explicativas», insertadas a lo largo de la na- rración, que tienen como efecto explicar, incluso corregir, algu- nos elementos del enunciado. Por ejemplo, cuando se acaba de decir que a la vista de los signos llevados a cabo en Jerusalén du- rante la fiesta de Pascua muchos judíos creyeron en Jesús (2,23), el narrador insiste inmediatamente en que no nos dejemos enga- ñar: de hecho, Jesús no tiene ninguna confianza en ellos, «por- que los conocía a todos […] y sabía lo que hay en el hombre» (2,24-25). O bien, en plena descripción de la actividad bautista de Jesús (4,1), el narrador precisa: «Aunque no era Jesús el que bautizaba, sino sus discípulos» (4,2). O también, cuando Jesús declara a los Doce que entre ellos hay un diablo, es decir, uno que divide (6,69), el narrador señala al lector que se está hablando de Judas, pues «éste, uno de los Doce, tenía que entregarlo» (6,70). Y así a lo largo del evangelio…

Naturalmente, la presencia de tales añadidos redaccionales con- firma el hecho de una escritura extendida en el tiempo, que ape- la a un cierto número de correctivos, característica de lo que se ha podido llamar una hermenéutica «escalonada». Por otra parte, aquí estamos ante elementos que pertenecen a lo que se llama el «comentario explícito»; dicho de otra manera, la intervención di- recta del narrador, en posición de juez y árbitro con respecto a su propio texto, concediéndose omnisciencia para ofrecer al lector un cierto número de explicaciones o claves de interpretación que tienen como efecto facilitar la lectura orientándola.

dor la misión de hablar en su propio nombre, sino que lleva a cabo la verificación del contenido así transmitido, ejerciendo de esta manera una real autoridad con res- pecto a la palabra emitida.

Sin embargo, el narrador no queda totalmente diluido en el colectivo, cuyo mandato parece ostentar. En efec- to, justo después de la segunda ocurrencia del «noso- tros» figura la única mención de un «yo» en posición de sujeto de la enunciación. Se trata de la última frase –so- bre la que volveremos, por cuanto es rica en informa- ciones relativas al estatuto del libro– con la presencia del verbo «pienso», en posición principal rigiendo una su- bordinada de infinitivo: «Jesús hizo aún otras muchas cosas; suponiendo [modo eventual] que se escribieran una a una, pienso que no cabrían en el mundo los libros

escritos» (v. 25). La última palabra del libro le correspon- de, pues, al narrador, en situación de editor, no hablan- do en su propio nombre («pienso») más que una vez, en el momento de entregar el libro acabado a los lectores, a partir de ese momento dueños del juego.

En el cuerpo del relato. De esta manera, el narrador

afirma su existencia y su función, al mismo tiempo que declara su dependencia con respecto a la comunidad. Es notable que, en varias ocasiones, el pronombre «noso- tros» se inserte en la trama narrativa del evangelio, ape- lando así a grupos más amplios que los protagonistas in- dividuales.

Por ejemplo, en el diálogo de Jesús con Nicodemo (Jn 3), los dos interlocutores se ponen de repente a hablar en plural: «nosotros – vosotros». Desde un punto de vista histórico, es absolutamente legítimo ver el eco de los diá- logos judeocristianos, proseguidos después de Jesús y que ponen en presencia a dos grupos distintos: la sina-

goga farisea, vinculada a su interpretación de las Escritu- ras, y la joven Iglesia, que propone un nuevo sentido, ca- lificado ya de «espiritual». Asimismo, al comienzo de Jn 9 (curación del ciego de nacimiento), la crítica textual ates- tigua la vacilación entre un texto en singular («Tengo que

cumplir las obras del que me ha enviado»), que concier- ne sólo a Jesús, y una versión en plural que comprome- te a la comunidad joánica en su conjunto («Tenemos que

cumplir las obras del que nos ha enviado»). La aparición del «nosotros» en labios de Jesús supone dos conse- cuencias desde el punto de vista del lector, en alguna me- dida puesto en disposición de apropiarse de un enuncia- do formalmente atribuido a Jesús.

Desde el prólogo al epílogo, la comunidad refuerza la au- toridad del narrador haciendo incesantemente referen- cia al testimonio del Discípulo amado. La voz narrativa que conduce el texto de principio a fin parece, pues, iden- tificable con el «yo» del último versículo del evangelio, en la medida en que éste se presenta a la vez como porta- voz de la comunidad («Hemos visto... sabemos...»: Jn 1,14; 21,24) y el fiel heredero del discípulo autor: «Éste es el que da testimonio de estas cosas y el que las ha es- crito» (21,24).