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Sobre la naturaleza de los intercambios en sociedades no estatales

MARISA RUIZ-GÁLVEZ PRIEGO

2.2. Sobre la naturaleza de los intercambios en sociedades no estatales

Otro aspecto que conviene recordar es que la naturaleza, objeto, cantidad y calidad de los intercambios es obviamente distinta en sociedades estatales y mercantiles, como eran las ciudades fenicias, y las sociedades pre-estatales indígenas. Por tanto, sus escalas de valor eran también diferentes.

Eso es algo que queda muy bien establecido en las primeras páginas de un artículo de Dietler (1995) a propósito de la creación de relaciones entre los indígenas del Sur de la Galia y los comerciantes foceos que desean establecerse en su territorio. El autor inicia el trabajo con el recuerdo de una leyenda sobre la fundación focea de Massalia recogida en el s. IV a.C. por Aristóteles y reelaborada tiempo después por Trogo Pompeyo. De acuerdo con ella, el matrimonio de uno de los comerciantes, llamado Protis con una aristócrata indígena de nombre Gypsis, fue Fig. 1. Representaciones de barcos en los petroglifos de Bohusländ (Suecia) (foto de J Coles 1990).

la base sobre la que se asentaron los derechos de los foráneos a establecerse en el territorio de los indígenas y a trafi car a través del mismo. Lo interesante del relato, como Dietler señala, es que son los indígenas, no los foráneos, quienes sientan las bases y condiciones del acuerdo, pues es Gypsis quien elige entre los extranjeros, y además la elección se produce mediante los ritos de integración (van Gennep 1986) propios de la sociedad indígena receptora; esto es, conforme a códigos simbólicos propios, es la mujer quien entrega una copa de bebida al elegido, siguiendo posiblemente los ritos y ceremoniales habituales para estos casos en su propio mundo.

Y esto es algo que debemos tener en cuenta a la hora de analizar el contexto indígena y las condiciones de intercambio previas al establecimiento de las factorías fenicias y el carácter selectivo de los regalos y mercancías que los colonos procedentes de sociedades estatales y mercantiles podrían haber introducido entre las sociedades indígenas receptoras; o, dicho de otro modo, que la aceptación de aquellas además de selectivo, se debió menos a su superioridad técnica que al hecho de que fueran asimiladas y pudieran sustituir a otras que ya previamente existieran dentro de sus propios códigos de categorización. Así, y de nuevo citando a Dietler (1990), éste autor planteó en otro trabajo que el éxito del comercio de vino foceo con los indígenas del Sur de Francia, se debió - como por otra parte parece sugerirlo el propio mito de Gypsis y su copa -, menos a la seducción irrefrenable ante el alcohol, que a que el vino, una bebida no producida localmente, venía a sustituir a otra u otras bebidas alcohólicas locales, consumidas competitivamente entre las elites locales.

Nicholas Thomas (1992) relata la introducción del alcohol a inicios del s. XIX en las islas Marquesas como consecuencia del contacto con los británicos. El jefe tahitiano Pomare I es des- crito por los propios británicos como consumidor entusiasta de las bebidas alcohólicas extranjeras. Lo que ellos no entendían y Thomas (ibidem:36) nos relata es que lo que daba valor al brebaje extranjero era el hecho de que sustituía al kava, la bebida local, en contextos de enorme impor- tancia política, porque ésta era monopolio de aquellos de rango superior y el aspecto de la piel de algunos, fruto del excesivo consumo, se consideraba incluso una insignia de honor. El mismo autor (ibidem:27 y ss) cuenta cómo los visitantes que llegaron a las islas Marquesas entre 1830 y mediados de 1840, encontraron a los indígenas obsesionados con las armas de fuego europeas. La interpretación más obvia parecería - continúa el autor - que ello fuera consecuencia de las propie- dades técnicas de los mosquetes, sobre todo en una sociedad como la de las Marquesas, embarcada en guerras endémicas. Pero, a juicio del autor, la razón era otra. Dada la frecuente inefi cacia de las armas de fuego de la época y lo obsoletas y en mal estado de las que alcanzaban el archipiélago, era más que probable que en la lucha cuerpo a cuerpo, - la habitual entre los indígenas -, el portador del mosquete tuviera más posibilidades de salir él mismo herido que de eliminar a su contrincante. La razón podría haber sido más de índole táctica que efectiva, esto es, el efecto psicológico que el ruido de la explosión pudiera causar en el contrincante. Pero Thomas también rechaza esta expli- cación porque esta ventaja se habría difuminado con el paso de los años y la mayor familiaridad de los indígenas con la pólvora. Por el contrario según él, la gran importancia que adquirieron los mosquetes derivaba de que en las narrativas se asociaba las armas con la llegada de extranjeros a los que se acabó asimilando con jefes guerreros locales. La historia tiene una base real y es la lle- gada del capitán americano Porter a la isla en 1813, en plena guerra contra Inglaterra (1812-1814), y ante las difi cultades para que los indígenas les vendan comida, especialmente cerdos que se con- sumían en contextos ceremoniales, se ve obligado a participar en un ritual de hermanamiento con el jefe local y como consecuencia del mismo, él y sus hombres terminan inmersos en las guerras endémicas con los demás caudillos de la isla.

Un ulterior ejemplo proviene del mundo vikingo, en el que, cuenta Gaimster (1991:113-117), las monedas foráneas eran picadas para comprobar su ley y luego troceadas y usadas por el valor en peso del metal y como colgantes y elementos de adorno, no sólo porque la vikinga era una sociedad no monetaria, sino más importante aún, porque lo que se apreciaba de ellas era su valor simbólico, como expresión del contacto de sus dueños con mercaderes foráneos y gentes de mun- dos distantes. De hecho, en el mismo libro, Samson (1991:126-132), alega, que los comerciantes vikingos que actuaban en Rusia no eran mercaderes, en el sentido de que los agentes eran gente prominente, el objetivo de cuyas expediciones no era simplemente amasar fortuna, sino ganar reputación y posición en su comunidad, por lo que dicha actividad estaba frecuentemente imbuida de violencia, y que es la formación de un estado feudal danés a partir del s. XI lo que acaba con esta actividad al cambiar la naturaleza de la autoridad con la aparición de una nobleza de base terrateniente.