LIBRO PRIM ERO (A)
1 ni|iCdoclcs o Anaxágoras.
En cuanto a aquello para lo cual se llevan a c a to las accio nes, los cambios y los movimientos, de algún modo lo consi deran causa, pero no lo dicen así expresamente, ni tampoco dicen de qué modo lo es. En efecto, los que hablan del Enten dimiento o de la Amistad proponen tales causas como Bien, 10 pero no especifican que sean 42 aquello para lo cual es o se ge
ñera alguna de las cosas que son, sino que de ellas proceden los movimientos. Y de igual modo, también los que dicen que «lo que es» o lo «Uno» son tal naturaleza, afirman que es cau sa de la entidad pero no que las cosas sean o se generen con vistas a ellos43. Conque les ocurre que, en cierto modo, dicen y 15 no dicen que el Bien es causa: en efecto, dicen que lo es, no de
modo absoluto, sino accidentalmente44.
Así pues, que nuestra clasificación de las causas —cuántas y cuáles son— es correcta, parecen atestiguárnoslo también to dos ellos, en la medida en que fueron incapaces de tocar nin gún otro tipo de causa, a lo que hay que añadir que, evidente mente, los principios en su totalidad han de buscarse de este modo, o bien de un modo parecido.
A continuación recorreremos las aporias que pueden susci tarse respecto de estos autores, sobre cómo se expresó cada
20 uno de ellos y cuál es su postura en relación con los principios.
42 Se refiere al Entendimiento y la Amistad. 41 Es decir, con vistas a «Lo que es» y al «tino».
44 Entiéndase: en cierto modo dicen que el Bien es causa, en cuanto que In causa primera que proponen (Uno, Entendimiento) resulta que es buena; pero en cierto modo no dicen que el Bien es causa, ya que la causa primera que aducen no es el Bien como tal. sino otra cosa (Uno, Entendimiento). De ahí que Aristóteles diga que el Bien resulta accidental respecto de la causalidad de tales causas.
C a p ít u l o o c t a v o
(CRÍTICA DE LOS FILÓSOFOS PREPLA TÓ N ICO S)^
Cuantos proponen que el todo es uno y una cierta naturaleza única entendida como materia, corporal ella y dotada de magni tud, es evidente que cometen múltiples errores. En efecto,
(1) proponen exclusivamente los elementos de los cuer-
l>os, pero no los de las cosas incorpóreas, a pesar de que las hay también incorpóreas;
(2) además, suprimen la causa del movimiento46, por más
que pretendan exponer las causas de la generación y de la co tí ttpción, y a pesar de que traten de explicar todas las cosas en términos físicos;
(3) además, por no proponer la entidad ni el qué-es como
i ¿tusa de nada;
(4) y además de estas razones, por proponer alegremente
romo principio cualquiera de los cuerpos simples, a excepción * le la tierra, sin pararse a considerar cómo harán posible la ge neración recíproca de estos cuerpos, quiero decir, el fuego, el
u^ua, la tie iT a y el aire. Desde luego, se generan unos a partir de
otros, unos por mezcla y otros por separación, y esto es de
n Concluida ya la pane expositiva (caps. 3-7), comienza ahora la crítica rtiiMotélica a las doctrinas de los filósofos anteriores. En este capítulo la críti- • alcanza a todos los pensadores que precedieron a Platón, excepción hecha •lo Ion Eléatas (por razones obvias: ya en el capítulo anterior se decía de ellos •|iir «pueden ser dejados de lado en la investigación que ahora llevamos a • nlio», 986b25-26) y de los Atomistas, a los cuales no hay referencia explícita rtlgunji. Se critica sucesivamente a: I) los monistas jonios (988b22~89al9); II) 11 nt|)édocles (989a20-30); III) Anaxágoras (989a30-b21); IV) los Pitagóricos iW % 2l-99Qa32).
* «Suprimen la causa del movimiento» porque solamente atienden a la ihtiicna y ésta es, de suyo, meramente pasiva. Cf* supra, 3, 982a21-27.
suma importancia respecto de su anterioridad y posterioridad recíprocas47. De una parte, efectivamente, habría de pensarse ^ que, entre todos ellos, el más elemental es el primero a partir del cual los demás se generan por mezcla, y que tal ha de ser el 989» de partículas más pequeñas y el más sutil de los cuerpos. (Por ello, la afirmación que más de acuerdo estaría con este razona miento sería la de quienes proponen como principio el fuego, si bien todos los demás están también de acuerdo en que el ele mento de los cuerpos ha de ser de este tipo. Y ciertamente, na- ? die de cuantos han afirmado que el elemento es uno solo ha considerado que lo sea la tierra, evidentemente porque las partí culas de ésta son grandes, mientras que cada uno de los otros tres elementos ha tenido algún defensor: y así, unos afirman que es el fuego, otros que el agua, y otros que el aire: ¿y por qué no los hay también que afirmen que lo es la tierra, como (afirma) la mayoría de los hombres?; éstos, en efecto, dicen que io todo es tierra, y Hesíodo dice también que la Tierra fue engen drada la primera de los cuerpos: tan antigua y popular resulta ser esta idea.)
Así pues, según este razonamiento no sería correcta la afir mación ni de quien proponga cualquiera de ellos que no sea el fuego, ni de quien diga que se trata de algo más denso que 15 el aire pero más sutil que el agua. Pero, por otra parte, si lo que es posterior en cuanto a la génesis es anterior en cuanto a la naturaleza y, a su vez, lo compuesto y mezclado es posterior
47 De mayor a m enor ligereza, los elem entos se ordenan del siguiente modo: fuego - aire - agua - tierra. Partiendo de esto, la objeción de Aristóteles en todo este pasaje (988b29-989al8) se basa en que caben dos criterios para decidir la prioridad recíproca de los elementos: el de aquello que está al prin cipio de la generación o mezcla, y el de aquello que está al final de ella. Según el primer criterio, la prioridad corresponde al fuego, y según el segundo crite rio, conresponde a la tierra: en ningún caso la prioridad corresponde al aire o al agua, dada su situación intermedia.
en i uanto a la génesis, habrá de ocurrir lo contrario de cuanto va dicho: que el agua será anterior al aire, y la tierra al agua.
Acerca de quienes proponen que es una solamente la causa • lo que hablamos, quede dicho lo anterior Y lo mismo también
m alguien propone más de una, por ejemplo, Empédocles, que 20
I ’tl.ihlcce que la materia se identifica con cuatro cuerpos. Des di: luego, a éste le ocurren necesariamente las mismas dificul- imles, amén de otras que le son propias:
(!) en efecto, vemos cómo los elementos se generan unos
II partir de otros: luego el mismo cuerpo no permanece siendo
niempre fuego y tierra. (Acerca de esto ya se ha hablado en los hulados físicos)48;
(2) además y en relación con la causa de que las cosas se
muevan, si ha de ponerse una o dos, hay que reconocer que no 25
»**· ha expresado en absoluto ni con acierto ni con coherencia49;
0 ) en general, los que se expresan de este modo suprimen
necesariamente la alteración. Desde luego, ni el frío puede pro venir del calor ni el calor del frío: ¿pues qué sería, entonces, lo aleclado por los contrarios mismos y qué naturaleza sería la φ κ \ siendo una ella misma, deviene fuego o agua? Él no lo ;*u dice V).
Por lo que hace a Anaxágoras, si se supone que afirmó dos elementos, habrá de suponerse muy especialm ente sobre la liase de un razonamiento que él mismo no articuló, si bien lo aceptaría necesariamente en el caso de que alguien lo propu-
*· Cf. De Cáelo III 7. Para Aristóteles, los elementos se transforman unos en oíros.
w Hstii objeción resulta de la observación hecha anteriormente por Aristó- w lrn en el capítulo cuarto, según la cual «en muchos aspectos es la Amistad la *l»ir u-para y el Odio el que une» (987a23-25). Si esto es así, viene a decir Annióielcs, ¿no bastaría con una sola causa para unir y separar?
m Según Aristóthues (cf. Física I 6-7), el cambio o movimiento exige un tuMrato para los contrarios.
siera. Y si bien su afirmación de que al principio todas las co sas estaban mezcladas es absurda, además de por otras razo nes, por las siguientes: porque resulta que tendrían que haber 989b preexistido realidades carentes de mezcla, y porque no cual
quier cosa puede mezclarse naturalmente con cualquier cosa al azar, razones estas a las que hay que añadir que en tal supuesto las afecciones y accidentes se darían separados de las entida des (ya que de lo que hay mezcla hay también separación), no
5 es menos cierto que si se siguiera lo que pretende decir, articu
lándolo en su conjunto, se pondría seguramente de manifiesto que en su explicación hay algo realmente nuevo51. En efecto, cuando nada estaba separado, obviamente nada verdadero po día afirm arse acerca de aquella entidad, quiero decir, por ejemplo, que no era ni blanca ni negra ni gris ni de color otro alguno, sino que era necesariamente incolora — pues, si no,
io tendría alguno de tales colores— e igualmente insípida por
esta misma razón, y carente de todas las determinaciones de este tipo: en efecto, no es posible que tuviera ni cualidad de terminada, ni cantidad determinada, ni esencia. Y es que, en caso contrario, deben a darse en ella alguna de las formas lla madas particulares, y esto es imposible ya que todo estaba mezclado; tendría que haberse producido ya la separación. Él, por el contrario, afirma que todas las cosas estaban mezcladas 15 excepto el Entendimiento, y que solamente éste es sin mezcla
M Hasta ahora, Aristóteles ha interpretado a Anaxágoras como defensor de dos tipos de causas: la materia (consistente en una infinidad de elementos cualitativamente diversos) y la causa iniciadora del movimiento (el Entendí miento). Ahora propone una interpretación distinta de su doctrina que permití ría descubrir en ella «algo realmente nuevo». Se trata de interpretar la matena. en la mezcla originaria, como sustrato carente de determinaciones (al modo de lo Indeterminado de Anaximandro. la Diada Indefinida de Platón y la pro pia materia última de Aristóteles), y frente a ella, intciprctar al Entendimiento como principio formal.
v puro. Pues bien, de todo esto resulta que viene a afirmar que los principios son lo Uno (éste es, efectivamente, simple y sin me/cla) y lo Otro, (siendo esto último) semejante a como afir mamos que es lo Indeterminado antes de haber sido determi nado y antes de participar en Forma alguna. Conque no lo ex- |Mrsii ni con acierto ni con claridad, si bien lo que pretende
• lecir se aproxima a los que después de él se expresaron al res- 20
peí lo. y más aún (se aproxima) a los hechos tal como ahora se mu»* aparecen.
Ocurre, sin embargo, que éstos están familiarizados sola mente con los razonamientos relativos a la generación y a la
1 1 irrupción y al movimiento. (En efecto, investigan casi exclu
sivamente los principios y las causas de una entidad tal.) Los φΐ<\ por el contrario, teorizan acerca de todas las cosas que •mui. y afirman que, entre las cosas que son, las hay sensibles, 25 l**ro también no sensibles, es obvio que investigan acerca de ambos géneros (de realidad), y de ahí que convenga insistir inris acerca de ellos para determinar —en relación con lo que '•instituye el objeto de nuestra investigación actual— cuáles
•Ir mis afirmaciones son correctas y cuáles no.
Ciertamente, los denominados Pitagóricos, si bien se sirven 30
de principios y elementos más alejados que los filósofos natu- iules (la razón estriba en que no los tomaron de las cosas sensi bles; y es que, entre las cosas que son, las estudiadas por las Matemáticas son inmóviles, a excepción de las que estudia la Astronomía), sin embargo, discuten y estudian las cuestiones lelahvas a la naturaleza. En efecto, explican la génesis del fir mamento y se interesan por todo lo que atañe a sus partes, sus 990a {•emliaridades y su comportamiento, y llevan los principios y lie. causas hasta sus últimas consecuencias en relación con es- !»··, lemas, como si estuvieran de acuerdo con los demás filóso- 1··*, naturales en que «lo que es» no es sino la realidad sensible * loinprcndida bajo el denominado firmamento. Y, sin embar-
5 go, como decíamos, consideran que las causas y los principios son capaces de remontarse hasta las más altas de las cosas que son, y que se acomodan mejor a éstas que a las explicacio nes acerca de la naturaleza.
(1) Sin embargo, no explican en absoluto a partir de qué
puede originarse el m ovimiento, dado que solam ente hay, como sustrato, el Límite y lo Ilimitado, lo Impar y lo Par, ίο ni cómo, sin haber movimiento ni cambio, es posible que se
den la generación y la corrupción y el comportamiento de los cuerpos que se mueven en el firmamento.
(2) Además, aun si se les concediera — o bien llegara a de
mostrarse— que a partir de tales principios se origina la magni tud, aún en tal caso ¿cómo es posible que unos cuerpos sean ligeros y otros pesados?52. En efecto, los principios que estable- 15 cen y a partir de los cuales se derivan sus explicaciones, los
aplican a los cuerpos matemáticos no más que a los sensibles, y por eso no han dicho nada acerca del fuego, la tierra o de cual quier otro cuerpo de este tipo, porque — según creo— no dicen acerca de las cosas sensibles nada que sea propio de ellas.
(3) Además, ¿cóm o puede aceptarse que el núm ero y
las peculiaridades del número sean causas de lo que en el fir- 20 mamento es y se genera, desde el principio y ahora, y que no
haya, sin embargo, otro número aparte de este número de que está constituido el universo? 5\ Y es que cuando, a su juicio, en esta parte está la Opinión, y la Ocasión, y poco más arriba o abajo están la Injusticia, la Separación o la Mezcla, y para de-
25 mostrarlo dicen que cada una de estas cosas es un número
52 Aristóteles se apoya en su propia tesis de la discontinuidad entre lo ma temático y lo físico: es imposible que de determinaciones matemáticas resul ten las propiedades físicas, sensibles, de los cuerpos.
Es absurdo, sostiene Aristóteles, identificar los números que son causas de las cosas con los números que son elementos constitutivos de las cosas ν que, por tanto, se identifican con ellas.
pero resulta que en tal lugar hay ya una multitud de magnitu des reunidas, puesto que tales peculiaridades del número co- i responden a tales lugares— , ¿ha de entenderse que el número «|iic se identifica con cada una de estas cosas es el número que <;stá en el firmamento, o bien que es otro distinto de éste? Pla- irtn, desde luego, afirma que se trata de otro. Y es que aunque 30 tumbién él opina que son números estas cosas y las causas de estas cosas, sin embargo afirma que estas cosas son números sensibles, mientras que sus causas son números inteligibles.
C a p ít u l o n o v e n o
(CRÍTICA DE LA DOCTRINA PLA TÓ N IC A )54
Llegados a este punto, dejemos de lado a los Pitagóricos (desde luego, suficiente es el habernos ocupado de ellos hasta donde lo hemos hecho).
u En este capítulo se acumulan toda una sene de objeciones y argumentos ( numer amos en la traducción) contra la doctrina platónica de las Ideas.
Dos observaciones al respecto. 1) Una parte importante de este capítulo iv<i()b2-991b9) se repite casi literalm ente en dos pasajes del libro XIII i-l, K)78b34-I079b3, y 5. I079bl2-I080a8). Aparte de algunas variaciones mínimas, la diferencia más importante entre ambas versiones estriba en que iiijuf, en el libro I, Aristóteles escribe en primera persona del plural («noso- Hov» j, incluyéndose a sí mismo entre los platónicos, algo que no ocurre en el llWo XIII. que es, por tanto, posterior. 2) Muchas de las objeciones aquí ex* IHirNtfts serian, siñ duda. objeto de debate en la propia Academia y se hallaban üMiienldas en el escrito (perdido) de Aristóteles Acerca de las Ideas. Puesto (jiu* nuestra fuente principal para el conocimiento de esta obra es el Comenta- hh do Alejandro de Afrodisias a la Metafísica, tal comentario constituye un < «implemento particularmente importante para la lectura de este capítulo. (Los ItiiHátjes relevantes del Comentario de Alejandro están recogidos en Aristotelis 1*nnmenta selecta, ed. W. D. Ross, Oxford, 1955. Peri Idean.)
990b (1) Ahora bien, los que ponen las Ideas como causas, en su intento por comprender primeramente las causas de estas cosas de acá, introdujeron otras tantas de distinta naturaleza que és tas, como si alguien, queriendo contar, pensara que no podría hacerlo por ser pocas las cosas y, sin embargo, las contara tras haber aumentado su número. Y es que, en suma, el número de las Formas es igual — o no menor— que el de estas cosas cu-
5 yas causas buscaban y que tomaron como punto de partida
para llegar a aquéllas: efectivamente, para cada cosa individual hay «algo que se denomina del mismo modo» y que existe se parado de las entidades; y de los demás tipos de realidad hay «lo uno que abarca a muchos», tanto para las cosas de acá como para las eternas·455.
(2) Además, ninguno de los argumentos con que preten
demos demostrar que las Formas existen, lo demuestra con evidencia. Y es que de algunos de ellos no resulta una conclu- io sión necesaria, mientras que de otros resulta que hay Formas hasta de aquellas cosas de las que pensamos que no las hay 56. Así, de acuerdo con las argum entaciones que parten de la existencia de las ciencias, habrá Formas de todas aquellas co sas de que hay ciencias; y de acuerdo con (el argumento de)
Se ira la de realidades sensibles en ambos casos: «las de acá» (toísde) son las sublunares, corruptibles; «las eternas» son los astros.
56 Algunos argumentos, dice Aristóteles, no alcanzan la conclusión desea da: a lo largo del capítulo no se dice explícitamente cuáles son tales argumen tos. (La única crítica específica en esle sentido se halla en 992b9-13. Para otras sugerencias, c f Al e ja n d r o, 78, 12-19.) De otros argumentos, añade, «re sulta que hay Formas hasta de aquellas cosas de las que pensamos que no las hay». En las líneas siguientes explícita Aristóteles cuáles son esas Ideas ina ceptables para los Platónicos: de los objetos de ciertas ciencias (especialmente, de ciertas artes, téchnai); de las negaciones de las realidades (particulares) co rruplibles; de los términos relativos; Idoas de Ideas, como el inevitable «Ter cer Hombre» (predicado común para los hombres y para la Idea de Hombre)
• lo uno que abarca a muchos», (las habrá hasta) de las nega- »iones; y, en fin, de acuerdo con (el argumento de) que «es posible pensar en algo aún después de destruido», (las habrá)
iW las cosas corruptibles, puesto que de ellas queda una cierta
imagen. Además, los argumentos más precisos, unos hacen 15
»jnr haya Ideas de las relaciones, a pesar de que de éstas no admitimos que haya un género por sí, mientras que otros lle van afirmar «el tercer Hombre».
( 0 En general, las argumentaciones relativas a las Formas
MipniTien aquellas realidades cuya existencia nos parece fa los <|iie admitimos las Formas] más importante que la existencia «Ir las Ideas mismas. Resulta, en efecto, que lo primero no es la I >iada, sino el Número, y que lo relativo es anterior a lo que es 20 por sí m ism o57, así como todas las consecuencias — contrarias a los principios de que parten— a las cuales llegan algunos si-