hablen y sobre qué o con quién y lo que saquen de esos razonamientos no les preocupa ni una pizca: ni que algo bajo su influjo o que al experimentarlo eche a perder toda cimiente de su nobleza, ni que ofrezcamos a algún adúltero ocasión para que deje de avergonzarse de sus obras, ni que alguno de los que roban el erario público saque algún pretexto de estas palabras, ni que alguno de los que se despreocupan de sus propios padres se envalentone con ellas» (32-5). Lo que se ve aquí es un marcado desprecio por las consecuencias morales de los discursos (digámoslo así, con todo descuido) nihilistas de aquellos que predican la vacuidad de las cosas, su carencia de naturaleza, de determinaciones específica, etc. Al igual que en la acusación aristocléica hacia los pirrónicos, la indeseabilidad moral de este tipo de prédicas, consiste aquí en que a sus ojos serviría como discurso de justificación para una serie de prototípicas malas acciones (olvidarse de los padres, cometer adulterio, etc.). Además, y como también sucede en Metaph.Γ, en relación a los protagóricos, parte de lo que se increpa a la vertiente neoacadémica del escepticismo es el nulo compromiso moral con los posible auditorios.Poco antes, también, Epicteto refuta satíricamente a aquellos que buscan enseñar que no existe nada enseñable («Aprende de mí, hombre, que no es posible aprender; yo te lo digo y te lo enseñaré si quieres» [Epict. XX 5]) de un modo similar al propuesto por Aristocles. Sobre esto trata justamente la primera sección de Correa (2016b).
inconsistencia dando por sentado el radical imposible de una vida sin asentimiento («inconsistency charge»); el quinto, asume que a falta de un criterio práctico para la acción le será imposible decidir propiamente
cualquier cosa («paralysis charge»); y sexto, el escéptico, llanamente, «no puede vivir una buena vida» («eudaimonic charge»). De los cargos presentados Vogt sólo atribuye el primero directamente a Pirrón, el tercero y cuarto a Sexto, el segundo a la Nueva Academia y el resto en igual consideración para los dos últimos. Y aunque el porqué no termina de quedar claro durante el escrito, lo cierto es que, así planteado, el problema del significado de la «acción» se distribuye en al menos los siguientes sentidos: o bien, ejectuar una acción significa hacer intermediario o partícipe al λόγος del acto, en cuyo caso y a diferencia de los animales, el humano sería aquel que «[requiere] de un acto mental voluntario y racional para ‘inclinar la balanza’» (lo que Correa llama «cargo antropológico» [2016a: 93]); o bien, «acción» se entendería en cuanto aquello, no sólo humano y racional, sino justamente aquello por lo que se alcanza una correcta forma de vivir consigo mismo y con los otros («cargo normativo» [95]), es decir, en términos de Vogt, acción como aquello que propicia εὐδαιµονία; o bien, acción como eso que para suceder requiere de convicciones firmes y creencias establecidas, es decir, acción como aquello por naturaleza incompatible con la no-creencia («cargo nihilista» [97]), lo que en Vogt corresponde tanto a la auto-destrucción, como a la vegetatividad y la parálisis. De este modo, con base en sus respectivas ideas de «acción», la pluralidad de cargos poseería una raíz tripartita: «Si organizamos los cargos en función de su alcance –escribe Correa– de menor a mayor, podemos decir que el dogmático acusa al escéptico de ser incapaz, en virtud de sus posturas y tesis, de llevar una vida feliz, de ser incapaz de llevar una vida humana o, más radicalmente, de ser incapaz de llevar una vida a secas» (98).
Me parece claro que de inicio, la objeción general debe ser considerada en su radicalidad más plena. Es decir, si el pirrónico es consistente, entonces, es un vegetal. Si es un vegetal, entonces, es una especie de entidad sin vida. Hay aquí un doble cargo: el pirrónico renuncia al estar vivo «sin más», se convierte en planta y en materia muerta. Nuevamente en palabras de Correa Motta, «se deja morir». Pero al mismo tiempo (y aquí me distancio) su movimiento de auto-destrucción lo convierte en un anti-modelo filosófico: en un anti- ciudadano, en un anti-sabio, en un anti-humano. Su vegetación entonces no es valedera per se sino que adquiere peso y relevancia en la medida en que destruye desde el interior sus posibilidades de generar una buena vida. Si esto es así, entonces, la inconsistencia de la que se le acusa en caso de negarse a seguir las órdenes del tirano o en caso de devorar a su padre, no sería sino una instanciación de la apraxia. La asunción de su sola posibilidad en el argumento supone incluso que de algún modo, la apraxia en sentido radical ha sido superada (un vegetal simplemente no respondería de ningún modo al tirano o etc.). Pero veamos, esto sólo funciona si tomamos de nuevo la metáfora del vegetal y el asunto de la auto-destrucción como parte de la crítica eudaimónica y a ésta a su vez (veremos a continuación) como naciendo de la no-creencia, es decir, como si ser un vegetal implicara ser incapaz de conseguir una buena vida y como si esta incapacidad se tornara peligrosa dado su vínculo con la apraxia. Aún si se tratara únicamente de poner de manifiesto que el pirrónico es una acumulación de hojas y raíces, un muerto en vida, las objeciones seguirían versando sobre su capacidad de presentarse como modelo de un βίος emulable y digno de confianza.
En este sentido es que, tanto en Aristocles, como en Sexto y Diógenes, la acusación de inconsecuencia es mayormente performática. Esto es: siempre y cuando no hable y no exista, el pirrónico puede escapar de ella sin preocupación. El problema es que, hemos repetido, en ninguna de sus acepciones epocales el pirronismo puede ser considerado un mero discurso intelectivo sobre la naturaleza del pensamiento que se conforme con girar silencioso sobre su propio eje gravitacional. No, el pirronismo, dialéctico, empírico o moral, recordando la clasificación brochardiana, es siempre una forma de vivir. No una forma de vivir así sin más, por supuesto, sino una que pretende (aunque en el caso de Sexto, por pura casualidad) proveernos de ἀταραξία. Su piedra de toque argumental es en este sentido, la simbiosis propuesta entre ese estado de imperturbabilidad y una cierta forma de εὐδαιµονία, de otro modo carecería para los antiguos de utilidad en cuanto propuesta filosófica.192
192 Existen al menos dos aspectos importantes a considerar sobre esta relación de pronto inadvertida (mas no por ello carente de complicaciones) entre la serenidad de espíritu tal y como es entendida en general por los pirrónicos y la así llamada «felicidad». Primero, si nos atenemos sólo a los planteamientos de Sexto en algunos de los pasajes ya mencionados (e.g. M XI 140-1) quizá podríamos decir junto a Nussbaum, que el aire dogmático que pervive in situ la relación se justifica en la medida en que para Sexto, la serenidad de espíritu no es en realidad una creeencia si no una especie de «inclinación natural». En sus palabras: «Ataraxia does not need to became a dogmatic commitment because it is already an animal impulse, closely linked to other natural impulses» (305), si esto es así y nuevamente, siguiendo exclusivamente a Sexto (MIX 112, 118), la «felicidad» bien podría entenderse como parte de ese impulso primario. En lo tocante a Pirrón y el pirronismo temprano, podriamos establecer un nexo entre ambas nociones desde el mismo pasaje de Aristocles en el que se ha centrado la mayor parte de esta investigación si tomamos en cuenta que el pasaje en cuanto tal
Mucho más que en Sexto esto se mira en una refutación muy particular de Aristocles que curiosamente se encuentra precedida por una frase de Timón sobre su maestro y sucedida por un largo párrafo del mismo hacia el mismo personaje.193
what sort of citizen, or judge, or councellor, or friend, or simply human being would such a man make? or on what atrocity would that man not venture who thought that nothing was all honourable or shameful, or just or unjust? for one could not even say that such men are afraid of the law and their penalti; for how could they, who are free from emotion and trouble, as they say? (F4 18)
El marco de escritura nos conduce hacia tres asuntos importantes. Primero, siguiendo la lectura de Chiesara (2001: 129) Aristocles arremete en estas líneas contra la «ἀδοξαστος βίος» (la vida sin opiniones) nacida quizá con formalidad disciplinaria en los trabajos de Enesidemo y desarrollada ampliamente por Sexto Empírico. Esta vida, según se escribe en HP I 21-4, parte del uso de la apariencia194 como criterio195 del actuar, y supone cuatro elementos o si se quiere, principios característicos: la guía de la naturaleza, el control de las pasiones, la consecución del legado de las «leyes y costumbres»196 y el «aprendizaje de las artes». La crítica de Aristocles parece estar dirigida hacia el segundo y tercer rasgo de la vida pirrónica y objetar de inicio su consistencia apartir del principio de «apatía» emblemáticamente representado por el fragmento de las Sátiras que agrega a continuación. En este fragmento, al igual que en la refutación, el blanco a derribar es justamente la «apatía», pero no desde el punto de vista de su posibilidad neta, como veíamos en los Adversus Ethicos, sino haciendo hincapié en el estado indeseable en que vivirían (y harían vivir a sus conciudadanos) aquellos hombres, ἀπαθεῖς, carentes de turbación y faltos de emociones.197 No me parece que en su generalidad, los elementos de este vivir-sin-opiniones puedan atribuirse al pirronismo temprano donde por ejemplo, no existe ninguna alusión a la práctica de las artes y donde explícitamente se nos llama a emanciparnos de la «fútil legislación».198
Segundo (aunque en estrecho vínculo) la remisión directa al estado de apatía que, sabemos, le es típica a Pirrón, así como la aparición de dos fragmentos timonianos antes y después del párrafo, nos brindan elementos para suponer que es en específico al modelo de vida representado por éste al que se acusa y que se le está acusando, justamente, por no tener nada de modélico y nada de ejemplar (¿Cómo es posible admirar a un hombre que por su propio pensamiento es potencialmente pernicioso para el mundo?) Lo que Aristocles cuestiona no es la sola consistencia del pirrónico a sus principios sino la consistencia de su profesión de apatía y falta de opinión respecto a su propuesta eudaimónica. No olvidemos nunca que la síntesis con que se abre el libro octavo tiene como punto de partida básico la pregunta por la felicidad y que hacia la última línea, ésta