CAPÍTULO I. NOTAS PARA UNA TRANSFORMACIÓN DE LAS PRÁCTICAS
1.2 CONSTRUCTOS SOCIALES Y CULTURALES EN LA CONDICIÓN JUVENIL
1.2.1 Nombrar la juventud Un primer paso hacia su reconocimiento
Aries (1987, p. 38), como uno de los principales teóricos de la juventud, expone de manera clara la forma cómo se empezó a significar las edades de la vida en los inicios de la modernidad. Este teórico explica la manera cómo los autores utilizaron una terminología científica del mismo orden de una explicación física para concebir la biología humana, referida más tarde a una experiencia común de la vida expresada en la especulación clásico medieval puramente desde lo verbal: infancia y puerilidad, juventud y adolescencia, vejez y decrepitud.
La sociedad tradicional no podía representar bien al niño, y menos todavía al adolescente. La duración de la infancia se reducía al período de su mayor fragilidad, cuando la cría de hombre no podía valerse por sí misma; en cuanto podía desenvolverse físicamente, se le mezclaba rápidamente con los adultos, con quienes compartía sus trabajos y juegos. El bebé se convertía enseguida en un hombre joven sin pasar por las etapas de la juventud (Aries, 1987, pp. 9–10).
La etapa considerada de los 28 a los 45 años aproximadamente fue reconocida como una mediana edad llena de fortaleza y plenitud, en la que no había cabida para la adolescencia, por eso, se confundió con la infancia. La larga duración de la infancia desde el lenguaje común sin limitarla con la pubertad existió por la indiferencia frente a los fenómenos biológicos. En esta época, se reconoció la primera infancia prolongada hasta los diez años; la mezcla arcaica de edades persistió durante los siglos XII y XVII, cuando en los mismos cursos se encontraban muchachos de 10 y 14 años, adolescentes de 15 a 18, y jóvenes de 19 a 21 años. Lo que da cuenta que en la sociología clásica no se visibilizó esa etapa puente entre infancia y adultez. Fue hasta finales del siglo XVIII y principios del XIX que se logró la separación de la infancia, la adolescencia y la vejez. Por iniciativa de la burguesía, la escuela empezó a experimentar transformaciones con la intención de responder a un deseo de rigor moral: el de aislar a los jóvenes del mundo adulto. El desarrollo de la burocracia también dio origen a la enseñanza
superior –universidad–. Este tiempo dedicado al estudio permitió que los jóvenes gozaran de otros espacios antes de llegar a la vida laboral. Sin embargo, la vida del joven tanto dentro de la escuela como fuera de ésta, dependió por mucho tiempo de las costumbres familiares. “Esta ausencia de separación entre la segunda infancia y la adolescencia, que desapareció en la burguesía a lo largo del siglo XIX, subsiste todavía hoy día en las clases populares apartadas de la formación secundaria” (Aries, 1987, p. 318). Es una crítica a la escuela porque lo enseñado no sólo no podía servir para nada, sino que podía perjudicar al joven por su no pertinencia con los valores socio–culturales de la época.
Los peculiares atributos, la fuerza física, la alegría de vivir, hará del adolescente el héroe del siglo XX. Así, la juventud se volvió un fenómeno general después de la guerra de 1914 cuando los combatientes se opusieron a las viejas generaciones de la retaguardia. “La conciencia de la juventud ha sido primero un excombatiente, y este sentimiento aparece en todos los países beligerantes (…) A partir de entonces se prolongará la adolescencia, acortando la infancia y haciendo retroceder la madurez” (Aries, 1987, p. 54). En esta época, al mismo tiempo que se reconoce al joven como actor político, se comprende la adolescencia como la edad favorita, donde todos quieren estar y quedar, es la reconocida predilección por la juventud. Este tiempo de la juventud que se venía preparando desde finales del siglo XIX, denominado por Ortega y Gasset (1928) imperio de los jóvenes, según Feixa “no era más que la emergencia de una nueva forma de participación política, en la que el factor generacional (estudiantil) capitalizaba los deseos de cambio democrático” (2010b, p. 14). Esto significa que el florecimiento de los jóvenes más que un fenómeno pasajero puede tomarse como una situación trascendental en la construcción de las juventudes actuales.
Esta aproximación muestra como en la primera mitad del siglo XX la categoría juventud no se dio como una construcción autónoma, sino más bien al margen de unas interacciones sociales en las que se situó al joven en limitantes relacionadas con la independencia, la vigorosidad y el hedonismo. Es un modelo relacionado con una especie de moratoria2 en cuanto a espacio temporal. Esta construcción de joven –relación del yo con su ambiente social– desde la teoría del
2 Esta ampliación de tiempo que concede Feixa a la juventud, deja ver el retraso de la incorporación del joven de comienzo del siglo XX al
mundo laboral y a pasar cada vez más tiempo en instituciones educativas. Es un término ambivalente por poner de manifiesto las reacciones contrapuestas que consideran la adolescencia según la clase social.
psicoanálisis propuesta por Erikson (1987) es una experiencia que le da la posibilidad a este sujeto de reflexionar sobre su identidad y su preparación para la adultez. Los jóvenes se convirtieron en depositarios de futuro de sus padres al empezar a concebir un proyecto de familia.
Mientras para los jóvenes burgueses significaba un período de moratoria1 social dedicado al aprendizaje formal y al ocio, para los jóvenes obreros era una de las consecuencias de la segunda industrialización, que los expulsaba del mundo del trabajo y los condenaba al paro forzoso y a la calle (Feixa, 2006, p. 4). Se trata según este autor de la primera generación de jóvenes en la era contemporánea:
generación A (Adolescente). Pasando a la segunda mitad del siglo XX, y desde un concepto de moratoria más profundo, la juventud empezó a ser comprendida como experiencia social. Para el caso europeo y norteamericano, fue la segunda guerra mundial (1939–1945) y las que surgieron después de ésta como la Guerra fría (1947–1991) y la Guerra de Vietnam (1959–1975), referentes que generaron una serie de condiciones que permitieron construir juventudes diversas. A partir de los años 60 en las dinámicas de la modernización –surgimiento del mercado, consumo de la industria cultural y de los medios de comunicación, la educación secundaria para todos…– surge el joven como actor social. Se hace presente en la participación de distintos movimientos estudiantiles, notándose su estrecha relación desde un comienzo con su figura de estudiante secundario–universitario. Es así como se empieza a introducir el concepto de juventud estudiantil. Esta construcción, la resume Feixa (1998) en cinco factores que llevaron a la modificación de las condiciones socio–culturales de los jóvenes.
1) La emergencia del Estado del bienestar, 2) la crisis de la autoridad patriarcal, 3) el nacimiento del teenage market, 4) la emergencia de los medios de comunicación de masas y, 5) el proceso de modernización en el plano de los usos y costumbres que supuso una erosión de la moral puritana (Ej. Revolución sexual) (p. 43).
No cabe duda que, comparado con décadas anteriores, la década de los 60 marcó cambios trascendentales en la significación social de la juventud. Especialmente en lo referido a los procesos de autonomía y participación en diferentes escenarios públicos, pasando de la transformación de costumbres familiares a un universo simbólico propio en la oposición al mundo adulto como resistencia y legitimación como grupo social. Este sentimiento de descontento susceptible de cambio fue reconocida por Feixa (2006, p. 10) como Generación H (Hippy). La mirada optimista con que se identificó la juventud duró poco debido al proceso de
reestructuración socio–económica que se vivió en las sociedades occidentales a mediados de los años 70. La imagen cultural de la juventud empezaría a estar marcada por el conformismo social, de ahí, que se iniciaron estudios de los jóvenes en su realidad social y con sus nuevas formas de violencia juvenil.
Investigaciones como las de Salazar (2002), González (2004) y Pérez (2006) acerca de los trazos sobre juventud en América Latina, muestran que en la segunda mitad del siglo XX la visión que se tuvo de este grupo social es polémica. Visibiliza al joven en un momento de tránsito problemático en el ámbito laboral y en patrones de conducta social y sexual, dejando ver a la juventud como una etapa de la vida carente de experiencia individual y social. No obstante, con la celebración del año Internacional de la Juventud (1985) y bajo el interés por las transformaciones y crisis de esta categoría, se dio una nueva etapa comprendida como el inicio de los estudios sobre juventud en América Latina, que devino dinámicas de cambio y participación en las decisiones políticas y sociales por depositarse en este grupo, según Mejías Quirós (2005), las esperanzas de una movilidad social a futuro.
1.2.2 Construir la mirada socio–cultural de la condición juvenil. Un segundo paso hacia su