sique 57 [1988], 274-279) propone enmendar el texto de los manuscritos
99 Nombre que significa literalmente «pez» Cf también V I I 301 D.
100 Los bordes del imaginario recipiente se encuentran en el Cáucaso (donde habitan los sindos), la zona de la Propóntide (ocupada por los m ig doniotas), el sur de Asia Menor (región ocupada por los licios), Atenas (cuyos habitantes son los descendientes de Cránao, rey m ítico que sucedió a Cécrope), y Chipre (cuya ciudad más importante era Pafos).
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el gran pez, y le traen
tanta como para rodear el perím etro de la ciudad,
mientras otros le prenden fu eg o p o r debajo. Y le llevan un
llego de agua para la salsa de salmuera, [lago
y la sal tardan en traérsela ocho meses sin pa ra r cien yuntas de bueyes.
b Y en la superficie, en torno a sus bordes, navegan cinco esquifes de cinco bancos de remeros a cada lado, y van diciendo a gritos: «¿No vas a encender el fuego, je fe de los licios? ¡Aquí hace frío !
¡Deja de soplar, comandante macedonio! ¡Apaga, celta, si no quieres quemarte también!».
M as no ignoro que esos mismos versos los había empleado c también Efipo en el drama E l soldado de infantería, en el que tras ellos se sitúan además los siguientes [PCG V, fr. 19];
Diciendo tales tonterías cena y vive admirado entre muchachitos,
p ese a que no sabe ni hacer cuentas con el ábaco, pomposo, estirando pom posam ente el manto.
Pero ya va siendo hora de que preguntes, noble Ulpiano, a quién se refiere Efipo cuando se extiende en esta descrip ción, y que nos lo expliques, así como de estas palabras,
Si algo te resulta ininteligible y dificil de captar,
vuelve a preguntármelo de nuevo y entérate con claridad. Tengo más tiempo libre del que quiero,
d como dice el Prometeo de Esquilo101”.
101 Es q u il o, Prometeo encadenado 816-818. E l reto lanzado por D e mócrito a Ulpiano queda sin respuesta a raíz de la intervención de Perrero.
L IB R O VIH 57 Y P errero dijo a voces: “¿Y de qué gran pregunta, que no pez, podría
Ataque de Perrero , n-> . ,
a uipíano ocuparse ese , que siempre anda se parando las espinas de los pescaditos de cocer y los chucletos103, y de cuan to otro pececillo hay aún más desdichado que éstos, m ien tras descarta los filetes grandes? Y es que, lo mismo que
en los festines generosos, dice Eubulo en Ixión [PCG V, fr. 35],
aunque hay pasteles de harina de flor, comen siempre eneldo, perejil y fruslerías,
y berros aderezados,
así m e parece que también Ulpiano «el que disfruta de las marmitas» , como dice mi compatriota Cercidas de Megaló- e polis [Coll. Alex., fr. 11], no come ningún alimento de los que le cuadran a un hombre, pero en cambio vigila a los que sí los comen, por si pasan por alto una espina o un nervio o cartílago entre lo que se les ha servido, y no tiene en cuenta lo que dice el noble e ilustre Esquilo104, quien afirmaba que sus comedias eran tajadas de los grandes banquetes hom éri cos105. Pero era un filósofo de los grandes Esquilo106, el cual, derrotado injustam ente en cierta ocasión, según asevera
102 Es decir, Ulpiano.
103 Peces, unos y otros, de tamaño insignificante, por lo que quitarles las espinas es un paradigma de comportamiento quisquilloso, símbolo del purismo excesivo de que hace gala Ulpiano cuando se trata de cuestiones lingüísticas. Sobre los denominados «pescaditos de cocer», cf. At e n e o, VII 301 A .
104 Es q u il o, TrGF III, test. 112a.
105 Ciclo épico, te s t. 19 B e r n a b é . 106 Es q u il o, TrGF III, test. 113a.
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Teofrasto [fr. 553 Fort.] — o Cameleonte [DSA IX, fr. 7]— f en S o b re e l p la c e r , dijo que dedicaba sus tragedias al Tiem
po, sabedor de que acabaría por obtener el honor merecido. Aún más, ¿cómo podría (Ulpiano) entender lo que le dijo Estratonico el citarista al citaredo107 Propis de Rodas? En efecto, Clearco, en S o b re lo s p r o v e r b io s [DSA III, fr. 80], cuenta que Estratonico vio actuar cierta vez a Propis, que era grande de estatura, pero mediocre en su arte y de menor talla artística que corporal. Y cuando le preguntaron qué tal 348 a era, respondió: «ningún mal pez es grande», con lo que que ría dar a entender, primero, que era insignificante, segundo, que era malo, y además que era grande, sí, pero un pez por su falta de v o z 108. Teofrasto, por su parte, en S o b re lo r id í cu lo [fr. 710 Fort.], afirma que la frase fue pronunciada por Estratonico, pero referida a Símicas el actor, aunque distor sionó el proverbio: «ningún gran pez está podrido». A su vez, Aristóteles, en la C on stitu ción d e N a x o s [fr. 566 Gi- B gon], escribe así a propósito de dicha sentencia: «La m ayo
ría de las personas ricas de N axos vivían en la ciudad, m ien tras que el resto lo hacía dispersos por aldeas. Pues bien, en una de estas aldeas, cuyo nombre era Leístadas, vivía Teles- tágoras, un hombre muy rico, bien considerado y honrado por el pueblo de todas las demás maneras posibles, pero es pecialmente por los regalos que le enviaban cada día. Y cuando alguien bajaba de la ciudad y regateaba el precio de
107 Sobre la diferencia de significado entre estos dos términos, cf. lo dicho en 339 B . Sobre la figura de Estratonico, cf. D. Gi l u l a, «Stratoni- cus, the witty harpist», en D. Br a u n d, J. Wi l k i n s, Athenaeus and his World..., págs. 423-433.
108 Ya que los peces eran considerados mudos, como se discutió en At e n e o, VII 308 B-C. Tanto el proverbio original, que se cita a continua ción, como su alteración jocosa por parte de Estratonico, se basan en la ambivalencia del adjetivo megas, «grande», que, al igual que en castella no, se usa tanto en sentido físico como figurado.
L IB R O v m 59 alguna de las mercancías, los vendedores acostumbraban a decir que antes preferirían regalársela a Telestágoras que ven- c
derla a ese precio. Ahora bien, unos jovenzuelos que que rían comprar un gran pez, como el pescador les dijo eso mismo, hartos de oírlo tantas veces, y bastante borrachos, se precipitaron en tropel hacia la casa de aquél. Y pese a que Telestágoras los acogió amistosamente, los jóvenes lo ultra jaron a él y a sus dos hijas casaderas. Indignados por ello, los naxios tomaron las armas y fueron contra los m ucha chos, y se produjo entonces una gran revuelta, habiéndose puesto a la cabeza de los naxios Lígdamis, que gracias a esta maniobra se proclamó tirano de su patria ***109».
En otro orden de cosas, no m e pa- d rece inoportuno, puesto que se ha men-
Estratonico . 1 1 · · -r-. 110
el citarista clonado al citarista Estratonico , con tar yo tam bién algo sobre la agudeza de sus réplicas. Pues bien, daba lec ciones a citaristas, y como en la escuela tenía nueve estatuas de las Musas y una de Apolo, y dos alumnos, en una ocasión en que alguien le preguntó cuántos discípulos tenía, respon dió: «Gracias a los dioses, doce». Y otra vez que fue de via je a Milasa y vio numerosos templos, pero poca gente, de pie en medio de la plaza exclamó: «¡Escuchad, tem plos!»111, e Macón, por su parte, recoge estas anécdotas suyas [fr. 11 Gow]:
109 La laguna del texto nos priva de la citada explicación del proverbio por parte de Aristóteles.
110 Cf. 347 F-348 A.
111 La gracia de la frase se basa en la sustitución de la palabra leoi (gentes) por neoi (templos), en la frase con la que habitualmente se convo caba al pueblo a la asamblea.
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Estratonico se fu e de viaje a Pela cierta vez, habiendo oído de muchas fuentes con anterioridad que la ciudad solía ponerlo a uno enfermo del bazo. Pues bien, al observar en los baños que muchos jóvenes se ejercitaban junto al fuego,
espléndido en color y fo rm a su cuerpo, afirmó que estaban equivocados quienes se lo habían dicho. Pero cuando vio, al salir de nuevo, a uno que tenía el bazo el doble de grande que la tripa
*** (comentó :)
f «Está claro que éste que está aquí sentado, recogiendo los mantos de los que entran,
se hace cargo también a la vez de sus bazos, para que a [continuación los de dentro no sufran aglomeración alguna».
Un mal arpista que agasajaba a Estratonico cierta vez se puso a hacerle una demostración de su arte a la hora de
Y aunque el festín era brillante y pretencioso, [las copas. Estratonico, viéndose destinatario de la interpretación, y no
[.teniendo a nadie más con quien hablar, hizo añicos su vaso.
349 a Pidió uno más grande, se tomó muchas copas, y tras brindarle al Sol el cáliz, se lo bebió
en un pispás y se echó a dormir, entregándose al destino. M as p o r casualidad llegaron en tropel algunos
otros conocidos del arpista, según parece, y Estratonico se emborrachó rápidamente.
Y cuando luego le preguntaron p o r qué había bebido tanto [vino sin parar, y se había emborrachado tan pronto, respondió: «Es que ese arpista insidioso y maldito,
L IB R O v m 61 después de darme de cenar, me mató como a un buey en el ¡pesebre».112 Estratonico, cierta vez que había ido a Abdera
al concurso que se celebraba en dicho lugar, al ver que todo ciudadano tenía
a título personal un heraldo que, cuando quería cada uno, le anunciaba la Luna nueva,
y que los heraldos en aquella tierra casi eran
en proporción muchos más que los simples particulares, se puso a caminar p o r la ciudad sobre las puntas de los pies, lentamente, con la mirada fija abajo en el suelo.
Y cuando un extranjero le preguntó
p o r el accidente que le había sucedido de improviso en los [pies, le respondió: «Los tengo perfectam ente bien, extranjero, y puedo correr mucho más deprisa que los aduladores a un
Pero me angustia y temo sobremanera [banquete.
pisar a un heraldo y atravesarme un p ie con él»113. Otra vez que se disponía a tocar durante unos sacrificios un m al tañedor de «aulós», dijo Estratonico: «Guarda reli-
\gioso silencio114, hasta que,
112 Las palabras de Estratonico contienen un eco de dos pasajes de la