A pesar de lo que la explicación de los ejemplos anteriores pudiera suge- rir, la distinción kripkeana entre designador rígido y designador no rígido no es equivalente a la distinción tradicional entre nombres y descripciones, aun- que esto se verá en el apartado siguiente. De lo que tratará esta sección es de la idea kripkeana de que nombres y descripciones pertenecen a categorías lógi- cas distintas. Esta diferencia lógica se reconoce por la diferencia en el com- portamiento de estas expresiones en contextos regidos por un operador modal. La concepción kripkeana de los nombres es contraria a lo que él mismo llamó, en El nombrar y la necesidad, “la concepción Frege-Russell”. Aunque Frege (apartado 2.4.2) y Russell (1905) no tienen la misma teoría de los nom- bres, a efectos de la crítica kripkeana se podría resumir lo que tienen en común diciendo que ambos sostienen que los nombres propios del lenguaje natural
son, de alguna manera, equivalentes a una descripción definida que propor- ciona el sentido del nombre. En realidad, las características que Russell atri- buye a los nombres propios son las mismas que defendió J. S. Mill5y las que
posteriormente ha propuesto Kripke. Para Russell, un nombre propio es un signo simple cuyo único papel semántico es la referencia a un objeto –en algu- nas épocas de su pensamiento incluso añadió que éste debía ser un “objeto de conocimiento directo”–. Sin embargo, el hecho de que en el lenguaje natural aparecieran expresiones con la categoría sintáctica de nombres propios pero sin referencia –“Alonso Quijano”, por ejemplo– junto con el hecho de que algunos nombres aparecieran en enunciados existenciales (negativos) signifi- cativos –“Doña Ana Ozores no existió realmente”–, motivaron la conclusión –bastante antiintuitiva– de que los nombres propios del lenguaje natural no son en realidad nombres lógicamente propios. La tesis de Russell es que los nombres propios del lenguaje natural son, de hecho, descripciones definidas truncadas o disfrazadas y la tesis de Frege –motivada por la paradoja de la iden- tidad– es que los nombres tienen un sentido que puede expresarse mediante una descripción. En ambos casos, nombres propios y descripciones definidas se consideran tipos de expresiones con el mismo comportamiento lógico-semán- tico. Tanto Searle6como Wittgenstein (1953: § 79) elaboran ciertas modifi-
caciones a la posición Frege-Russell. Para Searle, los nombres propios tienen un sentido que puede expresarse en un conjunto disyuntivo de descripciones. Para Wittgenstein, los nombres propios tienen un sentido indeterminado que sólo se fija para objetivos concretos. Hablando estrictamente, Frege, Russell, Searle y Wittgenstein tienen posiciones distintas respecto del significado de los nombres propios. Pero, a efectos de la crítica de Kripke, todas ellas son igualmente erróneas porque sostienen que los nombres, además de señalar a un objeto, proporcionan algún tipo de información acerca del objeto señala- do y que esta información forma parte del significado del nombre. Kripke rechaza esto último y utiliza para ello un argumento que puede interpretarse en clave semántica o en clave metafísica: si alguna descripción diera el senti- do de un nombre propio, la oración formada por el nombre, la identidad y la descripción sería analítica (versión semántica). Dado que el paradigma en el que se encuentran los filósofos anteriores a Kripke implica una identificación entre las categorías semánticas y metafísicas, se sigue que si la oración es ana- lítica, el enunciado expresado por ella es necesariamente verdadero y la pro- piedad recogida en la descripción se convertiría en una propiedad esencial del objeto nombrado (versión metafísica). Esto puede quedar ilustrado con el ejemplo (3)
(3) Dante es el autor de La divina comedia.
Es probable que todo lo que la mayoría de la gente sepa del poeta italiano sea lo que se dice en (3) y, por eso, es plausible pensar que cada vez que alguien dice “Dante” no quiera decir otra cosa que “el autor de La divina comedia”. Ésta parece ser la intuición que subyace a la posición tradicional. La posición de Kripke, sin embargo, equivale a decir que si “el autor de La divina come- dia” fuese el significado de “Dante”, (3) no daría ninguna información factual y su negación no sería sólo falsa sino contradictoria. Por otra parte, el enun- ciado expresado por (3) tendría que ser necesariamente verdadero y, de ese modo, Dante parecería condenado a ser poeta y a escribir esa precisa obra. Sin embargo, la oración (4)
(4) Dante podría no haberse dedicado a la literatura
tiene perfecto sentido, luego algo debe andar mal en la concepción de Fre- ge, Russell y los demás. Y lo que anda mal, en opinión de Kripke, es que las descripciones no dan el sentido de los nombres. No hay ningún sentido que dar, los nombres son expresiones puramente denotativas, aunque las des- cripciones pueden usarse y, de hecho, se usan para fijar la referencia de aqué- llos. Sin embargo, las descripciones que fijan la referencia de un nombre sólo ofrecen propiedades contingentes. A lo sumo se utilizan descripciones para indicar a la audiencia cuál es el objeto al que un determinado nombre refie- re, esto es, se usan como herramientas para llamar la atención sobre un obje- to. Pero esto no significa que la descripción sea, en ningún sentido, sinóni- ma del nombre.
Todo lo indicado puede mostrarse y, de hecho, así lo hace Kripke, inves- tigando el comportamiento de nombres y descripciones en contextos regidos por operadores modales. En ellos se descubre una disparidad que obliga a cla- sificarlos en categorías diferentes. Así, en contextos que caen bajo el dominio de operadores como “necesariamente”, “es posible”, “es imposible” y los demás relacionados con éstos, los nombres propios y las descripciones tienen pro- piedades lógicas distintas. La diferencia de comportamiento esencial ha sido parcialmente ilustrada en la sección anterior mediante los ejemplos de Cela y el último Nobel de Literatura español. Pero la cuestión requiere más atención. Supóngase que alguien dice (5)
El operador modal de (5) es “podría” y ahora cabe preguntarse si lo dicho en (5) es verdadero o falso. Aquí surge entonces el problema de determinar qué es realmente lo que se dice en (5). ¿Se está preguntando si Cela podría haber sido mujer o más bien si la Comisión podría haber elegido a una mujer para el pre- mio? Pues parece que ambas cosas. La interpretación actualmente más aceptada es que (5) es una oración ambigua, esto es, que expresa más de un enunciado. La ambigüedad detectada en (5) tiene que ver con las dos diferentes funciones que la descripción “el último Nobel de Literatura español” puede desempeñar. Por una parte, la descripción puede entenderse como un medio de identificar a la persona que de hecho satisface lo dicho en ella, a Cela. En este caso se dice que se está ante una lectura de re de la descripción en el contexto modal o tam- bién ante un uso referencial de la descripción. Formalmente,
(5.1) [ıxDx] ◊ MıxDx.
Por otra parte, alguien podría estar interesado en hablar de las caracterís- ticas que debieran cumplir las personas (cualquier persona) que ocuparan el cargo y aquí “el último Nobel de Literatura español” no referiría a nadie en especial. En este caso, se está ante una lectura de dicto de la expresión des- criptiva7o también ante un uso atributivo de la descripción. Formalmente,
(5.2) ◊ [ıxDx] MıxDx.
La doble posibilidad de una interpretación de dicto y una interpretación de re no se da, de acuerdo con Kripke, en oraciones con nombres propios. En (6)
(6) Cela podría haber sido una mujer
sólo se expresa un enunciado equivalente a una de las interpretaciones de (5), i.e. (5.1). Ahora se está en condiciones de formular la diferencia fundamental en el comportamiento lógico de nombres y descripciones: mientras los pri- meros no dan lugar a equívocos, algunas descripciones producen ambigüedad de dicto /de re en contextos modales.