Y o había elegido contarle todo a Mechi no solamente por aquellos motivos que suponía Felipa y que me hacían poner colorado. Es verdad que Mechi me gusta. Pero el motivo principal que me impulsó a compartir con ella mi secreto es... que Mechi me gusta. Eso ya lo había dicho, cierto. Lo que no dije es que Mechi es capaz de pensar con frialdad aun en las situaciones más comprometidas; es organizada y práctica. Y lo demostró enseguida:
—Sancho, ¿qué espera de nosotros?
La pregunta fue tan directa y contundente que, creo, tomó a Sancho por sorpresa.
puesto en la ocasión de solicitarle su atención; ¡no huyáis, bellaco Valentino! y llevadme al museo, que solo no puedo ni debo, atentamente.
“¿Nada más que eso?”, iba a preguntarle, cuan- do la puerta del cuarto se abrió. Felipa, contra su costumbre, estuvo poco prudente. Más charlatana que nunca, enseguida fue hacia Sancho:
—¡Encontraron la pelota!
Por suerte, Sancho ya se había enrollado y sólo se veía como una pelota peluda de color naranja. Felipa nos avisó que ya estaba lista la merienda y se fue canturfeando uno de sus boleros preferidos.
—¿Nada más que eso, Sancho? —retomé. —En realidad, mi muy estimado amigo, sí, algo más... Le ruego, solicito su atención...
Entonces comprendí que cuanto más nervioso se ponía Sancho, más parecía hablar como una carta comercial.
—Mas esto que voy a decirle, le mando que guarde en secreto: la próxima luna llena debemos hacer posada en el museo, a medianoche, mi muy bellaco. Cuando El Toba libere su esencia, nosotros la recogeremos. Ansí terminarán las aventuras,
atentamente, y curaremos la epidemia. Sin perjuicio desto, lléveme agora mesmo al museo, necesito conocerlo, hermano alcornoque, de mi mayor estima.
Y usted, fermosa doncella, venga también.
Dicho esto, Sancho se hizo pelota otra vez. Guardó sus bracitos-tentáculos, entornó su media docena de ojos y se cerró. Como una ostra.
Faltaban solo dos días para la luna llena, según el calendario. El sábado.
Mientras tomábamos la merienda, Mechi, con el gesto más serio que le vi en toda mi vida, me dijo:
—¿Te diste cuenta de una cosa, Valentino? —¿De qué?
—Dijo “nosotros”. Sancho dijo “nosotros”. ¿Sabés lo que eso significa?
—Sí —le respondí, tan serio como ella—, que no está solo, que hay otros titanes en la ciudad...
11. Visita al museo
Después de la merienda, fuimos al museo. En un bolsito llevaba a Sancho. Cruzamos la avenida Gallardo. Eran las cinco, el sol comenzaba a caer. Admiré el conjunto de árboles del Parque Cente- nario, detrás y a los costados del colosal edificio del museo. En realidad, hacía mucho que no los miraba; yo sabía que vivía en un barrio lleno de árboles hermosos, pero nunca los había disfrutado, en serio. La ciudad estaba llena de vida, de energía y de calor. Quise imaginarme el mundo de Sancho. ¿Habría soles artificiales bajo la superficie? ¿Qué comerían los titanes? Sancho no parecía tener necesidad de alimentarse. Si los castores o los monos aprendieran a cocinar, nos
taparían la boca, pero no tener necesidad de comer debe ser lo máximo de la evolución... aunque un poco aburrido.
—¿Estás pensando lo mismo que yo? —me in- terrumpió Mechi.
—No sé. ¿Vos qué pensás?
—Nada. Una pavada. Un presentimiento... Que vamos a viajar —me dijo al oído.
—¡No me pongas más nervioso! —le dije, tragando saliva.
Ella se quedó callada. Sonreía más embobada que antes. Enseguida la imité: me sentía como iluminado, tan alegre que hubiera abrazado a un monstruo de Gila. Era el “efecto resplandor” de Sancho.
En cuanto subimos las escaleras, vi en la balaustrada los caracoles y la escultura de unas benditas lagartijas. ¿Qué podían estar haciendo las lagartijas? Trepándose a un tronco. Siempre trato de entrar sin mirarlas siquiera, es un temor que me quedó después del incidente en el zoo. Todo lo que sea lagartija (el monstruo de Gila no es más que una fea y horrible lagartija de bellos colores) me pone a la defensiva.
Don Luis, el boletero, vestía, como tantas tardes, una vieja camisa de lino arrugada:
—¡Llegó el hombre de la casa! Veo que hoy viene acompañado. ¡Y muy bien acompañado!
Mechi lo saludó, sorprendida por el piropo. Saqué las dos entradas y estábamos por pasar, cuando sucedió lo inesperado:
—¡Alto! Valentino, las normas... Tengo que re- visar tu bolso.
—¡No! ¿Por qué? —yo no entendía nada. —Ah... ¡Las normas! —insistió don Luis.
¡Ya empezaban las complicaciones! Salió de la boletería. Era un hombre bajo, más bien gordo. Daba la impresión de que podría rodar sin problemas. Don Luis revisó el bolso y comentó:
—Perfecto. Todo en orden. Trajiste lo que había
que traer... —me palmeó la espalda y con una son-
risa me indicó que podía entrar.
En cuanto nos alejamos, aturdí a Mechi:
—¡Es la primera vez que me pasa! ¡No sabía que revisaban los bolsos! ¿Por qué habrá revisado el bolso él y no el guardia de seguridad? ¿Y escuchaste lo que dijo sobre “lo que había que
traer”? ¿No es raro?
—Rarísimo, ¿no? ¡Justo vos te asombrás de las rarezas! —me contestó, divertida.
Como para disimular, me acerqué a ver los li- bros que estaban en la vitrina, enfrente de la bole- tería. Los títulos eran interesantes: El mesozoico de
América del Sur y sus tetrápodos; Introducción a las diatomeas fósiles.
—¿Sabes que las diatomeas son algas unicelula- res? —le comenté entusiasmado a Mechi.
Ella arrugó la nariz, impaciente, y me dijo que prefería las ballenas, que son un poco más... ro- tundas. Después, tiró de mi brazo y me arrastró hasta los meteoritos.
Miré de reojo a don Luis: estaba muy ocupado atendiendo a un contingente de una escuela; era un buen momento para cumplir con el plan. Me puse a leer por enésima vez el cartel de El Toba.
Este meteorito fue hallado en 1923 en el “Campo del cielo”, zona li- mítrofe entre las provincias del Chaco y Santiago del Estero, donde hay gran cantidad de materia caída del espacio. Se presume que son fragmentos de otro u otros planetas. La composición química es de un 90% de hierro, con un 7% de níquel, lo que forma una aleación a la que se denomina “hierro meteòrico” o “sideritas”. El 3% restante contiene cobalto, azufre,fósforo, estaño, silicio y carbono. A diferencia de otras
sideritas, El Toba no presenta ciertas líneas rectas entrecruzadas, a las que se llama “Figuras de Widrnanstatten Esta ausencia ha despertado la curiosidad de los expertos...
—No sabía que los meteoritos tenían nombre —me interrumpió Mechi.
—Es una costumbre de algunos museos, lo dice el cartel —le expliqué, con tono de conocedor y ya no pude parar—. Al primer meteorito lo encontraron a principios del siglo XIX; pesaba novecientos kilos. ¿Sabés qué hicieron los funcionarios de entonces? Lo partieron y le regalaron seiscientos kilos al cónsul británico para que lo llevara al Museo de Historia Natural en Londres. Con el resto, se fabricaron armas. ¿Ves? Lee acá.
La voz de Sancho me interrumpió, imperativa, desde su encierro:
—Mi estimado bellaco: quiero ver el meteorito. ¡Sáqueme del bolso!
Dudé. Sancho estaba loco. ¿Sacarlo?
—Es solo una pelotita, Valentino. Quiero decir: para los demás. ¡Y lo estás aburriendo con tu sabiduría! —dijo Mechi maliciosa.
Su voz tranquila me devolvió la lucidez. Caminé hasta el acuario, a un costado, y saqué a
Sancho del bolso. Me temblaba la mano. Volví. Mechi seguía firme junto al meteorito. Demasiado cerca de la boletería. Don Luis me guiñó un ojo... ¡Ufff! Disimulé
mirando las vigas con los murciélagos esculpidos que hay en el techo. Todo me parecía irreal.
Sancho estaba inquieto, era un cuerpo frío, pero lleno de vida. Yo no tenía idea de lo que se proponía hacer.
—Toque el meteorito, por favor, Valentino, amigo —me imploró.
Un grupo de personas pasó por nuestro lado. —¡Mechi, está muy charlatán! ¡Nos van a des- cubrir! —susurré.
Mechi, por toda respuesta, se puso a cantar. Lo hacía para disimular. Rocé el meteorito con la ye- ma de los dedos.
—¡Bellaco! —rugió Sancho.
—¿Me habla a mí? —pregunté ofendido.
—Discúlpeme. Se lo ruego. Valentino, bellaco, déjeme tocarlo a mí, ahora. Es necesario —rogó.
—Dámelo —me pidió Mechi.
Se lo di y ella comenzó a recorrer la superficie del meteorito con Sancho en la palma de su mano. Sancho no protestó más. Asomó uno de sus ojos a través del camuflaje peludo y redondo: su expresión era de absoluta concentración. Dos o tres minutos después, exclamó:
—¡Suficiente, Mechi! ¡Gracias! Atentamente... Creo que me puse celoso, pero también sentí alivio: la serenidad de mi amiga resolvió todo. No me atreví a salir a la calle tan rápido. Fuimos hasta el primer piso y nos sentamos en los bancos de madera, debajo de la enorme cabeza de un búfalo y frente a cuatro babuinos embalsamados, ubicados en el centro de la sala.
—Ya está. Podemos irnos. No te preocupes, nos van a dejar salir —me dijo, y al ver mi cara de susto agregó—: ¡no seas miedoso! ¿Qué hiciste de malo?
Mechi tenía razón. No habíamos hecho nada malo, salvo entrar al museo con un extraterrestre que quería acariciar un meteorito. Supuse que no habría leyes penales en contra de eso.
Cuando salimos a la calle, entre los bocinazos y el ruido de los motores, la voz de Sancho sonó triunfal desde el bolso:
—¡Confirmado! No tengo palabras, bellaco... Ese meteorito tiene alma. No tiene líneas entre- cruzadas. ¡Titán estará a salvo! Quedo a su dispo- sición, alcornoque amigo.
—pregunté, con conocimiento de causa.
—Llámelo así, si quiere, bellaco. Si esas figuras no están, la esencia está.
Me dejé llevar por un arranque de curiosidad. Quería saber un poco más. Por ejemplo, el ver- dadero nombre de Titán; cómo lo llamaban sus habitantes. Sancho, desde el bolso, soltó una car- cajada. Entonces, apoyé el bolso en la cabina de un teléfono público para preguntarle dónde estaba la gracia. Me dio una respuesta que me hizo pensar por mucho tiempo:
—¡Pardiez! ¿Usted pensó en explicarle su alfa- beto a una hormiga, bellaco?
—No. Pero yo no soy una hormiga, Sancho. No me compare con una hormiga. ¿Acaso no puede hablar conmigo?
—Cuando usted, mi mayor estimado, aprenda a comunicarse con una hormiga en su idioma, yo le diré cómo llamamos nosotros a Titán. Que aunque de mi voluntad quisiera satisfacer a la vuestra pregunta, no podría. —Luego, muy bajito, y sin altivez, confesó—: Yo aprendí a hablar con las hormigas.
pedir chispas de inteligencia. No sé por qué, pero en ese momento me sentí un poco insignificante.
12. El huracán Mamá
vernos entrar.
No le contesté. Necesitaba seguir hablando con Sancho bastante más.
Apenas entramos al cuarto, se puso a saltar (más bien, a rebotar) de alegría.
—Sancho, por si acaso... ¿piensa llevarse el me- teorito a Titán? —yo estaba tomando conciencia de que íbamos a hacer algo peligroso. Un robo.
—De ninguna manera, estimado, que ese escrúpulo viene torcido, mentecato amigo. Solo vamos a aspirar. No se congoje, don alcornoque Valentino. Aspirar el alma. Es menester, ya se lo dije —me tranquilizó.
Entonces, llegó mamá. Imposible no darse cuenta de que... ¡llegó mamá! Hablaba con Felipa en su tono habitual: acelerada y gritando.
—¿Compraste el pollo, Felipa? ¿Te dieron la citación del consorcio? ¿Cómo anduvo Valentinito?
A veces me dan ganas de sacarle la venda de los ojos y decirle: “ma, el bebé creció: soy yo, ¡hola! Era Valentinito, no soy más”.
Pronto se calmaría. Mamá era el huracán Mamá los primeros diez minutos; luego, la locura se iba disipando. En segundos estaría en el cuarto.
Sancho alcanzó a decirme, antes de enrollarse: —¡Sálveme del desodorante!
Enseguida, mamá entró al cuarto. Se alegró al ver a Mechi y lo demostró:
—¡Nena! ¡Qué linda estás!
Creo que a mamá le preocupaba que yo pasara demasiado tiempo solo, en mi cuarto, leyendo o jugando con la computadora. Me encantó el modo en que trató a Mechi. Pero venía con el desodorante fragancia Bebé en la mano.
—¡¡No, ma!! —¿No qué?
—¡Mechi es alérgica al desodorante! —mentí. —Ay... ¡Perdón! —dijo mamá, muy compungida.
Y de inmediato comenzó a hacerle preguntas a Mechi sobre su alergia. Había metido en un lío a mi amiga, pero ella dio muestras, una vez más, de lo genial que es. Le inventó que su sistema inmunológi- co estaba debilitado por el polen de los árboles y que se estaba convirtiendo en alérgica a todo tipo de cosas, y que una “nadita” de desodorante le hacía a su organismo el mismo efecto que la patada de un caballo. Cerró el comentario, diciendo:
—¡Debo ser una bacteria, ja!
Mamá quedó horrorizada, miró el desodorante como si estuviera a punto de gatillar un revolver; se llevó la mano libre a la boca y gritó:
—¡Ay! ¡Dios mío! ¡Casi te mato! ¡Perdóname, mi amor!
Antes de irse, Mechi me dijo:
—Acordate de que mañana hay fiesta en casa. ¿Venís temprano?
acontecimientos, me había olvidado, pero le prometí que sí, que iba a ser el primero en llegar.
13. La fiesta de cumpleaños
Fui a una casa de regalos y compré un par de aros para Mechi. La vendedora me miró con una sonrisa extraña, como si los aros fueran para mí. O tal vez le provocó esa sonrisa torcida mi pelotita color naranja: había decidido que ya no debía ir a ningún lado sin Sancho. Temía que algo le pasara, que una lluvia antimicrobiana lanzada por mamá acabara con su vida.
Estaba, también, preocupado por Titán. Pensaba en un mundo de pelotitas color naranja que vivían debajo de la superficie, lejos del frío helado, al abrigo de los fuegos subterráneos. Me imaginé que se agruparían en comunidades, que habría padres, hijos, hermanos. Sin duda, existiría
el amor entre ellos, o sentimientos de algún tipo. Incluso entre los monstruos de Gila deben existir los sentimientos... Si Sancho había encontrado el modo de viajar a la Tierra (y en un tiempo tan corto), significaba que su civilización poseía una tecnología superior a la nuestra. La nave Cassini tardó siete años en llegar a Titán y él, apenas meses, semanas o acaso minutos en hacer el viaje inverso. Sancho no contestaba estas preguntas ni ninguna otra sobre su mundo. Presumí que eran asuntos confidenciales y no insistí.
Como sea, me la pasaba aferrado a Sancho y estoy seguro de que él estaba contento; prefería la palma de mi mano al oscuro armario. Al anochecer, me sorprendió con algo nuevo. Había encontrado un libro de mamá, con poemas de Guido y Spano. Me preguntó:
—Valentino, ¿qué es esto? —Son poemas.
—¿Y qué quiere decir eso, bellaco?
¡Y dale con “bellaco”! Parecía enamorado de esa palabrita. Le expliqué, lo más poéticamente que pude, de qué se trataba la poesía. “Un cuento que no precisa historia”, le dije. Seguía sin
entender. “Un cuento que sólo necesita música”, insistí.
—¿Y qué es la música? —arremetió Sancho. —Eh... Un cuento que no necesita palabras — me inspiré.
—Entonces la poesía es un cuento con palabras que no necesitan historia, solo música; pero la música no necesita de palabras —definió, triunfante.
—Más o menos... —intenté conciliar—. Lo que importa es la belleza.
—¿Todos los poemas son bellos, entonces? —¡Ojalá!
—¿Me deja recitarle uno? —agregó el muy ca- radura. Y comenzó—:
“¿Conocéis a la rubia y tierna Amira? ¡Qué belleza, qué flor, qué luz, qué fuego! Su andar se ajusta al ritmo de la lira, Hay en su voz la suavidad de un ruego”.
Lo que me faltaba: la pelotita recitadora. Una guitarra y hacíamos un fogón. De pronto, se puso melancólico:
—“Es aquí donde exhausto peregrino Quisiera alzar mi solitario albergue,
¡Y arrullado del aura y de las ondas Vivir lejos del mundo, para siempre! ”
Y agregó emocionado:
—Me gusta su armario. Me gustan los poemas. Me quedaría aquí para siempre, Valentino, amigo.
Sentí que la humanidad se reivindicaba a los ojos de Sancho. Seríamos hormigas, pero hormi- gas poetas.
La casa de Mechi era de dos plantas, tan linda como cualquiera de las del barrio, con un quincho en el jardín, al fondo. Allí estaba ella con sus ami- gas. Al verme llegar, las chicas interrumpieron la charla. Pero yo había alcanzado a escuchar algo:
—¡Está bárbaro!
—¡Nooo! ¡Mirá lo que es eso! —¡Ay, es relindo!
—No está bueno, ¡está espectacular!
Pronto comprendí que el afortunado destinatario de los elogios era el chico del momento. Un pedante sin límites, encima rubio, alto y de ojos celestes. Le decían “Lobo” y tenía su propia banda de rock: Nandú. En homenaje a su presencia, Mechi y sus amigas descartaron la
cumbia y pusieron rock.
En la mayoría de las fiestas, se pasaba un noventa por ciento de cumbia, un cinco por ciento de rock, un cuatro por ciento de lentos y un uno por ciento de cosas inclasificables. Mechi me dijo una vez, hablando de esto: “Vos sos muy estadístico”, y arrugó la nariz.
Mi tema preferido, esa noche, en esa fiesta, fue
You’re beautiful, de James Blunt. Un tema lento a
morir, un tema que te puede hacer enamorar has- ta de una jirafa.
Saludé a Gabriel, mi amigo con alma de soni- dista. Gabriel me producía admiración porque a todo le encontraba un lado cómico. No tardó en preguntarme qué llevaba en el bolso de mano.
—Nada... Una pelotita...
Abrí el bolso para mostrarle a Sancho, pero... ¡no estaba! Por suerte, nadie me prestó atención... ¿a quién podía importarle mi pelotita en una fiesta? Tal vez Gabriel tuvo miedo de que me pusiera a hablar de los amonites fosilizados del jurásico, porque de pronto comenzó a preguntarle cosas a Lobo. La conversación giraba en torno a Nandú. Lobo estaba vestido de “estrella”, con
una remera y un pantalón negros. La remera decía en letras amarillas: “Nandú va por vos”.
Gabriel, que había estado en un ensayo de la banda, le dijo:
—Tenés rebuena voz, Lobo. ¡Buena enserio! Lobo, el muy pedante, ni se inmutó. No pareció importarle el elogio, aunque sí le importó (¡y cómo!) lo que siguió:
—Tu forma de cantar es apasionada y con sentimiento, pero ojo con la afinación, ¿eh? —le dijo Gabriel, siempre con tanta puntería.
Lobo miró a Gabriel con cara de perro rabioso. Los perros rabiosos no suelen aceptar la crítica constructiva, y mi amigo es un especialista en crítica constructiva.
—Es una pena lo que te voy a decir, Lobo, pero la música suena a petardo —siguió Gabriel, cavándose su propia tumba.
—¡Idiota! —Lobo se estaba hartando.
—¡No te ofendas, no es el punto! —le aclaró Gabriel. Y agregó—: Tendrías que conseguirte, aunque sea, una sound blaster que pueda cargar
sound fonts... O meter esos midis en un
—¡Metete los midis en tu multipistas! —aulló Lobo, y empujó a Gabriel, que cayó encima de unos arbustos. El cantante se conformó con lo que hizo y se retiró hacia otro sector del parque,