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Debido a que en la primera parte hemos yuxtapuesto una serie de relatos sobre

desastres militares, el lector puede haberse visto obligado a pensar que estos hechos son el comportamiento militar típico. No es así. Que estos desastres hayan sido la materia prima de tantos libros y dramas muestra que son casos relativamente raros. También debemos decir que hay más altos mandos militares competentes que incompetentes.

Sin embargo, como hemos visto, cuando se produce un caso de incompetencia militar, sus consecuencias pueden ser carísimas; por eso la siguiente parte de este libro ha sido escrita sin autocensura de ninguna clase.

Del mismo modo que un libro sobre el cáncer no podría permitirse transigencias al hablar de su malignidad, o de pasar rápidamente por encima de los riesgos de los carcinógenos y sus peligrosos modelos de conducta, tampoco un libro sobre la incompetencia militar valdría ni el papel sobre el que se escribe si no escarbase hasta sacar a la luz incluso lo que resulta molesto a la vista. Al igual que el cáncer, la incompetencia militar es parte del precio que se paga por la complejidad. Aparte de todo lo demás que resulte del análisis, él estudio de la incompetencia militar en potencia sirve para subrayar que la mayoría de los ejércitos cumplen sus numerosas y difíciles funciones con cierta eficacia casi siempre.

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¿HAY QUE EXPLICAR ALGO O NO?

Ahora que hemos terminado nuestra revisión de algunos tropiezos militares ocurridos en un período de algo más de cien años, ¿qué conclusiones podemos extraer respecto de la frecuencia de la incompetencia militar?

Se podrían dar varias respuestas. Primero, podría afirmarse que la llamada incompetencia en altos niveles del mando es una ficción inventada por la imaginación de historiadores vengativos, faltos de precisión o mentirosos. También podría presentarse de otra forma esta respuesta diciendo que si, en raras ocasiones, algunos comandantes han tenido pequeños lapsus de mando, esta cuestión no merece ser tratada y, menos aún, ser sometida a un análisis extenso.

También podría concluirse, en segundo lugar, que lo que aparentemente fue incompetencia militar se debió en realidad a otros factores no militares, como la tacañería de los gobiernos, los caprichos del clima o la pura mala suerte.

Una tercera conclusión podría ser que como toda acción militar es un experimento incontrolado, en el sentido que nunca se podrá saber qué habría ocurrido de haber sido otras las decisiones, queda siempre la posibilidad casi inimaginable de que todo hubiera ido peor, o sea, que lo ocurrido representó el resultado menos grave posible. Muchas costosas operaciones de la primera guerra mundial entran en este apartado.

Nadie puede negar que hay bastante verdad en todas estas afirmaciones. Los hechos son distorsionados en todo relato. Los desastres son noticias más importantes que los éxitos. Los escritores disfrutan indudablemente pintando el cuadro más negro posible de sus bestias negras privadas, muchos generales han tenido que luchar contra la ineptitud, las interferencias ignorantes y la tacañería de sus amos políticos, y naturalmente las cosas hubieran podido salir incluso peor.

Pero estos argumentos pueden ser discutidos. La gente tiene tendencia a amar a sus generales y almirantes porque éstos desempeñan el papel de figura paterna

vicaria, sobre todo en tiempo de guerra. No hay más que leer Fabulous Admirals, de Lowis, para comprobar que incluso las más escandalosas extravagancias (extravagancias que no serían toleradas en ningún otro terreno) son consideradas divertidas, si no atractivas, cuando forman parte de la personalidad de un soldado famoso. Después de todo, hasta Sir John French tiene todavía su círculo de devotos admiradores. Como afirma Alfred Vagts: «Gran parte de la historia militar se escribe, si no con el fin expreso de dar sostén al prestigio y la autoridad de un ejército, sí al menos con la intención de no dañarlo, de ocultar sus secretos, evitar que la debilidad quede al descubierto, y esconder las vacilaciones o el mar humor». «El registro histórico de la guerra queda pues subordinado al deseo del autor de no echar a perder reputaciones.»[1]

En conjunto, por tanto, la tesis que habla de la presencia de una tendencia a exagerar la frecuencia y resultados de la incompetencia militar queda quizá compensada por algunas tendencias precisamente opuestas.

En estas circunstancias, se opina aquí que ciertas clases de incompetencia han sido constantes en el terreno militar, y que entre los millones de oficiales y soldados que han combatido heroica y eficazmente, a menudo en circunstancias durísimas, ha marchado un pequeño pero influyente número de hombres cuya habilidad ha quedado muy por debajo de lo requerido por el cargo que ocupaban. Se plantean entonces dos preguntas. ¿Hay un patrón común para estos casos de incompetencia? Y si lo hay, ¿dónde tiene su origen?

Como primer paso hacia la obtención de respuestas, tratemos de resumir los datos proporcionados por los capítulos precedentes. Así pues, brevemente, la incompetencia militar supone:

1. Un grave desperdicio de recursos humanos y el incumplimiento de uno de los

primeros principios de la guerra: la economía de fuerzas. Este principio deja de ser

observado debido en parte a la incapacidad de hacer la guerra rápidamente. También deriva de determinadas actitudes mentales que en su momento estudiaremos.

2. Un conservadurismo fundamental, un aferrarse a tradiciones anquilosadas, una incapacidad para sacar partido de la experiencia (en parte debido a la negativa a admitir los errores pasados). También se da una falta de utilización o una mala utilización de la tecnología.

3. Una tendencia a rechazar o ignorar informaciones que sean indigestas o que choquen contra prejuicios.

4. Una tendencia a subestimar al enemigo y a sobreestimar el potencial propio. 5. Falta de decisión y tendencia a abdicar de la obligación a tomar decisiones. 6. Una obstinada persistencia en llevar a cabo una tarea determinada a pesar de la presencia de pruebas decisivas en sentido contrario.

7. Desaprovechamiento de las posibilidades ofrecidas por una situación ventajosa obtenida en combate y tendencia a «retener los golpes» en lugar de atacar a fondo.

8. Falta de reconocimiento adecuado.

9. Predilección por los asaltos frontales, a menudo dirigidos contra el punto más fuerte del enemigo.

10. Una fe en la fuerza bruta como algo superior a la treta ingeniosa. 11. Falta de utilización de técnicas como la sorpresa o el engaño.

12. Indebida predisposición a encontrar víctimas propiciatorias para los reveses militares.

13. Supresión o distorsión de las noticias del frente, justificada generalmente por la necesidad de conservar la moral o la seguridad.

14. Creencia en fuerzas místicas: destino, mala suerte, etc.

Algunos de estos aspectos de la incompetencia militar, o todos ellos a la vez, han jugado un importante papel en los desastres militares revisados en los capítulos precedentes.

Ahora falta mostrar que tienen una etiología común y que pueden ser comprendidos en términos de una compleja interacción entre la naturaleza de las organizaciones militares y ciertas características de la personalidad. Para empezar, consideremos en primer lugar la cuestión del despilfarro de recursos humanos. Como veremos, ésta es quizá la mejor clave para todo lo que necesitamos entender.

debería estar preocupado ante todo por la conservación de una fuerza eficaz. Aunque tenga otras grandes cualidades de general, no le servirán de nada si no queda nadie para combatir. Parece por tanto que un exagerado número de bajas puede ser indicador de incompetencia militar. En realidad las cosas son más complicadas. Hay que distinguir como mínimo tres situaciones. En primer lugar están los conocidos casos de lo que aparentemente es pura incompetencia administrativa, por ejemplo lo ocurrido en la que John Laffin llama la imbécil Expedición Walcheren de 1809. Aunque la finalidad de esta expedición era atacar Amberes, las tropas fueron mantenidas en inactividad durante ocho semanas en la insalubre isla de Walcheren, en Zeeland. Al final, debido a la indecisión del comandante del ejército de tierra, Lord Chatham, y del comandante naval, Sir Richard Strachan («una pareja gris, dudosa e incompetente»), murieron 7.000 hombres, otros 14.000 quedaron con su salud destrozada para el resto de sus vidas, y miles más cayeron enfermos, casi todos de malaria. Sólo 217 murieron en combate. Mientras agonizaban, los soldados apenas recibían atenciones ni comida. Como hace notar Laffin: «Los enfermos podían ser sacrificados».[2]

Entra en el mismo género el aterrador despilfarro de vidas humanas en la guerra de Crimea. Durante esta campaña el ejército padeció una reducción del treinta por ciento en sus hombres debido a la enfermedad, falta de aumentación y frío. Los cuatro factores principales fueron al parecer ignorancia, falta de iniciativa y de inventiva, una heladora despreocupación por la suerte de los soldados y suboficiales, y el temor a ofender a las autoridades superiores. (Lo más parecido a la tragedia de Crimea en épocas más recientes es la incompetencia e indiferencia del ayuntamiento de Londres ante los problemas planteados por los ataques aéreos que sufrió la ciudad en 1940 y 1941; la responsabilidad ha sido atribuida a los holgazanes burócratas preocupados solamente por su propio prestigio.)[3]

El segundo tipo de despilfarro de vidas humanas es el que resulta de las bajas que la acción del enemigo causa debido a la incompetente planificación de los altos mandos militares. Los hombres que perecieron en Fort Rooyah durante el amotinamiento indio, las miles de víctimas de los gases utilizados por los alemanes en 1915, los 13.000 hombres que fueron hechos prisioneros tras el sitio de Kut, las 138.000 víctimas de Singapur, los 8.500 norteamericanos que murieron en la ofensiva de las Ardenas de 1944 y los 17.000 hombres británicos, norteamericanos y polacos que murieron, resultaron heridos o desaparecieron en Arnhem entran en esta categoría.

en los dos apartados a la vez. Así, la desgraciada retirada de Kabul, en la que la pérdida de todo un ejército de 4.500 hombres y 12.000 seguidores del campamento puede atribuirse en parte a factores climáticos (varios miles murieron de frío) y en parte a la actividad depredadora de las tribus afganas. En ambos casos su fallecimiento fue consecuencia de la enorme debilidad e indecisión de su comandante en jefe, general Elphinstone.

El tercer y más costoso tipo de despilfarro de soldados es el que resulta de una deliberada política de atrición adoptada por comandantes para quienes los soldados son algo perfectamente sacrificable; generales para los que conservar vidas humanas no es tan importante como cualesquiera otros objetivos que pretenden conseguir. Un buen ejemplo de este fenómeno se encuentra en las campañas de Napoleón. Así lo hace pensar su frase: «Un hombre como yo no se preocupa demasiado por las vidas de millones de hombres». El millón de personas, más o menos, que cayó en el Sommne, en Verdun y en Passchendaele fueron víctimas de esta misma actitud mental.

Esta tremenda pero no definitiva lista de víctimas humanas sugiere que a lo largo de los años un puñado de altos comandantes militares han sido como mínimo descuidados en lo que se refería a las fuerzas combatientes que les habían sido confiadas. Sin embargo, si se analiza más a fondo, parece que los culpables de este fracaso pueden clasificarse en dos categorías. Primero, están los que como Elphinstone, Raglan, Buller y Percival son hombres temperados, corteses y pacíficos que aunque sin duda se preocupan por las terribles pérdidas sufridas por sus ejércitos, dan muestras de ser incapaces de hacer frente a la situación para mejorarla.

Elphinstone, por ejemplo, pudo haber ocupado la fortaleza de Baila Hissar. Pudo haber permitido a sus tropas resguardarse del hielo con polainas improvisadas. Pudo haber empezado la retirada antes y más rápidamente. Del mismo modo, Raglan pudo haber apremiado al gobierno para que facilitara a sus tropas lo que tanto necesitaban. Pudo haber emprendido acciones directas para procurar leña en beneficio de los miles que morían de frío. Pudo haber conseguido que su estado mayor procurase alguna actividad que remediara la situación. No hizo nada de todo esto, sin embargo, y prefirió retirarse a la relativa comodidad del cuartel general que había instalado en una casa de campo. Percival pudo haber preparado defensa y protección contra los ataques aéreos para los habitantes de Singapur. Pero prefirió no hacerlo.

Buller, que es quizás el caso más interesante, pudo haber salvado vidas si hubiera desplegado sus tropas más generosamente. Tanto le afectaba el sufrimiento de sus hombres que llevó el principio de la economía de fuerzas a un extremo tan ridículo que miles de soldados murieron por falta de la ayuda que pudieron haberles proporcionado decenas de miles de soldados que fueron mantenidos fuera de la acción, sin nada que hacer.

Mientras que la incompetencia de todos estos hombres parece resultar de una pasividad paralizadora y de falta de lo que el general Gordon Bennett ha llamado «espíritu agresivo», la imagen que dan los hombres del segundo grupo presenta un claro contraste con la de los anteriores. El pecado dominante de los generales de este segundo grupo fue una ambición arrogante emparejada con una tremenda insensibilidad ante el sufrimiento ajeno. Hombres como Haig, Townshend, Walpole, Nixon y Joffre, no parecían tener sino un objetivo: su interés. Vanidosos, taimados, intrigantes y deshonestos, no eran ciertamente lerdos ni estaban desprovistos necesariamente de talento militar.

En todo esto estamos adelantando ya una teoría de la incompetencia militar que no tiene nada que ver con la sostenida por los que explican este fenómeno como resultado de la actividad de «necios». ¿Es posible que estemos complicando demasiado las cosas? ¿Es posible que la mera deficiencia mental explique los datos? Examinemos primero, pues, antes de tratar los demás factores que contribuyen a la incompetencia militar, esta hipótesis más antigua y con más partidarios.

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LA CAPACIDAD INTELECTUAL DE LOS ALTOS MANDOS MILITARES

«Siento un total desinterés por nuestros oficiales. Les sobra cuerpo y les falta cabeza».

T. E. LAWRENCE

«La mayor parte de las derrotas británicas se debieron a la estupidez».

CORRELLI BARNETT, The Desert Generals

¿En qué puede basarse, pues, la explicación más generalizada de la incompetencia militar, o sea la que afirma que todo se reduce a estupidez?

Se deja entender que las fuerzas armadas no ejercen atractivo para los mejores cerebros. Una reciente revisión de este tema realizada en los Estados Unidos pone a los oficiales del ejército por debajo de los catedráticos, médicos, sacerdotes y maestros. Como señala Morris Janowitz: «Las ideologías liberales… sostienen que, como la guerra es esencialmente destructiva, las mentes más agudas son atraídas por actividades más positivas».[1] Según el mariscal de campo

Montgomery, hace ya bastante tiempo que sucede esto. Hablando de 1787, escribió que el ejército «era el destino habitual de los hijos segundones menos brillantes».[2]

Y, refiriéndose a 1907 escribió: «… en aquella época, el ejército no atraía a los mejores cerebros del país».

armadas. Según Janowitz: «Entre los educadores existe la impresión de que el nivel intelectual de los que inician la carrera militar en las academias de los ejércitos es adecuado ya que alcanza el mínimo requerido, aunque no suelen aparecer estudiantes superdotados».[3]

Este mismo autor hace notar que en Gran Bretaña el sesenta por cien de todos los que ingresan en la Real Academia Militar son clasificados antes de su

ingreso entre los que probablemente serán oficiales de una talla inferior al

promedio.

Parece que la capacidad intelectual nunca ha contado mucho a la hora de preparar a los oficiales que aspiran al generalato. Incluso Haig, ese «soldado culto», logró llegar a ser comandante en jefe del ejército británico durante la primera guerra mundial a pesar de que su historial académico era bastante malo. Este austero escocés, el zopenco de la familia según Duff Cooper, hombre «profundamente estúpido» según Lloyd George, y «tete du bois» al decir de Briand, tuvo grandísimas dificultades para aprobar el examen de ingreso para la academia militar de Sandhurst, y sólo consiguió entrar gracias a la ayuda de un profesor especializado tan buen conocedor de los métodos de la academia que podía prácticamente garantizar el ingreso hasta al candidato más gris. Sir Henry Wilson, que posteriormente llegó a jefe del cuartel general imperial, se distinguió por haber fracasado tres veces en sus intentos de ingresar en la Real Academia Militar.

Sería lógico que cualquiera preguntase por qué ese procedimiento de selección cuando tan fácil era ingresar sin cumplir con los requisitos exigidos. El general de división Fuller, según cuenta Sir John Smyth, acudió a un profesor especializado en exámenes de ingreso que le hizo aprenderse de memoria la respuesta a doce probables preguntas. Como el cincuenta por cien de estas preguntas fueron planteadas en el examen, Fuller logró el récord de obtener 497 puntos de un total de 500…[4] Tan poco acostumbrados estaban los miembros del

tribunal de la Real Academia Militar a todo tipo de esfuerzo intelectual que cuando un cadete aprendió de memoria el libro de texto sobre la Guerra Peninsular se le acusó de haber hecho trampa.

Que el nivel intelectual no contaba mucho a la hora de los subsiguientes ascensos dentro del escalafón del ejército puede comprobarse si se recuerda el período de estudios de los mariscales de campo Montgomery y Auchinleck, pues ambos ingresaron por los pelos en la academia y salieron de ella con notas muy bajas.

Al comentar estos fenómenos, Smyth indica que «dice mucho sobre la dureza del examen de ingreso de Sandhurst y del alto nivel competitivo de la academia el que estos dos distinguidos oficiales entraran y salieran de la misma con tan bajas calificaciones».[5] Puede ser que tenga razón, aunque a la vista de

otros datos quizá fuera una explicación más lógica decir que los requisitos académicos de Sandhurst no tienen de hecho nada que ver con los que se necesitan para ser un buen general. Lo cierto es que aunque se logren buenos resultados en la academia, no se tiene por ello garantía de ser posteriormente un buen jefe militar. El general Colley, cuya sucesión de derrotas culminó en 1881 con su fallecimiento en la colina Majuba, se había distinguido previamente al salir de la escuela de estado mayor con las más altas calificaciones registradas hasta la fecha. La nula importancia que tiene el paso por la academia para el futuro de un general queda también confirmada si se observa la carrera de Napoleón y Wellington: los dos tuvieron bajas calificaciones en la academia.[6] Más recientemente, la temprana

brillantez académica del teniente general Percival no le sirvió evidentemente de mucho en Singapur.

Sin embargo, aunque la historia militar está repleta de ejemplos de lo que suele llamarse estupidez, hay firmes bases que permiten creer que estas explicaciones reflejan solamente la preferencia general por las teorías simples ante lo que son fenómenos verdaderamente complejos. Si el fenómeno complejo es desagradable e injuriosa la explicación sencilla, tanto mejor.

Nosotros opinamos que las limitaciones intelectuales que parecen estar por debajo de la incompetencia militar podrían no tener nada que ver con la inteligencia, pues generalmente son consecuencia de los efectos que sobre las dotes naturales de las personas tienen dos tradiciones antiguas y relacionadas entre sí. La

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