Gracias por leer esta novela.
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Si «La Tienda Secreta» llega a cincuenta opiniones p ositivas, prometo que muy pronto habrá un nuevo libro. ¿Me ay udas a conseguir este reto? Un fuerte saludo, Eugenio Prados.
Bastien no daba crédito a lo que escuchaba.
—¿Conoces a… —y bajó la voz hasta convertirla en menos que un susurro— Giordano da Volterra?
—No eres el único que ha investigado ¿sabes? —dijo Ana no solo refiriéndose a ella, sino también a sus amigos—. ¿Por qué no me contaste sobre él cuando nos vimos la primera vez?
—Lo supe más tarde al encontrar el cuaderno. Ahí está todo lo que Jean descubrió sobre los anteojos; y su investigación estaba muy avanzada. Mira.
Pasó varias páginas hasta llegar a un dibujo que representaba un mapa de Europ a, con varias líneas que lo trazaban de lado a lado, p ero donde el punto de partida siempre era el mismo: Italia.
—Aquí están todos los p osibles caminos que, según Jean, siguieron los anteojos de Volterra a lo largo de los siglos. Pero no estaba seguro del trayecto correcto. Hay líneas que acaban en Inglaterra, en Alemania, en Rusia. Pero ninguna llega a un lugar concreto. Y las siguientes están llenas de unos dibujos que aún no he logrado entender.
Se trataba de varias hojas donde unas líneas marcadas en zigzag se repetían una y otra vez, y junto a ellas había el esbozo de un edificio o iglesia. Solo el último dibujo del diario había sido realizado prestando más atención a los detalles, y solo una cosa lo diferenciaba de los otros: junto a las líneas que bailaba de un lado a otro, no había ningún edificio, sino las formas de un hombre. Uno grande en p roporción con las curvas entre las que se encontraba, musculoso y amenazante. Por un instante a Ana le pareció ver al hombre de humo, pero los ojos de la figura estaban vendados, como si no pudiera ver, o necesitara algo para ver…
Martín, sin quitarse las gafas de sol, dijo:
—Son ríos. En los primeros no se distingue bien, pero en los siguientes está claro: son edificios o monumentos al lado de un río. El último es un hombre hundido en las aguas.
—Es posible… —dijo Ana. Bastien se rascó la cabeza. —Cómo no he caído antes.
Erika se cruzó de brazos, como diciendo «Vamos, no es para tanto».
Pero lo cierto es que tenían ante ellos la primera pista que les indicaba dónde se encontraban los anteojos de Volterra.
Tras casi una hora de paseo, los cuatro se encontraron de nuevo cerca de la tienda de antigüedades. Ana vio cómo a menos de cien metros se atisbaba el puente bajo cuya estructura encontraron el cuerpo de su p adre. En su p rimera visita solo había podido mirarlo de refilón, pero t enerlo ahora tan cerca hacía que tuviera tantas ganas de verlo como de salir corriendo y olvidarse de él.
—Ana ya conoce tan bien Nyons como su Alicante natal —dijo Bastien adivinando sus pensamientos—, p ero vosotros dos todavía no habéis visto algunos de sus mejores rincones, como la Torre Radonne o la Rue des Grands F orts. Por tener, Nyons tiene hasta parque acuático. ¿Queréis verlo?
Erika y Martín asintieron mientras ella los miraba agradecida por lo que hacían. Los vio alejarse y luego anduvo hasta el puente.
Construido con las formas básicas y sin ornamentos del estilo románico, aguantaba con paciencia el paso incesante de turistas por su espalda de piedra, en una eterna espera en las que era acariciado por las aguas del río Eygues. Los pretiles estaban redondeados por el roce de miles de manos. Plantas salían de cada hueco de la roca y pájaros volaban bajo su arco igual que hilo pasando por el ojo de una aguja. Indecisa, Ana lo recorrió de punta a punta varias veces, hasta que lo rodeó y bajó hasta la orilla.
El sol apretaba con tanta fuerza que hacía brillar los pequeños guijarros que formaban una pequeña playa en ese lado del río. El caudal era escaso y corría lento, pero eso no evitaba que varias personas p asearan por sus alrededores o se sentaran a la sombra de algunos de los árboles que punteaban su trazado. Cerca de la base del puente, Ana encontró el punto exacto donde mataron a su p adre. Aunque el lugar había sido limpiado, nadie parecía darse cuenta de que el color de las p iedras era allí
distinto al de las demás. Del blanco cegador habían pasado a un rojo pálido.
Caminó y no se dio cuenta de que sus zapatillas se hundían en el agua hasta que sintió la corriente por encima de sus tobillos. No le importó. No podía dejar de pensar en el trágico momento. Su padre, escondido allí tras pensar que había esquivado a su perseguidor, de p ronto se encontró con el estómago atravesado por un
estilete portado por un hombre que era solo humo. Se agachó para tocar aquellas piedras empapadas con el alma de Jean-Jacques Faure, cuando sus gafas, que siempre llevaba sobre el pelo, cayeron a las verdes aguas del río y se perdieron de su visión.
—Quizá es así es como desaparecieron… —dijo entendiendo lo que su p adre quería decir con los dibujos—. Los lentes cayeron a un río. Y ese río pasaba por una ciudad.
Recordó las figuras y vislumbró sus correspondencias con lugares reales. Había las formas de una iglesia similar a Notre Dame, y pensó en el Sena. El Támesis a su paso por Londres. El Rin en Colonia. El Tajo en Toledo. Jean había analizado las posibles candidatas, desechándolas, hasta quedar con el gigante hundido en el agua con
los ojos vendados. ¿Qué ciudad representaba? Sus brazos y piernas tenían un grosor descomunal, y una piel que el lápiz hacía similar a una roca o al barro. Ana dio con la solución al enigma cuando una voz a su espalda le heló la sangre.
—Nou te muevas —escuchó—. Nou te gires. Nou hables.
Acuclillada en la orilla, Ana, sin entender lo que ocurría, no podía hacer otra cosa salvo extrañarse de la manera en que aquella persona hablaba, con un intenso acento inglés.
—Tienes que… escucharme.Solou lou diré unaves… Debes… debes… Damn it ! Debes darme unacousa. Algou quenesesitou… y que tú sabes qué es…
Sopló una p equeña brisa y entre aquellas palabras, Ana escuchó el ruido de un p apel movido por el viento. —El cuade… Elcuadernou… dedibuhos…
—¿Estás leyendo lo que me dices? —preguntó Ana a pesar de desobedecer lo que le habían ordenado—.
—What ? —dijo el hombre, y moviendo el papel siguió hablando—. Está nouche, alguiencomou… como yo… irá a la tienda de tu patre y le darás elcuadernou…
Quien hablaba era solo un mensajero, una marioneta guiada por otra persona. —¿Entiendes español? ¿Quién te ha dicho que leas ese pap el?
El hombre no respondió y se ajustó la gorra que llevaba puesta.
—Encasou de que nolou entreguues, tusamigous… Bastien… Erika… Martín… sufriránnn lasconsecuensias… Las mismas que sufrió tu… patre… padre…
Gotas de sudor caían por la frente de Ana, el sol cayendo a pleno sobre ella, los pies dentro del agua, y el río como único testigo de lo que le estaba ocurriendo.
—Ahoura countarás hasta sien… —terminó de leer el hombre—. Nou me sigas… Te vigilo… Esta nouche te veré, perou tendré la fourma deoutra persouna…
Hastaentonses… Adiós.
La despedida es lo único que dijo de una forma del todo comprensible. El hombre se alejó preguntándose si lo había hecho bien. Luego se encogió de hombros. Ana empezó a contar hasta cien, pero no había llegado ni a quince, cuando se giró para ver quién le había hablado. El turista —no podía definirse de otra forma— iba calzado con unas chanclas con calcetines y caminaba con dificultad p or las piedras de la orilla. Echó un p ar vistazos al papel que portaba y con una sonrisa lo tiró al suelo. Después se metió la mano de su pantalón corto y sacó de allí un billete de cien euros. Se quedó mirándolo durante varios segundos, encandilado. No podía creer que en solo cinco minutos hubiera ganado ese dinero. Sonrió de nuevo, y Ana comprendió que aquel turista no tenía ni idea de lo que había hecho. Su rostro rojo por el