Este libro lleva el pretencioso título de Obras completas, aun cuando no tengamos la absoluta seguridad de dónde empieza y dónde termina una obra, aun cuando la palabra “completa” parezca una utopía. En todo caso, hemos organizado el material encontrado en cuatro secciones: Cuentos, Teatro, Guiones para televisión, Escritos para prensa y Misceláneas.
En el caso de la sección Cuentos, a los libros Cabecita negra, Los ojos del tigre y los cuentos sueltos recopilados en Cuentos completos (CEAL, 1971), hemos agregado un relato publicado en la revista cultural de Avellaneda Vuelo. El cuento fue aportado por la familia Rozenmacher. También fue recuperado el cuento inédito “¡Dónde están los porotos!”.
En el caso de la sección Teatro, incluímos todas las obras publicadas, la escrita en colaboración con Roberto Cossa, Ricardo Talesnik y Carlos Somigliana El avión negro, y la obra inédita La crucifixión.
También recuperamos en la sección Guiones para televisión, por genti- leza de la familia Rozenmacher, Casita en el Tigre, La despedida de Klein y El casamentero; todos ellos fueron escritos entre 1965 y 1970.
En cuanto a la sección Escritos para prensa, vale hacer algunas salve- dades. Germán Rozenmacher fue un periodista prolífico y comprometido con su labor, por lo que no ha sido sencillo recuperar los textos que presen- tamos en esta edición. Como criterio básico, publicamos las notas firmadas por Rozenmacher, aunque podemos asegurar que ha escrito otros textos en las diversas publicaciones en las que participó sin adosarles su firma. La única excepción al criterio planteado es la serie de crónicas sobre la vida y muerte de Eva Perón, que la familia Rozenmacher ha asegurado que fueron escritas por Germán. Respecto de los demás artículos, crónicas y entrevistas, recuperamos una parte gracias a la amabilidad de la familia Rozenmacher y encontramos una gran cantidad en bibliotecas, institutos y usados. Sin la ayuda invaluable de Jorge Lafforgue, Álvaro Abós, María Gabriela Mizraje, Andrés Avellaneda, Yael Tejero Yosovitch y Ernesto Mario Mones Ruiz, nos hubieran faltado datos para encontrar algunos textos. Finalmente, es válido aclarar que no pudimos conseguir el semanario Así de manera ínte- gra en ninguna de las bibliotecas consultadas, por lo que podríamos estar
(sabemos, por ejemplo, de la existencia de una entrevista que realizó a Albano Rodríguez, líder de la Patafísica en Argentina, en 1964, pero no hemos logrado recuperarla aún). Señalamos, entonces, que es posible que sigamos encontrando artículos, revistas y aguafuertes.
Finalmente, en la sección Misceláneas, incluimos una selección de textos de y sobre Rozenmacher, que van desde una adaptación gráfica de “Cabecita negra” hasta alguna de sus colaboraciones en el Diccionario de la literatura universal de 1966, dirigido por Roger Pla.
Esperamos que esta edición sea una excusa para volver a leer y disfrutar la obra de Germán Rozenmacher.
Presentación
[Escrito incluido en la Antología consultada del cuento argentino, Fabril Editora, 1971]
¿Qué quiere que diga? Como diría el marqués de Bradomín, soy feo, judío, rante y sentimental. Nací en el hospital Rivadavia –en el 36– y mi cuna, literalmente, fue un conventillo, pero eso sí, en una sala grande de una casa de la calle Larrea. De mi padre, que canta y que alguna vez fue actor y anduvo en gira por las colonias de Entre Ríos, o por Santa Fe y otras partes, me viene la vocación que pueda tener, el ser artista. Me gusta cantar, soplar el trombón a vara y la trompeta, pero como no sé tocar, me entretengo haciendo toda una orquesta con la boca. Aparte de Cabecita negra y Los ojos del tigre (mis dos libros de cuentos), hay dos obras de teatro todas mías (Réquiem para un viernes a la noche y El caballero de Indias), otra en colaboración con Roberto Cossa, Carlos Somigliana y Ricardo Talesnik (El avión negro), y una versión escénica de El Lazarillo de Tormes. Además de todo lo que tiré, que es realmente un vagón (dos o tres borradores de novelas, una pieza y varios borradores de otros espectáculos teatrales), aparte de infinitos cuentos que nunca fueron. Escribo con horario, todos los días, porque si no, no se puede, y ojalá dentro de muchos años, cuando ni usted ni yo estemos, alguien se acuerde de un cuento, o de alguna frase o aunque sea de un adjetivo de esos pocos felices que a uno le salen a veces –muy pocos en una vida– y entonces el lector diga: “Esto es ver- dad, esto está vivo todavía”. Si eso pasa, yo, desde el purgatorio, voy a guiñar este ojo miope, sincero pero desconfiable, bastante agradecido. No creo que pase, pero por las dudas, qué quiere que le diga, es una de las tantas mentiras que me ayudan a trabajar como una máquina, como un loco, hasta que se me acaben las pilas Y siempre hablando de lo mismo. Porque será un lugar común, pero, ¿no tienen la impresión de que los autores escribimos siempre un solo libro a lo largo de todas nuestras páginas? Y es difícil hacerlo, no crea, porque el striptís al prin- cipio parece lindo, pero después… En fin, señores, más o menos, un poco por afuera, este soy yo. Lo demás, para bien o para mal, está en los cuentos que van a leer.
Ataúd
1[Incluido en el libro Cabecita negra, Editorial Anuario, 1962]
El señor Pedro venía bajando por la calle de tierra, mientras el sol del atardecer reverberaba anaranjando las ventanas de las casas de sucios ladrillos sin revocar. Sorteando cuidadosamente toda clase de basuras, como latas aplastadas o cáscaras de banana resecas, el señor Pedro saltó una zanja y subió a la alta vereda de losas, frente a la única casa de sucios ladrillos sin revocar que tenía piso alto en todo el barrio. Era el negocio de pompas fúnebres.
Después de un último momento de duda, en el que dio vueltas al sombrero de paja entre sus dedos, cabizbajo, indeciso, entró casi en puntas de pie, con las manos a la espalda, como un escolar.
Cuando volvió a salir, cinco minutos después, cargaba al hombro con el ataúd. Así volvió a subir la calle, sin hacer caso de los que se daban vuelta para mirarlo, hasta que dejó el suburbio y entró en el cen- tro de la ciudad, diez o quince cuadras asfaltadas que rodeaban la plaza. Como era domingo por la tarde, la gente que no daba vueltas al perro estaba parada escuchando a la banda del regimiento que tocaba desentonadamente con sus quizás un poco oxidadas trompas, tambo- res y trombones, algo que se parecía a las zambas, a los gatos y a las marchas militares.
Pero cuando él hizo su entrada en la plaza con su ataúd al hombro y comenzó a cruzarla distraídamente, ya un poco cansado de tanto caminar, sintió que, de pronto, inexplicablemente, la banda dejaba de tocar, y al mirarla, vio que los músicos y los oyentes lo estaban mirando a él, tan viejo, tan morocho y flaco.
El señor Pedro se encogió de hombros, saludó respetuosamente y reanudó la marcha. Pero el silencio lo siguió hasta que terminó de cru- zar la plaza y bajó por lo menos una cuadra, hasta perderse de vista. Sólo pensó que ellos cada domingo desentonaban más mientras que él, que se ganaba la vida tocando el acordeón todo el día en la esquina 1 El libro Cabecita negra comenzaba con la siguiente dedicatoria: “A Chana, con amor, esta primera criatura”.
del banco, frente a la plaza, sentado en el cordón de la vereda, tenía siempre cuatro o cinco hombres en mangas de camisa escuchándolo y poniéndole siempre algunas monedas en el sombrero antes de irse. Y que a esos gordinflones de la banda no les pagaba ni Dios.
Dejó al asfalto y siguió por las calles de tierra hasta llegar junto a la costanera, allí donde los muchachos vivían cuidando chivos y ordeñando cabras. Más allá, el río Dulce corría entre montes selváticos, intransita- bles. Cuando entró a su casa de barro con el ataúd, el chico ya estaba sentado a la mesa contando monedas. No le prestó mucha atención.
Él lo miró anhelosamente y dijo: –¿Estará bien este?
El chico enarcó las cejas sin levantar la vista. Había lustrado zapa- tos toda la mañana y toda la tarde y no estaba como para dar opinio- nes. Por lo menos hasta después de contar las monedas de su jornal.
–Usté siempre tan tacaño, viejo –dijo el chico con su tonada, des- pués de un silencio–. Yo le dije que por lo menos se comprara uno bueno. Con uno bueno estaría servido para las dos cosas. No tendría miedo de morirse y tendría una buena cama. Pero éste es una porque- ría –el chico dominaba la situación–. Sí, señor. Una buena porquería – siempre era así. El chico volvió a pensar que odiaba al viejo. Y el señor Pedro se dijo que el chico ese no era un chico, tan aplastante, serio y maduro. Y que él lo quería tanto, pero tanto, pero tan anhelosamente, y que el chico no le prestaba la menor atención. Era verdad que él era un poco tacaño, pero no podía remediarlo, tenía miedo de todo y por eso se cuidaba de arriesgarse, de gastar de más. Pero a pesar de todo, él lo quería mucho al chico, más que a nadie, y por eso siempre estaba anheloso por serle útil, por interpretar claramente lo que le ordenaba, para cumplirle.
Tenía miedo de morirse. Porque ya tenía sesenta y cuatro años el señor Pedro. Y le aterraba pensar que los días se escapaban unos tras otros, atropelladamente, sin darse uno cuenta, y él no podía detener- los ni podía llenarlos suficientemente y cada vez sus días eran menos y menos, y la muerte y el silencio lo aterraban cada vez más.
Por eso tenía miedo de todo. De morirse. Y al mismo tiempo se le había roto el catre y tenía que comprarse uno nuevo. Y tenía miedo de gastar demasiado. Apenas daba para un chocolatín al chico los
Cuentos
domingos por la mañana, y él, que guardaba lo que ganaba y comía bananas y pan por cinco pesos por día en un café detrás de la casa de gobierno, había juntado bastante dinero. Más que el chico lustrando zapatos, claro.
Y entonces le pidió consejo al chico. ¿A quién sino?
Los dos eran solos, no tenían a nadie en el mundo, venían de un brumoso pasado y por eso se habían juntado en ese rancho del río. Y el chico le dijo al descuido que lo mejor para terminar con esos miedos estúpidos de morirse y qué sé yo, y para que ese tacaño no sufriera demasiado, lo mejor era que se comprara un buen cajón. Esa debía ser la mejor manera de no morirse, de ahuyentar a la muerte. Había que llamarla, tenerla en casa, ponerle velas como a la virgen, respetarla. Y ahora, el señor Pedro, que le había hecho caso al chico, estaba ahí con su ataúd. Y esperaba que por lo menos el chico le diera una pal- mada en la espalda, le dijera: “Muy bien, viejo tacaño; lindo catre”, lo mirara una vez por lo menos en la vida para que él, anheloso de palmadas, temblara de ternura y resollara satisfecho, como un perro acariciado por su patrón.
Pero nada pasó. Todo era igual. Y la única manera de vencer todos los miedos, una sola palmada del chico, no había llegado. Y entonces el ataúd no servía.
Por primera vez en su vida tomó al chico entre las manos y le largó una cachetada en la cara y lo zamarreó y lo tiró al suelo vociferando hasta enronquecer. Y después se sintió lleno de rabia y de descon- certada desesperación. Y salió tambaleante con el ataúd al hombro. Había anochecido. Bajó por la costanera y se internó en la maraña del monte. Vio que el río estaba crecido. No mucho, pero lo suficiente. Arrojó el ataúd sobre la costa pedregosa. Esperó. Hasta que fue de noche. Atrás, Santiago dormía y sus luces se apagaban. Volvió al ran- cho. El chico también dormía. Entonces, de pronto, sacó un cuchillo debajo de la mesa, trajo papeles y fósforos a la costa, abrió el ataúd, lo llenó de papeles de diarios y con los fósforos trató de encender el ataúd que al fin comenzó a chamuscarse. Tuvo paciencia. Lo hizo. Entonces, lanzó el ataúd en llamas, bamboleante y flotando.