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LA DERROTA DE LA RETÓRICA

1.2. La nouvelle rhétorique convincente.

Será en torno a la segunda mitad el siglo XX cuando se produzca la revivificación82, la rehabilitación de la retórica, marcando una nueva derrota, pero ahora en el sentido esperanzador que abre el trazo de un nuevo derrotero, que Perelman calificará de renacimiento lento pero importante, marcando un nuevo rumbo filosófico en contra de los absolutismos que habían négligé el aspecto retórico del pensamiento y del lenguaje porque, según el padre de la

NR, las filosofías contemporáneas no solamente han reconocido el papel

importante del lenguaje como instrumento indispensable de comunicación filosófica sino que además los filósofos han comprendido que la elección de una forma lingüística para decir las cosas no es ni puro arbitrio ni tampoco

simple décalque du réel (Rh: 212).

Chaïm Perelman publica en 1958 el Traité de l’argumentation: la

nouvelle rhetorique, convencido de la importancia de esta disciplina para el

pensamiento contemporáneo83; y punto de referencia para muchos de los

82 La “resurrección” de la retórica en pleno siglo XX va asociada, en relación con el

auge de los estudios lingüísticos, al paulatino rechazo de plano de que ésta sea una mera técnica de manipulación social; y en su lugar aflore el concepto aristotélico, como es el caso de Perelman, de una tékhne, de un hábito racional de dimensión práctica (Ética a Nicómaco 1140 a11) típica del hombre que le permite argumentar y reflexionar en la praxis social. Un modo de razonar distinto al hábito de demostrar desde las causas necesarias y últimas propio del conocimiento científico (Ética a Nicómaco 1139 b 22) más apropiado para la filosofía, para el que el manejo -en el sentido de habilidad- del lenguaje es crucial (López Eire 1995 b: 43)

83Pese a la derrota, al vencimiento, de la retórica en los últimos siglos, Perelman al

rehabilitarla, al revivificarla, a mitad del siglo pasado, está convencido de la importancia de esta disciplina antigua para el pensamiento contemporáneo. Son nuevos tiempos los que se vislumbran:

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programas dedicados a la retórica o a la argumentación, donde se hace hincapié en la dimensión argumentativa de la retórica (Amossy & Koren 2008, 2009).

Sin embargo, ya se había producido desde 1952, año de la publicación de Rhétorique et philosophie pour une théorie de l’argumentation en

philosophie, en el pensamiento perelmaniano, según Narváez Herrera (2011:

279), un “giro pragmático”, lo que llevará a Perelman de la pretensión positivista en su ensayo De la justice (1945) de hallar una “lógica de los juicios de valor” a la propuesta y elaboración la NR entendida como argumentación al tiempo que marca los límites de la lógica formal, desmarcándose así de la búsqueda formal de nociones que, como la de justicia, aun reconociéndola como una notion confuse -para Perelman la notion confuse por antonomasia- no logra definir, desembocando en un tono ciertamente escéptico en relación a las notions colorées, que se usan en el lenguaje ordinario y que están empapadas de una fuerte carga emotiva o valorativa; notions colorées que para el pensamiento positivista traspasan la línea de la racionalidad y quedan en el campo irracional de los juicios de valor, en el terreno voluble de las apreciaciones, de lo estimativo, y también de lo “prestigioso”, en el sentido de que solo son importantes en un determinado sistema de creencias y de valores (JR: 9-80)

Ahora bien, será en el TA donde Perelman, tesis que compartimos con Narváez Herrera (2011: 283), abandona rotundamente la idea, expuesta por él mismo en De la justice trece años antes bajo la influencia de Charles Stevenson, de que hay una diferencia entre el sentido valorativo y el sentido descriptivo de las nociones, que sugería que el sentido descriptivo es inherente «Si pourtant je tiens aujourd’hui à insister sur le rôle de la rhétorique, c’est que mes recherches m’ont convaincu de l’importance de cette discipline pour la pensée contemporaine.» (ER: 7)

A lo que habría que añadir los tres factores que según López Eire (1995 b: 55) han contribuido al actual interés por la retórica: los mass media, un concepto de democracia cada vez más exigente; y una sustancial transformación de las relaciones de producción a partir de las revoluciones tecnológico-científicas de finales del siglo pasado. Un nuevo siglo el nuestro abierto a la parresía (libertad de palabra) y a la posibilidad de enfocar los mismos hechos e ideas de distinta manera. De ahí que, y esto ya lo sabía Perelman, la retórica esté íntimamente ligada a las sociedades democráticas y libres.

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a las nociones y que el sentido emotivo sirve únicamente como correctivo (como es el caso de la equidad en el caso de una noción formal de justicia) en caso de que el resultado formal fuese incompatible en un caso de aplicación concreta (una notion confuse “aclarada”), es decir, se trataría de ver cómo conciliar una descripción universal con un valor concreto.

La mejor manera que se le ocurrió a Perelman fue la introducción de un elemento corrector, emotivo, una vez teníamos la descripción formal de la noción. Será pues en el TA donde Perelman, cambiando de perspectiva, sostenga que no es posible mantener una yuxtaposición, “una transferencia del sentido emotivo que se le concede a la noción hacia el sentido conceptual o literal dado a esta”, correctivo introducido dada la complejidad del lenguaje ordinario a la hora de tratar las nociones muy distante de una lenguaje artificial estrictamente formal. Lo que le había supuesto a Perelman considerar que la significación de las nociones era esencialmente descriptiva, consideradas de manera estática. El cambio de perspectiva consiste en no considerar las nociones de manera estáticas sino dinámicas, lo cual supone reconocer el carácter plástico, dinámico, de estas nociones –tesis que hemos defendido en el capítulo III de este trabajo-; y en este caso ya escapamos del dominio lógico formal y nos situamos en el dinamismo argumentativo, en los usos argumentativos de la noción, vinculados inextricablemente a la plasticidad de estas nociones, rompiéndose pues la distinción entre lo descriptivo, formal, universal con lo argumentativo, informal y concreto.

De este modo la “significación emotiva” formaría parte integrante de la significación de la noción. No siendo de ningún modo, como dice Narváez Herrera (ibidem), una adjunción suplementaria, adventicia, extraña al carácter simbólico del lenguaje, sino que el mismo uso argumentativo de las nociones ya contribuye a su confusión. El hecho de que tanto “la claridad” como “la confusión” se den dentro del lenguaje es lo que hace que estas nociones nos sirvan de instrumento de persuasión; y en la medida que, desde un punto de vista retórico, sirven para persuadir, se hace más difícil su utilización (Cfr. TA: 185-190). Postura perelmaniana quizá difícil del conciliar con la pretensión de entablar un diálogo con ínfulas universalistas a lo habermasiano pensando en “una situación ideal de comunicación”.

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En una “situación” así no hay lugar para la persuasión, habría que descartarla por estar del lado de intereses particulares poco acordes con una concepción inclusivista y utópica de la comunidad humana en la que, como dice Rorty, “se enorgullece más de los distintos tipos de gente a los cuales da la bienvenida que de la firmeza con que mantiene alejados a los extraños” (Rorty 2000: 79), cuando para colmo es un hecho, según el filósofo americano, que la mayor parte de las comunidades humanas son exclusivistas. Comunidades en las que el “sentido de identidad y la imagen que tienen sus miembros de sí mismos dependen del orgullo de no pertenecer a un determinado tipo de gente: gente que adora a un dios equivocado, que come las comidas equivocadas, o que tiene unos deseos y creencias perversas y repelentes” (ibidem).

El deseo de verdad sería, pues, quizá el más deseado para el filósofo que piense en una “comunidad inclusivista a nivel planetario”, universal, aunque esta universalidad ya no esté asentada en ningún principio metafísico sino, más acorde con los tiempos actuales, en un consenso entre los interlocutores que cumplan la serie de requisitos estipulados por Habermas. Para Perelman, tal como hemos indicado más arriba, la verdad no tiene tanta importancia; nos lo advierte ya desde las primeras páginas del TA cuando dice que la adhesión no tiene en principio por qué guardar relación con la verdad: son dominios distintos, no excluyentes pero sí distintos. Y lo que cuenta en el campo retórico es conseguir a través de la argumentación la adhesión no la verdad.

El filósofo belga abre el prefacio del Empire rhétorique (1970) proclamando la necesidad de ligar la argumentación a la retórica cuando precisamente a esa altura de la historia de la Filosofía, para un honnête homme de mediados del siglo XX, era más que un hecho consumado la tajante separación no ya de la retórica con la argumentación sino sobre todo de la retórica con la filosofía (ER: 7)

Perelman, según Meyer, dos mil quinientos años después de Aristóteles, habría acotado sin embargo dicho “imperio retórico” al haber entendido la retórica de modo restrictivo, centrada únicamente en el logos. Para Meyer la retórica tendría tres componentes esenciales en los que en el transcurso de la historia se habría ido privilegiando unas veces uno u otro de los elementos que

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componen la prístina tríada retórica ethos-lógos-pathos84. Para Perelman, a juicio de Meyer, la retórica habría sido considerada como argumentación vertida en el discurso, en el lenguaje con el propósito de conseguir, el acuerdo, la adhesion des esprits (TA: 5), descuidando el ethos y el pathos.

Si el acento se pone en el pathos, como sería el caso de Platón, la retórica, ámbito de la doxa, es extraña a la filosofía. Si el acento recae sobre el

ethos la retórica, como el ars beni dicendi de Quintiliano, estaría del lado de

quien tiene legitimidad y autoridad moral para hacerlo. Perelman coloca el acento, según Meyer, en el lógos, y point de passion. Ahora bien, la razón de la argumentación no se impondría por sí misma como sería el caso de la descarnada “razón pura” sino que al moverse en el terreno de lo verosímil y de lo razonable ha de conseguir los mejores argumentos, aquellos que son capaces de convencer a un auditorio y conseguir su asentimiento a las tesis propuestas:

« Les justes arguments permettent d’y arriver (a una filosofía centrada en el logos como la de Perelman) : il faut simplement que l’auditeur s’y plie et l’auditoire suivra. On est dans le cadre d’une rationalité immanente du logos, mais l’orateur comme l’auditeur sont cette fois explicitement présents dans la définition, encore que contraints para la raison du raisonnable et du vraisemblable. Point de passion comme chez Aristote, parce que, chez Perelman, le logos n’est plus qu’argumentatif et l’aspect formel du style plaisant ou émotionnel est évacué ou plutôt, enrégimenté, alors que, chez Aristote, il était encore prégnant, sans doute en raison de la condamnation platonicienne qu’Aristote voulait circonscrire. » (Meyer 2008: 9)

Cuando Meyer dice, pensando en la NR de Perelman, que los adecuados y pertinentes (esta es nuestra traducción de “justes arguments”) argumentos permiten la adhesión del auditorio; y que il faut simplement que

l’auditeur s’y plie et l’auditoire suivra, tal como hemos resaltado más arriba,

84 Cfr. López Eire (1995 b: 24): Fue Aristóteles quien introdujo entre los elementos

“hechizadores del alma” tres “piezas de persuasión”: las pruebas lógicas basadas en el argumento del discurso (lógos); y dos de orden psicológico: las que se apoyan en el carácter del orador (ethos) y las que dependen del carácter del oyente (pathos); cfr. Retórica 1356 a 1, “y de los medios de persuasión que se proporcionan a través del discurso hay tres especies: unos residen en el carácter del que habla, otros en el hecho de poner al oyente en una determinada disposición, y otras en el discurso mismo, por el hecho de que demuestra o parece demostrar”.

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creemos que está equiparando la retórica perelmiana, según él, centrada en el logos con la imagen drupeliana del cura que ordena y dispone –citada por Perelman en el TA-, propia de una razón “pura”, emparentada con una razón válida para un AU, como si la racionalidad de los argumentos, del logos, se impusiera por sí misma. Pero si es así por qué pone tanto empeño Perelman en no desvincular la razón y la voluntad (incluidas aquí las pasiones) como si fueran dos facultades naturalmente distintas, de naturaleza diferente, y por lo tanto fácilmente separables, tal como ha sido para el dualismo antropológico platónico y cartesiano.

La derrota de la retórica, su declive85, iba pareja a su anulación en cuestiones filosóficas:

«L’honnête homme du XX siècle, pour qui le mot « rhétorique » évoque des paroles vides et fleuris, des figures aux noms étranges et incompréhensibles, pourrait se demander, non sans raison, pourquoi un philosophe, surtout un logicien, éprouve le besoin d’associer argumentation et rhétorique. Il y a un siècle, en France, celle-ci, était enseignée dans la classe qui porte son nom, mais elle a été depuis éliminée des programmes, parce que dépourvue de valeur éducative.» (ER: 7)

Una fecunda relación entre la retórica y la filosofía comienza cuando a mediados de los cuarenta la retórica es redescubierta por Perelman y su colaboradora, tal como cuenta años más tarde Lucie Olbrechts-Tyteca al rememorar en el artículo “Rencontre avec la rhétorique” (1963) este “reencuentro” como si de una revelación se tratase. Una revelación en tanto y en cuanto sus respectivos caminos en el campo de la investigación, tantos los suyos como los de Perelman, iban por derroteros distintos:

«Les souvenirs, c’est d’abord une confession: Ch. Perelman et moi- même étions, au début de nos recherches, presque aussi ignorants de la rhétorique que peut l’être un honnête homme au XXè siècle.

85El “declive” de la retórica había supuesto su triunfo como arte decorativo, triunfo que

supuso un abuso en la literatura, haciendo de la retórica la Terreur des lettres, tal como daba cuenta las Fleurs de Tarbes de J Paulhan, detonante de la “revelación” perelmaniana. Una revelación inesperada porque como dice L. Obrechts-Tyteca, ni por gusto, ni por profesión, ninguno de los dos sentían preferencia por la retórica (Cfr. ER: 9)

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Philosophe et logicien, aussi docteur en droit, Perelman avait consacrée le meilleur de son activité à la logique formelle et à la philosophie analytique. Quant à moi, j’avais une formation basée sur les sciences sociales, les sciences économiques, d’assez bonnes notions de psychologie et j’avais pratiqué la recherche statistique. Si j’insiste sur de que nous étions, c’est parce qu’il me semble parfois important de me rappeler à moi-même que nous n’étions ni philologues classiques, ni historiens, ni critiques littéraires et que notre enthousiasme ne put donc à aucun moment être celui d’un spécialiste heureux d’élargir la portée de sa discipline. Disons qu’à aucun degré, ni par métier ni par goût, la rhétorique ne nous était chère.» (Olbrechts-Tyteca 1963: 1)

Lo cierto es que la retórica por entonces86 había quedado como mera forma, se había desligado el fondo de su forma, resultado de que lo que se

86Hoy día todavía es para muchos un lugar común vincular la retórica con la vacuidad

de una “mera forma” distinta de lo que verdaderamente importa: el contenido. Manera de entender la retórica que no se da en la concepción perelmaniana, en la que ya no late la dualidad tradicional entre forma y fondo, entre lo que se quiere decir y cómo se ha dicho, trasunto en el discurso de la disociación “base” apariencia-realidad. La misma disociación con la que Platón distinguía la retórica (engañosa apariencia) de la filosofía (auténtica realidad).

Un caso ilustrativo de entender así la retórica, como “mera forma” lo encontramos, por ejemplo, en el Diccionario filosófico de A. Comte-Sponville, donde se hace alarde de la “dualidad” forma/fondo. El término “retórica” es definido como:

“el arte del discurso en tanto que aspira a la persuasión. Es poner la forma, con su propia eficacia, al servicio del pensamiento. Por ejemplo, un quiasmo, una antítesis o una metáfora: no prueban nada, ni siquiera son un argumento, pero ayudan a convencer…Es conveniente, por tanto, no abusar de ella. Una retórica que se pretendiera suficiente ya no sería retórica, sino sofística. No es por eso menos necesaria, o sería muy pretencioso querer prescindir de ella. Los mejores la utilizan. Es el caso de Pascal y Rousseau: que hayan sido deslumbrantes retóricos no les impidió ser escritores y filósofos geniales (como si la filosofía no tuviese nada que ver con la retórica, la negrita es nuestra). Es cierto que Montaigne acaba seduciendo más, por su mayor libertad, inventiva y espontaneidad…Ya que se preocupa menos por convencer (curiosamente, convencer es una de las principales preocupaciones de la retórica para Perelman). La verdad le basta. La libertad le basta. Eso no significa, sin embargo, que haya desechado enteramente la retórica, sino sencillamente que supo, mejor que otros, librarse de ella. Aprende, primero, tu oficio. Luego, olvídalo.” Comte-Sponville (2003)

No nos extraña pues que Comte-Sponville diga eso de que “que hayan sido deslumbrantes retóricos no les impidió ser escritores y filósofos geniales”, como si no fuera lo mismo. Por eso dice también aquello de “aprende, primero, tu oficio. Luego, olvídalo”, como si la retórica fuese solo la “mera forma”, el andamiaje con el que se construye el contenido filosófico y luego se quita. De ahí que hablando de Montaigne diga lo de “la verdad le basta”, “la libertad le basta”.

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consideraba procédé, que era eso, mero procedimiento de forma, de estilo, sin sustancia, no esencial porque lo serio. La ciencia no necesitaba saber mucho de retóricas. La degeneración de la retórica en mera forma venía de antiguo.

La técnica argumentativa de la disociación no solo es aplicable a las nociones (Cfr. cap. IV, “La dissociation des notions”, TA: 550) sino que también puede serlo al discurso mismo, ya que el auditeur, de forma espontánea o no, realiza en relación a su discurso disociaciones que son de una importancia capital (Cfr. también parágrafo 96, “La rhétorique comme procédé”, TA: 597). Estas “disociaciones” referidas al discurso mismo se podrían resumir en una sola disociación correlato de la disociación matriz apariencia-realidad: la separación entre la forma y el fondo del discurso.

Ahora bien, cabría preguntarse qué entiende Perelman por procédé. Una manera de operar para obtener un determinado resultado, como el procedimiento de fabricación, un medio técnico para confeccionar un producto (Ibidem: 598), donde el “moyen technique” viene dado por las técnicas argumentativas, retóricas, utilizadas en la confección87 de un discurso. De lo que se sigue que aquello que se presenta en principio como “moyen”, como “procédé”, sea apreciado en función de su eficacia. Consistiendo la “eficacia” en conseguir o incrementar la adhesión del auditorio a nuestras propuestas. Sin embargo, nos dirá Perelman que muy a menudo el término “procédé” se utiliza para descalificar; en este caso dicho término correspondería al témino “desfavorecido” de la asimétrica pareja filosófica arquetípica apariencia/

realidad, es decir, el resultado de tal procedimiento, que sería retórico, se vería

como mera apariencia, como apariencia falsa de algo que sí sería real y por lo tanto verdadero.

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