DIA PRIMERO
«Es menester que yo evangelice el reino de Dios, porque a eso he sido enviado» (Lc 4,43)
El reino del divino corazón es la preocupación que tenemos todos los españoles en el momento presente.
Los que están combatiendo en el frente de batalla y los que permanecemos en la retaguardia, vemos la guerra actual como una cruzada por el reinado del Sagrado Corazón, y todos andamos inquietos y anhelosos preguntando al Señor, como los apóstoles el día de la ascensión, aunque con más luz sobrenatural: ¿Vas a restablecer el reino de Israel? (Act 1,6).
De este anhelo que nos domina y acapara quisiera hablaros durante la novena que hoy empieza. No para encenderos en deseos de ese reinado, puesto que no es necesario, sino más bien para ayudaros, en cuanto yo pueda, a que tengáis una idea cada vez más clara y profunda del reinado de Cristo y del modo más eficaz de cooperar a su triunfo.
Mil veces habéis oído hablar de esta materia.
Tiempos hubo, y todos los hemos conocido, en que la realeza de Cristo vino a ser como un tópico ineludible de sermones y conferencias. En las mismas novenas del Sagrado Corazón os habrán recordado muchas veces cómo Santa Margarita María, la evangelista y apóstol de la devoción al Sagrado Corazón, pidió al rey de Francia que pusiera la imagen de este corazón divino en las banderas francesas y a El se consagrara con su pueblo.
Las luchas que tuvo que sostener la devoción al Sagrado Corazón contra jansenistas e incrédulos y las mismas luchas de la Iglesia en el siglo
XVIII, de las cuales fue un episodio el calvario de la Compañía de Jesús,
parecen desarrollarse en torno al reinado de Jesucristo. Todo esto ha llevado con frecuencia a los oradores a hablar del reinado del divino cora- zón dentro del marco de la historia contemporánea, con la finalidad de hacer sentir el trágico derrumbamiento de la Europa cristiana y trazar las rutas por donde se ha de caminar para restaurarla. A veces se ha
concentrado el pensamiento en las causas y fenómenos políticos para ver a la luz de ellos el derrumbamiento y la restauración.
No es eso lo que yo desearía hacer en estos días.
Yo desearía más bien que miráramos al reinado del divino corazón a la luz del Evangelio para que alcanzáramos una visión más clara, más elevada y profunda de ese divino reinado, de los enemigos que lo combaten y de lo que podemos hacer nosotros para defenderlo con victoriosa eficacia. Por iluminadas que sean las palabras de Santa Margarita —y lo mismo podemos decir de todos sus cooperadores—, no son más que una centellica del Evangelio, y por transcendentales que sean las causas políticas en el desarrollo de la historia, hay otras mucho' más profundas y decisivas, ocultas en las entrañas mismas de la vida de las naciones, que sólo se descubren a la luz del Evangelio.
Por eso, en el Evangelio quisiera buscar lo que habéis de oír estos días. El Evangelio es como una región serena de límpida verdad y de paz profunda. Y, si acertamos a vivir en esa región, encontraremos las verdades purificadoras que tanto necesita el mundo y que tanto necesitamos cada uno de nosotros para no confundir el reino de Dios con visiones falaces y no luchar por él como azotando vanamente el aire. Acordémonos de que somos cristianos, y como tales tenemos que movernos en las alturas sobrenaturales de la fe. Transpongamos los estrechos horizontes donde nos encierran nuestras preocupaciones temporales y la cortedad de nuestra razón, y así mereceremos contemplar la gloria del reino de Dios y veremos delinearse con figura inconfundible las sendas por donde hemos de llegar hasta El.
Para empezar a levantarnos a esas alturas consideremos hoy los anhelos del reino que había en el corazón divino de Jesús mientras vivió en la tierra, y que los evangelios dejan transparentarse en todas sus páginas. Así avivaremos en nosotros los deseos de ese reino y al mismo tiempo los perfeccionaremos, aprendiendo en Cristo Jesús cómo han de ser. Sentir deseos perfectos del reino de Dios es como un primer vuelo del alma hacia El.
El evangelista San Lucas, después de haber contado las tentaciones de Jesús en el desierto, dice, abreviando lo que los otros evangelistas nos dicen con más pormenores, que Jesús regresó a Galilea en la virtud del
Espíritu Santo, y le difundió por toda la comarca la fama de El. Y El enseña en las sinagogas de ellos, siendo glorificado de todos. Recuerda en
arrojaron fuera de la ciudad y quisieron despeñarle por un precipicio próximo. Y luego añade que bajó a Cafarnaúm, a orillas del lago de Genesaret, y allí predicó e hizo milagros.
De acuerdo con San Marcos, San Lucas cuenta cómo empleó allí Jesús todo un día de sábado y cómo al día siguiente se encaminó a un lugar desierto. Las turbas de Cafarnaúm, enardecidas por lo que habían visto, le buscaron hasta encontrarle, y le retenían para que no se marchase de ellos. Fue entonces cuando Jesús pronunció las palabras que hemos puesto al frente de este sermón: También —dijo— a las otras ciudades es menester
que evangelice yo el reino de Dios, porque a eso he sido enviado. La
misión que había de cumplir mientras anduviera predicando a los hombres era ésta: evangelizar el reino de Dios. Y de tal manera la cumplió, que, cuando quieren los comentadores del Evangelio resumirlo todo en una verdad que sea como el centro de las predicaciones del Redentor, eligen invariablemente la del reino de Dios o reino de los cielos, que repiten sin cesar los evangelistas, sobre todo los tres primeros, y agrupan en torno de ella las demás con la facilidad de las síntesis más acertadas y completas. Por aquí podemos ver que el designio fundamental de Cristo Jesús en sus divinas predicaciones, y, por consiguiente, el deseo de su corazón que dominaba todos los deseos, era éste: evangelizar el reino de Dios.
Pero no nos contentemos con repetir y comprobar de una manera genérica esta afirmación, que, aunque en realidad lo dice todo, no se hace sentir con toda su fuerza hasta que se desarrolla y analiza en algunos de sus aspectos. Intentemos analizarla, o, mejor, verla realizada en concreto por nuestro divino Redentor.
Cuando apareció Jesús públicamente en Palestina palpitaban en el pueblo de Dios múltiples problemas de esos que apasionan con la mayor vehemencia a los hombres.
El problema de la unidad nacional se presentaba de un modo agudo y amargo. San Lucas nos describe la desmembración política de Palestina y de las regiones adyacentes cuando empezó a predicar el Bautista con estas palabras: El año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo
Poncio Piloto procurador de Judea, y tetrarca de Galilea, Herodes, y Filipo, su hermano, tetrarca de Iturea y de la región de Traconilide, y Lisanias tetrarca de Abilinia... (3,1).
Al problema de la unidad nacional se unía el de la independencia, pues si una parte de la tierra estaba dominada por la dinastía usurpadora de
los Herodes, es porque había caído en las garras de Roma, todavía más odiosas.
Estos problemas, con ser tan apasionantes, no eran, sin embargo, los más profundos, pues había una desmembración espiritual en el pueblo mucho más íntima que la desmembración política. La división profunda en partidos, que tenían a la vez significación religiosa y política y que fue tan desastrosa en tiempo de los asmoneos, subsistía estereotipada en una ri- gidez inflexible y hasta aumentada por extremistas como los celantes y los esenios.
En el ambiente continuaba vivo otro problema que en nuestros días llamaríamos cultural, y que principalmente estaba constituido por las relaciones entre el mundo greco-romano y el mundo judío, y que se agudizaba por la extensión que había tomado la diáspora.
Y así nos sería fácil ir señalando otros problemas que complicaban la vida del pueblo de Dios.
Recordad, aunque sólo sea en conjunto y de un modo superficial, estos problemas, y mirad luego la posición de Cristo nuestro Señor frente a ellos. Veréis que, en general, prescinde de ellos. Jamás entró en aquellas contiendas políticas. Jamás abrió una discusión acerca de la cultura greco- romana. Jamás bajó a la arena caldeada de la lucha de los partidos. Siempre vivió en las alturas divinas del reino de Dios, consagrándose a darlo a conocer a todos, sin acepción de personas. Parece como si de tal manera estuviera absorto en la predicación del reino, que las demás cuestiones casi no existieran para El. Y no es que no llegaran a su corazón divino los trabajos y vicisitudes de su pueblo, del pueblo de su predilección. Es que El sabía que, si establecía en aquel pueblo el reino de Dios, quedaban resueltos todos los problemas de un modo mucho más verdadero y más profundo que los que excogitaban los hombres atormentándose y combatiéndose. Es que El sabía que en todos los ambientes culturales y políticos se puede depositar la levadura del reino que acabe transformándolos. Es que la soberanía de su Padre celestial sobre los hombres merecía sus trabajos y afanes infinitamente más que las rastreras preocupaciones de los hombres carnales y mundanos, y El sabía muy bien que para establecerla no eran prenotandos indispensables las revoluciones políticas o culturales. Lo que necesitara ser destruido saltaría, corno los odres viejos que se llenan de vino nuevo, cuando germinara la semilla del reino de los cielos.
Por eso, el amor y el deseo del reino era en su corazón, en cierto modo, exclusivo y absolutamente preponderante y avasallador. En la trama de sus afanes apostólicos vivía como entrañada aquella verdad divina que un día formularía El diciendo: Buscad primero el reino de Dios y su
justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura (Mt 6,33).
En Jesús, el amor del reino no era una fórmula artificial para encubrir con verdades gloriosas otros designios del corazón. Era algo infinitamente más profundo y verdadero y, sí me permitís la frase, más apasionado. No sé decirlo de otro modo y además me parece exacta la palabra. Hay una pasión de amor que es muy divina, y que no podía faltar en Cristo Jesús. Esa pasión de amor la puso íntegra en su reino. Los que viven amorosamente apasionados, ven siempre y en todo lo que aman, o mejor, en lo que aman ven todas las cosas. Así, Jesús en todo veía su reino y en orden a su reino lo veía todo, como si en cierto modo le dominara una divina obsesión del reino. Permitidme esta manera de hablar. Con ella quiero recoger en una frase algo que los santos evangelios nos ponen con evidencia delante de los ojos y que nos hace sentir cómo amaba su reino Jesús.
Vosotros conocéis muchas parábolas del Evangelio, Sabéis que Jesús convertía en parábolas cuanto le rodeaba, como para dejar en todo huellas indelebles de su predicación que los hombres se vieran precisados a recordar siempre. Las labores del campo sirvieron de imágenes a las parábolas del sembrador, del grano de mostaza, del trigo y la cizaña, de los trabajadores de la viña, de la viña misma y de otras varias; las labores domésticas, las parábolas del remiendo, de la mujer que barre la casa para buscar la dracma, de la levadura, de los criados; la vida social, a las que tienen por base los banquetes, las invitaciones a ellos, los diversos puestos del festín, las bodas, los negocios y el gobierno de la hacienda o de los reinos; el lago le sugirió la parábola de la red; el comercio, la de la perla preciosa, y, por este mismo estilo, diversas circunstancias de la vida otras parábolas. Todo quería Jesús que fuera vehículo de sus divinas enseñanzas.
Si recorréis con el pensamiento la serie de parábolas, veréis que todas se refieren, más o menos, al reino de Dios y que muchas hablan directamente de él. El grupo más conocido, el que ha conservado San Mateo en el capítulo 13 de su evangelio, y que suele llamarse con el nombre de «parábolas del lago», porque lo predicó el Señor desde una bar- ca a gentes que estaban en la orilla del mar de Tiberiades, no es otra cosa que una descripción maravillosa del reino de Dios en sus aspectos más fundamentales.
¿Y no nos dice este hecho a que aludimos, este pensar siempre en el reino y verlo en todas las cosas, que Jesús lo amaba con un amor divinamente apasionado, con un amor parecido a aquel que solemos sentir nosotros hacia lo que es el sueño de toda nuestra vida? ¡Oh! ¡Qué hermoso es ver a Jesús así enamorado del reino de los cielos, que es su reino! ¡Cómo nos descubre la divina pasión con que deberíamos amarlo nosotros! ¡Dichosas las almas que viven así enamoradas! Tienen un corazón como el corazón de Cristo. Sobre todo si saben llevar ese amor hasta el supremo sacrificio, como lo llevó Jesús.
El Calvario fue mirado por los enemigos de Jesucristo como el fracaso de su reino. ¿Qué otra cosa significa aquella amarga ironía: Si es
Rey de Israel, baje ahora de la cruz y le creeremos? (Mt 27,42). En
cambio, las almas iluminadas por la fe veían en el Calvario la conquista del reino. Así lo veía el buen ladrón cuando exclamaba: ¡Acuérdate de mí,
Señor, cuando vengas en el reino tuyo! (Lc 23,42). Mirado
superficialmente, el Calvario es un fracaso decisivo; pero, mirado con ojos de fe, es el decisivo triunfo del reino, como canta la iglesia: Regnavit a
ligno Deus.
La clave del misterio del Calvario está en las enseñanzas y símbolos del Antiguo Testamento, como, por ejemplo, en las páginas que dedica Isaías al Siervo de Yahvé; pero mucho más en los escritos del Nuevo Testamento. Mirado el Calvario a la luz de la revelación, es, como acabamos de decir, la conquista del reino. Recordemos aquellas sublimes páginas del Apocalipsis en que se nos muestra el Cordero de Dios
tanquam occisus, como inmolado, y los animales simbólicos y los
veinticuatro ancianos cantando un cántico nuevo que dice: Digno eres de
lomar el libro y de abrir sus sellos, porque fuiste inmolado, y con tu sangre nos compraste para Dios, de toda tribu, y lengua, y gente, y los hiciste para el Dios de nosotros reino y sacerdocio, y reinarán sobre la tierra (5,9). Jesús, porque fue inmolado, con su sangre conquistó el reino
de Dios para los hombres. Fue ésta obra de su amor al reino, como taxativamente lo dice San Pablo a los efesios: Amó a la Iglesia, que es su
reino, y se entregó a sí mismo por ella a fin de santificarla, limpiándola en el baño del agua con la palabra para presentarse a El sin mancha, ni arruga, ni cosa alguna tal, sino que sea santa y sin mancilla (5,25). Amor
de sacrificio y de completa inmolación fue aquel con que Jesucristo amó al reino de Dios; y ese sacrificio, esa inmolación, se consumó sobre el Calvario. Por eso veían los Santos Padres a la Iglesia brotando del corazón de Cristo abierto por la lanza como fruto de su amor y de su holocausto.
Todo lo dio por el reino, como el mercader de la parábola evangélica por la perla preciosa. Tuvo para el reino el supremo amor que El mismo describió en el sermón de la Cena, diciendo: Ninguno tiene mayor amor
que éste, que uno ponga su vida por sus amigos.
Recoged en una breve síntesis cuanto llevamos dicho, y veréis que Jesús amó su reino como la gran misión que traía a la tierra, con una solicitud amorosa que le hacía oír siempre y en todas las cosas la palabra del reino; y con un amor tan sin límites, que le condujo a la cumbre más excelsa del sacrificio.
Por aquí veréis cuál ha de ser nuestro amor al reino de Dios. Ese amor debe ser el centro y la meta de toda nuestra vida. Para eso nos ha dado el ser de naturaleza y gracia Dios nuestro Señor. Aquí, en la tierra, somos peregrinos y conquistadores del reino de los cielos. Los que no son cristianos podrán forjarse otros ideales para desgracia suya. Nosotros los cristianos, que por gracia de Dios vivimos en la verdad y no corremos en pos de sombras vanas y engañosas, confesamos con alegría y gratitud que toda nuestra vida debe ir ordenada a la posesión de ese reino, y a esta posesión debe subordinarse todo lo demás. Más aún, sabemos que Dios nos ha elegido para ser sal de la tierra y luz del mundo; es decir, para propagar y defender el reino de Dios cada uno según su propia vocación; ésa es nuestra misión y nuestra gloria. El buen Jesús ha querido asociarnos a su misión divina.
Pero, si queremos que haya en nosotros los sentimientos que había en el corazón de Cristo, es menester que nuestro amor al reino de Dios sea apasionado como el suyo; es decir, que todo lo que forma nuestra vida y el ambiente de nuestra vida sea vehículo de ese amor, unas veces porque nos encienda en él y otras veces porque nos sirva de medio u ocasión para encender a los demás. Que en todo veamos el aspecto que al reino se refiere y todo nos lleve a él. Dios en su adorable providencia ha hecho que cuanto somos y tenemos pueda convertirse en medio para conquistar el reino de los cielos, sea mediante renuncias generosas, sea mediante un uso santo, y nosotros, como dominados por un solo amor, verdadero ideal y norte de nuestra vida, todo lo hemos de subordinar al reino, todo lo hemos de convertir en incentivo del reino y en lucha por el reino.
De tal manera ha de ser apasionado nuestro amor al reino, que ni retrocedamos ni titubeemos ante ningún sacrificio por grande y doloroso que parezca. Por lograr que el reino de Dios se establezca en nosotros o en los demás, hemos de estar dispuestos a afrontar dolores y persecuciones; a
emprender lo que más cuesta a nuestra naturaleza corrompida, a la negación más generosa de lo nuestro y de nosotros mismos. Y esto no sólo cuando se trata de defender la existencia misma del reino, sino también cuando sólo se trata de su mayor gloria y hermosura.
No se trata aquí de un amor apasionado y de sacrificio, como los que ponemos en nuestros empeños terrenos, sino como los de Cristo, es decir, sobrenaturales en todos sentidos, que para nosotros significa fundados en la fe y vivificados por la gracia del Señor.
Terminemos estas reflexiones dando gracias a Dios Padre, para emplear una frase de San Pablo, que nos capacitó para tener parte en la
herencia de los santos en la luz; el cual nos sacó de la potestad de las tinieblas y nos traspuso al reino del Hijo de su amor (Col 1,12), y
pidiéndole que no permita nunca que por nuestras infidelidades perdamos ese reino. Que el divino corazón nos abrase en su amor al reino para que de él vivamos en el tiempo y en la eternidad.