Capítulo 4: Transformaciones socioculturales y económicas del mercado laboral y
1. La nueva conformación de las familias y de los hogares
En la actualidad, las numerosas transformaciones socioculturales suelen asociarse a crecientes procesos de individualización que tienen alcances y dinámicas totalmente nuevas. Los individuos son desprendidos de las condiciones y lazos tradicionales de clase y de las referencias de sí mismos, produciéndose una ruptura propicia para la emergencia de nuevos riesgos y oportunidades. El desacoplamiento y diferenciación de los comportamientos asociados a la vida familiar y al matrimonio facilitan, a su vez, el desprendimiento de las normas y roles de género, surgiendo nuevas opciones de vida. Estos fenómenos desestabilizadores de la tradición van de la mano con la planificación de los hijos, la reestructuración del trabajo doméstico, la fragilidad del sustento familiar masculino y la equiparación de las oportunidades educativas para hombres y mujeres. Junto con los cambios ocurridos en las familias, los individuos son separados del ‘destino laboral’, característico de la “sociedad de
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empleo”, lo que abre la posibilidad de establecer nuevas relaciones de empleos, crecientes niveles de elección personal y mayor control sobre sí mismo (Giddens, 2001; Beck, 2001a).
El incremento de la libertad individual no implicaría la ausencia de contradicciones en las relaciones de género ni la liberación de la clase, familia y mercado en una misma dirección, sino todo lo contrario. En la primera sociedad industrial, el empleo presupone el trabajo doméstico como formas complementarias de la reproducción social. Mientras que en la sociedad posindustrial, la relación entre ambos tipos de trabajo se torna problemática y potencialmente conflictiva debido a la toma de conciencia de las consecuencias y riesgos para ambos sexos (Beck, 2001a y 2001b).
Parte de esos procesos son producto de importantes avances en los niveles educativos de las mujeres, alcanzando en la actualidad una relativa paridad. Esta equiparación tuvo entre sus efectos la toma de conciencia de las mujeres acerca de su propia situación y la reconstrucción de sus proyectos personales. Sería tal la profundidad de los cambios producidos por el fenómeno de la “individualización” que Ulrich y Elisabeth Beck llegan a afirmar que “en muchos aspectos, [las mujeres] han
dejado atrás el horizonte de expectativas y experiencias de su clase social y de sus antiguos roles femeninos. Se puede decir que sus proyectos vitales son diferentes a los de sus padres, en particular, a los de sus madres” (Beck & Beck-Gernsheim, 2003:
127). Se produce, entonces, un efecto dual en el orden de género, la mayor libertad redunda en las posibilidades de elección de las mujeres junto a una creciente presión por rendir más y disputarse los antiguos puestos con sus pares hombres. Así ambos sexos “deben aprender a hacer juicios individuales y a triunfar dándose codazos con los
demás” (Beck & Beck-Gernsheim, 2003:128). Esta es una de las grandes diferencias
con el pasado, donde la familia era un espacio ‘protegido’ para las mujeres, mientras que hoy se ven obligadas a salir al mundo público bajo una enorme fuerte presión por rendir desde temprano en un mercado laboral diseñado para la participación masculina.
En este proceso de individualización, la influencia de los factores socioculturales como la clase dejaría de incidir en la formación de actitudes y estilos de vida de las personas. Así se allana el camino para la construcción de los proyectos vitales de acuerdo a las preferencias personales (Hakim, 2005 y 2000).
La tesis de “individualización” también presenta las desigualdades de género de este nuevo proceso: las mujeres se incorporan en mayor número en los ámbitos menos influyentes de la sociedad y son representadas por un número menor a medida que ascienden en la escala social. En otras palabras, los espacios abiertos para las mujeres, no están asegurados por lo cual se perpetúa la tendencia del cierre estamental del mundo masculino en la política y la economía. Este fenómeno se expresa en un discurso igualitario de parte de los hombres que se contrapone con prácticas con efectos desigualitarios desfavorables para ellas. Las expectativas femeninas de igualdad y la realidad desigualitaria se agravan y determinan un futuro con una pluralidad antitética de las formas de trato en lo privado y lo político (Beck, 2001a). De este modo, la
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“individualización” surge con todas sus contradicciones y oportunidades, sin destinos definidos para las mujeres.
Algunos aspectos de la tesis de la “individualización”, podemos observarlos en la sociedad española, principalmente, en lo que respecta a los cambios en las relaciones de género y la salida de las mujeres hacia el mercado laboral. Sin embargo, el argumento de la reducción de la influencia de factores estructurales e institucionales en la construcción de las biografías personales puede ser cuestionado en el período actual de crisis económica que ha profundizado la pobreza de los hogares en esta situación y la desigualdad en las clases bajas (Martínez, 2014). Este cuestionamiento se fundamenta, además, por el tipo de Estado de Bienestar y sus políticas sociales, la conformación del mercado laboral y el “familismo” imperante en España. Eso sí, se aproxima con mayor certeza al fenómeno del descenso de la fecundidad y la planificación de los hijos.
La “segunda transición demográfica” es uno de los principales procesos demográficos producidos en las sociedades industrializadas de la segunda mitad del siglo XX. Dicha transición se caracteriza por el envejecimiento de la población, el descenso de la fecundidad y la mortalidad y la gradual y cada vez más relevante migración hacia el norte desarrollado. En este contexto, el control sobre la fertilidad de parte de las parejas ha provocado una caída inexorable de la fecundidad, incluso en algunos países, por debajo del nivel de reemplazo. Más allá las motivaciones o deseos de las parejas y, de las mujeres en particular, sobre la decisión de tener más de uno o dos hijos, esta disminución está provocando un desequilibrio demográfico que algunos han resuelto, al menos en términos teóricos, con la tendencia compensatoria de la migración (Kaa, 1987).
Este proceso demográfico surge en medio de cambios sociales, culturales e, incluso, políticos. En el caso de los cambios en los patrones de la fecundidad, los valores y actitudes sobre la familia, las relaciones de género influyen en un retraso de la edad del primer hijo, la postergación del matrimonio, la cohabitación y el divorcio, lo que, en su conjunto, está impactando severamente en la tasa de natalidad de algunos países.
Tras las caídas en la fecundidad y nupcialidad encontramos la difusión de valores individualistas y la realización personal por encima de los lazos colectivos, la religiosidad o el convencionalismo de las décadas anteriores. Se observa, por lo tanto, una tendencia a menos familia y menos hijos (Esping-Andersen, 2013).
Pese a la amplia aceptación de la tesis de la “segunda transición demográfica” quedan algunas realidades sin explicación como por ejemplo, que países como España presenten bajísimas tasas de fecundidad en comparación con otros países europeos que comenzaron el cambio de valores y actitudes relativas a la fecundidad más temprano (Ibáñez, 2009). Tampoco dicha tesis esclarece que estos países (entre ellos, los escandinavos), en el escenario de menos familias, actualmente estén recuperando sus tasas de fecundidad. Otro aspecto pendiente sería su explicación a partir de la interacción con otras variables. A saber, conocer por qué en algunos países, las tasas de fecundidad y estabilidad conyugal están creciendo en los grupos profesionales con
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mayor nivel educativo y decreciendo entre la población con menos educación formal. El error de esta tesis –a juicio de Esping- Andersen (2013)- sería considerar a los cambios demográficos como una fase transitoria y no una nueva trayectoria, producto de la revolución de los roles de las mujeres.
El descenso de la fecundidad en España ha tenido un acelerada caída en el último tiempo. Este proceso se ha caracterizado por el retraso en la llegada del primer hijo y el creciente número de mujeres que no tienen hijos en su edad fértil y que, probablemente, no tendrán descendencia, así como la profunda disminución de las mujeres con más de dos hijos. Al igual que la tendencia general europea, en el país se observa la relación inversa entre educación y fecundidad expresada en una mínima descendencia entre las mujeres con mayor nivel educativo (Bernardi & Requena, 2003). De esta manera, las bajas tasas de fecundidad estarían reflejando los nuevos valores (Esping Andersen, 2004). Revisemos algunos datos.
En 2013, un total de 155.098 parejas españolas contrajeron matrimonio, 8% menos que el año anterior y considerablemente más bajo (26,9% menos) que hace diez años atrás. La tasa bruta de nupcialidad para el período 2003-2013 decreció pasando de 4,9 a 3,3 matrimonios por cada 1.000 hab., en casi todas las Comunidades Autónomas51. Respecto a las rupturas matrimoniales, casi la totalidad de éstas han terminado en divorcio y pocas en separaciones. La información disponible indica que en 2012 se produjeron más divorcios (aumento del 0,1%) y menos separaciones (7,8% menos) que en 2011, lo que representa la gran mayoría de las disoluciones matrimoniales de ese año (94,1%) (INE, 2014a). Junto a los cambios en las cifras de nupcialidad y separación, se han producido ajustes en la fecundidad con dramáticas caídas poniendo en jaque, a largo plazo, la actual magnitud de la población española.
El descenso de la fecundidad es un proceso con bastante camino recorrido. El Índice Coyuntural de Fecundidad (ICF) que mide el nivel de fecundidad de reemplazo52 comenzó a disminuir de manera pronunciada desde 1976 hasta 1986. En esa década, el número de hijos se redujo a la mitad: de una media teórica de casi 3 hijos por mujer se pasa a una de 1,5. Posteriormente, el descenso continuó sin la espectacularidad previa, aunque llegando a su mínimo histórico en 1998 (1,2), tras lo cual comienza un leve repunte53. Pese a este incremento (1,3 en 2012), el país sigue ubicándose por debajo del promedio de la UE-27 (1,6) y, en ningún caso, el umbral de fecundidad alcanza la cantidad necesaria para el recambio (2,1) (INE, 2013; EUROSTAT, 2013).
El descenso de la fecundidad puede explicarse por varias causas, entre ellas, el aumento de los niveles de participación laboral o de autonomía en las decisiones de las mujeres, reorientando sus intereses. Y, de manera más directa, el incremento de mujeres
51 Los datos demográficos aquí presentados son provisionales del INE y actualizados el 7 de julio de
2014.
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Índice Coyuntural de Fecundidad se define como el número medio de hijos que tendría una mujer a lo largo de su vida fértil en caso de mantener la misma intensidad fecunda por edad que la observada en un año en dicha población.
53 En el ligero aumento en la fecundidad ha incidido la llegada de más población extranjera y se espera que en unos años adopten los patrones demográficos de España, siguiendo la tendencia observada en otros países europeos (Salido y Moreno, 2007).
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con pareja estable entre 16 y 44 años que utilizan algún método anticonceptivo54 (74% para el año 2009 en comparación al 55,6% en el año 1997) (Ministerio de Sanidad, Politica Social e Igualdad, 2011).
Los padres y madres justifican el descenso en la fecundidad por la responsabilidad asociada a tener descendencia; más que la “cantidad” sería importante la “calidad” del vínculo. Para su desarrollo, sopesan los recursos destinados a la manutención (materiales, emocionales, de tiempo) y el nivel de renta o los ingresos familiares que consideren aceptable. Ambos fenómenos son propios de las sociedades posindustriales donde el control de la fecundidad va unido a un aumento de los estándares de consumo y el bienestar derivados de tasas de salarización crecientes en amplios sectores de la población y la extensión de servicios sociales. La decisión de un segundo, tercero o más hijos pasaría más bien por la preferencia de las mujeres por un tipo de familia deseado (Hakim, 2005). Junto a la presencia de procesos de individualización que explican los asuntos referidos a la maternidad ya señalados, se suman cuestiones que van más allá de las elecciones y capacidad de control personal. Entre ellos, los costes asociados a las subsistencia y a la merma en oportunidades laborales, especialmente, en la carrera y la menor disponibilidad de tiempo libre o de ocio en las mujeres; el aumento de la incertidumbre en un escenario de alta vulnerabilidad y fluctuación laboral unida a la distribución desigualitaria del trabajo en la pareja. Estas características son comunes a la configuración del mercado laboral en los distintos países, sin embargo, en España adquieren un cariz singular en el marco de la crisis económica y el alto desempleo. Por lo tanto, una vez sopesados estos factores personales y sociales o vivida la experiencia de la maternidad, las mujeres enfrentan la decisión del siguiente hijo, en su mayoría renunciando o retrasando su concepción.
El descenso de la fecundidad también puede comprenderse según sea la cohorte. Por ejemplo, la disminución de personas dependientes en las trabajadoras mayores se constituyó en un medio para aliviar la doble carga de trabajo, pero sin involucrar modificaciones sustantivas en los patrones de género (Moreno, 2004). En tanto, en las trabajadoras jóvenes, la caída de la fecundidad se produce por el retraso en el primer hijo (28,80 años en 1975; 30,72 en 2000 a 31,56 en 2012) (INE, 2013), disminuyendo así las probabilidades de un segundo o tercer hijo, aunque no las eliminan. En datos comparados de la Unión Europa, España encabeza la lista de países que resulta más difícil conciliar empleo con tener dos o más hijos (Esping-Andersen, 2004).
La pérdida de oportunidades de fecundidad es un asunto pendiente en el país, el número de hijos deseados por las españolas es el doble del número real de niños nacidos vivos (Esping-Andersen, 2004). Esta realidad es interpretada de manera particular por la
54 Los métodos anticonceptivos más utilizados por mujeres con parejas son el preservativo masculino
(80,8% entre 16 y 24 años y 51,7% entre 25 y 54 años) y seguido, a larga distancia, de la píldora anticonceptiva (23,2%). Las cifras son similares con pareja esporádica ocasional que declaran usarlos (75,5% de las mujeres), sin encontrarse diferencias significativas por sexo. En este tipo grupo, el preservativo masculino sigue siendo el más usado (85,2% de mujeres) y en menor medida la píldora (23%). Véase Encuesta Nacional de Salud Sexual (ENSS) del año 2009 aplicada a población mayor de 16 años en relación con las vivencias de sexualidad, atención sexual recibida en servicios de salud.
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población. Según la Encuesta Europea de Valores (EVS) de 2008, casi la mitad de encuestados (49,8%) no cree que sea un deber para con la sociedad tener hijos, mientras que un tercio (33%) sí lo considera; otro grupo importante (58,2%) no cree necesario que una mujer tenga hijos para realizarse (Grupo Europeo de Valores, 2008).
Dos años antes, en 2006, una amplia mayoría de las españolas sin hijos ni embarazadas menores de 50 años declaraba que les gustaría tenerlos (83,8%). Más de la mitad de este grupo señaló que le gustaría tener dos hijos biológicos (52,9%) y una mínima cifra, sólo uno (8,6%). Este grupo, mayoritariamente, los tendrían entre los 25 y 34 años (63,3%). Entre las mujeres que ya tienen hijos, cerca de un tercio (29,2%) declara que tiene los que quiere, mientras casi un quinto señala a la edad (21%) como motivo para no tenerlo. En este mismo colectivo, la idea de tener más hijos se disminuye. Al respecto, más de la mitad de las mujeres que ya tienen hijos y no están embarazadas afirma que no les gustaría tener otro hijo (53,7%), mientras que cerca de un tercio señaló que sí (29,9%). Por otra parte, ambos grupos –con y sin hijo- declaran que les gustaría tener su último hijo entre los 35 a 44 años (51,7%) y el número ideal de hijos es entre 2 y 3 (41,2% y 23,1%, respectivamente) (CIS, 200655).
Hacia el año 2012, se mantiene la misma opinión acerca del número ideal hijos, con cifras similares a las mencionadas años antes (CIS, 201256). Como podemos ver, la maternidad es un tema importante en la vida de las españolas, la mayoría de las mujeres desean tener más hijos del promedio nacional. Esto da cuenta de que existe una brecha no resuelta entre sus expectativas de maternidad y las cifras actuales de fecundidad.
Entre las motivaciones para ser madre, las españolas señalan la idea de que tener hijos produce un sentimiento gratificante (36,7%), seguido de que es bueno verlos crecer y desarrollarse (19,9%) (CIS, 200657). Teniendo en consideración que la edad media de la maternidad supera los 30 años, puede deducirse que el desfase entre el deseo de maternidad mencionado y la consecución de la misma -observada en las cifras de los últimos años- se debe a que las jóvenes no tienen el grado de conciencia entre lo que les gustaría tener y la realidad.
La brecha entre los deseos y la realidad de las mujeres que tienen menos hijos de los que les gustaría se debe a la insuficiencia de ingresos (37,7%), a la dificultad de armonizar el cuidado de los hijos y las responsabilidades laborales (25,1%), unida a la falta de tiempo para atenderlos (12.5%) (CIS, 200458). Podemos ver así que, incluso, entre las mujeres que declaran que no les gustaría tener hijos, más de la mitad esgrime razones que escapan a su control o deseo personal (64,7%) lo que puede indicar que no cuentan con los recursos necesarios para tenerlos o no existe un contexto socioeconómico ni la presencia de la pareja que sea adecuado. Por lo tanto, no se trata
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Estudio N° 2639 “Fecundidad y valores en la España del siglo XXI”, abril a mayo de 2006.
56 Estudio N° 2942 “Familia y Género (II) (ISSP)”, abril-junio de 2012. Más de la mitad la población
española declaró que el número ideal de hijos es 2 (58%) y un cuarto de ellas afirmó que lo idóneo serían 3 hijos (25%).
57 CIS, op. cit.
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que las mujeres no quieren tener hijo, sino que sus condiciones personales y sociales son un obstáculo.
Por otro lado, podemos pensar que las mujeres en cargos directivos de empresas con un primer hijo después de los 35 años han privilegiado su carrera profesional antes de la maternidad, sin embargo, un número importante de ellas señala que no incidió en absoluto en esa decisión (62,9%), mientras que cerca de un cuarto declaran que fue un motivo (24,3%). Pese a su maternidad tardía, la perciben como un asunto relevante en sus proyectos vitales, cerca de la mitad afirma que esperaron tener una posición consolidada para darles a sus hijos todo lo que necesiten (43,5%), mientras que una cifra un poco menor afirma que es mejor tener hijos lo antes posible, aunque esto implique poner en riesgo la carrera (38,1%) (CIS, 200759). La distancia entre estas dos opiniones opuestas respecto al empleo y la maternidad da cuenta de la heterogeneidad de valores y creencias de un grupo que, en su mayoría, se caracteriza por tener un nivel de estudios medios o superiores y trabajar en empresas pequeñas y medianas. Aquí, el retraso de la maternidad sería una decisión pensando en el futuro bienestar del hijo y, a mismo tiempo, un número cifra importante se inclina por una maternidad más temprana.
El descenso en la natalidad es un tema conocido por las mujeres en España. Ellas opinan que podría remediarse con medidas como las ayudas económicas a familias con más de 2 hijos (28,1%), trabajos a tiempo parcial para este grupo de mujeres (27,8%) y un aumento del número de guarderías en centros de trabajo (27%) (CIS, 200460). Las iniciativas mencionadas escapan de la voluntad personal y se instalan como una necesidad de carácter público que involucra al Estado y al mercado laboral.
Los cambios demográficos mencionados se inscriben en un proceso más amplio de reestructuración del modelo familiar español que involucra aspectos sociales, personales, incuso, geográficos. Entre ellos, encontramos: a) la desaparición de la familia extensa y el posicionamiento de la familia nuclear, la disminución de las redes de apoyo a la crianza de los hijos y la presencia de cuidadores; b) la pérdida de la estabilidad familiar producto de los procesos de democratización y laicismo social y la recurrencia subjetiva al amor como fundamento de la formación y permanencia de las relaciones de pareja; el divorcio y las separaciones; c) las decisiones de las mujeres de ser madres sin tener que recurrir a la figura del hombre proveedor para ellas o sus hijos; c) la democratización de las relaciones entre los integrantes de la familia entre distintas