West ha comentado (con comprensible amargura) que encontrar un científico sin pejuicios viene a ser tan fácil como dar con un fundamentalista cristiano a quien le encante Madonna. Pero en 1985 un amigo de la universidad de Boston le comentó: «Me parece que conozco a alguien».
El «alguien» era Robert Schoch, geólogo de la universidad de Boston cuya nota en el anuario Who's Who indicaba claramente que sería el partidario ideal. Si bien aún no contaba treinta años de edad, había publicado cuatro libros y era un estratógrafo -un geólogo que estudia las capas de roca sedimentaria- y un paleontólogo muy respetado. Pero al principio pareció que iba a contestar con evasivas, igual que el geólogo de Oxford. Alguien aconsejó a West que no tratase de abordarle de manera directa, para no asustarle. Periódicamente iba recibiendo informes: habían hablado con Schoch, estaba dispuesto a examinar el material, su primera reacción había sido mostrar escepticismo... Finalmente, después de estudiar todo el material que West pudo reunir, Schoch empezó a expresar interés, aunque prudente. Pero estaba a punto de obtener la titularidad y hubiera sido una locura arriesgarse a perderla defendiendo una opinión que sin duda enfurecería a sus colegas de la universidad. Durante varios años más West fue recibiendo estos informes esporádicos hasta que, por fin, viajó a Boston para entrevistarse con él.
Llevaba una caja llena de diapositivas y después de verlas y de comen-
tar todo el asunto, Schoch reconoció lo que le preocupaba. «Por lo que se ve en la foto, es erosión producida por agua. Parece muy obvio. Si tiene usted razón, me cuesta creer que nadie haya caído en ello antes.»
Estaba claro que tendría que ir a Egipto para verlo por sí mismo. Pero el viaje debería esperar hasta que recibiese la titularidad.
Finalmente la recibió, en abril de 1990. Dos meses después se encontraban en El Cairo. West se sentía tenso a medida que iban acer- cándose a Gizeh y casi daba por sentado que Schoch señalaría algún fallo geológico que destruiría la totalidad de su teoría. Pero Schoch pareció quedar impresionado, aunque no hizo ningún comentario. A primera vista no pudo detectar nada que contradijese la creencia de West de que la erosión la había causado el agua. El recinto de la Esfinge -las paredes de piedra caliza situadas a dos lados de la Esfinge- sin duda mostraban las típicas señales onduladas de la erosión causada por la lluvia. Pero dijo que necesitaba un estudio más detallado, además de la ayuda de un geofísico, así como sismógrafos del último modelo.
Parece probable que la roca original que formaba la cabeza de la Esfinge fuera un afloramiento que en otro tiempo asomaba a la superficie del suelo junto al Nilo. Schoch expresó la teoría de que tal vez la habían esculpido para darle forma de cara, humana o animal (por ejemplo, de león) en alguna fecha remota, cuando la campiña que la rodeaba todavía era verde. Luego, en alguna fecha posterior, se decidió añadirle un cuerpo. A tal efecto, sus creadores excavaron la piedra caliza, que es más blanda, debajo y alrededor de la cabeza -creando una pared o recinto de dos caras- con el fin de tener espacio para trabajar. Los grandes bloques que extrajeron -de 200 toneladas cada uno- se utilizaron para construir dos templos delante de la Esfinge. El estilo de estos arquitectos antiguos podría calificarse de «ciclópeo»: utilizaban bloques absurdamente grandes -que hubiera sido más cómodo dividir en una docena de bloques más pequeños- y con ellos construían estructuras tan sencillas y desprovistas de decoración como la de Stonehenge.
El siguiente paso consistió en cortar la roca que formaría el cuerpo de la Esfinge, que acabaría teniendo unos 73 metros de longitud y unos 20 de altura, tantos como los de un edificio de seis plantas. Desde el punto de vista de la posteridad, es una lástima que toda la Esfinge no se esculpiera en el mismo tipo de roca, ya que el cuerpo de piedra caliza está mucho más erosionado que la cabeza y los hombros, que son de piedra más dura. Los daños que se ven en la cabeza de la Esfinge los causó un fanático jeque ára-
be en 1380 y, más adelante, los mamelucos, que la utilizaron para hacer prácticas de tiro.
¿Y qué datos tenemos sobre la antigüedad de la Esfinge? Por extraño que parezca, no la menciona Heródoto y, por consiguiente, debemos suponer que o bien estaba cubierta de arena cuando éste visitó Egipto hacia el año 450 a. de C., o que el afloramiento de roca muy erosionada que asomaba a la superficie se parecía tan poco a una cara que el historiador griego ni siquiera se fijó en ella.
Cuando en 1817 quitaron la arena que la cubría hasta el cuello, vieron que entre sus patas había un pequeño templo. Dentro del templo encontraron la estatua de un león y tres estelas; la que estaba apoyada en el pecho de la Esfinge llevaba la fecha del rey Tutmosis IV, que subió al trono en 1425 a. de C. La estela principal contaba cómo el rey Tutmosis IV se había quedado dormido cerca de la Esfinge durante una cacería y cómo la Esfinge -en la que habitaba el dios Khepera (una forma el dios sol Ra), creador del universo- le habló en sueños y le pidió que quitara la arena que la enterraba. Tutmosis no sólo quitó la arena, sino que también llevó a cabo extensas reparaciones del cuerpo. Al parecer, no fue la primera vez, ya que la misma estela llevaba el nombre del faraón Kefrén, aunque la escritura que lo rodeaba se había desprendido, por lo que su significado no estaba claro. Gaston Maspero supuso que Kefrén había prestado el mismo servicio, es decir, quitar la arena y posiblemente reparar la Esfinge: en la parte posterior hay señales de reparaciones que se han datado en el Imperio Antiguo, que duró unos 450 años (2575-2130 a. de C.).
Pero esto, obviamente, plantea un interrogante básico. Si la Esfinge fue construida por Kefrén alrededor de 2500 a. de C., ¿por qué necesitaría reparaciones durante los siguientes tres siglos y medio? Estaba bien protegida y sin duda permaneció enterrada en la arena durante la mayor parte del tiempo desde que se construyó. El doctor Zahi Hawass, conservador del Museo de El Cairo y enemigo implacable de la teoría de West, argüiría que la piedra caliza con que se construyó la Esfinge era tan mala que empezó a erosionarse tan pronto como quedó terminado el monumento. West respondería que ello significaba que la erosión habría avanzado a razón de unos treinta centímetros cada cien años y, en tal caso, la Esfinge habría desaparecido por completo hace unos cinco siglos.
En cambio, si Maspero estaba en lo cierto, Kefrén se habría limitado a reparar la Esfinge y a desembarazarla de arena; de hecho, Maspero afirmó que esto demostraba que «la Esfinge ya estaba cubierta de arena durante la
época de Khufu [Keops] y sus predecesores». En realidad, los egiptólogos del siglo XIX solían afirmar que la Esfinge era mucho más antigua que las pirámides. Hasta el siglo XX, y basándose en la presencia del nombre de Kefrén en la estela de Tutmosis IV, no han decidido los egiptólogos que la Esfinge fue construida por Kefrén y que se supone que su cabeza es su retrato. Han sacado esta conclusión basándose en exactamente los mismos indicios que empujaron a Maspero a decir que la Esfinge era mucho más antigua que las pirámides.
Se nos plantea otro interrogante obvio. Como ya hemos dicho, la mayor parte de la Esfinge se encuentra por debajo del nivel del suelo, por lo que resultaría evidente para su constructor que no tardaría en quedar enterrada en la arena. (Al parecer, tarda unos veinte años.) ¿No induce esto a pensar que al construirse la Esfinge, en el Sáhara aún había vegetación, lo cual explicaría a qué se debió que la Esfinge fuese erosionada por la lluvia? Sabemos que hubo un tiempo en que el Sáhara era un lugar con vegetación y fértil, y que también fue erosionándose en el transcurso de los milenios. Nadie está seguro de hasta cuándo hubo en él vegetación pero un cálculo moderado señala el año 3500 a. de C.
Hasta es posible, por supuesto, que todavía hubiera vegetación en tiempos de Kefrén;1 pero en tal caso, aunque fuera cierto que la Esfinge fue
construida por Kefrén en un Sáhara lleno de vegetación en 2500 a. de C., seguimos sin tener una explicación de por qué necesitó reparaciones tan pronto.
Ahora West debía tratar de demostrar que Maspero y los otros eruditos del siglo XIX tenían razón y que la Esfinge ya era antigua en tiempos de Kefrén. Si podía probar que el cuerpo y el recinto de la Esfinge habían sido erosionados por el agua, en vez de por la arena impulsada por el viento, sin duda habría dado un gran paso en aquella dirección. Su primera tarea sería buscar la financiación necesaria para que un grupo de expertos se trasladase a Egipto y examinara la Esfinge. Boris Said, realizador de vídeos, se encargó de coordinar el proyecto y también se contrató a un geofísico llamado Thomas L. Dobecki, a dos geólogos, a un arquitecto y a un oceanógrafo. Después de un forcejeo interminable con las autoridades para persuadirlas a dar permiso, finalmente estuvieron a punto para ponerse en marcha.
1. Heródoto cita una historia en el sentido de que a causa de la perversidad de Keops y Kefrén, los egipcios prefirieron dar a las pirámides el nombre de un pastor llamado Filitis, «que en aquel tiempo apacentaba sus rebaños en aquel lugar», lo que sin duda significa que el lugar era verde. Y en un artículo titulado «When the Sahara was Green» (en The World's Last Mysteries, 1977), el respetable erudito Henry Lhote también dice que el Sáhara era verde en el 2500 a. de C.)
Al poder estudiarlo todo de cerca, las dudas de Schoch se desvane- cieron. Si la Esfinge tenía la misma antigüedad que el resto de lo que había en Gizeh, ¿por qué estaba tan erosionada, cuando las tumbas del Imperio Antiguo que había cerca de ella lo estaban mucho menos?... y, lo que es más, ¿era tan obvio que la erosión de dichas tumbas la había causado la arena empujada por el viento? Sin duda la Esfinge tenía que ser más antigua.
La erosión eólica de las tumbas permitió hacer una comparación útil. La piedra caliza es una roca sedimentaria formada por partículas pegadas unas a otras; y, como sabe todo el mundo, esta clase de rocas tienen estratos, como el pastel relleno. Cuando la arena empujada por el viento golpea el costado del pastel, las capas más blandas se desgastan mientras que las más duras sobresalen por encima y por debajo de ellas. El resultado es una serie de capas paralelas, con un perfil de protuberancias y depresiones parecido al perfil de un emparedado de dos pisos.
Cuando una cara de roca es erosionada por el agua de lluvia, el efecto es totalmente distinto. La lluvia baja formando regueros y abre canales verticales en la roca. La roca blanda también sufre una erosión más profunda que la dura, pero el efecto es muy distinto del que produce la erosión eólica: a veces parece una serie de protuberancias que hacen pensar en una hilera de nalgas desnudas. Los miembros del grupo estuvieron de acuerdo en que tanto el cuerpo como el recinto de la Esfinge mostraban este tipo de erosión en vez del efecto más liso de la erosión eólica.
Los dos templos que hay delante de la Esfinge -el Templo del Valle y el Templo de la Esfinge- proporcionaron más indicios favorables a esta tesis. Si, por supuesto, los hubieran dejado intactos, habrían presentado exactamente la misma erosión que la Esfinge y su recinto. Pero hay indicios claros de que fueron reparados por los antiguos egipcios, que querían evitar que sufriesen más daños y con tal fin los revistieron con losas de granito. Muchas de estas losas las quitaron generaciones posteriores, que las utilizaron en sus propios trabajos de construcción. Y las paredes exteriores que quedaron al descubierto al quitarse la losas son tan irregulares, que cualquier arquitecto que se precie se pondría colorado de vergüenza.
Lo que ocurrió parece claro. Estas paredes sufrieron una erosión profunda, igual que la Esfinge, pero, con el fin de poder repararlas, las redujeron para tener superficies lisas. Como de todos modos iban a cubrirlas con losas de granito, daba lo mismo que quedasen feas.
De hecho, donde se ha quitado el revestimiento de granito, estos blo-
ques de piedra caliza muestran la misma erosión ondulatoria que la Esfinge y su recinto. En las caras traseras de algunas de las losas de granito incluso se han labrado dibujos ondulatorios para que hagan juego con la piedra caliza erosionada. Además, parece como si la gente que reparó los templos se encontrara con que presentaban una erosión profunda causada por el agua. Es una reliquia de la anterior era «ciclópea» que se alza sola, sin más compañía que la Esfinge, en una meseta desierta.
Estos templos situados delante de la Esfinge planteaban otro problema del cual han hecho caso omiso los egiptólogos ortodoxos. Como ya hemos señalado, su arquitectura es muy diferente de la que vemos en la mayoría de los templos egipcios, con sus columnas cilíndricas y su abundancia de tallas. Aquí no hay más que sombrías pilastras rematadas por bloques parecidos, desnudas y sin tallas, como si pertenecieran a una época completamente distinta de aquella en la que se construyeron los grandes templos egipcios.
Asimismo, ¿por qué los constructores antiguos habían decidido edificar los templos de la Esfinge con bloques que pesaban 200 toneladas cada uno? La explicación que se nos ocurre es que, al igual que la Esfinge, a los templos se les consideraba tan sagrados que cualquier cosa más pequeña hubiera sido un insulto al dios en honor del cual se habían erigido. El rey Tutmosis soñaba que el «dios» que habitaba en la Esfinge era Khepera, creador del universo y padre de todos los demás dioses. Si esto era verdad, sin duda resultaba apropiado que los templos del Valle y la Esfinge fueran sencillos y desnudos.
Finalmente, la pregunta más desconcertante de todas: ¿cómo habían logrado los constructores mover y levantar bloques de 200 toneladas? West consultó con varios ingenieros que tenían experiencia en construir estructuras enormes; reconocieron que se sentían desconcertados. El ayudante de Graham Hancock en sus investigaciones averiguó que en el mundo hay sólo tres grúas lo bastante grandes como para mover bloques de tales características.
¿Qué se deduce de ello? Esto, al menos, es innegable: que quien talló la Esfinge y construyó los dos templos, fuera quien fuese, poseía una tecnología muy avanzada. Ni siquiera la Gran Pirámide contiene bloques tan grandes. Parece que la conclusión que cabría sacar es que si la Esfinge y sus templos se construyeron siglos -o tal vez miles de años- antes de Keops y Kefrén, los constructores tenían más -en vez de menos- habilidad técnica.
Esto nos lleva a otra cuestión sobre los conocimientos técnicos de esta gente antigua.
En 1893, Flinders Petrie había excavado el poblado de Nagada, unos 480 kilómetros al sur de El Cairo, y había encontrado cerámica y vasos que revelaban un alto nivel de habilidad. En la cerámica no encontró ninguna de las estrías que indicaran la utilización de un torno de alfarero, pero estaba redondeada de forma tan perfecta que costaba creer que la hubieran hecho a mano. El nivel de calidad de los objetos que encontró le hizo suponer que debían de proceder de la XI dinastía, alrededor del año 2000 a. de C. Su aspecto era tan poco egipcio que dio a sus creadores el nombre de la Nueva Raza. Cuando se encontraron algunos de estos vasos de la Nueva Raza en tumbas de la I dinastía, que databa de unos mil años antes, quedó tan desconcertado que eliminó el vaso de Nagada de su cronología, siguiendo el principio según el cual es mejor hacer caso omiso de lo que no puedes explicar.
De hecho, los nagadeses descendían de pueblos paleolíticos del norte de África que empezaron a cultivar la tierra (en zonas pequeñas) después del 5000 a. de C. Enterraban sus muertos en fosas poco profundas orientadas al oeste y parece que eran una típica cultura primitiva de alrededor del cuarto milenio. Pero los vasos que desconcertaron a Petrie estaban demasiado bien hechos para ser obra de seres primitivos.
Al examinar el gran sarcófago de granito rojo que se encontró en la Cámara del Rey de la Gran Pirámide (del cual hablaremos más en el próximo capítulo), Petrie volvió a sentirse intrigado por los artesanos antiguos. El sarcófago planteaba una serie de problemas técnicos que aparentemente eran irresolubles. Al medirlo, resultó que su volumen externo -2.332,8 litros- era exactamente el doble del volumen interno. Eso quería decir que lo habían tallado con una precisión increíble. Pero ¿con qué herramientas? Flinders Petrie pensó que debían de haberlo cortado de un bloque más grande utilizando sierras «de unos dos metros y medio o más de longitud». Pensó que unas sierras así tenían que ser de bronce con diamantes incrustados. Nadie ha visto jamás una sierra de semejantes características y tampoco aparece descrita en los textos antiguos, pero a Petrie no se le ocurrió ninguna otra solución.
Ahora bien, ¿qué herramientas se usaron para vaciarlo por dentro? Petrie hace una sugerencia extraordinaria en el sentido de que los antiguos egipcios habían creado algún tipo de sierra circular -o, mejor dicho, tubular-
que «abría una hendidura circular por medio de su rotación». Esto de las sierras tubulares con diamantes engarzados en la punta parece sacado de una novela de ciencia ficción. Y aun en el supuesto de que pudieran fabricarse tales sierras -y engarzar los diamantes de modo tan firme que no salieran disparados o se hundieran en el bronce al utilizar la sierra-, ¿cómo lograban los egipcios hacerlas «girar»? Suponemos que en esta etapa tan primitiva de la tecnología los taladros tenían que hacerse «girar» con la mano... o tal vez con una cuerda de arco enrollada en el eje. Parece imposible, sencillamente.
Petrie también habla de losas de granito y de cuencos de diorita con inscripciones muy precisas. Los caracteres, según dice Petrie, no se «grabaron raspando ni esmerilando, sino que aparecen abiertos a través de la diorita, con bordes irregulares». La diorita, al igual que el granito, es increíblemente dura.
Graham Hancock también había visto varias clases de vasijas de diorita, basalto y cuarzo, algunas de las cuales databan de siglos antes de Keops, vaciadas pulcramente por medio de alguna técnica desconocida. Las más desconcertantes de todas ellas eran «vasos altos, de cuello largo, delgado y elegante e interiores delicadamente acampanados, a menudo con